domingo, 13 de junio de 2010

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE DESDE EL COLUMPIO DEL SILENCIO

A veces, la cabeza, esa personal computadora que no se entiende a sí misma, se cansa, se agota, se le rompe el disco duro o se le va la memoria. Siempre, al fin, se desconecta. Tener que seguir almacenando recuerdos o andar detrás del tiempo -con lo éste que corre- para no quedarnos atrás llega a hartar de tal manera que la sesera va y se planta, desatendiendo el consejo que diera José Agustín Goytisolo en sus versos a Julia, su hija: Nunca te entregues ni te apartes junto al camino, nunca digas no puedo más y aquí me quedo”. Cualquiera de nosotros, un día preciso, se queda callado y se sienta a la puerta de su casa, viendo pasar las nubes, a merced de la providencia de Dios. Y es que tenemos derecho a cansarnos, en particular de estar en una obra que no nos dejaron elegir y de la que no nos dejan salir, siendo sólo números paganos. Aburre vivir la vida que no corresponde a los conocimientos ni habilidades que se posee; harta la suerte, ese maldito azar tan malo para quien nace con la de ser pobre. Y es que hoy nada se deja al libre albedrío, todo está sujeto a unas normas enmascaradas de democracia que no dejan de ser mandatos de quienes no saben qué hacer con el mundo que han fabricado: este mundo de “igualdad”, tan laico y tan lleno de vacunas, enormemente hipócrita, desvergonzado y, lo peor de todo: injusto.


Y es que ando cansada de querer agradar a los demás, con lo poco que les importa a la mayoría agradar a nadie. Son terribles las imposiciones sociales, las máscaras vivientes, las ordenes subliminales, es todo un contrasentido, porque cualquier ser humano pensante debería hacer lo correcto guiado por su propio instinto. Siempre he creído que el hombre es bueno por naturaleza, aunque sé que existe gente con careta, ladrones y criminales, gentes que la misma sociedad antes desterraba. Sí, la sociedad, y no hace tanto, antes de quererle ver las cinco patas al asno. La sociedad era tan excluyente con los maleantes como leal con su prójimo y respetuosa con sus dementes. A estos se les tenía por inocentes, se les quería. Cada pueblo y barrio malagueños tenían su tonto, su loco o su borracho como tenían a su médico, a su civil y a su maestro. Hoy no se sabe quién es quién. Éramos más humanos, a pesar de tener menos de casi todo, y los abuelos acababan su vida en poder de los suyos y así cada cual recibía su reconocimiento social, nunca tan perverso como hoy. Vaya, que me he tomado un tiempo de silencio por decisión propia, tal vez por causa de esta vejez prematura que da el optimismo, mezcla de impotencia y desencanto. Y porque no quiero que me destripen los misterios. Todos los sabihondos del mundo civilizado son tan torpes... aún no han solucionado los grandes problemas de convivencia y quieren despejar las grandes incógnitas del hombre. Nunca harán ni lo uno ni lo otro. Por eso se han cargado los cuentos y las ilusiones en las que hallábamos nuestra dosis de alegría. Ellos han matado la poesía del mundo.


Mucha gente se asusta por mi actitud y piensa que puedo estar perdiendo el juicio. Y todo porque hablo menos, no agradezco los correos, menos los que adjuntan pps, y no me importa lo que piensa casi nadie. He mandado el messenger a tomar por culo -he ganado muchas horas a la vida- y voy menos a la compra y a los actos sociales. He optado por no ver la TV a cuadritos, ningún canal, todos se pueden a ir adonde picó el pollo. He vuelto a dar forma, como hiciera nuestra María Zambrano, a las nubes. Sigo leyendo libros: Poesía de Encarna Lara y su río: El Genil. Y los clásicos (gracias Manuel Ángel Rodríguez, por ser todavía mi maestro y llevarme de la mano a hacer las paces con Platón).


Desde hace algún tiempo, despido y acojo el sol mirando en lontananza, algo que hacía mi padre cada día y que ahora sé qué significado tenía. Es la cabeza, el alto corazón, que se pone en orden con el cosmos, porque el haber sido hechos a imagen y semejanza de Dios implica bastante, ser suficiente en uno mismo y respetarle a los otros la distancia. La soledad tiene necesidad de sitio y de silencio. A pocos les importa ya otra cosa que matarse por ser alguien. Somos tan escasos hoy en día los que nos hemos dado cuenta de que se es más grande en relación a la capacidad que se tiene de estar solo, callado y vivir estoicamente... en consecuencia, que nadie se preocupe porque haya escogido la opción de la soledad y del silencio. Asombroso es, un milagro, que hoy haya tenido ganas de contárselo a alguien, si es que ese alguien todavía lee mis cosas.


Desde el columpio
del silencio
podemos coger
el clavel de lo eterno
pero...
¿qué haremos
con lo eterno en la mano?

Emilio Prados.


Desde El Garitón, esperando la salida del sol con una gatilla chica en brazos y “atarragando” con el corazón que tanto pesa, Mariví Verdú