jueves, 6 de septiembre de 2018

New look. La vejez. Por Mariví Verdú


El cielo verde de septiembre me devuelve el sosiego. No importa que los días sean más cortos si las noches son frescas y dormibles, si regresan los sueños. La paz que transmite la cercanía del otoño, ese tiempo de oro viejo, que no de oropel, de remembranzas azules y solariegas de cuando se era joven, la carne era prieta y anaranjada, amelocotonada y dulce, da un lustre especial a los años y una conformidad no antes conocida ante los adioses últimos. Despedirse poco a poco de las cosas guarda un extraño placer, un cierto halo de virginidad, novedad que convierte la arruga en una extraña envoltura de exquisitez y trascendencia. Me parece un lujo ser mayor.

En la última visita que realicé a mi dentista para la conservación de lo que va quedando en mi boca -hablo de dientes, claro está, que no de palabras-, y ante la mirada atónita al descubrir mis canas y mi bajón veraniego que ha sido total (mucho sol, ninguna playa y un montón de neuronas perdidas por cuestiones que no quiero comentar), el pobre no supo más que decirme ¿nuevo look? a lo que yo no pude por menos contestarle: Me he cansado de ser joven. Y es una verdad como un templo. No quiero ser más tiempo joven, no quiero aparentar otra cosa que lo que en mi pecho brilla como una estrella: la vejez.

Hace un par de años me dijeron el último piropo. Hoy dicen que es pecado (no quiero entrar en el debate de si es bueno o malo) pero para mi fue una inyección de vitalidad. Ocurrió mientras pasaba frente al edificio de Hacienda. Un señor bien hateado que iba doblando hacia al Puente de la Esperanza (yo iba en dirección Málaga) me miró y exclamó con voz varonil y un tono tan verídico que casi me lo creo: ¡Qué hermosura de mujer!... Era un hombre de mi edad y lo que dijo fue dicho desde el corazón. Yo, ni corta ni perezosa, sin pensarlo dos veces, me volví hacia mis pasos  (y  vuelvo   hacia  mis  pasos/ buscándome  en  el  tiempo/ ingenuo  del  fracaso...) hasta alcanzarlo y volverme a poner delante suya mientras le decía: Dígamelo usted otra vez porque este es el último. Ambos reímos muchísimo y el pobre no era capaz de articular palabra alguna más que unas agradables carcajadas que compartimos por unos momentos. Nunca más habrá un halago hacia mí, la vejez no le gusta a nadie y, sin embargo, a mí me hace tremendamente feliz su llegada.


Al poco tiempo, en otra visita a Málaga, me ofrecieron por primera vez el asiento en el autobús. Fue alguien educado y misericordioso o tal vez padecía juventitis, enfermedad común de quien no se para a pensar lo poco que le queda para alcanzar ese estado que muy pocos asumen voluntaria y pacíficamente. He de confesar que al momento me pareció un poco triste pero duró solo el instante de asumirlo: sí, soy mayor.  Ciertamente había alguien en el coche que lo necesitaba más que yo, pero me lo dieron a mí.  Conozco a muchas personas de las que cogen esa línea, la catorce, y todos hemos envejecido. Hay quien no me reconoce y a veces les refresco la memoria, depende de las ganas que lleve de compartir los veinte minutos escasos que dura el viaje. Eso de “ir a Málaga” es una frase que digo desde niña porque siempre viví a las afueras, aunque ahora es más real que nunca ya que vivo en Alhaurín de la Torre. Decir “voy a Málaga” ha sido habitual en mí porque viví mi niñez en los Portales de Gómez (hoy desaparecidos), continué viviendo en Carranque, barriada ejemplo de autarquía que, aunque poco distante del centro, nos mantenía fieles a sus contornos (en ella teníamos de todo, hasta la iglesia más grande después de la de la Encarnación, o sea, de La Catedral) y después tuve mi casa en el Arroyo Barriguilla, junto a la plaza que luce el nombre del poeta José Bergamín, y también necesitaba coger el catorce, por lo que sigo yendo en ese mismo autobús en mis visitas al Archivo Municipal o a los museos, que son los únicos sitios que me da por visitar. Me juré hace tiempo, cuando empecé a darme cuenta de la inminente vejez, que solo visitaría a los medio muertos o devolvería la visita a los medio vivos que me la hicieran antes de morirme. Y en ello estoy, que si voy que si no voy... en plena asumición de este otoño, amado septiembre, en el que ando jubilada sin otra paga que la de unos días extras y algunas horas extraordinarias en el jardín.

Desde este Garitón que toma cuerpo de lucero, Mariví Verdú.

martes, 28 de agosto de 2018

MI DICCIONARIO PREFERIDO EMPIEZA POR M, por Mariví Verdú

Madrugar: amar decidida, incondicional, apasionadamente y sin objeciones la mañana.

