domingo, 27 de septiembre de 2009

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE, A JUEGO CON EL DÍA

¡Ay, cuánta belleza tiene el día de hoy!
No sé por qué razón me identifico de esta manera con el día, por qué soy tanto del otoño, por qué espero la lluvia con ansia y septiembre con tanta inquietud. Parece mentira que ni en la juventud me gustara más el verano, ni cuando desnudarse en la playa no me resultara tan difícil como hoy, con las carnes ajadas y las heridas de la guerra… la vida. Ya desde niña era este mi mes preferido, cuando empezaba el colegio y olía a lápices y goma nuevos mi equipaje. Septiembre, mes delicioso, de tarde frescas, de cielos luminosos, los más luminosos del año y más azules, en los que el mar descansa de gente y de potingues y recobra su espuma natural y su calma, ese latir constante que nos supera a todos.
He sacado algunas macetas a disfrutar de la lluvia, macetas de interior que no ven las pobres una gota de agua al natural, y hasta yo misma he salido a mirar hacia arriba, a dar gracias a no sé que dios grande y agrisado de los cielos, y me he conformado con mi vida, a pesar de que las cenizas de los míos, que ya son tierra, se estén empapando. Qué daría por que la lluvia les mojara la cara y a mí me deshiciera los ojos para verlo. ¡Qué daría por que esta canción de Serrat la pudiera volver a oír sin este dolor de corazón que no me deja acabarla!

Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados,
sobre los pardos tejados,
sobre los campos, llueve.
Pintaron de gris el cielo
y el suelo
se fue abrigando con hojas,
se fue vistiendo de otoño.
La tarde que se adormece
parece
un niño que el viento mece
con su balada en otoño.
Una balada en otoño,
un canto triste de melancolía,
que nace al morir el día.
Una balada en otoño,
a veces como un murmullo,
y a veces como un lamento
y a veces viento.
Te podría contar
que esta quemándose mi último leño en el hogar,
que soy muy pobre hoy,
que por una sonrisa doy
todo lo que soy,
porque estoy solo
y tengo miedo.
Si tú fueras capaz
de ver los ojos tristes de una lámpara y hablar
con esa porcelana que descubrí ayer
y que por un momento se ha vuelto mujer.
Entonces, olvidando
mi mañana y tu pasado
volverías a mi lado.
Se va la tarde y me deja
la queja
que mañana será vieja
de una balada en otoño.
Llueve,
detrás de los cristales, llueve y llueve
sobre los chopos medio deshojados...
Joan Manuel Serrat.
Con mi vista hacia el Jarapalo, gris y verde como un lienzo de otoño, Mariví Verdú

sábado, 26 de septiembre de 2009

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE MÁS TRISTE QUE SATISFECHA

No hay un momento de la vida que sea totalmente alegre, nunca lo hay. Y debiera tener motivos sobrados para sentirme contenta por la vuelta a la vida de Calle del Agua y por el calor y el apoyo recibido durante el acto de su presentación. Y, cómo no, por la emocionada satisfacción con la que recibieron los Botijos de Oro artistas tan importantes como Loli París y Carmen Fernández “Las Malagueñas” y Antonio Arjona.

Y ese fin de fiesta improvisado que suplió con creces al que yo llevaba preparado en la proyección. Precisamente, los agradecimientos. Por eso me olvidé de muchas cosas importantes y, lo que más me importa, olvidé nombrar y agradecer la presencia de muchos amigos: Manuel Ángel Rodríguez, mi profesor, consejero y emérito de mi alma; Diario la Torre, último bastión de la prensa libre, que ha publicado cuantas historia de Calle del Agua les envié, acercando la entidad que represento a tantos lectores que acuden a nuestro diario para informarse de lo que ocurre en Alhaurín de la Torre. Y pido disculpas a otros muchos artistas, presentes en la sala, unos por no haberme percatado de su presencia y otros por haberlos dejado a expensas de mi memoria. Por todo ello me sentí fatal a la salida, una vez calmada de toda la excitación del acto y las enhorabuenas que me hicieron llegar la gran mayoría de los presentes. Pero, si me sirve de excusa, he estado durmiendo dos horas de media estos cuatro últimos días y la cabeza no me dio para más. Y ese genial Pepito Vargas subido al escenario junto a Las Malagueñas, Rosi “La Divi”, Fran Vinuesa, Jorge Berges, Chaparro de Málaga, que brindó su galardón Taranto de Oro a los asistentes, y su hijo Jóse - para comérselo-, Paco Mora, singular bailaor y maravilloso rapsoda; Paco de Ronda, Alejandro de la Bahía, tremendo; Beatriz “La Suiza” y Estefanía, llenas de arte; Ana, Kiko, sembraito, Pepe Amaya y Rubén Lara… ellos sí que tuvieron la culpa. El arte, cuando se hace presente, me trastoca el corazón. Desde luego, sentí todas vuestras presencias calientes y cercanas, eso que nadie lo dude. Y muy especialmente la de Joaquín Villanova. Agradecí a Marina Bravo y a Luis Bravo en la puerta su apoyo y su presencia, sin embargo debo decir y lo digo que brillaron por su ausencia, quedando sus sitios vacios toda la noche, los alcaldes de Almogía, Álora y Comares, invitados al acto. Así mismo, la del técnico Manuel López y la del presidente de la Peña Torre del Cante, Antonio Fernández Sánchez, que ni siquiera excusaron su ausencia.

