jueves, 30 de septiembre de 2010

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE. SER, SIEMPRE SER

Ser, siempre ser

Pronto amanecerá. Ya es otoño y las uvas están doradas y dulces como fueran los ojos de mi madre. Málaga sueña allá abajo como un copa recién movida de ascuas perfectas. Los perros ladran a los gatos, que andan ya medio en celo y son los amos de la noche. Pronto comenzarán los frágiles clarines de mi canario a dar la nota y el día caerá encima de nosotros como una gasa azul que muevan a su antojo las brisas de septiembre. Ayer tarde me dejé el mar abajo, era una inmensa agua marina, parecía de cristal. Hoy sólo lo intuyo en la lejana negrura enmarcado por la onda dorada de la bahía y señalado por los toques de luz de su farola; uno, dos, tres...una parada, cuatro...otra parada, un, dos, tres... todo un lenguaje del mar y los marineros.

Hace más de un mes que no hilo palabra, como si el tiempo me hubiera enmudecido después de amarrarme las manos y cerrarme la boca. Pero nada más que la muerte tiene el triste poder de silenciarnos. La voz se me sale por los poros mientras mi corazón, que tiembla más que late, dice que sí a la vida agradecido. Me sigue pareciendo lo más tentador un papel en blanco y sigo derramándome en él a pesar de que el tiempo se me escape como agua entre los dedos. No sé si se podrá servir a dos reyes a la vez, pero tampoco hay nada que lo prohiba. Por eso, a pesar del otoño y las astenias, aunque blanquee mi pelo y mis obligaciones me aparten de este trozo de periódico que me ofrece Diario La Torre, hay una inclinación natural que me dice que no me vaya del todo, que escriba lo que se me ocurra, que no importa cuando, que alguien hay por delante que lee y siente lo que digo, que deje la puerta entorná porque mañana no sabemos quien necesitará entrar o salir por ella.

La cuestión de Shakespeare de ser o no ser está vigente. Ser, siempre ser, será lo mejor.

Desde El Garitón, esperando las claras del día, Mariví Verdú