martes, 12 de febrero de 2013

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE INTUYE LA PRIMAVERA

No sé cómo es posible que sigamos viviendo ante este caos (estado amorfo e indefinido que se supone anterior a la ordenación del cosmos). La vida se abre paso. Ese milagroso tiempo que nos toca es mucho más moldeable, impredecible, frágil y hermoso de lo que uno se puede imaginar. ¿Quién me hubiera dicho hace unos meses que el mundo se abriría ante mí como una inmensa manzana, jugosa y tierna, cuando estaba más cerca a Ciorán que nunca? A nadie le he dicho, porque ni yo lo sabía, que mi hiperactividad era debida a la falta de actividad, que mi desencanto del mundo no era más que mi propio desencanto, que el caos estaba dentro de mis ojos más que fuera. Porque no hay peor ceguera que la que no se quiere ni mirar.
Por eso y hasta entonces quiero, en vez de tomar la vida como una recta adormecedora, tomarla como un bello circuito al aire libre donde en cada curva puedo encontrar un almendro en flor y compartirlo con mi amado. O parar en un riachuelo donde bañarme con los que quiero y secarnos al sol mientras vemos crecer las adelfas de la utopía. Y ya que vivimos en el caos humano de la época, ¡Oh Siglo XXI! pensemos que es un excelente caldo de cultivo para el espíritu porque todo está por ordenar: hasta uno mismo.




Ver, vernos, mirarnos hacia dentro…qué mundo más hermoso existe en cada uno de nosotros cuando el amor se instala en el alma haciendo casa propia, nido propio. Porque el amor es el milagro. Es el hallazgo, la rosa, la espina dulce. Es la cereza de sangre, roja y crujiente, que deseamos todos. Igual llega a ser para nosotros que la mordisquea un pajarillo y cae al suelo. Es un misterio, un designio, un yo qué sé. Pero cuando ese hueso germina en tierra fértil, cuando llueve con tiento y está bien abonado, un enjambre de abejas lo multiplica y un coro de pájaros le canta mientras sus flores blancas se dan al sol, se cuajan y retornan.

Nadie puede dar lo que no tiene. Si nosotros no somos nosotros mismos ¿quiénes seremos y qué tendremos? Saberse prescindible es la primera de las premisas para nuestro conocimiento. La segunda, sabernos únicos. Estas dos traerán la consecuencia. Una introspección nos aplaca el orgullo y nos agranda el amor. Y que conste que no es un silogismo, es simple y llanamente la verdad. Es imprescindible abandonar el apego a las cosas materiales para darse cuenta de que el mundo tiene pájaros que nos cantan sin más.


Y yo que pensaba que tenía que hacer feliz a los demás... Por eso rellenaba el tiempo de cosas que gustaran, quería agradar al mundo porque, ingenua de mí, creí que era la responsable de mi prójimo. Pero yo soy la más próxima y, conmigo, los míos. De los centenares de amigos que pulularon cuando yo daba quedaron muy pocos cuando no tuve. Aún así, me robaba hasta el tiempo a mí misma para que la gente fuera feliz. Yo, infeliz, intentando repartir felicidad. Craso error. Caridad buena, la que empieza por mi casa y no por la ajena. Y una vez aplicado el refrán y a sabiendas de que nadie más que yo asistiré al juicio de mi vida, solo me queda vivir. Hay un  solo viaje de vuelta para el que todos tenemos un billete sin fecha. Y será mejor ir con el alma clara y en silencio que pegando chillidos y mordiscos a la nada. Llegaré cargada con dos sacos a la espalda: el de mis penas y el de mis obras y nadie más que Dios será mi testigo. 


Desde la casa de los cipreses, intuyendo la primavera, Mariví Verdú.