Mi diccionario preferido empieza por la M de madrugar, un verbo que conjugo en presente y que me gusta soñar en un futuro siempre que me encuentre sana y consciente. Sin lugar a dudas, cada día me siento más hermana del Sol y de la Luna, tan cercana de Eos como de Aurora y es Mater Matuta la diosa absoluta de mi tiempo, de mi vida. El tiempo y la vida se unieron en mí hace ya sesenta y cinco años (veintitrés mil setecientos treinta y nueve días en los que incluyo los bisiestos. No cuento el amargo amanecer de mayo ni los nueve meses que viví en el vientre de mi madre, porque ese tiempo corría extrañamente en un sentido opuesto a las agujas del reloj). Desde entonces vivo atenta y agradecida a la luz, atónita, maravillada ante la alborada, despierta al ser de día y dispuesta al sacrificio.

    

No sé los motivos que la vida tiene para seguir instalada en mis venas ni el encargo que me hicieron antes de nacer, parece ser que no lo he cumplido todavía. La verdad es que se me olvidó hace mucho tiempo -tendría yo unos seis años o cosa así de inocencia- y, por más que intento recordar, no consigo acordarme de la misión encomendada. Tal vez por eso sigo buscando cristalillos de colores, piedras, conchas, maderas, piñas y nubes. Sigo haciendo miles de cosas, desde la carpintería a la fabricación de compost, pasando por la artesanía y rozando la agricultura, por todo cuanto es susceptible de dar respuesta a mi cuestión vital: saber a qué he venido. Por este motivo sigo atenta, a ver si en algún momento me llega la revelación.  Otro de los menesteres es el de leer libros, tal vez por si en alguno encuentro la clave secreta que me haga recuperar la memoria. Tengo el convencimiento de que todo está en ellos y que han habido muchos sabios en el mundo que dejaron escrito su conocimiento del misterio de la existencia. Estoy segura de que alguno me ayudará a descubrir la razón de la mía. Entre tanto, ahondando en lo cotidiano, imaginando respuestas, intento conocer el secreto de las cosas pequeñas, sencillas y necesarias para el avance óptimo de la vida (por algo titulé mi libro de relatos corrientes -que no vulgares- “El poder de las cosas pequeñas”). En ésta última etapa concedida me parece esencial, antes de despedirme, dar con el sentido de mi vida y no dejarla pasar como un absurdo, un accidente o una insoportable obligación de respirar y aguantar la tragedia.  

Llegue o no ese momento en que se me haga saber la naturaleza del olvido, tengo razones demás para dedicarle unos minutos a rendirle honores a la luz. Soy su hija legítima y heredera de su sombra; prima hermana del color azul, amiga íntima del verde y loca por el amarillo. Adoro los atardeceres naranja, por lo que está implícito mi amor al rojo. Vivo apegada al monte, a ese monte malva que oscurece el último, y me limito a dar gracias con los pájaros por cada día vivido, esas  veinticuatro horas mágicas del reloj que agradezco trabajando, pensando en el sencillo devenir de la vejez que va llegando pensativa e irremediablemente. Sobre un fondo de tierra sombra natural y bajo un cielo azul Eastmancolor perforado de luces lejanas, dejo que pase este tiempo extraordinario que quiero que me pille escribiendo, pintando y cuidando mis gallinas mientras aparecen dulcemente las rosas del almendro.


Desde El Garitón, en un tímido retroceso a la niñez, invadida de rosas quemadas, recordando que soy una niña mayor, jubilosamente triste, Mariví Verdú.

domingo, 29 de abril de 2018

TRINOS MAYORES DE SCHUBERT, por Mariví Verdú

956 en Do, Mi , Sol, Re: trinos mayores de Schubert

Anoche vibró el corazón del mundo en un rinconcito alhaurino que lleva el nombre del poeta y premio Nobel Vicente Aleixandre.  Casi toda la culpa fue del talento romántico de Franz Schubert y su quinteto para cuerdas Do Mayor, Opus 163, D 956, obra maestra, pero nada habría llegado a ser sin la interpretación de tan magistral partitura por parte del grupo Ensemble Vega formado por Marc Paquin, que sacó soles y lágrimas a su violín, Donald Lyons, que dio voz y poema a la viola, Peter Biely, llantos perdidos y sombras azules por su arco, José Ignacio Perbech, violonchelo respirando mientras latía el corazón de la música en el de Orfilia Saiz Vega.

Cuatro de los cinco intérpretes forman parte de la Orquesta Ciudad de Granada: Paquin, violinista suizo nacido en Ginebra, solista y creador de violines; Perbech, español nacido en Huesca, solista de violonchelo; Biely, solista de violín nacido en Checoslovaquia,  y Lyons, solista de viola, canadiense nacido en Toronto. La única mujer del grupo, Orfilia, solista de violonchelo, es española, santanderina e Ilustrísima Académica Numeraria  de la Real Academia de las Bellas Artes de Granada. Fue elegida el 5 de febrero de 2015 e ingresó el 22 de febrero de 2016 con el discurso: Técnica interpretativa. Pedagogía del violonchelo, ostenta la Medalla nº 36. Todos ellos forman un quinteto de artistas que anoche dieron su corazón de sí haciendo de la obra de Schubert cuatro tiempos inmejorables, transmitiendo inquietudes y emociones en la sonoridad de una obra cumbre de la música de cámara.

