martes, 19 de febrero de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE. 401 AÑOS DE AMOR EN CARNE Y HUESO

Me había propuesto escribir –como si no doliera hacerlo- sobre una de las obras humanas que más ha llegado al alma de los hombres y que, por lo tanto, algo de divino lleva en su creación. Quería hablar de El Quijote, de un Quijote cercano y tan indefenso como buen caballero armado de su virilidad, como mujer cualquiera en estado de gracia. El delirio que se entrevé en las páginas de El Quijote es el motivo de esta creación. La grata tarea que he asumido es la de contar qué siento ante el hallazgo. Y quiero decir que su autor y yo nos hemos elegido mutuamente para rehacer el mundo. Hay proyectos comunes que honran este quehacer. Yo creo en estos hombres. -¡Oh mano de los sueños, abierta al paso irremediable de la vida!
Este valioso libro, que tanto nos enseña, es, por arte de magia, retrato de los hombres y de las mujeres que recrea, poniendo forma al alma de cada personaje que transita en la obra, brindando un eterno punto de vista con escogidas facciones, alientos y texturas. Si Don Miguel viviera, yo habría procurado tener a tan insigne escritor en el haber amigo, con pródigos cuidados de amor y bacanales, y con el tiempo justo de la filosofía como buenos amantes de las sombras vencidas y de la luz perenne.

A modo epistolar y cumpliendo un antiguo deseo, intentaré dar rienda a todos mis instintos, por humanos, tan carnales como divinos. Levantaré las faldas de vuelo de la noche y escribiré en sus muslos lo que me venga en gana porque, secretamente, me vuelve loca el hombre de la triste figura. Aunque mi verdadero interés está en aquel que se adornaba con la gola de la genialidad.


Carta A Don Miguel de Cervantes de Victoria de los Ángeles “Condesa del Perchel”
Alhaurín de la Torre (Málaga)
29 de Junio de 2006

Honorable Sr.:

Espero que al recibo de ésta se encuentre en la Gloria Celestial, ya que en la gloria del mundo anda su insigne nombre y sus hazañas. Mi salud y mis sueños andan muy delicados, pero aún sigo en pié, gracias a Dios.

Después de tanto tiempo, Don Miguel, no han cambiado aquí nada, en esencia, las cosas. Hay molinos de viento desde Manilva a Cádiz. Con más de ochenta lustros, siguen siendo sus sanchos casi igual de imprudentes; sus quijotes, más altos pero menos quijotes y el amor abocado a la melancolía. Adrede de infinito, sigue el mundo rodando y la mujer sacando ingenuidad y argucias. Le diría que las formas y modos han cambiado. Hoy las ínsulas crecen, clónicas y vacías, pero nadie recoge la ironía con gracia. Andamos absorbidos por el tiempo y los euros - esa nueva moneda, igualmente maldita- y casi no se pronuncia la voz misericordia. La historia, como una muletilla, usamos u olvidamos. Persona alguna hace lo que hicisteis: reflejar fielmente el mundo y amasar arte puro con la lumbre precisa y en punto de cochura para la eternidad.

Hablar con y de usted humanamente, es decir, de sentimientos, del fondo que hay oculto y que a veces desborda, que sólo puede verse, con mucha suerte, impreso y que para palparlo todavía no hemos inventado nada mejor que los sentidos (algo que está escaseando bastante en los tiempos que corren) es una ingenua osadía . Eros y Quijote debieron ser vitales en usted, muy señor mío, porque así vino al mundo: desnudo, amante, hidalgo y sin fronteras. Debió de vivir tantas experiencias vitales, amores y presidios, viajes y batallas de las de cuerpo a cuerpo, de las que dejan manco, a bien que la cojera de los dos es menuda y de natural, porque ando como buena señora pero con sus mismos atributos y dolencias: ni grande ni pequeña, la color viva, antes blanca que morena; algo cargada de espaldas y no muy ligera de pies. Así también me describo ante su gratísima presencia que, sin usted saberlo, gozo desde muy joven.

Tendría unos doce años cuando nos presentaron. Advertí, señoría, ante Vd. tanto talento, era tan genuino hombre de letras y tan de trenzas yo, tan de colegio. La diferencia de edad y residencia nos impidió conocernos personal y profundamente, pero nunca dejé de pensar en sus hechuras, en la estela perfumada que iba dejando vuestra merced por doquiera que pasaba. Tendría que confesarle que en el tiempo justo de esta misiva es más leído su libro que la Santa Biblia, pero tal vez no deba hacerlo ya que a su condición cristiana más le molestaría que causarle gozo, pero quiero decirle que por ahí van las cosas. Sobrevive su obra, y los hombres acaso, acaso las mujeres, a su sombra delgada.

