miércoles, 18 de agosto de 2010

DEL DICHO AL HECHO HAY UN ESTRECHO. A Pedro y Cristina.

Con gran afecto recuerdo a mi amigo, por un tiempo mi jefe, Curro Flores, ex-Concejal de Cultura del Ayuntamiento de Málaga en tiempos de Pedro Aparicio (cuando ser del pesoe era algo ilusionador). Como si de un resorte se tratara, después de conocer las impresiones o noticias que cualquier descerebrado le transmitía gratuitamente,  ya fueran de cotilleo insano, de palabra ominosa o, lo que era para él peor aún, vana, saltaban sus palabras y decía: “...y lo bien que estaba yo sin saberlo”. Pues eso mismo digo yo. Y no sólo digo, hago. Hace ya algún tiempo me puse manos a la obra y he cruzado el trecho que separa al dicho del hecho y ando ahora con mi nueva y transparente camisa. Aunque mi poder no alcanza más que a evitar lo evitable, comencé por no darle mucho “harilleo” a la gente que nada aporta a tu vida más que quebraderos de cabeza, seguí por la criba de los actos sociales, eliminando esos en los que la mayoría va a ver tus arrugas y los kilos que llevas demás, donde las conversaciones son de lo más insípidas, por no calificarlas de mediocres y torpes; he continuado por aniquilar la prensa y he terminado por extirpar los telediarios. Ya está bien de darme la comida con ese periodismo pobre, sensacionalista, partidista y descalificador que tanto me agobia y que no solo ha conseguido que le tenga asco sino todo tipo de fobias. Ahora, entre quitarme de fumar, de comprar el periódico y el no tener que aparentar lo que una no es, por tanto, no gastar ni un duro extra en tonterías ni pijadas, he podido ahorrar lo suficiente como para dedicarme a lo que me gusta. Claro está: este pan para este queso pero...¡y lo bien que sienta el pan con aceite!


Entre los políticos y este contagioso bostezo primate, aburrimiento colectivo, está desencantado el personal. Sabemos que no tenemos nada que esperar de la historia actual -tendría que surgir un nuevo lider, nacer una nueva filosofía, realizarse un gran milagro social-. Hoy sólo queda recurrir a los libros -ya sean de historia o de poesía, a ver si encontramos soluciones físicas o metafísicas -, a la música, al recogimiento y al pico y la pala, algo que debiera ser obligatorio para la mayoría ya que falta les hace a más de uno saber lo que es bueno. Tanto ocio y tanto trasnoche, tantos derechos para gente que no tienen la más mínima responsabilidad, imbuidos por tanto serial de paparruchadas entre hombres y mujeres de plástico; tanto programa de relaciones cagalistrosas que ponen como ejemplo a niñatos incultos que vestidos de limpio no valen ni un duro y que tienen menos futuro que una pompa de jabón -éstas, al menos, son tan efímeras como hermosas-; tanta gente tocándose las pelotas necesitaría de una buena dosis de trabajo corporal. Y es que está la gente cada día está más apamplinada, llena de complejos absurdos, siempre comparándose a las medidas y bultos de silicona de los starrings- y sin saber qué trapito ponerse para agradar. Aún no saben y nuestra actual enseñanza no se ha preocupado de enseñarles que el mayor tesoro no está en la apariencia sino en las poderosas fuentes del conocimiento y en el respeto a sí mismo. Recomendaría altas dosis de trabajo físico contra este sistema equivocado de vida para que las quedadas no sean a partir de las doce y hasta la mañana siguiente sino que el cuerpo no se pueda levantar de la cama de puro cansancio. Pero como a las madres y padres de hoy les da miedo tocar diana...¡qué nos zurzan a todos! Desde luego no pretendo ser catastrofista pero pocas esperanzas nos quedan si pensamos que de esta hornada salga alguien que merezca la pena en cualquier faceta profesional o cargo público y mucho menos personajes en quienes confiar nuestro futuro. Deseo y sueño con la excepción que confirme la regla.