La intensidad del primer movimiento me recordó la visión de un cielo nocturno amenazado de tormenta en la soledad del monte, la angustia de una vida que se prevé corta, complicada, que ha conocido el secreto de las cosas importantes y la revelación de los sonidos y signos trascendentes. Schubert, herido de amor, enfermo de lo que solo enferman los locos apasionados, los despojados del placer del amante, viviendo la tragedia de los sexos, admira cómo cae el cielo ante sus ojos. La ansiedad de quien tiene los días contados, él, el violonchelo, entre el coro de los vivos y los muertos, en la gravedad del grito, a la par de desgarrado, con tacto de terciopelo y penetrante como una aguja fina en la vena del pulso. En un juego de luces y de sombras, un Do Mayor dramático nace haciendo eco y resignándose a la noche eterna con una dulzura inusual, digna solo de este genio de la música.

 Lo que vino después, el segundo movimiento, adagio indescriptible y promotor de mi llanto -solo confundible con el de Stendhal-, no tendría explicación si no me detengo en el dolor inmenso que significa la ruptura con la vida, esos adioses obligados que nadie puede eludir pero con los que no todos saben hacer una obra de arte. La muerte de Schubert, como casi todas las muertes, no vino sola, vino de manos de su juventud sombría, inadaptada, incomprendida, desgraciada. Haber sido huérfano de madre y de hermanos, venir con el dolor a bordo desde la misma infancia y convivir con La Parca, conocer toda su gravedad desde la misma adolescencia, debió suponerle un grandísimo trauma. Pero como ocurre en cada situación traumática, debió venir con una mínima sombra de esperanza: la de que un amor lo arreglaría todo, recosería su alma y recompondría su corazón. Pero tampoco pasó como esperaba. No se le conoció amor duradero y para continuar su música tuvo que abandonar la casa paterna, andar bajo la protección de algunos amigos y a expensas de su ingrata economía. Su timidez innata y su fragilidad de espíritu no eran compatibles con su escogida libertad pero sí con su creación, la única forma de transmitirnos lo que su alma sintió ante la indefendible vida que se apagaba cuando debería estar en los esplendores de su ardor, en el culmen de su creación artística. 

Para quien tiene el corazón de cristal, debió suponer más que un aire doloroso, más que una quiebra irreparable, la indiferencia de Goethe. La poesía de Goethe levantó una tempestad en su frágil espíritu vienés, llenando de destellos azules y descargas luminosas el alma del músico y haciendo mella en su dolor universal. Hizo suyas las palabras de amor del poeta alemán, musicándolas y engrandeciendo con el pentagrama de sus liedes la propia melodía de los poemas. A cambio solo recibió indiferencia, desencanto. Si tristeza da ver cómo su admirado Goethe le hace el vacío...¿cuánto más le dolería a Schubert aquella actitud en su propia herida? A pesar de todo, hoy se dice de él que fue su músico y sus nombres andan ligados para la eternidad, pero Schubert no obtuvo de Goethe -autor entre tantas obras de “La Teoría de los Sonidos”- ni una sola palabra de gratitud, de consuelo, una dedicatoria que llevarse en el corazón. Y todo se transmite en su música, se transmitió anoche, yo lo sentí. Llorar el llanto de Schubert me dejó una infinita tristeza rodando por la piel, dolor por mis muertos, misericordia de mi propia suerte y un sabor en los labios a melancolía. Al acabar el segundo movimiento quedé sumergida en un mar del que nunca regresaré.

Al irse deshilando mi coraza, llegué al tercer movimiento con un dolor ardiendo en el costado y con la incertidumbre de la no vida, del cielo o de la oscuridad. Estuve casi a punto de abandonar el mundo y salir corriendo a la intemperie.  La música me obligaba al intento: discernir entre la vida y la muerte y sus dos consecuencias: el olvido. Me pareció tormentoso, dolorosos  los violines, latidos acabándose en los chelos y un llanto eminente en la viola. De haber durado cinco minutos más, no lo hubiera soportado. 

Gracias a la compasión del músico, a su propia compasión, a su elevada visión de la piedad, llegó el cuarto y último movimiento. Fue entonces cuando me di cuenta que mis manos empezaban a soltarme el pellizco que me había mantenido el corazón en el puño y, a sabiendas de que Schubert había entregado el alma en los tres movimientos anteriores y que ya no podrá deshacer su muerte, intuí que quiso transmitir un dolor exento de dolor, un dolor más próximo a la alegría, un dolor cruel que, aunque en los primeros momentos vuelve a abrirme la llaga, busca sutura en una música tan mundana como sublime que me recuerda a un vals y que dice que todo en la vida es susceptible de olvido, que todo en la muerte lo es también, que la vida se abre paso con una crueldad terrible, más terrible que la propia muerte. Y en la dicotomía del olvido llega el violonchelo y lo llena todo con una melodía que no tiene nombre. O lo tiene. Al salir había en el cielo una luna redonda y amarilla, una luna cercana y tan inalcanzable como la vida eterna.

