lunes, 22 de febrero de 2010

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE ¿Es la justicia una simple razón? Yo diría que la única. Al prólogo (o algo por el estilo) de Convergencias.

Crítica sobre el libro de poemas titulado Convergencias (coordinado por Francisco Miguel López y prologado por Antonio J. Quesada). Lo hago exclusivamente en lo tocante al poeta Paco Parra.

Nombrar a Paco Parra es como decir poeta de las más bellas alturas. Paco es un escritor que ni tiene ni quiere otro cielo más que ese que roza empapándose de su color añil, el alto cielo que corona el cerro de Comares. Y cuando este poeta sea estudiado en profundidad por algún intelectual loco y/o místico -porque se necesita más experiencia de lo divino que de leyes o de ciencias de la información para hablar de Paco Parra- muchos literatos criticones se tirarán de los pelos por no haber sido justos, que no generosos, con quien tanto ama y sufre escribiendo. ¿Es la justicia una simple razón? Yo diría que la única.

Cuando las publicaciones y la opinión especializada deje de ser enchufista, partidista… sectaria, en una palabra; cuando se descubra en libertad la poesía de autores que van por libre como es la de nuestro querido Paco Parra, muchos críticos se achantarán y, si tienen algo de conciencia, entonarán el mea culpa por haberlo tenido en desconocimiento y, por tanto, “no amado”. Ni siquiera puedo decir que “echado en olvido” porque sólo se olvida lo que se ha conocido antes y es susceptible de recordarse. Es de cajón que todo aquel que conoce la poesía de Francisco Parra Postigo no puede olvidarla jamás porque es de tal envergadura literaria –por corta que llegue a ser una soleá- que sin volutas ni hojas de acanto alberga la simplicidad de la belleza y la profundidad de un pozo hondo, tal y como dijera la letra popular:

Cuanto más jondo está el pozo,
más fresquita tiene el agua;
cuanto más hablo contigo,
más me gustan tus palabras.

Cada día es más absurda la manera de hacer literatura. Hay quienes escriben alegremente poesía aunque no la hayan olido siquiera, pero hay quienes hablan de poesía y, lo que es peor, escriben crítica sobre ella y sobre sus autores desde un estadio que se les presupone de conocimiento pero que decepcionan ante la falta de rigurosidad y, lo que es peor, de ganas de conocer y, por tanto, de apreciar una obra.

Aborrecible es siempre la prepotencia. El riesgo de hacer crítica es grande y más aún cuando lleva uno la viga en el ojo pero, hasta el más neófito en estos menesteres, como yo, se conduele ante este caso concreto en el que se evalúa y presenta a Paco Parra en el poemario Convergencias: sólo cinco renglones y medio para no decir nada frente a la presentación de otros poetas que copan la atención dedicándoles un extenso texto, rico en dádivas, algunas inmerecidas. Decir esto me duele porque aprecio a Quesada, prologuista del mismo, a López, coordinador del libro, y porque quiero con todo mi corazón al poeta comareño, así que este artículo me ha llevado más de ocho semanas de meditación, tiempo necesario para resolver la duda sobre la conveniencia de su publicación.

Me parece que el trato a Paco Parra en este prólogo es sólo es un desafortunado escarceo, un puñadito de palabras hueras que fastidian a quienes no sólo conocemos sino que admiramos al poeta y a su obra, premisas más que suficientes para hablar de un ser de las características del que firma estos cinco poemas del libro Cuaderno de Tierra Madre que aquí les presento: Paco Parra.

A Pedro J. Vizoso


Huimos hacía los montes,
alta la fuente y los pianos
rotos, por la puerta de
Buenaventura por no
llorar su muerte.

Bajamos a la ciudad
de los puentes rotos,
más tristes, más amargos
que nunca.


A José García Pérez

Llegaban los saltimbanquis
con miradas lejanas de
otras tierras del norte.

Acampaban bajo las estrellas,
bajo los puentes, en las cuevas
del monte.

Agua madre les daba
algo de queso y el
pan de los caminantes.


Para Jean Moreau

Sentados en la arena
de poniente, bajo los
palos borrachos, con
los ojos cerrados a
ellos en su imposible
retorno, creímos
verlos llegar.


A Mariví Verdú

Agüela Paca era
inválida y gitana;
sus ojos grandes
no cabían en aquellos
terrenos.

No olvidemos la noche
que el mar nos llegó
hasta Comares.


Para Jesús González Rodríguez

Para la noche anduve
y para el tiempo que te vi mirando;
para el barro, a tus oídos,
para la luz
de un cántaro,
y tanto amanecer en los días
cercanos a los montes.

