sábado, 28 de junio de 2014

LA DEMOCRACIA DE LOS CAMALEONES

Ya que esta mañana me he levantado con ganas de escribir, aprovecho. No tengo últimamente ganas de casi nada. La vida va transcurriendo y los años pasan por encima de mí con la misma cruel normalidad que a cualquier ser, léase normalidad como imposibilidad de ir contra corriente en la obligación de envejecer. Pero eso sólo en lo tocante a la ley física-química de la materia, por lo demás sigue viviendo en mí el mismo alma, inconformista y pacífica, de mi despertar al mundo, allá por el tiempo de la revolución de los claveles, hoy tan disciplinados como engañosos. Echando una amplia ojeada a la historia y una menos amplia hojeada a mis textos, sigo protestando. Y lo  hago porque tengo la sensación de que nada ha cambiado. Bueno, sí, mi aspecto exterior y el de los que me rodean, la horrible remodelación urbana malagueña y las autovías pero siguen mandando gente que no sirve, sigue hablando gente que no sabe y siguen mangoneando una pandilla de feísimos que pagan con nosotros la mala leche que anida en sus carteras y alcancias, ya que ni siquiera sus padres les quieren porque no paramos de cagarnos en ellos. Bueno, ahora van a cambiar algunas caras por gente mas atractiva... -eso lo hacen para seguir jugando con los imbéciles que creen que somos-.

Como amante que soy de la palabra, adoradora de la poesía y amiga de los que llaman al pan pan (si puede ser, cateto) y al vino vino (si puede ser, dulce y de los Montes), sería una estafadora si callara en tiempos en que la dosis de libertad nos la dan con cuentagotas en un engañabobos que se llama democracia, una bonita palabra con piel de camaleón que encumbre mantos de armiño, trajes de militar, togas y sotanas. Ante la realidad, opté por el silencio. Pero de nada vale porque el silencio solo sirve para oír música, pensar, crear y estar en los hospitales. Para lo demás existe una palabra que se llama revolución. Otra, denuncia. Incógnitas que despejarían acepciones impuestas de democracia como injusticia, deslealtad y sinvergonzonerío. Y este vocabulario, arraigado ya a fuerza de costumbre, hay que renovarlo por sensatez, vergüenza, justicia y libertad. El despotismo hay que airearlo a los cuatro vientos. No se puede vivir más en el día de la marmota, no se puede comer ante un telediario sin que te den arcadas, no se puede seguir siendo obcecadamente cristiano porque hay prójimos que no se merecen nuestro amor (desde luego no volveré a poner la mejilla para que me la hostien).

Visto lo visto, quisiera que el hombre volviera a su razón, da igual retomar el trueque, el pastoreo o la primitiva agricultura, pero que nos devuelvan las semillas de tomate sin transgénicos ni leches. Qué nos devuelvan la dignidad y una desnuda y transparente democracia en la que nos miremos todos. Paremos el embrutecimiento del exceso y retomemos la capacidad de decidir nuestro futuro, esa a toda costa, con la renovación de la cultura y la revolución de los corazones, con ese vuelco necesario que el pueblo sencillo y humano demanda. No tengo ninguna receta maravillosa, qué más quisiera yo, pero aprended a escuchar, en silencio, la conciencia. Todavía existe.

Desde El Garitón, con la pena de no tener un antídoto para el veneno de esta clase de bichos políticos, Mariví Verdú