Desde El Garitón, con un baño de tierra dorada por las rosas, Mariví Verdú.

A mis amigos Benito, Marisa y Ellen cariñosamente.

jueves, 5 de abril de 2018

ADIÓS AL INSIGNE CANTAOR ANTONIO DE CANILLAS, por Mariví Verdú


El pasado día 3 de abril nos ha dejado uno de los más insignes cantaores que ha dado Málaga: Antonio Jiménez González “Antonio de Canillas”. 


Antonio ha sido para mí un amigo, una persona franca y cercana con la que siempre tuve la grata sensación de la empatía. En vida, que es como me gusta hacer lo que tengo que hacer, ya le rendí homenajes, escribí sobre su persona y su obra, reí y hasta le canté muchas veces -un atrevimiento por mi parte- dado el grado de amistad que nos unía. No tengo palabras para expresar el dolor del vacío que me deja en el corazón, de por sí triste,  afectado de ausencias grandísimas y falto hasta de mi propia sangre.

Tenía cita en el médico a la misma hora de su funeral pero me fui un rato antes al cementerio porque,  a pesar de que ya no podía verlo, vi a sus hijos, estreché a su hija Encarna, saludé a sus nietos y conocí a su biznieta y lloramos un rato juntas confortándonos con los gratos recuerdos de su padre.

La iglesia de San Gabriel estaba llena de artistas y la misa fue cantada aunque yo echaba de menos un cantecito del Padrenuestro o del Kirie que pienso debería haber nacido de cualquier garganta o pecho presente.

No le perdono a este invierno el haberme tenido tan retirada de amigos tan queridos. Distintas han sido las causas entre las que cuento mis bronquios como barrera principal, y la lluvia, y el frío, y el viejo coche y ese acobardamiento general que me invade ante las ausencias que van dejándome más sola que la una. Unas cosas y otras no me han permitido salir del claustro y la primavera me pilla sin amigos principales como Antonio. Antonio de Canillas deja un tremendo vacío.

No he dejado de sufrir estos últimos meses con la intensidad que cada muerte merecía y estoy extenuada. Necesito estar en paz y salir al sol para ir asimilando que la próxima vez que baje a Málaga faltará en ella mucha gente querida, muchos amigos del alma. 

Iré a ver a su Encarna. Iré a ver a una de las personas en los que podré verle a él.


Adiós, Antonio. Sabías cuanto te quería y guardaré el secreto que me confesaste la última vez que nos vimos y por lo que tanto nos reímos los dos. Disfrutaré con aquellas anécdotas que te grabé, que escribí cuando empecé tu biografía, antes de caerme la helada, esas cosas tan íntimas sobre tu trayectoria humana y artística que no se escribieron y que ya no le importan a nadie, solo a mi memoria y a mi corazón. Antonio, amigo, lo poco que pude hacer por ti, ya lo hice. Ahora, desde donde estés, mira tú por mi y descansa en paz.


Fotos de Ibáñez

* Según nos cuenta en Facebook el amigo Antonio Beltrán Lucena, Virginia Gámez interpretó el Hosanna y el Ave María, Diana Navarro, sonando a música celestial,y que la Federación de Peñas Flamencas obsequiaron a los presentes con la última grabación de Antonio de Canillas acompañado a la guitarra por Gabriel Cabrera "87 Primaveras". Puede que, al no terminar la misa, sucediera al final de la misma. Se ve que me lo perdí. Desde luego, mi corazón lo pedía y alguien lo atendió.
Por consejo médico, retiraré un tiempo mis ojos de las pantallas para ver si se recupern. Hasta siempre, amigos.

jueves, 8 de marzo de 2018

A GUILLERMO AGUILERA CORTÉS, IN MEMORIAM, de su amiga Mariví Verdú


Ayer se despidió del mundo Guillermo Aguilera Cortés. Con sesenta y un años recién cumplidos ha muerto uno de mis mejores amigos, una gran persona a la que consideré un hombre de verdad.  Hoy quiero honrar su memoria con mis palabras agradeciendo en ellas lo que de bueno fuimos capaces de sacarle a la vida, recordar su dignidad, ser agradecida por todo lo que su conocimiento y sus manos mejoraron; volver a la tristeza que tantas veces compartimos, regresar al dolor que siempre quisismos fuera consolado, un dolor que fue mucho, dolor universal que algunas veces, ante la impotencia sabida, ahogábamos en lo hondo de alguna que otra madrugada usando la facultad de la palabra, desbordados de ideas y deseando arreglar este desaguisado que sufrimos en nuestro planeta y que él ponía siempre en manos de Dios.  Guillermo estuvo presente en los peores momentos de mi vida y supo decir el verbo correcto y el predicado que más consolaba. Porque la amistad se trata de eso, precisamente de eso, de andar el camino en el mismo sentido buscando ser mejores, de hacer de la compañía un momento sagrado y del camino un motivo para la salvación a la que en el fondo aspiramos y que tan negada se nos ofrece a los seres pensantes. Siempre me alegré de su fe y puedo confesar que a veces tuve envidia de tanto convencimiento.

