domingo, 19 de junio de 2011

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE A ROCKBERTO EN UN DÍA DE LEVANTE.

Estoy empezando a no querer saber qué día es. La verdad es que me importa cada vez menos  el número y el mes, guiada ya por el acto de olvido consciente, irrefrenable y fatalista de quien se sabe más pallá que pacá. Es por eso y por la profunda carga de pena y melancolía, por lo que han dejado de tener número los días -que no sentido y, mucho menos, importancia-. Por ello, cualquier cosa tiene total trascendencia o el valor de un pito, según me plazca o conmueva. Y es que mi almanaque se convierte en el triste puzzle de una vida, un puzzle que quedará inacabado porque faltaré para poner la última pieza. A nadie le importará que deje desmancado el divino puzzle de la duda.




Mira si estaré chalá
que la hora de mi muerte
m’ha dao por averiguá. 
M. Verdú

 
Recuerdo que un 11 de Septiembre se puso fin a mi primer y único matrimonio. Lo que sólo era una fecha desgraciada para mi familia fue, treinta y cuatro años más tarde, fatídica para miles de criaturas. Una desgraciada coincidencia. El día que velábamos a mi padre, 10 de Octubre de 2003, presentaba Calle del Agua el primer homenaje dado a Picasso por el proyecto aún de su museo, con un festival flamenco que se realizó sin más. Y analizando las fechas que vuelan por mi memoria -antes de que aterrice el Sr. Alzheimer a llevarse lo que no es suyo-, creo que van quedando pocas libres para fechar la venida de un rayo de esperanza,  la visita de la fortuna, un flechazo de los que hacen época o el milagro de la resurrección de mis muertos. Así que no me da la gana de memorizar más fechas. Estoy empezando a tenerlas todas pilladas: las menos, las de nacimiento; las más, de despedida.  De algunos amigos no llegas a recordar el día de su cumpleaños, sin embargo, qué bien se te queda el día fatal de su muerte.

¿Y a quién le pregunto yo ahora, madre mía, con quién me identifico, con quién contrasto mis recuerdos? Tengo ya a más gente allí que aquí y lo más jodido es que son mucho más interesantes. Uno de los últimos que se me han ido ha sido mi amigo Roberto González, más conocido como Rockberto, líder de la formación musical más representativa del rock malagueño: Tabletom. El más alto porcentaje de fama, el tirón que tenía el grupo, lo ostentaba Roberto. Junto a él, Perico y Pepillo Ramírez, dos músicos como la copa de un pino, formaban un trío genial que conozco bien desde sus inicios. Yo les seguía, como la más fiel devota, en todas sus actuaciones. Tabletom ha sido con diferencia el mejor grupo que ha dado Málaga en su historia. Su lider, el carismático Rockberto, hacía de cada actuación un milagro musical único e irrepetible, una convulsión que nos hacía vibrar, bailar, corear y amar a Málaga a partes iguales. Estuve con ellos en muchos lugares, desde Málaga a Granada, por los pueblos, desde aquel bar entre la Misericordia y Sacaba Beach que se llamaba El Patio donde les descubrí, has ta aquella discoteca de Monda -no recuerdo si Cristal o Cabaña- donde armaron, como siempre, la marimorena.

La revista Calle del Agua en su primer número le dedicó al grupo un amplio reportaje. Ellos inauguraron la edición, en 2003, y se les otorgó el Botijo de Oro a las Bellas Artes, galardón que impuse llena de gozo a mi amigo Roberto en representación de Tabletom, ante un público que abarrotaba la sala del Centro Cultural Provincial y en presencia de las autoridades malagueñas que, admiradas, no entendieron bien el asun del negó pero al que arrimaron su sardina.