Como quiera que Carmelilla y Loli París tuvieron que trabajar esa noche, me fui con ellas. Volví a dormir pocas horas. Al día siguiente fuimos a ver a Paco Parra, Botijo de Oro de la IV Edición que no pudo venir por motivos de salud, y a llevarle la revista. Pero la subida a Los Montes fue triste. Había conocido la noticia de la muerte de un buen amigo, excelente persona, un joven que ha pasado media existencia entregado a Alhaurín de la Torre, al que el cáncer le ha robado la otra media. Les hablo de Miguel Ángel Huesca Mariscal. Los primeros contactos literarios que tuve en este pueblo tuvieron la preciosa sonrisa de Miguel Ángel como recepción. Así que ayer me quité de en medio, eso es muy duro para tragarlo sin luz del día. Nos fuimos a Comares por Los Montes, a respirar profundamente. Y ahora me voy a darle el último adiós y mi sentido pésame a sus padres, que deben andar como locos.

Desde El Garitón, más convencida que nunca de que no hay que dejar nada para mañana y de que la vida es una triste realidad que sólo los pesimistas como yo la llenamos de flamenco y de poesía. Un abrazo entrañable. Mariví Verdú.

*Ayer les envié un correo a Javier de Molina y a Manuel Ángel Rodríguez en el que, amén de un fuerte abrazo, les mandaba el compromiso de que, si no pierdo del todo el juicio, serán los primeros que citaré en la gala de diciembre. Una gala que tendrá trazos muy tristes porque, desde luego, no tengo más remedio que hablar de Miguel Ángel Huesca a sabiendas de que él no lo leerá. Desde luego, se echará en falta la presencia de este amigo más que ninguna otra. Todo lo demás pierde sentido, hasta mis problemas de olvido parecen tonterías ante la noticia de la muerte de este cariñoso e insustituible Ángel que se llamaba Miguel.

lunes, 21 de septiembre de 2009

A MIGUEL SÁNCHEZ

Mi buen amigo Miguel
vale más que las pesetas.
Como amigo es estupendo
y como tendero...acierta:

que no sé si tiene un bar,
un colmao o una tienda;
si tiene una frutería,
un naranjal o una huerta,

que igual vende frutos secos
con pan de higos, y almendras,
vino mosto, pasas dulces
que agua fresquita o cerveza.

Miguel tiene un gallinero
precioso que sólo enseña
a aquellos buenos amigos
que merecen su trastienda.

Mira tú si tendrá gracia
pa llevar una taberna
que si no quieres beber
puedes sentarte en su puerta

y disfrutar con su gata
y oír las cosas que cuenta
y ver quien entra o quien sale
pueblo adentro, pueblo afuera.

Es marido de Teodora,
los dos se quieren de veras
y yo los quiero a los dos
como si familia fueran.

19 de Julio de 2009
Con cariño, Mariví Verdú

PARA TEODORA PINOS COÍN

Mi querida amiga Teo,
amiga de corazón,
hoy quiero darte las gracias
cantándote una canción.

Una canción que te cante
tus dones y tu belleza,
que vienen a ser lo mismo
por adentro y por afuera.

Tu cara, espejo sonriente,
el alma te transparenta
y tan claras son las dos
que son dos aguas gemelas.

Costurera primorosa,
buena esposa y compañera,
tan ejemplar como madre
y tan tierna como abuela.

Y además, la buena mano
que tienes pa las macetas
hacen milagros y crecen
flores de poquita tierra.

Yo te conocí hace años,
era invierno, y a tu puerta
habías encío la copa.
Ya estaba la noche cerca.

La tarde doraba al pueblo
con una luz tan serena
que tu voz sonó en el aire
como el temblor de una estrella.

Un pañuelo y un sombrero
llevabas a la cabeza,
una esportilla en la mano,
delantal, rebeca gruesa

-que las noches en Comares
de invierno son cosa seria
y hay que tomar las medidas;
buen abrigo y mucha leña.

Buenas tarde, yo te dije,
y tú respondiste: -Buenas.
¡Ay qué viento, viene helado.
arrímate a la candela!

Desde entonces ha llovido
por aquellas viejas piedras,
han doblado las campanas
y han repicado en las fiestas.

Pero mi amiga Teodora
no se hace ni chispa vieja,
cada día son sus ojos
más niños, igual que ella.

Porque mi amiga Teodora
es alegre, noble y buena,
es feliz por inocente
y sonríe a la tristeza.

Su boca es una canción,
y la mía es un poema
con un beso que te mando,
con mi amistad más sincera.

Con mi cariño y amistad, Mariví Verdú.
19 de Julio de 2009

domingo, 20 de septiembre de 2009

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE HERIDA POR EL RAYO

Días de mucho, vísperas de nada.

Ya lo decía mi madre, días de mucho, vísperas de ná, y no hay refrán que no sea verdad.
Estos días pasados me había hecho propósito de enmienda con la promesa de escribir un mínimo de tres artículos por semana. Pero, los refranes se cumplen, más que las profecías de Jonás.
Y caen dos rayos aquí en la sierra y nos desbarata el ordenador a todos los del contorno. Y claro, como no me puedo estar quieta, me meto a peón de albañil, a pintora, a guisandera y a todos los oficios antiguos de mujer, mientras dejo la escritura para cuando nos llegue el aparatito de internet y mi técnico particular y queridísimo Pedro me configure de nuevo el genial invento que ha quedado hecho cisco.

Pero lo que yo realmente hubiera querido estos días era hablar de la luz, de la dulcísima luz de septiembre, luz nostálgica y limpia, templada y clara, atardecida, que nos adelanta los colores otoñales en aguadas bellísimas.
Yo muero con la luz de septiembre, y mucho más cuando incide en estos jardines alhaurinos que, después de la lluvia, aparecen de un verdor tan exuberante que ruboriza a las almas ingenuas y exalta a las más sagaces.
La luz, esa luz que implica sombra y color, que me abre los sentidos a la música y que me avisa de lo bello que puede ser este otoño visto desde un otoño de esperanza.
De nuevo estoy operativa, espero que no me parta otro rayo ahora que empiezo a vivir el resto de mi vida.

