viernes, 14 de marzo de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE: LA PRIMERA MUERTE

La calle era una carretera que llegaba a Cádiz. Málaga era más intima entonces, más delicada y más pequeña. Había horizonte desde cualquier punto y se podía divisar todo lo que se movía desde cualquier lugar de la carretera.Se adivinaba un auto desde muy lejos. Eran los más esperados para decirle adioses. Una lenta carreta, un medio carro tirado por un centauro gañan de cualquier huerta, o un imponente coche de muertos -llevado por un número de caballos que era proporción directa al dinero del difunto- eran el tránsito asiduo de la calle. Y alguna bicicleta. O algún mosquito.

Una mañana de inicio del verano se vio venir algo que llenó a muchos de asombro y a todos de respeto. Era una carroza tirada por caballos blancos que, a paso lento, pasó con un vibrante y triste compás. Enterrada en rosas, la urna de cristal transportaba una flor tan pura y tan recién marchita que hizo estremecer los corazones. Hizo salir del umbral de las puertas a las madres y abuelas, cuajándose el mundo en un silencio tibio y perfumado. Los niños que estaban en la calle, quedaron como el aire de quietos. Recogidos los delantales y encogido el pecho por algo tan conmovedor, fue al unísono el santiguarse. Iban en el cortejo muchas mujeres con sus hijos pequeños, adolescentes niñas y jóvenes abuelas. Se respiraba la pureza. Era todo sensible, marfil, y rosas, y rosarios, y la mañana se volvió fresca y delicada como un nardo de espuma.

Se volvió a la faena con la voz apagada, y los niños en la calle sembraban esperanza.

Fue la primera muerte, la más dulce, la más pequeña muerte y la más blanca. Como un jilguero herido nos dejó el corazón. Y el aire, quieto, aromado de flores, nos saturó de sentimientos… Y un diluvio de lágrimas maternas atrajo al arco iris abriéndole a su virgen el obligado camino de la gloria.
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Este relato forma parte de lo que pretendía ser un libro de relatos cortos que titulé "Aquellos portales de la infancia" , un pequeño libro de vivencias que he desgajado como me ha dado la gana antes de que se dejara pudrir en un cajón. Está escrito mucho antes de que me marcara el hierro de la pena de por vida.

Mi corazón maltrecho, lleno de costurones y amansado, vuelve a rajarse hoy, a tener de nuevo la medida del vacío… Hoy, Viernes de Dolores, ante la pérdida de mi buen amigo José Sánchez Gutiérrez, Pepe Sánchez, guitarrista comareño, fiestero, flamenco, honrado y lleno de magníficas cualidades humanas y algunas que otras divinas, no tengo más remedio que llorar. Y me he acordado de que este relatillo se me quedó prendido en unas hojas de la vida llenas de ingenuidad y de fina tristeza. Algo parecido a nuestra amistad: honesta, clara, joven y llena de ideales. Algo parecido a la tristeza que hoy lucha con el honor. Tristeza de su muerte y honor de su amistad. Ay, la muerte, qué distancia más grande, que pasito más corto, amigo. ¿Qué podría regalarte, quitarte, bendecirte?

Hoy es un día en el que todo cristiano se prepara para la pena. Yo la tengo perenne, aunque me oigáis reír. Espero que sea cierto el Domingo de Resurrección. Sería justo, al menos, para todos mis muertos.

Desde este Jabalcuza adonde maduro a palos, Mariví Verdú.