Entretanto, con tanto calor como desencanto, canto y doy gracias por la vida mientras deseo a todos un llevadero verano. Casi me había olvidado del color de la semana, ya tendría que hablarles del color del mes y casi de las estaciones, pero los caminos de la vida son inescrutables. A mí me han llevado a dirigir un hogar de jubilados y a estar en contacto permanente e integrado con un colectivo que está lleno de inquietudes, de ganas de darse, de sabiduría y de soledad. A esto dedico últimamente mi tiempo: a que la soledad se llene de amigos. Tal vez sea así como deba emplear mis días. Mis tardes y mis noches, a repartir entre el sueño y los ensueños. Y si soy útil, bendito sea Dios.

DEL PERIÓDICO DIGITAL EL AGUIJÓN

martes, 17 de agosto de 2010

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE REPOSA EN LOS VIOLINES

Esperando esa tormenta prometida, con miedo a volverme a quedar con el ordenador muerto de sobredosis, me he levantado a las cuatro menos cuarto con intención de escribir un trozo de artículo, un poema, algo, una intención que quiero desarraigar y no consigo. Tanta obstinación debe responder a algo más que a una simple manía o un caso especial de sonambulismo. Es un sentimiento fuerte, como una orden superior a mí misma. Aunque lo más lógico y terrenal es que esté mala del sentido. Con los ojos pegados y la vista más perdida que el barco del arroz, me encanto frente al nuevo documento en blanco, como si estrenara una libreta cada día, como si se me abriera una rosa transparente en la que busco origen y perfume, donde voy sucediendo una palabra tras otra como una posesa hasta que pongo un punto y final y decido que ya está bien. A veces logro sacarme alguna espina, otras la busco, la invento y me la hinco en el rincón más doloroso del corazón. Decía Dostoievski : “El sufrimiento es la única causa de la conciencia.” A lo que añade Ciorán: “Los hombres se dividen en dos categorías: los que han comprendido eso y los demás.” Y digo yo ¿por qué entiendo tan bien a estos dos hombres?


Por aquello de que la radio no te estorba para hacer las tareas cotidianas y dado que ésta es menos agresiva que la televisión y menos absorbente, con cualquier emisora que mezcle noticias y canciones se tiene la sensación de estar acompañada y distraída. Pero tomar la decisión de oír música es algo distinto y requiere de otras cosas. Necesita tiempo, silencio, voluntad, gracia para la elección y sentarse cómodamente para prestar la atención debida, o sea, que hay que dejarlo todo, poner oído y abrir sentimiento. Anteayer pasé un buen rato oyendo música. Busqué entre esos discos que tengo perdidos en la estantería para los que nunca encuentro momento y elegí uno de música andalusí protagonizado por Ahmed Larinouna, acompañado por violón, tar y piano. Una delicia que me transportó al cielo. La verdad es que no sé si la música la puse para mí o para mi canario, esa flautilla divina que se va haciendo poco a poco a mi compañía. Al cabo de unos momentos... cómo se llenó todo de música, qué mágico dueto improvisado, qué paréntesis en el tiempo, qué pura maravilla.


Viendo cómo el canario se iba contagiando y yo con él, sin poder añadir al duo ni una sola nota, me puse a quitar hojas muertas al culantrillo. Después escogí a Bach. Mientras iban cayendo las hojas secas se hacía presente el delirio. Solté las tijeras, cogí mi libreta, una libreta vieja de pastas imitación a española, con hojas que amarillean, de renglones anchos y líneas grises, y escribí:


Con Juan Sebastian Bach
mi pájaro, en silencio,
-o si acaso un piar
muy leve, como un beso
robado-, reposa en los violines
y al filo de las notas...
¡oh soles sostenidos!
y me mira, asombrado.

Que no tengo remedio...ni en el acto solemne de oír música puedo parar el zoquete de mi alma.