Desde este Garitón que empieza a ser como mi madre quería, Mariví Verdú.
*A mi hermana Magdalena, para que se mejore.

domingo, 13 de septiembre de 2009

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE, DE LA SANTA A MARÍA

Ninguna de las dos me son ajenas. Aunque sé que mi apariencia es más la de La Canastera de las cuevas de Granada, y muy a gusto que me siento con ello, mi intuitiva ignorancia dan en cada esquina de la mañana blanca con una o con la otra. Vivo sin vivir en mí y alcanzo la razón poética en los vértices luminosos del ensueño.

La sorpresa de mi inconsciencia es tan agradable. Mi vida literaria tiene mucho de abnegación, menos de lo que yo creía de mimetismo y menos aún de cortedad ya que no siento más que puro placer al saberme resuelta en la palabra libre y en el más propio de los pensamientos. No le hizo falta a Teresa leer a La Veleña conocer la teoría de la relatividad. Tampoco María necesitó más que mirar al cielo algunos años para darse cuenta quién era y que era igualmente santa de las santas.

Amar hasta la extenuidad es el secreto. Doler el aire sin rechazar estigmas. Es cierto que saber se necesita. Y saber es saber de sol y lluvia. Saber que si nos llueve es sobre agua, saber que remojarnos es oler a la próxima tierra. Es por tanto tener una maceta de pensamientos y sacarnos a la calle para que la recojamos, observar cuánto engordamos en el verdor de la uva, querer ser el alero para los pajarillos mientras formamos parte de añil en arco iris y empapamos nuestras lágrimas de su llanto.

Resuelto el enigma de los años primeros en el binomio abstracto tiempo-melancolía, siento que me quedan aún varias cuestiones. Filosóficas todas. Sofía no cuenta nada. Habla por ella la bellísima crueldad de la naturaleza en la más bella aún boca de Dios.

El aire voy buscando por el Genal florido y su brisa transluce el trinitario aliento del criador-hombre- pájaro. Las adelfas lo saben, y el lentisco. Al alcornoque, que conoce mejor que todos el secreto, se lo quieren robar todos los años y tan sólo consiguen desnudar el lustre rojizo de su sabio esqueleto. Yo puedo hablar con ellos. Soy familia directa, sobrina de sus hojas. Y aunque no vaya a verlos como quisiera, me reconocen siempre y a veces me envían saludos con el sauce de la esquina de mi calle. Otras con la primilla, tata de quien heredé la monogamia.

El sol, que nos mantiene eterna la noche clareada, es el bello motivo de la sombra. Cegados alcanzamos mejor forma de vernos. Osar mirar sus ojos tiene el pago glorioso de lo oscuro. Su calor es constante lo mismo que el silencio de Dios. Acostumbrados a él no hay fueguecillos sino la dulce llamarada de los montes, el naranjal perdido por sus crestas, el malva tornasol de su caída, la promesa del sueño y del retorno. Y la luz como un tibio y dorado reloj de ocho minutos.

Ávila está bajo el hábito de mi tristeza. Vélez sobre el mar de mis ensoñaciones. Mi nostalgia de ámbar y ónice late en las humildes palabras con que las bendigo. Más cerca estoy de ellas que de mi corazón abandonado. Quisiera hacer promesas de llevarlas a hombros por la vida que dieron pero no tengo brazos ya para lo eterno. Soy una tórtola rota sobre el pozo de sus cristalinos. Un clarín de la organza que bordaron, ya pasado y sufriente. Nada podría ser y soy un todo que limita con Dios y con la vida.

Mariví Verdú. Año 2003

sábado, 12 de septiembre de 2009

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE RECUERDA HOY LA FINCA SAN ISIDRO


15 de Mayo de 2008, San Isidro, día del Patrón.

Hace muchos años, más de cincuenta, mi corazón, chico aún pero entero, latía libre y más cerca afectivamente de las riveras del Guadalhorce que de las del Guadalmedina. Estaba dentro de mi pecho, ya dispuesto al sacrificio, y volaba por los Portales de Gómez, por aquella hilera de casas que se hacían simétricas por un portón situado en el centro, por un carril que llevaba a la casa de uno tal Rogelio “El señorito” y de su hermano Miguel. A este último es al que mi padre odiaba por haberse tenido que poner -por única vez en su vida- de rodillas suplicándole que no nos echaran de aquellos corrales que con sus manos había convertido en una vivienda digna. Mi padre le había cambiando la tranca por una humilde cerradura con llave, haciendo de ella un plácido hogar.

Gracias al tesón de los vecinos, la fachada de estas casas estuvieron siempre muy bien encaladas. Estas tenían un zócalo de un metro aproximadamente, pintado con una mezcla de aceite de linaza y polvos grises que perfilaban a mano y remataban en su base con un palmo de alto pintado de alquitrán. Mi casa era la número 62 y era a lo estrecho. A ella se accedía bajando un escalón y, por el pasillo, entre aspidistras y aureolas, se llegaba hasta el patio. A la izquierda del corredor, dos puertas que daban paso a los dos únicos dormitorios: el de mis padres y sus dos hijas, que tenía ventana hacia el mar y la Haza Honda, y el de dentro, de la abuela y el tío soltero. Entre las dos salas, enfrente, la alacena. En el patio se albergaban cocina, lavadero, mesa comedor, hornilla de petróleo, baño de cinc, lebrillos, tabla de lavar, la orza, un aparador y poco más. Como decoración, coleos y helechos. Teníamos también un perro que recogimos porque anduvo perdido desde un 18 de Julio, cuando era fiesta nacional y se iba la gente a pasar el día al río, hasta que dio con nosotros.