Ayer, al volver del tanatorio, sentí la necesidad de buscar entre los recuerdos y cogí su libro de poemas titulado “Los adioses” (una belleza, por cierto, publicada por el Ateneo de Málaga), leí algunos y me emocioné mucho recordando que la gran mayoría de ellos los escribió en El Garitón durante el tiempo que pasó como invitado en mi casa; fotografié sus colaboraciones en la revista “Calle del Agua”, una publicación que con tanto cariño dimos a luz y en la que, tanto él como Pilar Bugella, tuvieron un papel muy especial; saqué sus dibujos de Silos -aún le recuerdo transfigurado al regreso de su estancia en el monasterio-; recopilé las últimas fotos, la viejas fotos, muchísimas fotos paseando por Málaga, en actos literarios, fiestas flamencas, exposiciones de amigos con Rafael Alvarado, Antonio Ayuso, Paco Chaves... en Comares con Paco Parra, en las fiestas de Antonio Arjona, en el local que compartió con Juan, otro buen amigo, amante de la madera, que se fue unos años antes que él... Ay, me quedo sin aliento.  He sentido bastante el no haber visitado a Guillermo en el hospital y ahora me pesa doblemente. El invierno ha sido muy crudo también para mí y he estado oyendo mi pecho demasiado, cuidándome esta asfixia que me acerca a Guillermo más todavía.  Ha padecido cáncer de pulmón y me consta que ha sido consciente hasta última hora, organizando su despedida en solo tres meses, desde que le dieron el diagnóstico hasta ayer que todo fue consumado. Su lucidez, su toma de decisiones hasta última hora, me la corroboró la madre de sus hijos, María José, la mujer amiga y compañera que estuvo siempre al tanto de su mejor legado: sus hijos, Ada y Guillermo, a quienes me consta que amaba profundamente y de quienes se sentía satisfecho y orgulloso. La verdad es que sentí mucho consuelo teniéndolos cerca y asumiendo su muerte junto a ellos. La ansiedad no me llevó al bar ni a la calle y me senté lo más cerca posible de mi amigo para hacer lo que más nos gustaba hacer: hablar. Aunque creo que hablé demasiado. Hoy, más serena, quiero transmitirles a los tres mi más sentido pésame. El tiempo siempre es pasado y me duele que Guillermo esté solo en nuestra memoria de aquí en adelante. 

Nacido en el desaparecido Barrio del Perchel, en el número diez de Calle Arco, era hijo de ferroviario y miembro de una familia numerosa que le dio las pautas de la esplendidez. Me contó muchas cosas de su infancia, historia dignas de recogerse en un perfecto manual de civismo, en un libro titulado la dignidad de las penurias. A pesar de que eran tiempos de hambre, el economato no la dejaba entrar en su casa aunque merodeaba insistentemente por su barrio y el resto de las viejas barriadas malagueñas. Yo venía también de una de ellas, de extrarradios, y significó mucho en nuestras vidas el cambio de domicilio provocando aquella entrada triunfal en la Plaza del Fuerte. Fuimos vecinos desde los años sesenta, ambos vivíamos en el mismo patio, en el de los nones. Ya de mayores, por mi negocio familiar, tuve la suerte de conocer y hacerme amiga de su madre, Pilar, y de su hermana Pili, dos grandes pilares de su vida. Y aunque cada uno había vivido su juventud a su manera, junto a sus padres, amigos y parejas, conocíamos de nuestra existencia y a la hora de madurar nos volvimos a encontrar con circunstancias similares, con vidas paralelas en un Carranque en decadencia, dándonos la oportunidad de conocernos mejor y afianzando, por tanto, la amistad. Desde entonces creamos muchísimos recuerdos juntos, siempre en el tono más respetuoso y digno, como no podía ser de otra manera. Compartimos amigos: un grupo de escritores, poetas, pintores, filósofos, escultores... artistas todos con mucho que decir en el mundo de las Bellas Artes, gente que me consta que le echará de menos tanto o más que yo.



Guillermo, con quien tuve la suerte de compartir tantos momentos importantes, tantas conversaciones únicas, sabía distinguir el color de la melancolía, guardaba el secreto de una vieja alquimia del vino y los parámetros de la sabiduría. Siempre supo ponernos un traje de domingo a los incrédulos, vistiéndonos de desnudez, sacándonos el alma a relucir. Escuchaba atentamente a cada uno de nosotros, privilegiados parroquianos, tras su celosía de cristal -aunque lo que más le gustaba era la predicación, los dilemas y la discusión sin fin-. Era todo un guerrero incansable que recogía en la noche su espada toledana recién sacada del yunque, se arrimaba al alambique y hacía su cruzada con el único fin de salvarnos de la mediocridad. Fue un hombre de fe, una persona íntegra que no parecía ser de este mundo, un mundo que pierde un ser privilegiado, un talento con corazón, un cristiano antiguo religiosamente convencido, portavoz de todas las respuestas en la palabra de sus ascendentes directos: María Zambrano, Unamuno y Cristo.

