lunes, 29 de noviembre de 2010

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE EN DIÁLOGO INTERIOR

Esta madrugada había un lucero tan grande en el cielo que he salido al frío para verlo. Y me he encontrado con mi Dios derramado, hecho lluvia. Todo un acto de amor, de generosidad. Qué gran regalo para los sentidos el olor de la tierra húmeda, esa sencillez de la naturaleza que supera al mejor de los perfumes. Eran sólo las cinco de la mañana y sobre el oscuro vacío de la noche Málaga aparecía como una candela quieta de ascuas antiquísimas. Mientras, por detrás de la Sierra de Mijas, la luz de ese astro matutino recogía el resplandor de todos los mundos.

Ayer noche estaba tan cansada que me quedé dormida sin acabar de ver una película lenta y mala que ponían en Nova pero que me entusiasmó por aquello del juego con las letras que forman las palabras buscando en sus profundidades el diálogo con Dios. Sólo saqué dos o tres frases buenas pero quería saber si la niña pudo hablar con Él antes de que pusiera la palabra Fin. Me quedé con las ganas. Con Dios sólo hablan los locos, los eremitas y el poeta, ese ser mágico y torpe que no sabe hablar ni combatir, ese es el que anda más cercano al lenguaje divino, ese que tiene cientos de años y de idiomas, de grafías y de rezos, de lágrimas y de diluvios. Pero...¿adónde los poetas?

Recuerdo un sueño que tuve hace ya más de cinco años en el que Dios me revelaba el secreto de la vida. La pena es que aquella alegría que me despertó creyendo que era una privilegiada por ser partícipe del sueño de los hombres ¡ingenua de mí! era tan efímera como la vida misma, tan irreal y fantástica a la vez, y cuando volví a mi ser despierto no recordaba la frase, la síntesis del sueño, la clave definitiva que Dios me había transmitido. Sólo sé que desde entonces me sentí iluminada pero no lo podía compartir con nadie sin que sirviera mi situación para ser un hazme reír.

Con el paso del tiempo se van viendo las cosas más claras y a la vez más difusas. Hoy, más cerca del umbral de Dios que del ombligo de mi madre, aunque sean la misma cosa, siento como aquel sueño era la anunciación de un sufrimiento que ya empieza a aquejarme. Se me olvidan las cosas, las palabras más cotidianas debo repensarlas y, sin embargo, tengo con la tierra un lazo claro, un constante diálogo que me parece el nuevo milagro de la vida, un divino lenguaje con el mundo del aire, del agua y del fuego, un reencuentro con mis tres partes, invariables a través del tiempo: mi sangre, la pena y la duda. Y en ese lenguaje nuevo, que sabe a tierra mojada, a ceniza de hombres y de olivos, tomo tranquilamente el tiempo regalado, me vuelco en la hoja blanca del ordenador y me recojo. Mientras, la luz del sol que viene sin remedio va dibujando una línea de claridad naranja sobre el perfil de los montes. Abajo, intuyo la bahía. Miro de nuevo... clarea.

Y el cielo negro azulado ya verdea mientras el Jabalcuza se recorta sobre un azul eastmancolor. Miro el astro matutino. Brilla.
Cierro los ojos. Veo.
Bendito sea quien me permite el milagro.

Desde la humedad cansada de mi garitón, Mariví Verdú.