La casa había tenido una historia anterior, la de unos emigrantes, una historia que rubricó Joaquín González sobre el Pórtland rojo de la rústica solería, al pie de la alacena, que decía Joaquín y Loli. Este hombre era amigo de correrías del Lili, que así apodaban a Antonio Molina, el cantaor, y jugaba de chavea en el Club de Fútbol Vista Franca. Joaquín fue el que arrastró de mi tío Gabriel hacia la Argentina y este, a su vez, de mis otros tíos. Mientras tanto, dejó a mis padres aquel portal. Puede que por entonces nadie pensara que en él se forjaría un alma que venía tocada por una triste vara, aunque milagrosa, de palabras. Joaquín me presentó años después a mi padrino en el trágico menester de la poesía, a Manuel Benítez Carrasco.

Las gentes que habitaban mis dignos portales eran humildes e importantes. Maruja era una mujer especial y tenía un óleo que la representaba, a gran tamaño, en su pasillo. Algo impensable en la formación y en la economía media de los vecinos. Maruja no salía a la calle y me mandaba por el pan -no sé porqué me elegiría- y me daba propina. A ambos lados de mi casa vivían, tirando para Málaga, María “La Gorda” y María Cantero, con sus respectivas familias, compartiendo con derecho a cocina; y tirando para Cádiz, Antonio y Antonia Medina, viejos ya, a los que los diablillos poníamos la casa al revés a la hora de la siesta. Los niños jugábamos en mitad de la carretera de Cádiz, por lo que podemos suponer el cambio experimentado en este medio siglo. Por entonces también era distinto el tiempo, las tardes eran largas en verano y lluviosas en invierno, había entretiempo, rebecas, olor a chilindro y llamanovios.

A la guardesa de la finca de Don Rogelio la llamaban “La Matona”, una buena mujer que mandaba las cartas a su hijo emigrante sellás y santificás. Vivía en la casa del portón, la que daba paso al carril que acababa en una mansión a la que nunca me dio por visitar. El camino estaba flanqueado de palmeras de unos dátiles dulcísimos que robábamos los niños, escondiéndonos del señorito, y que disfrutábamos dejándolos derretir en la boca. A veces también robábamos pimientos tiernos, zanahorias o cogollos en la huerta de enfrente, estos últimos no parecían faltarles a las lechugas ya que éramos especialistas en dejarlas bien puestecitas. Todo se comía tal cual, ni se enjuaga ni nada porque no había tanta mala química en el proceso, sólo luz de sol y agua de acequia. Y allí mismo, en la Huerta de Victoria, la mujer a la que debemos el nombre de la cerveza, había una alberca, helada siempre, sobre la que dibujaban hilos de oro y danzas de sombras las libélulas o caballitos del diablo, con sus colores bellísimos.

El Estanco del Boa, colmado que tenía de todo, desde una barrica de arencas, hasta tabaco o pan, era el vértice de un ángulo recto entre la herrería de Carmen, en la Realenga, y los propios Portales de Gómez. El quiosco de Dolores la del policía, en la esquina opuesta, estaba situado en los Portales de Germán, adonde mi primer colegio, el de Doña Consuelo, y hacía esquina con la hilera de portales y la acerilla adonde el Bar Polo o parada de los coches de Portillo, que era casi lo mismo. En ese quiosco comprábamos los barrilillos de pipas y altramuces toda la chiquillería. Enfrente del quiosco, en el llano, mi madre ponía las cañas para alzar el cordel donde tendía la ropa. De allí se llevaron su sábana de lazos…

La niñez es la época más bella y misteriosa de nuestra vida. Todo es nuevo, todo es solemne y a la vez insignificante. Las comparaciones no son lógicas en esos años niños y te emocionan cosas que con el tiempo cambian el valor o se olvidan. Sólo los que de chicos nos dio el sarampión y nos pusieron los cuartos con luz roja podemos recordar algo de la magia que envolvía la luz clara de la mañana del eterno domingo.

Lo que más me gustaba del mundo era que mis tíos Gabriel y Federico me dieran trechas, vueltas de campana entre sus brazos. Y sentirme pequeña, y volar. Y me encantaba subirme en la Lambretta de mi padre, con la seguridad que su sola presencia me daba, y montarme delante, cortando el viento… Y me sobrecogía ver llover por la tela metálica que cubría el tejado del patio, aquella que servía para que las salamanquesas tomaran el sol en verano; y hacer la copa con mi abuela, en la calle, oliendo y meditando no sé qué sino incierto en los mágicos trazos del fuego. Y disfrutaba viendo a mi madre cuidar de sus macetas y echando la ceniza de la copa en la orza… ¡cómo blanqueaba los trapos aquella receta mágica y perfumante! Pero había algo que me gustaba sobremanera y que esperaba siempre con un deseo ferviente: que me llevaran mis tíos o mi madrina a la Finca de San Isidro. Eso era como un regalo de la vida, como un premio del destino.