Desde un rincón pacífico del mundo, sin haber hecho nada para merecerlo, Mariví Verdú.

sábado, 14 de agosto de 2010

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE EMPAPADA DE LLUVIA

La mística es una irrupción de lo absoluto en la historia. Al igual que la música, ella es el nimbo de toda cultura, su justificación última. E. M. Cioran.


Son las siete de la mañana y sigue lloviendo. La tormenta de esta noche ha dejado el ambiente fresquito y los poyetes llenos de salpicones de barro. A la atmósfera le ha venido bien y a los que hemos sufrido estos días de calor tan extremo nos ha dado una pequeña tregua y hemos podido dormir. El calor ha sido insufrible este agosto, se ha disparado la tensión de mucha gente, se ha acrecentado el mal humor y los saludos han prescindido de besos, por aquello de los sudores. Gracias, lluvia, por caer aplacadita y misericordiosa.


He dedicado esta pasada semana muchas horas a ordenar las libretas viejas, esas que durante años han ido recogiendo mis sentimientos y en las que un grafólogo hubiera descifrado muchas cosas sobre mi estado de ánimo, menos que las que reflejan sus escritos. Una palabra tras otra, desde mi cuidada caligrafía de los trece años, pasando por las cartas de amor y los poemas del desamor; la descendente caligrafía de mis locuras carnales, la transfigurada de mis poemas místicos, la reconocible letra que dice dolores y penas, hacen un total de vida que, aunque llena de altibajos y tropezones, dice mucho de mi fidelidad a esta vocación de escritora sin papeles que soy. Todo un trabajo diario que abarca desde los cuadernos de fabricación casera, cosidos a mano, con lacitos, hasta los de gusanillo, desde el saco de cartas de amor hasta la memoria perdida de dos ordenadores y una cuarentena de cedes. Toda una vida esperando el verso que resuma mi estancia en este rincón bellísimo que esta noche ha sido traspasado por la lluvia.


Tener la sensación de que queda poco tiempo para poner las cosas en su sitio es ser simplemente consciente, no pesimista. Y es que dedicarse al grave oficio de escribir tiene sus riesgos. Uno de ellos es pensar. Y si encima no eres de las que te gusta arrastrarte por los pasillos de las instituciones pidiendo una oportunidad como Platanito para tener un libro que llevarte a la hoguera, después del poco mérito que le dan a una los que tienen carrera o poder para quitarte o incluirte en las actividades líricas de este pueblo y de esta provincia, no quiero dejar por aquí ni un papel demás. Mi tiempo se ha pasado, que te publiquen un libro ahora es como cumplir tu última voluntad, como tener un hijo probeta, a destiempo, sin la regla, sin el goce, sin bendición ninguna, cosa forzada, carne de quirófano. Sin embargo, aunque se ha aumentado con todo lo roto el volumen del reciclado de papel, he pasado al ordenador algunos poemas que quiero conservar, algunas reflexiones que no son ya ni mías al ser de todos los hombres y algunas letras de coplas que daré a mis amigos músicos para que las pongan en el aire. Iré sacando en mis artículos unos y otras, en los blogs que visitan los pocos amigos que me quedan y algún internauta equivocado. Y los ratos místicos... que no me falten nunca. Ay, soledad divina, que hoy se siente empapada de lluvia, acompañada de la flauta de mi canario y de la independencia adorable de mi gata.


*Dedicado a Francisco Rojano, un amigo que me regaló hace unos días un precioso canario. Y a mis compañeros animales, mi gata y esta flautilla divina que hace de mi casa un lugar en el cielo. Milagros para creer.

Corazón del pajarillo,
cuarta parte de un fresón,
donde se guarda el secreto
de la música de Dios.

