lunes, 16 de julio de 2012

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE MÁS CERCA DEL CIELO QUE NUNCA

Llevo varios días dedicando mi tiempo a lo que me gusta, a lo que me apetece, sin obligaciones ni compromisos. Estar de vacaciones creo que es eso, no seguir con la rutina diaria y experimentar el gusto de hacer lo imprescindible o nada. La verdad es que habrá mucha gente que las necesite más que yo porque debe sentirse muy desgraciado quien trabaja en lo que no le gusta. Yo no estoy en ese grupo, me gusta lo que hago aunque me gustaría más si cobrara por ello un simple y mínimo salario, pero para mí es el trabajo que nadie quiere: el que hace por amor. Igual que el madrugar, nadie me obliga a hacerlo. Bueno, sí, me obliga la belleza: es toda una delicia ver el lucero del alba sobre la bahía malagueña -porque yo creo que es ese, el que me espera cada mañana sobre la bahía-, mientras ciudad y pueblos duermen y desprenden un halo de paz y misterio. Es todo un acto de amor el milagro de la luz.

El calor, que no deja salir a nadie del refugio de su hogar hasta bien entrada la tarde, deja sin ganas de otra cosa que el descanso y se tiene mucho tiempo para meditar y comerse la cabeza con los problemas a los que nos tiene acostumbrados esta sociedad del paripé. Uno de los más famosos paripés es fardar de vacaciones. No vale decir que se está en casita, pintando o limpiando o simplemente descansando, no. Para ser un numerito de esta sociedad hay que decir que se va una, por lo menos, a la República de las Seychelles o a las españolas y ficticias playas de Cancún, adonde nos tapan la puñetera realidad bajo un coco y una pulserita y nos ceban tras poner la venda en los ojos. Yo he visitado el mundo entero gracias a la 2 y a los amigos que tengo a lo ancho y alto. Ahora me voy a la provincia hermana de Cádiz donde seré la más feliz. Y a La Aceña, donde escribiré mi mejor poema. Voy a compartir el alma, la mesa y el mantel de los amigos de mi corazón. Ellos me ofrecen las más bellas playas y el río, los mejores manjares, el más cercano tacto y el mismo sol que tiene todo el mundo sobre el globo, que lo tienen entero para mí en una cajita, mi sol amigo, el que me da los buenos días cada mañana. Con esto soy tan feliz como lo era cuando ponía mi falda al viento, en aquellos memorables momentos de la infancia, donde mis braguitas de encaje eran más puras que el azahar.

Y es que ser feliz es darse cuenta de lo que se sufre, reir cuando te lo pide el cuerpo y tender una mano al que lo necesita. Yo, como estoy de vacaciones, se la doy a mi propio corazón que anda cojo. Y eso hago, darme la paz y como me queda tanta después de consumir, la reparto entre la gente de buena voluntad. Ser feliz es dejarse querer y tener a la vez tanta capacidad de amor que inunde al que la descubra. Y yo para ser feliz no necesito más que darme cuenta de que me puedo morir cualquier día pero no me he muerto. Y que las penas son cada día más llevaderas porque son más mías. Y que la esperanza, que tiene tan bonito nombre, es un bulo para tenernos pillados con promesas que nadie cumple, ni Dios, pero ahí está la fe. Si hay alguna esperanza verdadera se alberga en los ojos de los niños. Lo demás: paripé. O, con mucha suerte, gente que no necesite para ser feliz más que un tinto de verano en una terraza del pueblo o albergar en su casa a un niño que no puede tener vacaciones, que son los menos; o gente que sobreviva al bombardeo de las primas de riesgo y de sus correspondientes tíos y sobrinos, o sea, los más pobres, los héroes. Con lo fácil que es ser feliz. Yo lo soy porque ha cambiado el aire de terral a levante, mirad que cosa más simple me hace feliz.

Entre una ráfaga de lucidez y otra de levante, me doy cuenta de todo. De lo que más: de que late mi corazón. Porque ni la tristeza ni la felicidad existirían sin él. Ni los gratos recuerdos. Por eso dedico mis palabras al recuerdo de mi hijo Fernando que hoy hubiera cumplido 39 años. Sin corazón no podría recordarlo. Ser feliz es... tener corazón.

Desde este Garitón que hoy está más cerca del cielo que nunca, Mariví Verdú.

martes, 10 de julio de 2012

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE, DE MIS SOLEDADES VENGO



Mi soleá es sólo mía
que la soleá de dos
es más triste todavía.

Esta mañana me levanté con la intención de escribir un artículo sobre la soledad. Y en ello estoy. Lo primero que hice, como cualquier mañana de cualquier día, es darme cuenta de lo sola que estoy, de lo solos que estamos.

He comenzado consultando el diccionario de nuestra lengua y viendo sus acepciones. Soledad (del lat. solĭtas, -ātis). Y en primer lugar me encuentro la de “carencia voluntaria o involuntaria de compañía”. Es en esa primera donde yo quería ahondar desde que empecé a gestar el artículo, que fue anoche antes de acostarme. Es esa carencia voluntaria de compañía la que nos da la oportunidad de conocernos a nosotros mismos. Como habréis observado, soledad es una palabra femenina. Es como si el el hombre no tuviera que ver es ella pero tiene que ver, claro que tiene que ver, de ella no se escapa nadie. La soledad debería ser una palabra neutra, porque es común y singular a la vez, es una experiencia vital que cada cual la vive a su manera. Yo pienso que tendría que ser un deber en la juventud antes de que se nos vuelva obligatoria con los años.

No puedes ir a la contra
de lo que dicta tu suerte
ni adelantarte a tu sombra.

Recomendable es realizar retiros espirituales y vernos ante la vida sin ningún entretenimiento más que nuestro propio pensamiento y la lucha por sobrevivir en plena naturaleza. Es así como el hombre advierte su estado, como analiza su vida desde su concepción y de la mejor manera que espera su muerte.

La razón y la locura
tienen el mismo camino:
derecho a la sepultura.

Soledad es una palabra mucho más que palabra, es una constante que todos estamos obligados, tarde o temprano, a sentir, un estigma del ser humano. El amor es un sentimiento aislado que puede o no darse entre dos o más personas pero la soledad es una cualidad inherente al ser. Se le dice también al lugar desierto o tierra no habitada, al pesar y la melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo.

Tan sola estoy en mi casa
que mi propia soledad
se queda fuera y no pasa.

Y también nos dice textualmente que es: “tonada andaluza de carácter melancólico, en compás de tres por ocho”. Ahí tendríamos mucho que ahondar pero yo sólo sé escribir ¡quién pudiera cantar! Siempre he entendido que se llamaba “soleá” a esa estrofa métrica tan flamenca y al palo flamenco  y copla que se canta o baila con esta música. Todo aquel que haya oído una soleá sabe lo que le digo. Es una maravilla de las muchas que han dado la creación flamenca. Yo, desde mi particular concepción de este palo flamenco, he creado varias soleares, muchas, pero sólo les digo aquí las que, de una manera u otra, rondan la metafísica. Además, hoy no puedo ser de otra manera.

A nadie le cuento ná
y a Dios le daré razones
cuando las tenga que dar.

Las más flamencas, las que se cantan por fiesta (soleá por bulerías, o coplillas hechas de igual métrica para cantar por tangos, bulerías o tientos) las dejaré para mejor ocasión, que también he escrito algunas. Hoy voy por soledades y digo:

Aprende sólo a vivir
que a la muerte no le importa
que sepas o no morir.

Sola, desde este Garitón solitario, procurando sacar todas las enseñanzas del almoraduj,
Mariví Verdú