Tener coche no era lo habitual por aquel entonces, más que para personas pudientes. Una moto sí, tal vez a base de economía sacrificada, pero un coche… Y mi padrino, que era el mejor campesino que he conocido, era terrateniente también y podía. Tenían uno que habían comprado sus hijos en Madrid, aprovechando aquel viaje a Tudela, cuando fueron a por la semilla de las alcachofas. Se fueron en tren y se volvieron desde Madrid con un Standard, así que me llevaban en ese precioso coche, con su muñequito de muelle que se movía mucho, camino de San Isidro, mientras el paisaje se me metía por los ojos, impresionables y puros, cuando dejaba atrás la Huerta de Vallejo, hacia Los Guindos verdaderos con sus hilera de casas con arcos y ventanales redondos azul intenso, y alcanzábamos el Fielato y empezaba a oler a dulce caña, a melaza pura, cerca del río, en la Azucarera. Íbamos siguiendo paralelamente la ruta del mar, pasando por delante de vaquerías, dejando atrás restos de industrias y chimeneas a lo lejos, y muchas huertas. Una vez cruzando el Guadalhorce, hasta llegar al carril de San Isidro, a la derecha, había una chispa. Casi enfrente de San Julián, el camino tenía un kilómetro justo y venía a desembocar, en sentido inverso del río, en una cortijada blanca, sobre un llano, adonde la niña que me habita subía los escalones de la casa familiar con una alegría inusual y con los ojos abiertos como rastro.


Mi padrino era un verdadero patriarca y merendar en su mesa era un placer. Mis primos Manolo y Federico llegaban con los cubos de leche, espumosa por recién ordeñada, con cinco dedos de nata, y aquel café me sabía a gloria. Padrino cortaba pan y me decía: niña, come. Su voz y su amplia sonrisa se correspondían con su corazón. El mayor aliciente del viaje, sin contar la hora de la mesa plena de varones hermosos, era que me subiera con él en la carreta. Y escuchar el crujir de las ruedas de madera sobre el camino, sentir el paso acompasado de los bueyes, observar la coyunda y mirar la mansedumbre de tan grandes y respetables animales. Otros estímulos eran ir a coger habas o cortar alcachofas llenas de rocío; ir a los grandes nogales, allá por Monte –adonde hoy están los aviones, porque aquellas tierras le fueron expropiadas a mi padrino en tiempos de Franco para hacer en ellas el aeropuerto malagueño-. Y el encanto del regreso era, para mi padrino, haber revisado el riego de sus campos, para mí, haber experimentado en mi cara el beso del aire, en mis oídos el del silencio y en mi corazón el de la libertad. Me encantaba asistir al colegio de Don Pedro e ir de merienda con los niños a los llanos abiertos; dormir con la inmensidad de un cielo estrellado sobre mi cabeza; oír los gallos cantar las mañanas…

Pasar al Patio Adentro, por la pared que lindaba la casa de Mariquita y Baldomero, era ir lejos. Cruzar el arco, más lejos aún. Por eso, cuando despertaba en la casa del patio, me sentía extraordinariamente lejos. Y me gustaba meterme en el almacenillo, adonde se dejaba secar el maíz para el grano, porque olía a las sayas de la mazorca, a las marañas de panocha, a los aperos de labranza, a jaeces y atalajes, a papas, a cosas buenas. En él se podían correr caballos. Allí había de todo, una romana, maquinarias muy rudimentales, picadora de carne y avios para la matanza… olía a vida escondida entre la arpillera de los sacos. Ir con mi madrina al gallinero y sorprenderme con la puesta de huevos era una clase práctica de biología; observar los ojos grandes y piadosos de las vacas, oler a becerrillos, verles rumiar y ahocicar y abandonarse al destino, una clase teórico-práctica de filosofía.

Y es en la niñez donde todo se fragua, donde la luz parece más grande que la nada, pero el tiempo, que pasa y no conoce a nadie, nos deja a la inclemencia de nuestro devenir. Hoy ya nada es igual. No queda una casa en pie. Las almas sí, algunas, a base de recuerdos. Y los que sobreviven a todo este desastre, mansos como corderos, callan. Los portales de mi infancia hace mucho tiempo que desaparecieron y no quedan más que sus viejas palmeras y una mujer que escribe para hacerles justicia. Pero aquellos pavimentos de hermosos dibujos en las casas de los altos techos, las terrazas con ropa tendida y el olor a vida de la Finca de San Isidro los han hecho desaparecer hace muy poco y aún no han pasado a la historia. Por eso, porque en mi corazón queda un trozo infinito de ternura hacia los que me dieron la oportunidad de disfrutar la vida, de conocer ese rincón, de crearme bellos recuerdos y poderlos contar hoy, no quería dejar de pasar por alto un pasaje tan hermoso de la vida de muchos, de mi propia vida, y sí quería dejar el primer capítulo de su historia firmado con mi puño y letra. La nostalgia es una canción dedicada, un poema tierno; la nostalgia hoy se llama San Isidro.

Dedicado a mi padre, que cumpliría años mañana, a mi hermana, que mañana los cumplirá; a mi padrino, Manuel Luque Lavado, a sus hijos Maruchi y José Luque Navajas y al resto de sus hermanos; a mis tíos María González y Federico Navajas, y a todos los que se identifiquen en estos momentos de la infancia. Y cómo no, a mi madre y a mi hijo, que me adoraban, y a Pedro y Cristina, a quienes adoro. Desde lo más hondo de mi corazón.
Mariví Verdú

martes, 8 de septiembre de 2009

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE NO OLVIDA A JUAN RAMÓN

*Ayer, en un programa de las dos, a altas de la noche, sin poder dormir por las quemaduras del sol de aquí arriba -y no de playeo precisamente-, por los poemas enquistados y por lo que le pasa a cualquiera que está vivo y le duele el alma, oí que más de doscientos mil manuscritos de Juan Ramón Jiménez están esperando ser debidamente tratados y organizados para que disfrutemos los que, como Santo Tomás, nos gusta meter el dedo en la llaga, oler, tocar y ver la palabra escrita con sus rasgos, con su impronta… Ayer hizo cincuenta años de la muerte del poeta y yo me pregunto ¿cómo es posible que no nos acordemos de Juan Ramón, nuestro Nóbel de Literatura, sí sólo ha pasado tan escaso tiempo como para tanto olvido? Es verdad que la muerte es así de cruel y nosotros así de olvidadizos, pero al hombre que tan sólo hace medio siglo aún escribía con su tinta violeta las joyas literarias que engarzaban el apretado 98 con la flor del 27, así, de una forma tan delicada y bien hecha como sólo Juan Ramón Jiménez sabía hacer, no me da la realísima gana de pasarlo por alto.