Era todo mi sueño ansias de descubrirle. Niñez, pubertad y adolescencia, un tiempo que hoy me parece ingenua ternura, y fue por ese tiempo que fui a dar con la gracia sutil de sus palabras, las que tan bien maneja y domina vuestra merced. Cuando tuve en mis manos “El Quijote” por primera vez, aquel lírico momento que derivó en romanticismo, me dejé disfrutar. Sería por los años sesenta, tiempos que no eran de veda abierta más que para unos pocos, cuando me llegaron sus primeras lecturas acortadas en ediciones escolares. Sus historias venían en un libro de la Editorial Luis Vives. Disfruté mucho con el vital entretenimiento de su lectura, en particular de algunos pasajes tan perfectamente descritos que -apoyados por sus precisas ilustraciones de H. Pisan o por el sentido que adquiría cada capítulo gracias a su diccionario y análisis- me hacían llegar lugares y momentos creíbles en los que me adentraba en carne y hueso. Risa y emoción, moraleja clara, todo tan preciso.

Como el paso del tiempo va despertando más sentidos, sabida la desgracia de que también se van muriendo otros tantos, y andamos preparándonos para el toro más marrajo y que nos espera a la vuelta de cualquier esquina, hay que entregarse por entero al disfrute de vivir. Es una obligación de cincuentones.
También debía andar su grata persona por los cincuenta cuando se puso manos a la obra grande, la que antaño festejábamos por sus cuatrocientos años de vigencia. Cincuenta espléndidos años que recapitulaban la historia de la vida. Y quiero decirle que llovieron homenajes a su libro de caballerías, cosa que era motivo de mi alegría, pero en mi pobre persona no habrán de decaer los elogios, ni la veneración, por más tiempo que corra. La fiel enamorada que suscribe, con sus cincuenta y dos años bajo el mismo puño y letra, lo toma como medio de su propio placer. Es casi igual que un vicio que engríe, tanto como el de necesitar cada día bolígrafo y papeles para sacar a luz mis sueños y dolores.

El que, como vuestra merced, guarda en sus ojos las cosas, más tarde sigue siendo un tierno adolescente. Tome a bien que le diga que hablaba su persona como un sabio y tomé su mensaje como el agua bendita de la entrada del templo: tocándome la frente con cruz y juramento, rozándola en mi boca por la sed que consumo, llevándola a mi pecho de fiel enamorada pendiente del destino.

Su humor, que fue grande cosa, le ponía un golpe de risa a lo digno del llanto. Su pluma, sueño mío, nos libera de la soga que oprime al universo.
Cuando quiero pensarle, recomponer el milagro de su vida, temerosa de Dios y con todo mi respeto a su persona, le imagino animado y lleno de faenas. Otras vislumbro en aquella cárcel su silueta cerrada, un dispuesto ángulo recto con páginas delante, triángulo pensativo con vértice de pluma. Y sin embargo ¡qué fértil su clausura!¡Cómo saliste airoso de aquellos momentos donde eras sólo un hombre con la vida por detrás de la puerta. Porque no eras cautivo, tu eras ágil como un pájaro vivo ante el sol de la tarde. No callaste ni a tiros. Y vaya valentía la de vuestra merced!

Tengo que confesarle, maestro, que más me valiera mi saya si hubiese escogido otra ciencia (si así puede llamársele) que la de la poética para poner mis ojos y mi entendimiento. A sabiendas de que no ha de ser vendida de ninguna manera, ni manoseada, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios, por ella respiro y por usted gozo, Señor de Alcalá, que reconoce públicamente que da honra, que no dinero, a quien vive para su cuidado.

Debo de estar, señor mío, emparentada con la familia de Don Diego de Aranda, que mi padre tiene los mesmos sentimientos que este caballero y corresponde a mí persona tanto la descripción que hace como la sufrida convicción de la inutilidad del hijo poeta. Tal parecen sus palabras, como salidas por la boca de mi padre. Y no dudo del amor que ambos progenitores profesan al hijo más débil y sin beneficio. Pero sabemos -vuestra merced y yo- que hay un don lírico que no se ha de dejar tratar por los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en la poesía se encierran. Y nadie piense que se llama aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo el que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo.