Gracias, Guillermo, por salvarme del fuego aquellos muebles tan queridos, por dejarme las puertas de mis roperos como las paredes del corazón: de seda. Gracias por darle sentido al sufrimiento y por haberme contado cientos de historia que recuperaré en tu memoria. Seguiré escribiendo sobre la gente inmortal ¿te acuerdas? aquel día en La Anchoita mientras veíamos correr el diluvio...

Descansa en paz, amigo mío.

Desde El Garitón, lugar que tanto te gustaba, con todo mi cariño.
Mariví Verdú.


He escogido como punto y final el poema número XIII de tus adioses.

Ven y dime, amor,
cómo se llama
esto que ahora
se ha abierto en mi costado,
esto que sabe a cordillera o río,
a metal acerado y no duele,
y se desliza y no puedo hacer nada,
que tal vez no quiera, y se aleja,
y consigo me lleva, y no duele.
Dime el nombre, dime
cómo me llamo ahora
para que alguien lo sepa
si me ve pasar.
Dime, amor mío, esto que
has puesto entre los dos,
esto que sangra y no duele.
Esto que me recoge desde el nacimiento,
esto que soy ahora cuando empiezo
a ver que no habrá más espejos. 


LOS ADIOSES 
Nº 5
Colección Plaza Mayor de Poesía. Ateneo de Málaga. Año 2009
Guillermo Aguilera

domingo, 21 de enero de 2018

IV CERTAMEN POETICO "MARGARITA PERUJO NEBRO". LA TARDE (mi tarde), por Mariví Verdú


El pasado domingo recibí una grata noticia de boca de Isabel Teresa Rosado Esquina, concejala de Educación, Cultura y Patrimonio de Cuevas del Becerro, pueblo malagueño de la comarca del Guadalteba: mi poema La tarde había sido premiado en el IV Certamen Poético “Margarita Perujo Nebro”. Cuando sonó el móvil, me pilló en Cártama cogiendo el coche, después de haber pasado un día maravilloso con los míos que incluía siesta en el sofá junto a mi nieto. Me volví a tocar a la puerta para darles personalmente la noticia, cosa que les alegró muchísimo, tanto como a mí.

LA TARDE

Enredada en la hiedra,
prendida en los tejados,
por las copas de oro
de los pinos más altos,
por el filo del muro,
volando entre los pájaros
sigue la tarde al sol
y tiembla
por los álamos.
Silencio jubiloso
el que lleva en sus manos
mientras vuela hacia el este:
paraíso azulado
donde vive la luna,
donde duermen los astros.
Transfigurada y sola
se va desdibujando,
del celeste al naranja,
del amarillo al cárdeno,
hasta perderse toda
en un cielo cobalto
cada vez más oscuro
por luceros más claros...
¡oh redondez del tiempo
con la vida jugando
al borde de la noche
por los montes lejanos!

La decisión de enviar este poema la tomé el pasado mes de noviembre en la que apareció “mi tarde” mientras ordenaba viejos apuntes y archivos sueltos en la memoria del ordenador. Y me hizo recordar precisamente aquellos momentos que me lo inspiraron, recién venida a El Garitón, con todo mi dolor a cuestas y deseando ver luz en cualquier rincón y rodar cada atardecer por la sierra para irme con la tarde antes de que llegara la noche. Diez años más tarde, los colores y las sombras vuelven a cobrar vida.

La entrega de premios se celebró el pasado día 19 de enero en una tibia tarde de sol. Solo el paseo desde Alhaurín de la Torre hasta Cuevas ya mereció la pena, fue todo un placer para los sentidos. Las aguas y su nieve ya están dando fruto y el campo es una verdadera delicia de color verde hierba al alcance de todos. Me acompañó mi amiga Marisa García y ambas disfrutamos del viaje con la misma intensidad, mientras se abrían ante nuestros ojos grandísimas extensiones de terciopelo que para sí quisieran los de Microsoft en su página de inicio.

Recordé por el camino a los amigos que tengo por aquellas tierras que íbamos dejando atrás: Pizarra, Álora, Carratraca, Ardales. Y le dediqué un cariñoso recuerdo a mi buen amigo Paco “El Malagueño”, nacido en Peñarrubia, un pueblo de la comarca que hoy descansa en lo hondo del pantano sacrificado por nuestra sed y por el bienestar de los lugareños.