En el balcón, un instante
nos quedamos los dos solos.
desde la dulce mañana
de aquel día éramos novios.
-El paisaje soñoliento
dormía sus vagos tonos,
bajo el cielo gris y rosa
del crepúsculo de otoño-.
Le dije que iba a besarla;
bajó, serena, los ojos
y me ofreció sus mejillas
como quien pierde un tesoro.
-Caían las hojas muertas,
en el jardín silencioso,
y en el aire erraba aún
un perfume de heliotropos-.
No se atrevía a mirarme;
le dije que éramos novios,
...y las lágrimas rodaron
de sus ojos melancólicos.

Lo tituló Adolescencia.

Nacido en Moguer, Huelva, en 1881, Juan Ramón Jiménez Mantecón estudió Derecho en la Universidad de Sevilla, donde se aficionó al cultivo de la pintura. En su casa natal, hoy museo, me sorprendieron sus cuadros, sus grandes aptitudes para la pintura. Era un artista en toda la extensión de la palabra. Juan Ramón salió de España al comienzo de la guerra civil, viviendo sucesivamente en Puerto Rico, su segunda patria, La Habana, Florida y Washington. En 1956 recibió el Premio Nóbel de Literatura, falleciendo dos años después sumido en una profunda pena por la pérdida de su esposa Zenobia.

¡Qué poeta más grande nos dio Dios!
Este breve libro, en donde la alegría y la pena son gemelas, cual las orejas de Platero, estaba escrito para... ¡qué sé yo para quien! ...para quien escribimos los poetas líricos... Ahora que va a los niños, no le quito ni le pongo una coma. ¡Que bien!
«Dondequiera que haya niños—dice Novalis—, existe una edad de oro». Pues por esa edad de oro, que es como una isla espiritual caída del cielo, anda el corazón del poeta, y se encuentra allí tan a su gusto, que su mejor deseo sería no tener que abandonarla nunca.
¡Isla de gracia, de frescura y dicha, edad de oro de los niños; siempre te halle yo en mi vida, mar de duelo; y que tu brisa me dé su lira, alta y, a veces sin sentido, igual que el trino de la alondra en el sol blanco del amanecer!

Prologuillo de Platero y yo, una fuente de apetitosa fruta, dulce y sabrosa, para recrearse en Dios y en el hombre. Y en el burrillo y sus ojos de azabache.

Dios mío, no sé cuantas veces habré comprado este libro en mis cincuenta y cuatro años, cuántas lo presté, cuántas se lo quedaron, cuántas lo regalé, pero aún conservo uno con el que me hice en ese sistema de compra “al peso” que, aunque salga baratito, me da una rabia… Ya no lo presto más. Quizá a mi muerte done mis libros a la biblioteca de este pueblo pero, de momento, ni a mi mejor amigo. Platero es mucho, yo diría que todo, es un compendio de la belleza poética de las cosas que pasan por aquí, en el Sur, adonde todo sucede, adonde todo se olvida, adonde no me da la gana de seguir la corriente. ¿Cómo podemos dejar en el olvido esta locura de textos que atemperan el alma?

Vive tranquilo, Platero. Yo te enterraré al pie del pino grande y redondo del huerto de la Piña, que a ti tanto te gusta. Estarás al lado de la vida alegre y serena. Los niños jugarán y coserán las niñas en sus sillitas bajas a tu lado. Sabrás los versos que la soledad me traiga. Oirás cantar a las muchachas cuando lavan en el naranjal, y el ruido de la noria será gozo y frescura de tu paz eterna. Y, todo el año, los jilgueros, los chamarices y los verderones te pondrán, en la salud perenne de la copa, un breve techo de música entre tu sueño tranquilo y el infinito cielo de azul constante de Moguer.

Juan Ramón Jiménez, eres inmortal y se lo recuerdo al mundo para su gobierno, que un hombre que dice lo que tú dices vive en la luz del sol. Por eso, será por eso que siempre lloro cuando te leo, siempre me sorprendes y me conmueves y me llenas de gozo. Con lo difícil que es para mí el llanto sino es por los de mi sangre, por los de mi sangre derramada, y tú debes ser de mi sangre, Juan Ramón. Seguro, tú eres de mi sangre.

Mariví Verdú

*Artículo publicado en Mayo de 2008 en www.diariolatorre.es

domingo, 6 de septiembre de 2009

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE ECHA CUENTAS Y NO LE SALEN

A la vista de mi generosidad al dar el título de amigos a todo el ser humano que se me acercaba en la pubertad, mi madre y mi abuela siempre me decían este refrán: Amigos y más amigos, el más amigo la pega, no hay más amigo que Dios y un duro en la faltriquera. Hasta hace muy poco tiempo creí que era un refrán no válido para mí. Hoy no sólo me doy cuenta de que es una verdad como un templo sino que me arrepiento de no haberlo tomado más al pie de la letra hace mucho tiempo.