Hace algún tiempo le dediqué a nuestro Rey este poema que con afecto le transmito, ya que quiero seguir en esta gracia que, aunque no me dé otra satisfacción que la de la lectura de los amigos, no me abandona ni de noche ni de día y me saca los sentimientos hacia fuera. Tuve el honor de recibir una carta de la Casa Real con su agradecimiento y espero que sea también del gusto de vuestra merced.

Privilegio es jugar en la partida
de Dios. Mano obligada por la suerte
que barajó la vida con la muerte
soltándonos la baza de la vida.

Debo estarte, Señor, agradecida
por éste corazón que late fuerte
y no tiene más don para ofrecerte
que un poema naciente de su herida.

Te pido que de espadas nos descartes,
que nunca brille el oro más que el hombre
y que suplas los bastos por la ley.

¡Porque sigas estando en todas partes,
por ésta tierra nuestra, por tu nombre
alzo la copa y brindo con mi Rey!.


Como bien decís y tanto me agrada, gran caballero, el natural poeta que se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el arte quisiere serlo: la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perficiónala; así que, mezcladas la naturaleza, y el arte, y el arte con la naturaleza, sacarán un perfetísimo poeta.
Y he aquí que de vuestra merced, que llegó a conocer que todos los contentos de esta vida pasan como sombra y sueño, o se marchitan como la flor del campo, y de su docta palabra, me fío plenamente. Y no abandono mi quehacer poético.

Tienen todas, ésta y muchas más, razones de ser, mi enamoramiento. No es difícil sentirse atraída y llevarse a los sueños a quien tan fiel ha sido al amor y a las letras. A quien tan claro tiene sus sentidos. A Vos, el de más sutil erotismo, el que sabe despejarlo por ser fiel a su amada Dulcinea, mi corazón altisidoro le canta por lo alto

Amor, dolor y placer,
en el mismo sitio dan
el uno, y el dos, y el tres.

Todos podrán reconocer que es cierto. Esta trinidad tan asumida como verdadera, puede ser la causa física de los cambios de peso, de las locuras, celos y desviaciones que todo bicho viviente y sexuado sufre en su época fértil, y aún en las que deja de serlo. Difícil es vagar o cabalgar por los caminos del mundo con el deseado lastre del juego único y tripartito: amor, erotismo, sensualidad. Llegar aqueste mundo de Dios con una descripción fija y determinante es algo natural, que no se cuestiona, que la creación es la que manda en ser géneros, por encaje, distintos. Y estar vivo es, como vuestra merced conoce, ser andante, alegre o afligido, las más veces loco que cuerdo, y vencer muchos enemigos y desfacer muchos entuertos, mientras nadie deja pasar la ocasión, si ella es la de copular, por esa inclinación natural de la sangre y los genes.

Huir, se debe, del ocio, decía vuestra merced. Buen consejo y sabio. Mantenerse en vilo, pensante la cabeza y dar honra a las manos por artes o labranzas, es seña de conocimiento. Darse al amor y a la contemplación de la belleza es otro natural del vivo, que del muerto es el olvido y el silencio tan sólo. El amor y la tentación nunca fueron amigos pero siempre anduvieron juntos. Que cuando el peso y la edad lo propicia, con la masa adiposa justa, comienza la explosión de los sentidos y nadie más que vos, señor maestramo, que ha llegado a rozar la santidad y a honrar su principio, no sin tentarse por la carne, conoce como todo ser animado o animal es capaz de perderse ante los hilos de oro de unos finos cabellos y en la oscura noche de unos ojos. Y tanto en el tornado de un perfil deseable como en la color de unas tiernas mejillas. Y ningún ser viviente ha logrado zafarse de tal encantamiento. Si hubiera alguno, no lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos.

Tanto quisiera y deseara mi persona que me contestara su voz, la de mi señor, o la conocida voz de Don Quijote, a un par de preguntas que rondan mi cabeza, que, si Dios no lo remedia, quedaré embebida por la incógnita, no sin antes imaginar el arduo trasiego y la lucha enconada qué llevó con la señora doña Rodríguez en aquella noche dura de la batalla y las fuentes ducales, o en la dulce mañana de las niñas de oro, las que pusieron redes de lazos verdes para los pajarillos, cuando iba su sueño por el bosque con el fiel vasallo y escudero Sancho, aquel que se perdía con las cabras.