M. Verdú

viernes, 6 de agosto de 2010

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE, MENOS MÍA Y MÁS DE LOS DEMÁS

Tener como norma dar en vez de pedir fue en mi casa una forma de vida, un carácter familiar que marcó mi existencia. Aún recuerdo cuando vivíamos en los Portales de Gómez, en aquella casa que mis padres hicieron digna y habitable a pesar de los escasos medios económicos con los que se contaban: la paga de un pobre insigne ferroviario y la miseria de viudedad de mi abuela Victoria, que murió en nuestro poder rodeada de afecto. Sin embargo, nunca nos faltó un plato de comida y mi madre socorría a cualquier pobre que llamaba a la puerta, ya fuera con un tazón de café migado, un trozo de pan con aceite o un cacho de morcilla, ya fuera Maria Huye o cualquier otro pobre ser humano. Mi abuela tuvo siempre una fe ciega en lo que ella daba en llamar “providencia”. Aquella frase de “Dios proveerá” se hacía realidad, ayudada desde luego por los madrugones de mi padre y las benditas manos de mi madre. Esa escuela que mamé y que transmití luego a mis hijos es la mejor herencia que tomé y que dejo. Y tal vez sea ese aprendizaje el que me hace leve cualquier gravedad económica que sufra.

Hay momentos en la vida que necesitan de toda nuestra atención, de todo nuestro tiempo y entusiasmo, de toda la alegría y disposición que poseemos y que a veces ni siquiera poseemos y sacamos de flaqueza. Haciendo un esfuerzo sobrehumano de nuestra voluntad, nos dejamos en el empeño hasta el aliento. En el transcurso de la vida, esos momentos son los que se recuerdan con mayor cariño y los que nos impregnan de un cierto perfume místico y sobrenatural el alma. Lo más importante no es sólo el positivo estado de ánimo, resultado de la abnegación o negación del yo, sino la satisfacción de sentir el estado de ánimo de los demás, notar el prodigioso cambio que experimenta el otro cuando se siente acompañado en el camino de la vida. Y algo más, el alto grado de respeto que provoca en nosotros mismos. Esto pasa tal como digo. Tenemos el ejemplo cuando hemos de atender un enfermo de larga duración o terminal, cuando nos hacemos cargo de un mayor dependiente o cuando la vida te ofrece la posibilidad de ser útil a un buen puñado de seres humanos en casos extremos, ya sea en el extremo oriente o en el barrio que te criaste, que puede darse el caso.

Retirarme de las faenas cotidianas, haber dejado por un tiempo mis artículos, mi poesía, mi vida metódica y ermitaña y hasta mi revista “Calle del Agua” responde a un nuevo quehacer que ha necesitado de mi tiempo íntegro, de mi esfuerzo diario, de entrega total y de toda la concentración que requiere una encomienda de la envergadura de este nuevo cargo para el que he sido elegida, una responsabilidad que me gusta, que me ha conquistado el corazón y me ha llenado de ilusión la vida: trabajar altruistamente para los mayores -colectivo del que ya formo parte-. Poner en orden el Hogar, aportar cuanto sé y cuanto tengo, darme por completo a estas personas tan humanas y generosas, me ha devuelto las ganas de estar en el mundo. Y ahora que todo está en marcha y que el tiempo vuelve a tener algunas horas para mi y mis inclinaciones líricas, he retomado mis colaboraciones en Diario La Torre. No sabía qué contar y he querido relatarles los motivos de mi ausencia. Ha sido una ausencia llena de nuevas presencias: Encarna, Pepita, Salud, Mónica, Lourdes, Pepe, Antonio Ricardo, Constanza, Remedios, Juan, María, Jesús, Maruja... todo un colectivo que ha puesto su confianza en mi persona. Gracias. No os defraudaré.

La verdad es que no he dejado de escribir ni un día siquiera, lo que no he tenido tiempo es de apuntarlo en algún sitio. Poco a poco iré sacando de mi memoria todo lo que ha sentido el corazón. Las musas no se van, sólo duermen la siesta en verano.

Desde El Garitón, cada día más cerca de los míos, más árbol, más repartida, más transparente, Mariví Verdú.