Divisamos Teba y doblamos a la izquierda en dirección Ronda. Antes me encantaba doblar a la derecha en busca de “El Cordobés”, un bar de carretera que te dejaba comido para unos pocos de días pero la última vez que pasé por allí estaba cerrado y fue solo hace unos meses. Cuando pasamos el cruce con la carretera que va para Cañete la Real, la tierra de mi amigo Pepe, recordé a ese gran cantaor que me dejó su amistad para siempre, y al guitarrista Rubén Lara, al que conocí aprendiendo a tocar la guitarra, instrumento que hoy domina y ama con la misma intensidad destacando entre los mejores. Y enseguida apareció la larga hilera de casas a la izquierda que conforman el pueblo de Cuevas del Becerro.
Como llegamos bastante temprano, nos fuimos a un parque que había cerca de la Casa del Pueblo, donde sería el acto de entrega de premios. Hicimos fotos mientras corría el agua a nuestros pies y nos acercaba a lo mejor de nosotras mismas. Tomamos un café y buscamos una carnicería donde comprar morcillas y chorizos, lo que no necesita decir que son de la mejor calidad. Llegamos al acto con un olorcillo a especias -a pimentón y a cominos- en los bolsos que no se podía aguantar de bueno.

Isabel Teresa, a la que nos habíamos encontrado por la Calle Real en nuestra búsqueda de carnicería con un precioso centro de flores en la mano, nos vino a saludar y nos presentó al resto de componentes de la mesa, Adela Perujo, Antonio López Palacios y Antonio Viñas, excelente presentador del acto. Después de una exposición exquisita del concurso y de sus fines, de los agradecimientos a los participantes y de esa calidez humana que emana de Isabel Teresa, se leyeron poemas de Margarita, de su libro “En la piel de las cerezas”. He de reconocer que me quedé sorprendida y admirada ante la calidad de aquellos poemas y en particular de uno que se titula “Madres”. Me emocioné muchísimo, aunque llevaba emocionada con Margarita más de una semana, desde que supe quién era y las circunstancias que rodearon su paso a la inmortalidad. La noche que descubrí a tan joven poeta, nació este soneto que cuenta mi conmoción:
Cuando quise saber quién daba nombre
al concurso cueveño de poesía,
por más que lo pensaba, no sabía
de poetas habidos de renombre.
Hay ya poco en el mundo que me asombre
más confieso que ayer me estremecía
al encontrarme su fotografía
colgada en Internet bajo su nombre.
Margarita, mi ángel femenino,
eres eterna flor de corta historia
y sumario de todas las bellezas.
No sé quién te cruzó por mi camino
pero quedas conmigo, en mi memoria,
juntas bajo la piel de las cerezas.

(Su padre estuvo presente en el acto y tuve la satisfacción de estrechar su mano y cruzar algunas palabras, de compartir su dolor y su conformidad.)

Y uno a uno fuimos pasando a recoger los diplomas, un joven poeta del pueblo, Javier García Toscano, que recibió el premio de manos de Antonio López, presidente de la Asociación de Poetas Cueveños; el magnífico escritor de Montejaque, Antonio González Montes, autor, entre otros trabajos, de la extraordinaria novela titulada “El grito”, recibió su premio de la concejala de Cultura Isabel Teresa Rosado,  y yo, que lo recibí de manos de Cristóbal González Rosado, joven alcalde de Cuevas del Becerro a quien felicité por su puesto y por la esperanza que da tener tanta juventud como tiene él a su alrededor en las distintas concejalías. Para acabar el acto, se leyeron varios poemas participantes en el certamen y una espontánea, Emilia Ponce, nos recitó de memoria un poema de Rubén Darío dedicado a Margarita, a otra Margarita, a todas las Margaritas. 

Muchas gracias al colectivo poético cueveño y al ayuntamiento, convocantes de dicho certamen, y gracias al público asistente que dio muestras de su amor a la poesía acogiéndonos con tanto respeto y cariño.


Escribo esta crónica ante un café con leche y un par de rebanadas del pan que amaso cada miércoles untadas con morcilla de Rosario Escudero, cueveñas las dos, y lo hago en éxtasis, bajo una mañana templada de sol de enero, en El Garitón, mi casa campera donde las tardes son mi oro y las mañanas son mi oro y mi plata...


Mariví Verdú




jueves, 11 de enero de 2018

AL POETA REMIGIO GONZÁLEZ MARTÍN "ADARES", por Mariví Verdú


Corrían mediados de enero de 1981. Acababa de mudarme con mis hijos a la nueva casa, allá por el Arroyo Barriguilla (donde hoy está la Plaza de José Bergamín). Puedo recordar, como si fuera ayer, la visita y la conocencia que voy a relatarles. Tal día como hoy, rozando las nueve de la noche, mi amigo y poeta Juan Miguel González del Pino llamó a mi puerta -a buenas horas para sentarse a la mesa, como solía hacer por aquellos entonces-, a tiempo de la cena. En esta ocasión apareció acompañado de un hombre más alto y mayor que él,  todo un personaje, mitad hippy, mitad poeta decimonónico, que no pasaría desapercibido en ningún lugar por moderno y atrevido que este fuese. Calculé que me doblaba la edad. Y Juan Miguel hizo las oportunas presentaciones: -Hola, Mariví. Aquí te traigo a un buen amigo mío, es el más grande poeta salmantino. Se llama Adares.