Tanto podría contarle a vuestra merced, en calidad de mujer, de las maneras y modos que usamos las habidas y por venir, dado el montante de años, vicisitudes y laberintos del amor que ésta, su fiel seguidora y humilde persona, ha sufrido en sus carnes, que bien podría dejarle talmente sin sentido por cuánto le desvelaría de los atributos que a la mujer atañen. Básteme con saber cual fue su trato para con las damas que sobra con ello para honrar su memoria. Dejemos para la posteridad el quid de tal secreto que, por incuestionable y mágico, no debe ser desvelado.

Por fortuna, hay una lectura individual de Dios y del hombre para cada ser vivo. Una lectura que deletrea el alma del lector y lo desnuda en su profundidad, dándole respuesta propia a la voz universal que interpreta la vida y, por ende, a su Quijote: un manual del hombre para el hombre. Su obra magistral, cumbre, confesión profética que vale para ratificar mérito propio al rey de la creación.

Mi voz, que no podrá llegarle más allá de mis labios, es una voz perdida en el caos del mundo y pervive en estas letras que le dedico, donde queda atrapada, tan real como ilusoria, la voluptuosidad de mis sentidos que conjugo con el verbo virtual y la pureza, dando un tul especial a la condición frágil de ser humana y otorgando al posible pecado la calidad de virtud. Que Vos, ya antes que yo, debió hacerse preguntas masculinas con los ardores propios de un caballero andante, y al igual sublimó los dones divinos como los de la carne. Tenga a bien el atrevimiento de esta carta, ya que el amor hace puros a quienes lo sienten.

Tantas cosas quería contarle, querido maestro, que aún hablando de todo, todo se me queda en el tintero. Mi vida, que nos es mía sino de la Providencia, dedico a las palabras y a honrarle tantas veces como dicta la voz del minutero. Gracias a su virtud, muy señor mío, camino por la senda que nos dejó marcada, a la espera de ser digna de cobijo en el pecho divino, en la voz de los hombres, junto a Vos algún día.

Siempre en su poder, mi corazón.


Un día, de los calurosos del mes de Junio. Lo firmo. Vale.

(Fue enviado al II Concurso de Relatos de Alhaurín de la Torre
firmado como Victoria de los Ángeles) Salud, delatorreños.

martes, 12 de febrero de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE: EL ESPEJISMO DEL TRIGO

Hay un cierto vapor acristalado que suele verse rasando sobre los mares de agua, de cereal o de arena. Se da igual en la bahía, en el alquitranado o en la vega. El pensamiento y el alma, atributos humanos, también padecen el desdoblamiento vaporoso y volátil de los espejismos. Así como Dios, que sufre de este aparente juego de ser y no ser, pero no lo reconoce. A Él no le importa lo más mínimo donde está su divinidad, Él es el divino espejismo. Y el tiempo es su bisel, la luz su onda expansiva, la eternidad su ausencia, y el halo de melancolía donde refleja su rostro nuestra propia conciencia.
Mi corazón, latiendo ya a fuerza de limones, se desdobla en el dulce espejismo de la mañana de enero marceado, con todo el dolor del mundo diluido en azahares. Capricho es de la propia naturaleza la fuerza de torrente de mis lágrimas, no de mi voluntad. No debiera haber motivo de llanto si hay aliento. El vaho del espejo dice de mi existencia tanto o más que el poema recogido del rocío eterno. Ambos soy: agua. Aguarena también podría ser el nombre de mi alma. La descubrí de niña, estaba en el horizonte iluminado ante el espejismo de los campos de Monte, cerca de los Arcos de Zapata, antes de tomar tierra algún avión allí, donde los nogales y las alcachofas estaban desde siempre. Recién estrenada, se bautizó entre los charcos de la Realenga y la Haza Honda, enjaezada con vinagretas amarillas. Creció en la duda y en la generosidad de la luz del sol y del trueno y se desdobló, al fin, en amor y pena. Vivió y vive dentro de la Misericordia.
El corazón gritando y el alma afilando lápices me otorgaron el más preciado espejismo: la palabra. El modo de expresión y de contacto más profundo, directo y prolongado de cuantos hayamos disfrutado los herederos del paraíso. Un mágico doblez caprichosamente humano Desconocía su alcance cuando pronuncié, enviando besos, con mis recientes labios: agua, papá, mamá y pan.
Ya en Babel adivinaba algo pero lo había olvidado. Hizo falta ir a la alberca a volar las libélulas y oler la primavera dos o tres veces para saber qué había puesto en mi boca la dulzura divina. Necesité un babero blanco y un libro de K. Ito para poner a prueba mi memoria, sufrir el desgarro de la dentera y emborrizarme de tiza para coger su pulso. Un perfume a libreta fue impregnando mi infancia y apareció en el corazón de mi diestra la jorobilla del lápiz. Ya toda mi pasión era de celulosa; ya todos los colores eran alpinos. Pupitre, regla, goma, mi sitio y mi cartera. Oraciones y refranes fui guardando en un estuche de dos pisos. Rellené adolescentes cuadernos con trazos de bic azul marino.
Nada me dijo tanto como el libro contado. Creía en la palabra mucho más que en el viento, mucho más que en la implícita sombra que me siguió en la comba. Amé leyendo versos y maquillé mis ojos de churretes de mina.
Había que dejar que llegaran los cánticos de mayo con el verso escondido entre sus llamanovios. Después vino la rosa tal cual era.
La noche, inmaculada de astros antiquísimos, espejismo oscuro del sol, es el divino abono de la palabra escrita, la luzbel del poema, farola de mi sueño, recogimiento alado del más breve y eterno instante. En ellas, desdoblada, mi alma. En ella, noche y palabra, se reparten la razón de mi aliento. Amapola nocturna. Espejismo del trigo.

