domingo, 23 de enero de 2011

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE EN EL LIMBO DE LOS ALMENDROS

Estamos en el último tercio de enero y los almendros han florecido. La naturaleza se derrama en cualquier vereda, en cualquier alcorque, en todos los arriates, mientras descompone el azul de su cielo bajo el oro del sol en multitud de verdes y amarillos. La mimosa, las vinagretas, miles de hierbas frescas cubren los campos y da gloria mirar, ver oler, sentir. Pero la vida tiene siempre dos caras, dos lecturas, la de las riadas y las inundaciones en otros lugares tan terrenales y dignos como el nuestro. Todo tiene su cara y su cruz, todo va a dos aguas, como los tejados, y, aunque en una de ellas siempre de más sol que en la otra y le combata más el levante que el poniente, siempre será inamovible y condenada a su lugar en el mundo. La mía está orientada  al Oeste y eso no lo puede cambiar tan fácilmente. Así es la realidad de los seres humanos. La postura que tomemos usando el sentido común estará en otra posición. Y así pasa en todas y cada una de las casas del país. Tenemos que asumir que vivimos entre dos posturas mayoritarias inamovibles y otras cuantas posturitas que oscilan del ser al no ser según les dejen los levantes y los ponientes. Lo malo es cuando se instala el terral y empiezan los problemas, tantos de exceso de calentura como de frío. Y eso es lo que está pasando, amigos. Echémosle la culpa al terral.


Después de analizar mis últimos estados de ánimo traducidos para Diario La Torre, un ánimo que empieza a estar tan cansado y tan viejo como tal vez no aparenten mis arrugas, tras meditar y poner en balanza mi actitud y mis artículos, inmóvil y estupefacta ante el mundo que me espera y ante lo que no tiene vuelta atrás, voy a retirarme un tiempo del politiquéo, que no es bueno para mi corazón. Viendo que la vida sólo tiene el sentido que una quiera darle individualmente -por mucho que se empeñe el colectivo en que sea de otra manera- y teniendo la certeza de que los amantes de la palabra, como yo, siempre tendrán otros recursos y hacienda con ellas que no sean tirarlas a un balde de basura. Y como lo último que pretendo es hacerme enemigos por ser franca, por decir que aquellas longanizas que tenía la democracia para atar a los perros se las ha comido el gato, porque ni hay perros ni quedan longanizas, eso era el carnicero de Candelario que estaba como una cabra, quedo de acuerdo con Don Pedro Calderón de la Barca en que la vida es sueño y que una décima vale más que mil palabras y pongo un punto y un aparte a mi vida político-social con sus versos, no sin antes decirles algo que mi abuela Victoria, mi sabia abuela, que viniera al mundo poco después de la muerte de Amadeo I, bajo la regencia de María Cristina, ya dijera: a esta España no la arregla ni el mismito Lucifer.


Cuentan de un sabio que un día
tan pobre y mísero estaba
que sólo se sustentaba
de unas hierbas que cogía.
"¿Habrá otro -entre sí, decía-
más pobre y triste que yo?"
Y cuando el rostro volvió
halló la respuesta viendo
que otro sabio iba cogiendo
las hierbas que él arrojó.



Dedicado a los sor-prendidos, lite-ratos, lis-tillos y uni-versi-tarios de una i-lusa que habita en el limbo de los almendros. Desde  El Garitón, con amor. Mariví Verdú

jueves, 13 de enero de 2011

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE HACE SOMBRAS CHINAS

La luz incide sobre el espejo de la coqueta como pasa solamente un día cada año a las diez menos cuarto del mes de enero. Llega con un ángulo agudo, casi de de cuarenta y cinco grados, y reverbera luego con otro similar sobre la puerta derecha del ropero que. a su vez, viene a dar en el embozo de mi cama, en el trozo que cae sobre el lado izquierdo, o sea, donde yo dormía hace ya más de tres horas. La luz toma un color de miel de romero que llena toda la habitación de dulzura.