Ambos venían bien abrigados y envueltos en sendas capas españolas de un azul marino casi negro, posiblemente de paño de lana de las tierras de Béjar. Juan Miguel había vivido una larga temporada en Salamanca y desde que había vuelto a Málaga regresaba a menudo a casa de su  buen amigo Quini Sánchez, cantautor y compositor salmantino, a quien tuve el placer de conocer más tarde en uno de mis muchos viajes a las tierras que baña el Tormes en lo más alto de su camino.

Cuando los tuve delante me fijé bien en Adares y pude ver un hombre grande, corpulento, de cabello aguado y no mal parecido, todo un caballero de bigote y barba que me dedicó la mejor de sus sonrisas. Entonces abrió su capa para extenderme la mano, diciéndome con deje castellano y tiernamente afrancesado: -Mucho gusto en conocerte. Soy Remigio. Le sonreí con toda la naturalidad del mundo, a mí me hizo gracia su nombre, era el primer Remigio que había conocido en mi vida y hasta hoy ha sido el único. Por aquel entonces siempre tenía ganas de reír, me reía de tantas cosas... solo la juventud y la poesía, que no la pena, habían cruzado el umbral de mi puerta. Yo le contesté: encantada, el gusto es mío. Pasad, pasad...

Se despojaron de sus capas y me las llevé al dormitorio. Las extendí sobre mi cama porque el perchero no hubiera soportado el peso de las dos, con aquellos embozos y forros atrevidos y aquel tejido que no dejaba pasar una gota de frío...  Después de presentarle a mis hijos, se acomodaron en el sofá y comenzaron a descubrir aquel mundo que tanto me gustó desde niña, ese lugar poético donde las palabras caminan a sus anchas y donde la imaginación encuentra siempre recachitas de sol y momentos de lluvia bienvenidos. Les puse un vino dulce, un vinillo de la tierra y más tarde compartimos la cena. Estuvimos recitando poemas más de dos horas y fue entonces cuando Juan Miguel creyó oportuno preguntarme si se podía quedar en mi casa los días que tenía pensado pasar en Málaga. Automáticamente dije sí. Y en mi casa se quedó. Yo tenía que trabajar al día siguiente y mis hijos tenían que ir al colegio...y le dejé una llave de mi casa. Así, el primer día de nuestra amistad.

Aquellos eran tiempos en los que me daba igual dormir en el sofá o no dormir por tal de no decir que no a un amigo. Aún no había aprendido la palabra “no”, de hecho todavía no sé si es un adverbio de negación o una forma de antipatía o pestillo que cierra las puertas, solo sé que, antes de aprender a decirlo, yo me sentía mucho más feliz. Ser abierta y solidaria me ha dado la oportunidad de equivocarme muchas veces en la vida, de llorar mucho, de sentirme traicionada y enfadada conmigo misma, pero he tenido tantísimos momentos inolvidables que bien ha merecido la pena lo sufrido. La oportunidad que me ha brindado mi carácter al conocimiento y al placer de la empatía me ha proporcionado innumerables experiencias. El enriquecimiento que supone compartir el talento hacen que hoy, en ésta pobre cabeza sin espacio, existan recuerdos como este que alegran mis recién inaugurados sesenta y cinco.

Adares se quedó en mi casa varios días. A veces, cuando regresaba del trabajo estaban los dos poetas allí, charlando y esperándome para la diaria ración de poesía, vino y tapa. A veces la tapa era la manta de un marinero, dícese del bistec bien despachado y con una buena ración de papas fritas.

Solo un día, el último de su estancia en Málaga, pude acompañarles a un paseo por el Puerto y la Calle Larios. Habíamos picoteado en el Bar del Jamón, en Los Bilbainos, abajo de la Equitativa. Caminamos los tres de forma que me hubiera parecido ir escoltada por la Guardia Civil de no ser por el aspecto embozado, bohemio y emboinado de los dos poetas amigos. Con Remigio González Martín (los tres somos González) echamos el día visitando catedrales y campanas, rejas y casas de guardia, bancos del parque que convertíamos en aireados ateneos y así hasta que, al caer la noche, compramos cinco pesetas de bosque y nos quedó bosque para la eternidad.

*Fotos de mi amigo Ángel Ongay y detalles del libro que me dedicó nuestro amigo Adares.









https://es.wikipedia.org/wiki/Adares

http://www.lagacetadesalamanca.es/cultura/2017/12/27/salamanca-inmortaliza-poeta-adares-escultura-postuma-agustin-casillas-corrillo/225601.html

http://www.elnortedecastilla.es/salamanca/adares-regresa-plaza-20171227132722-nt.html

http://www.salamanca24horas.com/texto-diario/mostrar/977340/salamanca-inmortaliza-poeta-adares-estatua-plaza-corrillo

https://www.tribunasalamanca.com/noticias/adares-eterno-en-su-rincon-predilecto-de-salamanca/1514379035