jueves, 21 de marzo de 2013

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE, EN CAMINO



Nadie recuerda el día que dio su primer paso. Ese día memorable en el que echamos a andar, a ser autónomos y a poder alcanzar con nuestras manos cuanto veíamos, olíamos y deseábamos, no quedó en nuestra memoria. Y cuando queremos recuperar ese recuerdo es imprescindible que vivan nuestros padres. Si ya no están, nadie puede darnos datos porque a nadie le importa. Es tan humano este gesto de sentirse erguido y caminar que nadie lo anota como una de las fechas mágicas de nuestra vida. Sentirnos erguidos, todo un mérito. Así nos mantendremos hasta que nos venza el tiempo o la suerte.   En tan solo un año de vida pasamos del vientre materno a su regazo, del calor de su pecho a la soledad del parquecito, del cochecito o de la mecedora. En pocos meses, gateamos por el suelo y tenemos la sensación de libertad que otorga nuestro estado más arraigado de animal de cuatro extremidades. Del gateo al primer paso hay solo un momento de decisión, de riesgo, de satisfacción y de placer. Vencer el miedo a caerse. Ese es el gran momento. Y lo hacemos una y otra vez, a riesgo de abrirnos la cabeza, pero seguimos adelante, aprendiendo de las caídas, una constante que mantendremos durante toda la vida.

Cuando nos puede el riesgo, no hay razón. La razón única es continuar aprendiendo y seguir adelante sin otro fin que mantenernos en pie y mirar a la cara a nuestros iguales. Después vienen el resto de las cosas. Aprender a hablar, a leer, a decidir…Mientras, el corazón, siempre en guerra con la razón, hablándonos por dentro con una voz propia y singular que llamamos conciencia; la vista, descubriéndonos el mundo y atenta a los obstáculos que, por más que creemos ver, no vemos; el llanto, consecuencia intrínseca cuando caemos y nos duele, cuando queremos y no podemos, cuando nos equivocamos y damos de bruces en el suelo. Pero… volvemos a levantarnos, vencemos el miedo y al fin nos damos cuenta de que el camino se abre ante nosotros. Y continuamos andando. Y cuando volvemos la vista atrás nos damos cuenta de que no hemos sido conscientes de que caminamos porque un día dijimos que no al miedo, lo vencimos aceptando nuestra libertad, nuestra individualidad. Y así seguimos  hasta que al fin ganamos la partida de la vida. Y cuánto agradecemos, aunque sepamos caminar desde hace muchísimos años, rememorar la sensación de una mano tendida ayudándonos a levantar, acompañándonos en el camino, recordándonos el día en que, expectantes, los que nos querían observaron  nuestros primeros pasos por el mundo. Y cuánto agradecemos que la historia se repita en el espejo querido de nuestra propia sangre. Que el camino sea libre de espinos y que a nadie le falte una mano querida.

Desde la casa de los cipreses, en un día luminoso, Mariví Verdú.