lunes, 4 de febrero de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE. LA BIBLIOTECA, PEQUEÑO HOMENAJE

Nacer en el país de Cervantes es un gran privilegio. Hacerlo en Andalucía y heredar las mil y una bellísimas maneras de nombrar las cosas es algo extraordinario. Ver las luces primeras desde un patio de aspidistras y aureolas, entre un abigarrado arco iris de coleos, fue para mí una bendición, como nacer en el seno de mi familia: el mejor don. Con la nitidez de los recuerdos infantiles, aún puedo oír las exclamaciones de mi abuela en su diaria lectura de la Liturgia de las Horas y su acción de gracias; la dulce voz de mi madre, cantándome una nana; la de mi tía María, recitando el tren de Campoamor y el eco de uno voz varonil, la de mi padre, leyéndonos el primer libro del que todavía memorizo algunos pasajes, un libro sencillo y divertido de K. Ito, seudónimo de Ricardo García López, humorista y escritor español, lleno de ilustraciones que hacían mi delicia y la de mi hermana Magdalena. No eran tiempos de abundancia y en pocos hogares de clase obrera se podía llevar un libro a las manos -amén de los santos evangelios, aunque tampoco era algo tan común como pudiera parecer-. En el colegio también era difícil dar con otra cosa que no fuera aquel tomo único y condensado llamado Enciclopedia Álvarez. Pero había tebeos. Los niños teníamos esos preciosos libros de imágenes y palabras, viñetas que nos hacían llorar y reír, que ayudaban a mejorar las enfermedades infantiles y que nos acompañaban en aquellos años de silencio. El resto de literatura que teníamos era oral: la radio, llena de cuentos y coplas; la calle, plena de juegos y canciones; la iglesia, música y parábolas; los pregoneros, desde el hojalatero al afilador, coplillas y sonsonetes… y así fuimos creciendo.

Entre mis recuerdos adolescentes flota la triste alegría de unas tardes singulares, compartidas con mi vecina de enfrente -a quien enseñé a firmar-, alrededor de una mesa de camilla, al calor de una copa, transcribiendo sus maternales sentimientos en las cartas dirigidas a su hijo mientras cumplía el servicio militar. Querido hijo, me alegraré que al ser ésta en tu poder te encuentres bien de salud. Nosotros bien, A.D.G. (A Dios gracias). Por más que me empeñaba en cambiar el encabezamiento, era inútil. De esta manera se comenzaba tradicionalmente una carta y ella quería que fuera así. No había lugar para creaciones, todo era como era, como cabía esperar. El analfabetismo era un lastimoso momento que sufrían por esos años casi cuatro millones de españoles. Afortunadamente, los tiempos han cambiado. Parecen lejanos los años 60, tal vez porque hemos dado un paso de gigantes y lo que ayer era normal hoy es sólo un caso aislado. ¿Quién no sabe hoy escribir su nombre? Sin embargo, el simple hecho de poder estampar su firma supuso para aquella mujer, tan querida persona, un salto en su autoestima.

