jueves, 23 de diciembre de 2010

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE OS DESEA LA PAZ

Mentiría si dijera que no estoy desilusionada. Hoy hubiera sido un día ideal para hacer realidad muchos de los sueños de un barrio obrero, un lugar en el que la población ha envejecido mucho: la Barriada de Carranque, a la entrada de Málaga, donde dirijo un Hogar de Jubilados y donde habíamos repartido mucha lotería, pero la suerte no ha querido que así fuera. Mañana, conformándonos con estar vivo y llenos de todo lo que comporta estarlo siendo pobre: no llegar ni a mediados de mes, ponerse el chaquetón de cuando se llevaba de dos pechos y aguantarse las necesidades y los dolores con el estoicismo de quien así ha vivido toda la vida, volveremos al tajo, con la cara más larga pero con el Belén montado. Y con el corazón más abierto que nunca.

La verdad es que, una vez acabado el sorteo, sin ira, asumiendo la mala suerte con una mansedumbre ya de vicio, he quitado la tele y me he puesto a hacer borrachuelos. Las tres horas y media que he pasado entre los perfumes de la matalahuva, el clavo y la canela, poniendo en práctica la vieja tradición materna, he pensado sólo en que me salieran hojaldrados y ricos. Qué maravilla no depender de nadie más que de Dios para tan dulces planes. No he querido evocar otras navidades más dichosas (pocas) ni recordar lo que han sido otros años (tristes), no tenía más ganas de sufrir. No he pensado en los seres queridos que están en el hospital y mucho menos en los que ya se fueron para siempre. Sin embargo, mi gente estaba un año más en la cocina, a mi lado. Inevitablemente, el alma, asustada de tanto vivir sin vivir en mí, se ha puesto como el día: melancólico.


Y como la lluvia me había dejado sin coche esta mañana y un puñetero rayo sin internet durante el día, después de la tradicional tarea navideña me he puesto a escribir lo que siento y ha encarrujar unos versos que puedan llegar al alma de los lectores de este periódico, www.diariolatorre.es, un periódico tan libre como responsable, tan alhaurino como internacional, tan bien llevado y por tan buenas personas, donde ando acompañada de tan espléndido grupo de escritores que estar entre ellos me supone un gratísimo orgullo. Y ya que no puedo hacer otra cosa que esperar, voy a darle una vuelta de tuerca al poema y a desearos en él toda clase de venturas y aventuras para 2011 y, cómo no, para que la paz esté con vosotros.


No sé qué Dios necesita

esta sociedad presente,

tan sin fe, tan indolente,

tan aparente y perita;

siempre tan arregladita

y tan autosuficiente...

Tan sólo vive el presente

y cree que la Navidad

es ir de compras. ¡Comprad

un par de dedos de frente!


Gente, gente, gente, gente

que no usa su cabeza,

que no llora, que no reza,

y que existe simplemente.

Vivir tiene otro aliciente,

otras normas de belleza:

amor, justicia, pureza,

palabras, pan y cariño.

Dios es la cara de un niño.

Silencio y Naturaleza.


Inmersa en sabe Dios qué, mi voluntad poética tiene más de mi corazón que yo misma.

Desde un garitón lleno de musgo y melancolía, Mariví Verdú.

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE. TIEMPO DE LLUVIA

Anoche, entre las dos copichuelas de anís navideño, la copiosa comida y los tentempiés, las rumiadas noticias que me han sumido últimamente en un triste dolor flamenco -hablo de la muerte de tres de los grandes: Pedro Escalona, Antonio de los Reyes y Enrique Morente-, la dulcísima merienda rodeada de arte vivo y joven y el día tan largo de estrés y responsabilidades, me quedé sin fuerza alguna y no podía con mi cuerpo. A las tres y veinte, tras el primer sueño, se me quedaron los ojos como platos. Dormir hubiera sido lo justo para cobrarme mi jornal, ya que es con el sueño con lo único que encuentro beneficio a mi trabajo -amén de otras cosas del alma, pero el alma cada día importa menos a nadie llegando a ser extraños en el mundo quien dice poseer una-.

Como me dolía la cabeza, no quise ir por los avíos de matar -hablo del bloc y el boli- y puse la tele a ver si algo me distraía o me devolvía el sueño. Pasé por todos los canales hasta darle la vuelta al mando y me quedé tan avergonzada de la bazofia que se me ofrecía, un mazmarria de conjuros, comecocos y putillas que sólo me produjeron asco y vergüenza del país que habito. La verdad es que cada noche, no más tarde de las once, estoy dormida. Valiente submundo nocturno el de la televisión. ¿De dónde sale tanto tarado? ¿No sería mucho mejor una “carta de ajuste” -oh, geometría de colores, vieja cuadratura del círculo-, un hilo musical o, simple y llanamente, el silencio?