Nací de una madre espléndida que me parió cuando tenía treinta y un años. Mi abuela la trajo al mundo más tarde aún, con treinta y nueve años, por tanto me crié entre personas bastante mayores y los recuerdos de mi abuela no son más que los de una entrañable viejecita, de aquellas que morían en poder de sus hijos, disfrutando de un cuarto de soltera y de los mimos y el respeto que por aquellos años en los que transcurrió mi infancia y juventud se les tenía a los mayores. La verdad es que era la memoria colectiva, el libro de historia, la identidad de nuestra familia, el dulce aglutinante que la mantenía unida y un pozo de sabiduría popular. Poseía el don de las corazonadas, el de poner sobrenombres a los humanos, motes o apodos que los definían mejor que el nombre propio; poseía el don de la gracia y un excelente sentido del humor, no exento de un sabio pesimismo que la volvía profética. No debí nunca dudar de su palabra. Mi madre -ese ser mágico que me dormía con nanas- me lo decía también. Ella quería confiar en que a lo mejor se equivocaba en mí el dichoso refrán y tal vez por eso atendía espléndidamente a cuanto amigo llegaba a casa, igual que mi padre, que era un santo. Sólo Dios sabe cuánto se habrán comido de nosotros, ya que siempre pusimos casa, mesa, mantel y una suculenta comida guisada a modo tradicional, o sea, trabajada. Nunca echamos cuentas, mi madre decía que las cosas o se hacían de corazón o no se hacían.

Nunca valoramos lo que tenemos, hasta que nos falta. Ahora, entrada la madurez en mí como en los higos de mi higuera -que no sé qué puñetas les pasa que se ponen vaciones y se pudren en un día- valoro las cosas casi justicieramente. Valoro más lo que han hecho a los míos que el desengaño propio; valoro lo bueno y lo malo y veo cómo se inclina la balanza de los sentimientos. Puede que todo esto se logre a fuerza de desencanto, más que a fuerza de tiempo, o tal vez las dos cosas sean una sola. Será que ninguno de estos glotones comensales invitó a mis padres ni a un huevo frito -ni a mí tampoco- lo que me hizo decidir no dar ni una hiel amarga a nadie y nunca más.

A los pocos amigos que han quedado, los que puedo contar con los dedos de mi mano, les hago un gazpachuelo o una tortilla de papas nada más que entren por mi puerta, porque no sólo de pan vive el hombre y ellos han estado conmigo en lo bueno y en lo malo. Ellos, mis amigos, se cuentan con los dedos de mi mano cerrada que, echa un puño y en alto, da la medida aproximada de mi corazón. Porque eso de Amigos y más amigos, el más amigo la pega, no hay más amigo que Dios y un duro en la faltriquera en ellos no se cumple. Claro, que yo no poseo ninguna de las premisas para que se cumpla el refranero en mí, porque aún ando a la busca y captura de Dios y no tengo un duro. Aunque la esperanza es lo último que se pierde. Tal vez se cumplan las dos cosas en este bendito pueblo de Alhaurín de la Torre. ¡Ojalá y la Virgen del Carmen!

Disfrutando de la sábana y buscando de madrugada el calorcillo, contemplando un gris, azulado y ventoso primer domingo de septiembre, Mariví Verdú

jueves, 3 de septiembre de 2009

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE ENTRA EN TABLAS

A fuerza de darle palos
este mundo ya no sabe
lo que es bueno y lo que es malo.
(Popular, pero de Andrés Jiménez).

Hay un momento en la vida que bien podríamos definirlo como entrar en “tablas” o, lo que es lo mismo, decidir que ya no se lucha más porque es imposible hacerlo. Y esto pasa cuando la vida se convierte en algo invivible. Lo normal es que sea una partida mortal (o de supervivencia). Todos sabemos qué pasa en el juego de ajedrez cuando quedas en tablas, ya sean pactadas u obligadas, pero que no hay forma de cargarse al rey, único objetivo de este juego tan interesante y tan guerrero. Como la vida misma. Contra el adversario que tenemos más común, la muerte, es imposible luchar. Ésta te da jaque cuando menos te lo esperas. Contra la estrategia usada por los poderes públicos es una mierda jugar, estos hacen el juego menos digno porque son poco inteligentes y mucho más tramposos. Por eso me quedo encerrada en mis cosas y jugando con mis palabras, porque ir contra ellos es lo menos apetecible en estos momentos. Seguirles la corriente tampoco, porque entonces no soy nada. Así que… en tablas, hasta que me dé por meterle una patada al tablero. Es entonces cuando rezaré a Ciorán.

Anoche no dejé de dar vueltas a los recuerdos. Siempre que me dispongo a dormir de nuevo, en la cama, digo, después de la cabezada del sillón, es inevitable un aluvión de pensamientos, algunos tienen que ver con el día y con lo que éste me ha dado o me ha quitado. Anoche me dio por pensar en aquella escuela que tuve desde los cinco años a los diez. Era una casa sin paredes divisorias situada en los Portales de Germán, adonde convivíamos todos los cursos, hasta los mayores, alrededor de una maestra y de una copa o brasero. Ave María Purísima, al entrar.