A veces, cuando el tiempo se obstina en meternos las cabras en el corral, llega un rayo de luz, un trozo gratuito del divino misterio y nos seduce. Entonces, dejando a un lado todo lo terrenal, las cosas materiales que cotidianamente me tienen entretenida, soy consciente del maravilloso espectáculo del que todos somos protagonistas, privilegiados espectadores escogidos para la contemplación. Cuesta poco dedicarle al alma cinco minutos. No mucho más dura el momento de luz.

Lo he dejado todo, la limpieza, los soliviantos que me quiebran el alma, los desencantos perpetuos, todo, y me he puesto a hacer sombras chinas. He recordado la infancia, cuando no había televisión y sabíamos hacer figuras tras un rayo de sol sobre una pared encalada o ante la luz de una simple lámpara. Representábamos a todos los animales y caras que la pericia de las manos adquirían a fuerza de insistir. Yo sólo he podido hacer tres o cuatro cosillas porque, mientras me ponía a hacer mojigangas, mi cabeza ha ido recordado mis estudios de descriptiva y me he acordado de cómo pude abatir planos y situar un punto o una recta en el espacio...jaja, lo hice con el palo de mi fregona, que si le daba cierta inclinación y lo proyectaba mentalmente, pasaría por el techo de la casa de mi vecina de abajo y entraría por la pared de mi vecina de al lado.

Y dispuesta a disfrutar del día de domingo -el segundo de enero del que empiezo a tener conciencia-, miro al sol y descubro los verdes y azules que ha dejado la lluvia. Me remango las mangas para trabajar, que mañana hay que retomar las responsabilidades y hoy hay que dejar comida hecha para la semana y he de poner a punto la agenda, la nueva, que por sólo tres euros, me tiene la vida organizada. Lo mismito que este gobierno.

Seguiré escribiendo mientras llueva, mientras me llamen los poetas Encarna Lara, Paco Parra y, cuando le dejan, Pilar Bugella (a los que les dedico este brote de artículo). Aquí estaré mientras haya tiempo, mientras tenga eneros y febreros.

Desde El Garitón, dando gracias por las acelgas salvajes, Mariví Verdú

sábado, 1 de enero de 2011

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE. BIENVENIDA SEA LA ESPERANZA

Son las últimas horas de dos mil diez. Va declinando la tarde entre una niebla espesa y una humedad que hiela los huesos. El año acaba gris, crudo, desapacible. Los árboles tienen la corteza blanda de tanta lluvia y las piedras están recubiertas de musgo. Hay algunas rosas de diciembre, flores tardías, las últimas antes de la poda de enero, rosas heladas y jazmines escarchados. El campo rezuma agua y se respira una vaga tristeza. Mi corazón está lo mismo, como un náufrago que no hubiera querido salvarse ante tanta tragedia. Sin embargo, a pesar de chorrear tristeza por los muebles, por las paredes, por mis manos vacías, a pesar de esta soledad -tan enorme como la de un suicida-, no tengo miedo y espero el año nuevo con la sumisión del agonizante, con la incertidumbre de una parturienta. Y en un rincón perdido del jardín, me queda la esperanza.

Iré pronto a dormir para recibir 2011 con mejor cara que la que llevo puesta hoy. Pero antes voy a expresar mis buenos deseos para todos ustedes dedicándoles un soneto titulado Convento del Zarzoso, un poema que escribí muchos años atrás en una de sus celdas, en un retiro espiritual que llenó mi alma de paz y de confianza en la providencia divina.

He conocido a Dios en el Zarzoso,
un espíritu santo que tenía
mi voz y mi conciencia. Amanecía
un azul de mañana en mi reposo.

Al despertar del sueño más gozoso
que esperanza a mi alma prometía,
agradecí la noche y amé el día
y el calor del convento silencioso.

Porque el silencio es Dios, y el pan comido,
los caballos pastando, los rosales,
y el río en pedregales convertido.

Es Dios la propia encina y es el nido
del mirlo. Llorando en los zarzales
me encontré el corazón recién nacido.

Desde El Garitón, cansadísima de 2010, Mariví Verdú