De Roberto todo lo recuerdo con mucho cariño. Una Navidad, allá por los principios del noventa, nos encontramos en el Bar "La Anchoita". Lo llevaba aquella mujer que nos hacía el caldillo de pintarrojas. Le ponía su gajito de limón y entre el pique que llevaba, el limón y el frío que hacía en la calle, era una capaz de beberse con la tacita de caldo tres quintos o cuatro sin sentir. La Anchoita era nuestro punto de encuentro, como lo eran algunos otros de los barecillos de la Plaza del Teatro o de Santa Paula y lo habían sido los de La Malagueta o Pedregalejo años atrás. Lugares  refugio de los amantes del arte y de la vida. Aquel veinticuatro de Diciembre nos sentamos a la puerta, a la recachita, aprovechando el magnifico día de invierno. Y nos dieron las diez y las once, las doce y la una, las dos y las tres... cantando villancicos hasta que nos avisó el sobrino de la señora del “cardillo” de que era la hora de cerrar. Habiendo acabado el amplísimo repertorio de villancicos, hicimos un repaso por la copla, los tangos y algunos palos flamencos de Málaga y Huelva hasta llegar a la querida patria de Asturias pasando de Santurce a Bilbao. Recuerdo que ninguno de los dos teníamos claro el ánimo familiar navideño. Eran tiempos de amores trágicos e infieles, de encuentros con la soledad. Y nos aliviamos a gusto cantando y riendo, ignorando el mal que siempre acecha a las personas que Dios destaca con sus dones.

Otro día, en el Merendero Miguel, el de la playa de enfrente de los alhaurinos, nos juntamos para comer unos espetos. Nos enzarzamos en una interesantísima conversación, llena de citas propias que debieran estar registradas, impresas en libros de texto como lo están por la gracia del socialismo las del poetilla granadino que dio el braguetazo, el que coge el taxi cuando le llama su chorba. Palabras, refranes, sentencias con las que Ciorán y Pessoa se hubieran hecho sendas camisas de vestir o, por qué no, de fuerza, salían de boca de Roberto en un diálogo contagioso porque a desasosiego y desconsuelos no nos echaba la pata ninguno. ¿Es o no, Roberto?

Recuerdo con especial cariño aquella fiesta celebrada en el Club de Golf de Alhaurín de la Torre. Era un día claro de verano y cumplía años una preciosa niña, fans de Tabletom. Su padre, que podía permitirse ofrecerle una actuación de este genial grupo malagueño como regalo a su hija de once años, montó un tinglao que yo no lo he visto nunca más generoso. Barbacoas atendidas toda la noche, barras libres a gogó y un escenario decorado con globos y farolillos de colores que dieron excelente marco a tan grandes artistas. Además de Roberto, Perico y Pepillo, venía con ellos Agustín Carrillo, entre otros músicos geniales que componen hoy día el grupo. Y gritábamos todos en el cesped, sin zapatos, emocionados: Málaga, Málaga, Málaga. Más tarde, y ya a nuestra bola, cantando flamenco, improvisando, nos acordábamos de la soleá de Juan Miguel González:

Y estos fueron mis pecados:
vino tinto por la noche,
mañanas de vino blanco.


Uno de los últimos momentos que pasamos juntos fue en mi casa. Le recuerdo tocando la guitarra que me firmara Enrique Naranjo y cantando viejas canciones junto a mi amiga Pilar Bugella en este querido Garitón, junto a otros amigos que teníamos en común y que le estarán echando de menos como yo. Conservo los videos de ese día, las fotos, los detalles, recuerdos imborrables que abren un ancho brocal en mi alma por donde sus acordes andan mezclados con su inimitable voz haciéndome compañía hasta que me vaya al inmenso garitón del cielo donde, no te quepa la menor duda, Roberto, te buscaré para darte el abrazo más entrañable que puedan darse dos almas.

Roberto, quiero que sepas que de madrugada fue a tu funeral nuestro querido Paco de la Torre. Lo recibió Javi Martín, el bajista. Estaba afectado. Estoy por decir que es un tío chachi, Roberto. Y es que sabe bien que esta feria no será tan feria porque Málaga, sin Julián Sesmero y sin ti, es menos Málaga.