Con cuatro años y a fuerza de oír lo que me leían mi padre, mi madre y mi hermana Magdalena, me sabía de memoria un libro completo, sin haber aprendido a leer aún, y pasaba las hojas en su debido momento, de tal manera que hacía creer a todos que leía de verdad. Como no había tele, entretenía a la familia y a las visitas, aceptando las invitaciones de mi madre para divertir al personal. El libro del que les hablo era de K-Hito, (1890-1984 escritor costumbrista, dibujante, crítico taurino), titulado Hasta luego. La edición era de 1950. Era muy divertido, la verdad. Este libro se perdería en alguna mudanza y me volví a encontrar con él en una tienda de segunda mano. Lo compré, como era natural, y se lo regalé a mi madre, dedicado.
Para mi madre, eternamente joven, en mi corazón. Un beso. Mariví, tu hija. 11-1-05

Desgraciadamente vuelvo a tenerlo yo. La muerte es así. Es el boomerang de la vida. Bueno, y digo yo ¿porqué anoche me tuvo sin dormir esto y qué tiene que ver con el refrán del principio? Pues creo que me fui a este tema para despistarme a mí misma y no dormirme blasfemando. ¡Qué sutilmente están lavándonos el cerebro los medios y sus directores, los poderosos, que no les va a quedar una parcela de poder que no dirijan a su antojo! En el flamenco son los nuevos señoritos. Y en las demás cosas también. Yo ya no sé si irme o quedarme, vaya a ser que si me quedo haga caso a otro refrán que dice: Pa tres días que me quedan en el convento, me cago dentro.

Ah, lo del colegio anoche sería causado por la última noticia, con la que me fui a la cama ayer, la que dieron en TVE2 dedicada a los superdotados y a la fuga de cerebros de España. Había una chica que decía que se sabía un libro de memoria cuando era muy pequeña y la tachaban de superdotada. Claro, en aquellos viejos tiempos en los que yo viví, si una hubiera tenido un ramalazo nada más de inteligencia, sólo hubiera valido para servir de entretenimiento a las visitas. Anoche flipé con los testimonios de algunos dotados. Antes que prestarles la atención debida en nuestro país, dejan que se vayan a otros países a estudiar, y todo por falta de atención, inversión o vergüenza. Ya me había llamado la atención años atrás un caso que volvieron a sacar a la luz anoche, el de dos investigadores sobre el cáncer que llegaron a unos logros impresionantes y que tuvieron que pagarse los seis últimos meses de su propio bolsillo o desistir en pleno avance de su investigación, y que, una vez conseguido el objetivo y viendo los grandes resultados obtenidos, fue un bochorno a nivel mundial para nuestra querida administración. De tal manera que tuvieron que reubicarlos aquí. O el caso de otro investigador que acogieron en Inglaterra y me dio verdadera pena, porque el hombre decía que le gustaría, siempre que es reconocido por sus méritos y dicen de él ser de Londres, que dijeran de Madrid, Barcelona, Valencia o Sevilla…

Hace diez meses, veintiséis días y quinientos dieciséis años que América descubrió a Colón.
Desde El Garitón, pensando en la madre que parió a Paneque, Mariví Verdú

martes, 1 de septiembre de 2009

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE, REFRANERA POR UNA TEMPORADA

Este mundo es tan canalla
que lo bueno no lo dice
y lo malo no lo calla.
Popular

Hay razones que el corazón no entiende, por lo menos el mío. ¿Cómo puede ser que el humano, ese ser minusválido de nacimiento, que tanto necesita de los demás para poder vivir, sea tan injusto con sus congéneres y tan retorcido en sus acciones? Será cuestión de envidia. Casi toda la mala mano del mundo es culpa de la envidia. Yo creo que es ese pecado el que tiene la culpa de todo. Aceptarnos y ser felices con nuestro destino parece ser tan difícil y tan imposible… porque todos queremos ser el otro, el de enfrente o el de al lado, pero el otro, el que creemos que tiene más, que es más, que llega más lejos. Y, como no nos gustamos a nosotros mismos, no nos damos cuenta del maravilloso milagro que somos y del don tan hermoso de los sentidos. Respirar y sentir el sol son actos totalmente gratuitos, regalados, y, lo más importante, extensivo a todos los seres humanos.

La reflexión del pensamiento o refrán que encabeza mi artículo, no hace más que corroborar la sabiduría que esconde el pueblo y lo antiguo que es mi sentimiento. Y da pie a mucho artículo, mucho silencio, más desencanto…

Que Dios exista se está haciendo cada día más necesario. Que se parezca más al de la Biblia que a Jesús, más urgente. Hay cada mamón suelto… hablo de mamífero y más concretamente del hombre, que los animales no se pueden comparar con estos bichos que andan libremente y dejan a los buitres y a los reptiles muy altos, pero que muy altos.

Y como lo que quiero es que cada uno piense lo que le dé la gana, se aplique el parche y/o se lo adapte a sus necesidades, no quiero despedirme sin dejar dicho algo que ha sido muy bueno para mí: dejar de fumar. El haber dejado este vicio ha sido cuestión de vida o muerte. Porque la muerte no es tan cruda cuando vine y ya está, la muerte poquito a poco, la que te asfixia cada mañana, la que no te deja subir al monte por bajito que sea, la que notas las cuestecillas de la calle y el mismo movimiento de ponerte los zapatos, esa es muy malita y demasiado larga. Y tengo que decirlo porque no debo callarlo, porque lo que es bueno para mí creo que puede ser bueno para todos.

La otra muerte, la de la pena, es igual de prolongada que lo sea la vida, pero además obligatoria y exclusiva y no tengo secreto para podérmela quitar. Y, además, no quiero quitármela.

*Amigo Andrés Jiménez, gracias por estar siempre ahí y darme el refrán de hoy. Manuel Ángel Rodríguez García, gracias por tus palabras y por tu pan cateto. Va por vosotros.

Adorado Septiembre,
ya estás aquí.
Tienes dama de noche,
rosa y jazmín…

Tienes luceros
y florecillas malvas
en el romero.

Desde el viejo Garitón remozado, Mariví Verdú