Cansada y muerta de frío, recurrí a un antiguo método que hacía tiempo que no usaba. Dejé la mente en blanco intentando concentrarme en lo que me dolía la rodilla derecha y la suerte que tenía por darme cuenta de ello. Casi llegué a ser feliz al reconocerme viva y sola. Hoy me alegro de lo ajeno que me resultó ayer el mundo. Como me resulta cada día, a pesar de ser un triste eslabón de su cadena.

Quien tiene una vida plena no tiene que recurrir a nada de fuera para encontrarse. Es todo un placer ser uno mismo, con nuestro propio dolor, con la compaña del insomnio o con la gratitud del sueño, con la seguridad de la muerte pegada al costillar pero con la preciosa certeza de la vida y el don de que ésta sea ajena a la mediocridad. Ayer el mando solo sirvió para corroborar.

La lluvia ha dejado un dulce esmerilado en los cristales. El frío, un vaho extraordinario. Mis ventanas son de tal belleza que estar encerrada tras ellas es todo un consuelo.

Desde El Garitón, gris y acuosa como la madrugada, clara y fresca como el día, con esperanza de sol, Mariví Verdú

martes, 14 de diciembre de 2010

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE. BALANCE Y ESPERANZA

Es tiempo de balances, siempre que llegan estas fechas y cuando ya se tienen algunos años es inevitable pensar en el camino andado, en lo que se ha dejado y en lo positivo o negativo que ha teñido de colores y ausencia nuestras vidas. Cuando el ángulo de visión que se va teniendo es de más de medio siglo, el retrovisor tiene poco ángulo muerto y la vista global es panorámica. Sin embargo, y a pesar del pesimismo que produce el encefalograma plano y el triste cardiograma de gran parte de la sociedad, no dejo que me venza el desencanto y tomo las navidades como lo que son: días de balance y esperanza.


Incrédula del mundo, absorta en los amaneceres, ando buscando casos perdidos o ignorados desde el pasado invierno, enumerando cosas halladas, buscadas o encontradas sin más; resignándome a los besos que no he dado y al tiempo que ya no vuelve. Mi aceptación de la realidad está llena de nostalgia (dolor de lo que no está) y mansedumbre (un sentimiento tan humano como las lágrimas, una virtud que me otorga la tierra como herencia). Sin embargo, el poder ver el mundo bajo el prisma de la soledad y el silencio tiene como premio el amor y la música. Ver al hombre desde el humilde rincón de la mística es ver a Dios, verlo con tristeza y fatiga, hecho humano, tan grande y tan pequeño, tan vulnerable como eterno, verme, vernos en el prójimo.


Creer o no creer en Dios es una cuestión vital que puede llevarnos toda la vida. Creer en las sagradas historias que nos hablan de las vidas de Dios es cuestión de fe, de educación y de geografía. Pero llegado este tiempo de balance concluye todo en un misterio que florece en un simple portal de maderilla y paja. El simple acto de abrir unas cajas de cartón y quitar las envolturas a las bellas imágenes de barro cocido, ese santo reencuentro alcanza en nuestra cultura tal importancia que cualquier planteamiento real o científico pierde sus razones. Qué emoción tener en las manos a José y María, a los Reyes Magos, al Niño de Dios que en primavera será Cristo. Es tal la ternura y el placer del Nacimiento que trasciende a la propia religión.


...Y sobre el portal
he colgao al angelillo
con un hilo de pescar.


Ayer pasé un buen rato con los compañeros de Diario La Torre, almorzamos y brindamos, hablamos de este mundo y del otro, nos intercambiamos buenos deseos. También nos hicimos una foto ante el Portal de Belén. Y me quedé con ganas de decirles una décima que improvisé en la comida. No es tarde aún. Ahí va, amigos.
(En particular para Antonio García Velasco, Manolo Montes y Luis Bravo).


Ya estamos en Navidad,
un año más ha pasado
y aquí nos hemos quedado:
Dios ha tenido bondad.
Bendita sea la amistad,
oh, don del alma sincera,
porque lleva por bandera
la verdad, nada más sano
que este sentimiento humano
que nos honra y nos supera.

Desde El Garitón, con cariño irremediable.
Mariví Verdú