sábado, 17 de enero de 2015

RODAJE EN LA ISLA, por Mariví Verdú

Recuerdo cómo desperté ese día. Estábamos en 1966. Mi padre, con sus ojos de noche con luceros, se acercó a mi oído proponiéndome faltar a clase porque quería darme una sorpresa, una sorpresa muy especial. Pegué un salto de la cama y me vestí en dos minutos. Me subió en su moto y nos fuimos tempranísimo. Mi padre trabajaba en el Taller de Material Fijo de RENFE, en La Isla -un barrio que poca gente recuerda y en el Archivo Municipal no conocen-, y entraba al ser de día. Al llegar vi muchas caravanas dispuestas en semicírculo en aquel llano terrizo. Y me quedé en el escalón mientras veía amanecer. Mi padre hablaba con sus compañeros sin haberme descubierto aún de qué se trataba. Yo tenía 12 años y la curiosidad me podía. Me llegué hasta la cabina más cercana al taller y en la puerta ponía: Alain Delon.

A mí me temblaron las piernas. Yo amaba el cine y a esa edad todos tenemos nuestros prototipos, nuestros artistas, nuestros líderes... aunque Delon no era el que más me atraía. Mi afición al cine venía de familia. Mi padre fue cámara del Real Cinema muchos años y cada noche le llevábamos el pañillo y nos chupábamos una película desde las mini ventanillas que tenía para observar el buen curso de la cinta.

En la puerta de la caravana siguiente decía: George Segal. No sabía quién era. Y en la otra, Maurice Ronet ¡Dios mío!; Anthony Quinn... Ay, cuánta emoción.

Salí corriendo para darle las gracias a mi padre y entonces me enteré. Se rodaba la película Los centuriones. Regresé  a la calle como cazador a la espera de presa, resguardada, acechando o moviéndome con sigilo para cazar el autógrafo y saber que los que yo admiraba en el cine eran de carne y hueso.

Me asomé a la ventanilla de Delon y cuál sería mi sorpresa que abrió en esos momentos la cortina encontrándome con aquellos hermosísimos ojos verdes -lo más bonito que tiene- y un poco más y nos morimos los dos: el del susto, yo de la impresión.

La gloria estaba por llegar. Sobre las doce apareció una mujer por mitad del llano, entre cámaras y rodeada de mucha gente. Entre ellos venía Quinn, el hermoso Quinn, y Ronet, el bello Ronet. Era Claudia Cardinale, con la ropa rasgada y sucia -era una película de guerra-, tan alta y exuberante que cuando la tuve cerca supe lo que era un “peazo de mujer”. Era una diosa morena, con esos grandes ojos que no se olvidan, con aquella boca perfecta que cuando me sonrió me di cuenta de lo que era la belleza. También supe que  nada tiene que ver con la simpatía. Fue la única que no me firmó el autógrafo. Y Quinn, con aquella franca sonrisa que me echó al coger mi bolígrafo...Y el más guapo de todos, George Segal. 

Mi padre seguía trabajando y estuvo en el taller hasta el mediodía. Yo, en el escalón, con mis postales firmadas y deseando llegar para contarlo. Me subí en la Lambretta -sin casco ni nada-, me abracé con fuerza a mi padre y no sé si llegue volando.

*A mi amigo Juan Gaitán porque me recordó aquel amor mío por el cine.

Desde El Garitón, con más frío que lavando rábanos, Mariví Verdú.

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