Ah, y tengo fotos que nunca viste y que no sé si debo ofrecer a nuestros amigos por este medio, el del terrible fistro de la pradera americana que llaman Internet. No sé si está bien o mal, ni si he de crearme un dilema mental por ello. Según la navaja de Ockham, vamos a ir a tomar por culo por el camino que tiremos, así que cogeré el más sencillo: voy a tomarme una cervecita por ti y a darle tiempo al tiempo. Hoy no es día de fotos. Corre un soleado viento de levante. Ha venido de golpe la calor. Y no sé de donde he sacado ganas de escribir.

1 Omar Janaan lunes 20 de junio de 2011 01:15:47
omarjanaan@gmail.com
Fabulosa y emotiva carta, Mariví; me han encantado tus palabras de despedida. Una pena lo de Roberto, pero su legado es tan fuerte como él y espero que su estrella luzca pronto.

Un abrazo gigante. Omar.
2 Paco miércoles 22 de junio de 2011 00:45:43
info@flamenka.com
Sin palabras, Mariví. Un abrazo
3 marilo domingo 26 de junio de 2011 12:09:15
mariloalcaidesuarez@hotmail
menos mal que las ganas eran pocas que grande eres
4 JoseL SesCarrasco miércoles 7 de septiembre de 2011 02:42:57
joseluismalagaadt@hotmail.com
Con casualidades iniciabas el artículo, y con una casualidad (triste también) me vas a permitir comentarlo. Eran los últimos días de Mayo en una sala de espera horrorosa (horrorosa la sala, y horrorosa la espera), como no podía ser menos en un centro hospitalario. Yo era una de las personas que estaba esperando para poder compartir unos segundos en la UCI, con un familiar que allí se encontraba enfermo y, por entonces no lo sabía, moribundo. La vista baja por las pocas ganas de hacer encontrar mi mirada triste, con otras en igual connivencia, como si eso fuese a delimitar mi pesar. La alzo un momento y me encuentro con Perico Ramírez, en iguales condiciones, aunque con algo más de experiencia en estas lides intensivistas, ya que Roberto los tenía acostumbrados a entrar y salir con cierta frecuencia.
En ese momento no di más importancia a la cuestión, pero unos días despues falleció aquel familiar mio que estaba compartiendo uci con Roberto. Tras los primeros días de angustia y dolor, y cuando me iba incorporando a mi vida, me entero de el cantante de Tabletom ha vuelto a la uci del clínico después de unos cuantos días "libres", y que lo ha hecho para dejarnos definitivamente.
Mi padre era Julián Sesmero y compartió con Roberto algo más que la mención en este artículo, y esa maldita estancia en la uci: mi cariño más sincero (a uno por lo filial, y a ambos por admiración en lo artístico y lo auténtico).
Dos malagueños que se nos fueron casi a la vez, y a los que me hubiera gustado tener la oportunidad de reunir, y de animarles a compartir esos buenos ratos que pasé con D. Julián, analizando letras de los Tabletóm, y divirtiéndonos con su música, letras y autenticidad malaguita. Papá, este es Rockberto, ese de la voz quebrada que canta a tu Málaga con to el arte del mundo, que suerte que podáis hacer el viaje juntos. Os hecho de menos.
5 María Victoria Verdú miércoles 5 de octubre de 2011 16:03:34
mvverdu@gmail.com
Gracias a todos por comentar lo que escribí en su día. Acabo de leer este último escrito por el hijo de mi buen amigo Julián Sesmero, Julián también como su padre, y me ha estremecido. Me encanta todo lo que se escribe con el corazón en las manos y estas palabras lo tienen.
Un beso mu fuerte, Jualián Sesmero Carrasco y un abrazo estrecho a Fela, tu madre, a quien
brindo mi más sincera amistad con todo el cariño del mundo. Mariví Verdú

domingo, 5 de junio de 2011

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE RECUERDA A JULIÁN SESMERO. Málaga se va en tus labios

Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace,
un andaluz tan claro, tan rico de aventura.
Yo canto su elegancia con palabras que gimen
y recuerdo una brisa triste por los olivos.
F. G. Lorca