Bajaste a la mar
machacando sombras.
Llévate a la tierra
los crespones felices y montones de
auroras. Reniega en los castillos,
pisa en esta flores
secas.
Humedécete de lirios.

Quiero también reivindicar públicamente los derechos que tengo como autora de la biografía que se publica en este libro de poemas titulado Convergencias, ya que se usa mi texto sin firma alguna, como si hubiese bajado del cielo, hecho que incurre en delito. No me importa ceder esta nota biográfica para que se presente al poeta, pero quiero saber dónde y de qué manera se usa, como es natural, y exijo que lleve mi firma si reproduce textualmente mis palabras, mis sentimientos hacia Paco Parra.

Y aunque no quería explayarme -creo que lo he hecho- sí quería exponer mi opinión públicamente porque yo soy para Paco Parra como lo fuera “El Bautista” para Jesús, una adelantada que alberga el compromiso de proclamar su obra y difundirla, aunque me cueste la cabeza. Hay quienes reconocemos en su literatura unas señas de identidad que sólo se dan en unos pocos elegidos y Paco Parra es uno de los tocados por la varita, aquella que bendijera Fernando Villalón siguiendo los ritos mágicos pertinentes.

Mariví Verdú, desde un Garitón lleno de musgo, con el corazón encogido.

sábado, 6 de febrero de 2010

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE PROPONE DAR DOS VUELTAS Y MEDIA

¡Qué hermosura de campo nos ha dejado Enero! Parece mentira que no estemos en la calle de rodillas dando gracias por tanta belleza. Da igual a quién ni a qué. Igual podemos hacerlo a Dios que a la infinidad de sus nombres. Lo mismo da que demos gracias sol que a la naturaleza, pero que se vea algún acto humano de acción de gracias, un rasgo tribal, que es lo que somos al fin y al cabo, tribus conviviendo, cada una más fuerte que la otra en una sucesiva escalera de envidias.

El primer mes del año es el mes del almendro, de todos los almendros, es el mes del Sur y de su luna brillante. Es el tiempo de las nieves, de las que coronan los altos cerros y las sierras, y de la otra, rosada y tibia, de la flor del almendro. Y así llega Febrerillo, menos loco que antes pero igual de ventoso, con una luna regalada, grande como un pandero de Montes, luminosa y cercana, como la cara de una madre. Sin embargo, y a pesar de la regalada belleza que disfrutamos los favorecidos habitantes de este trozo florido de Al Andalus, hay un dolor en la belleza proporcional a ella misma: cuanto más belleza, más dolor, aunque nadie repare en ello y, si lo hace, no quiera oír su conciencia. Pensar, lo que se dice pensar mucho, no se piensa, y menos en eso, la verdad, y es por miedo al dolor.


Reflexionar en cuan injusto es el reparto de dones entre los humanos es tarea a la que no podemos aspirar sin sufrir. porque ademá no nos corresponde en su primera instancia. Pero recapacitar en lo mal que hemos hecho el reparto del mundo es un compromiso, un acto de madurez, una responsabilidad humana –o debiera ser- y tendríamos que tomarlo como una obligación colectiva. Por ello habríamos de invitar a todos los habitantes del globo a una reflexión comunal para dar inmediatamente un giro de novecientos grados, dos vueltas y media, hacia unos nuevos horizontes, o sea, efectuar un cambio drástico y urgente. Esta sensata actitud que sólo se le ocurre a las almas que sienten pertenecer a un todo y que, aun estando perdidos en el cosmos, se encuentran en el mundo, en un mundo redondito y pequeño como una manzana, en un planeta azul que no cuidamos y, por tanto, que no merecemos, debiera ser lanzada por Internet, arma que bien podría ser su hilo conductor -debido a su alcance y a su alto poder mediático- y así, un simple mensaje haría convulsionar a más de medio mundo de la necesidad que tenemos de que el otro medio forme parte de la vida y tenga más alternativas, la que nosotros fuéramos capaces de cederles desde "la civilización" generosamente…. Pero para ello hay que prescindir de muchas cosas -la mayoría, innecesarias- y dar más valor a nuestro hábitat y a los recursos que nos quedan aun. Participar en este cambio de actitud frente a la injusticia social es una obligación y se está convirtiendo en una necesidad. Sí o sí, porque negarse al cambio es firmar nuestra propia sentencia de muerte. Vaya, que nos vamos todos a tomar por donde amarga el pepino, si nos hacemos los sordos.

Desde esta garita que me enseña el dulce curso del almendro mientras mi corazón se conduele y lloro por tanto muerto y tanta insensatez, Mariví Verdú