Por aquellos tiempos, entre radio y cartas, con carpantas, zipis y zapes, truenos y jabatos, acabó mi niñez. Pronto los libros me fueron encontrando -algo que siempre intuí y hoy afirmo- ya que son ellos los que vienen a mí. Primero fueron las Lecciones de Cosas, un manual que, entre dibujos y explicaciones, relacionando causas y efectos, alimentaba la curiosidad y estimulaba la razón. Aquel título, con más de cien años de historia en continua vigencia, me introducía en un mundo merecido, en la dignidad de la historia humana. Luego, casi inmediatamente, me di de bruces con El Quijote, una edición escolar de Luís Vives, regalo de la directora de mi colegio, el “Carmen Polo” de la malagueña barriada de Carranque, en la fiesta de la primavera. Qué gran hallazgo, qué espléndido lenguaje, qué viaje tan hermoso me dejó hacer Don Miguel en sus jumentos, cabalgando en los sueños de su sabiduría. Allí, en La Mancha, de cuyo nombre no podré olvidarme nunca, comenzó la afición de las letras escritas y el amor a los libros. Luego llegarían los poetas, todos, hasta los de la letra pequeña de los libros franquistas – poemarios que, con mucha discreción, me facilitaban mis dos profesores preferidos, ambos de nombre José-, haciendo de mí una feliz devoradora de palabras. Y ya nadie pudo parar este amor desbocado que me une, cada día más intensamente, a la Literatura. ¿Y cómo no amar la palabra si ella nos relaciona, nos enseña y eterniza, si es el atributo que nos da, junto a las lágrimas, naturaleza humana?

La Gran Enciclopedia Sopena, de cubiertas en color rojo y tejuelos en negro y oro, presidía la biblioteca. Colocada dentro del mayor estante, en el primer mueble bar que hubo en mi casa, estaba acompañada de otros libros. Estos eran encuadernaciones del Reader Digest, en vivos azules, rojos y verdes. De aquel estante nació otro, y otro, y otro. Con quince años paseaba de la mano de Lorca cada día. Iba y venía conmigo en un adolecer de palabras y sentimientos afines. Luego Tagore, Gloria Fuertes, los Machado, Yevtushenko... Mi vida empezaba a estar llena de papel impreso, de amor signado, de bellos grafismos perennes en el alma.

Seguían mis años descubriendo las eternas palabras de los clásicos. No quería acabar aquella etapa pero, al crecer, al dejar los sueños juveniles, donde tan inevitable es el amar como el sufrir, otro amor me separó de mi familia para darme una nueva y así partí de mi tierra a las Islas Pitiusas, con un baúl rebosando de ajuar: sábanas de la Viuda de Tolrá que bordé en las tardes de cinco veranos y sus correspondientes primaveras; cachivaches varios, ollas y sartenes; esperanza y melancolía; costurero, fotografías, recetas de mi madre y , como algo sin tiempo, mis libros.

Instalada mi ilusión en Las Figueretas, al sur de la bella y virgen por entonces isla de Eibissa, comencé a desembalar aquel equipaje que había dejado medio corazón atrás, en otra playa mediterránea, y llené roperos y armarios, ahogada de nostalgia. Con sumo cuidado abrí las cajas que contenían mis propios sentimientos -dichos por otras bocas- y fui colocando los rojos diccionarios, regalo de mi padre, las máximas de Juan de Mairena, las canciones de Alberti, el labrador de más aire, trescientos poemas de amor de Juan Ramón, cien de Celaya, veinte de Neruda, una canción desesperada, un principito, cien años de soledad, un burro platero y yo. Todo quedó en los estantes. A todos cuidé llenándolos de pétalos y flores pequeñitas, de cintas y lazos de colores, de cómplices miradas, entregada y en silencio. Así pasaron las horas y la vida.

A través de la brecha reconciliadora del tiempo, veo mis libros, ya amarilleando, en posesión de la eterna juventud de la palabra, Están en otro lugar, en otra casa, en otra biblioteca que han levantado para mí unas manos hacendosas, junto con otros nuevos que me regalaron mis amigos Guillermo Aguilera y Paco Padilla de Claudio Rodríguez, Guillén, Prados, Canales,Teresa de Ávila, Pemán, Arturo Reyes, Ricardo León, Alfonso Grosso, Bejarano Robles...muchos, muchos y creciendo. Todos mis libros siguen vivos, cuidados con esmero por estas manos manchadas de sol y lunas negras, cerca del monte Jabalcuza, siempre con nubes de agua en su corona, al aire de tomillos y romeros salvajes, bajo la mirada, ya con lentes, de mis ojos, tan mansos como abiertos, y sin dejar de venir a mi amoroso encuentro, como siempre lo hicieron, por los siglos de los siglos.

Este pequeño homenaje a mi biblioteca casera va dedicado a quien montó sus estantes y sus puertas.
Salud y suerte, amigos.