Mi querido y admirado Julián: Perdona que te escriba esta carta que llega a destiempo, como casi todo lo que he hecho en la vida. Discúlpame por ser tan lenta. A pesar de ir a cien por hora, siempre llego tarde.  No hace mucho hablé con tu hijo porque tenía la intención de ir a verte, una vez más, para aprender de ti. Quería hacerte unas consultas y hablarte sobre Zurita, sobre esa maravilla que escribiste hablando con la paloma de tu niñez. Yo no acabo de creerme que tengo cincuenta y ocho años, me parece que tenemos tiempo de todo y mira por donde la vida se encarga de darme en la cara para que espabile. Como si una eterna adolescencia se tratase, aún recurro a mis maestros, tengo maestros a los que acudo y no veo envejecer a pesar de ser todos tan mayores. Tú eras uno de ellos.

Cansada de ser poeta, de atravesarme el alma con poemas, siempre recurrí a tu prosa histórica para  reponerme, para nutrirme con tu sabiduría -la natural y la que fuiste adquiriendo en los archivos o en las conversaciones; en los museos o entre amigos que igual los tenías en universidades que en tabernas-. Siempre recurrí a ti para aprender lo que más me gusta, la historia de mi gente, de mi tierra y de la tuya, bebiendo de tu legado, querido Julián.

Tú, que me hablabas en silencio desde tus libros, me has transmitido miles de secretos, miles de palabras geniales y creativas, como si las volvieras a inventar. Me llevaste de tu mano a mis portales, al barrio de Huelin con los míos; a las verdes hazas malagueñas, a las fábricas de calle Pacífico, a una Málaga desaparecida a la que tú le devolvías la vida. Y luego, de mayores, nos vimos en este pueblo hermoso que escogimos como se escogen las flores y las novias: por amor.

Recuerdo y me conforta el día aquel, en el Centro Cultural de Ollerías, cuando recibiste de mis manos el galardón "Malagueño del Año", viejos tiempos de la AME, lo jóvenes y guapos que estabais tú y tu mujer; recuerdo a tu amigo Paco Padilla, orgullosísimo de ti, hablándome de ti y contándome cosas de aquella juventud compartida; recuerdo cada libro tuyo -porque los tengo todos-, te recuerdo, Julián. Ya, desgraciadamente, todo será recuerdo. Ya no habrá un fuerte abrazo nunca más.

No voy a ir a tu entierro, amigo, acabo de ver la noticia de tu muerte en este querido periódico. Eran las cuatro de la tarde. Y si no voy no es porque no me de tiempo de llegar a Parcemasa, ni porque no tenga ganas de ponerme los dientes, los zapatos y buscar una maldita ropa en el ropero -que ya siempre tendrá un triste recuerdo-, ni salir volando con el coche y regresar al sitio de los duelos, no, es porque me revelo a verte sin vida, Julián. Eras el espejo en el que me he mirado desde que empecé a escribir. Al único que tendría que decirle algo es a Julián, tu hijo, que sabe que te  aprecio muchísimo, o a tu mujer, que no estará para nadie. Lo demás son protocolos y cumplimientos: cosas del mundo.

Julián, toda la vida has tenido un lugar que te ganaste a pulso, has gozado de respeto y consideración entre tus compañeros escritores y privilegiados lectores que han llegado hasta ti, aunque nunca disfrutaste del reconocimiento oficial que tu obra merece. La muerte te coloca desde hoy en esa tertulia de la eternidad que podemos intuir a través de tus libros, de tu recuerdo, de tu vida. Descansa en paz, amigo.

Ahora son las cinco y veintidós minutos de la tarde. Pongo punto y final a una carta que no irá a ningún sitio, letras y llanto por lo inevitable. Ahora entenderás por qué he prefiero llorarte ante el ordenador, viendo pasar las nubes de lejos, en una tarde inundada de jacarandas en flor, frente a una Málaga que ayer perdió a uno de sus más grandes e ilustres hijos. Por eso te escribo, amigo, aunque sólo sirva para desahogarme, para contener una rabia que guardo desde la expulsión del Paraíso. Te escribo, Julián, a ti que tanto te gustaban las palabras, aunque estemos distantes, porque llevan mi alma rebosando de tristeza. 

Mariví Verdú