sábado, 12 de enero de 2019

AGUATINTAS POR SEGUIRIYAS: COLOR Y FORMA DE LOS AYES, por Mariví Verdú

Aún no eran las doce de la mañana del día cuatro de enero. Hacía frío en la calle pero en las recachas daba gusto estar. Dejé el coche en Carranque, una barriada que conozco bien, que quiero desde niña. Suelo hacerlo casi siempre que voy desde Alhaurín de la Torre a Málaga aunque a veces lo dejo en Parque del Sur y me paso a ver a mi amiga, la poeta Pilar Bugella. En Málaga centro me hago un lío a la hora de aparcar. De esta manera voy más tranquila, puedo disfrutar de mi ciudad, prestarle toda mi atención. Cogí el autobús de la línea catorce hasta el Ayuntamiento. Desde allí a la Plaza del Obispo hay un paseíto precioso. El Parque resplandecía en verde. La Catedral, en ocre. La Plaza, en gentío. Y caminé diligente hacia el Palacio Episcopal donde me esperaba “Aguatintas por seguiriyas”, la última creación de un pintor excepcional, un malagueño de pro: Eugenio Chicano.

El palacio que la alberga es lugar hermosísimo, en pleno corazón de Málaga, con más de dos siglos y medio de belleza. Me encontré abiertas sus grandiosas puertas, entre mármoles grises y columnas rosas, abiertos sus patios y sus arcos, libre su escalera imperial... A la entrada me atendieron con esmero -que así dejara dicho el autor de las aguatintas- y me hicieron entrega del magnífico catálogo que, a la sazón, ha realizado el Centro de Tecnología de la Imagen de la UMA. Aunque en él se reproducen todas las obras expuestas, no lo abrí de momento. Subí hasta el primer piso y accedí a la primera de las tres salas que cobija la muestra. Quería verla en directo, a eso había ido. Y en ese preciso instante sentí haberme dejado en casa mi sombrero, lo sentí muchísimo porque tuve necesidad de descubrirme. Me di una vuelta sobre mí misma, en redondo, y empecé a desmenuzar, una a una, cada tela, cada golpe de sangre, de luz o de agonía. Y pensé: no se puede pintar así con dieciocho años, no se puede. Sería una anomalía. Pero tampoco se podría pintar de esta manera si no se hubieran cumplido los dieciocho cuatro o cinco veces manteniendo clara la visión y la inocencia, conservando la capacidad de impresionarse, las ganas intactas de ser quien se es pero con todos sus días vividos, disfrutados, dolidos en toda la amplitud de los placeres. No se puede decir lo que nos dice Eugenio  sin antes haber creado los posos necesarios, esos que nacen a base de encantos y desencantos, de recoger todas las formas del canto, del rito, de la levedad de lo eterno en la perpetuación de sus formas más primarias: el grito y la huella de rojo en las paredes. Cogí el autobús de la línea catorce hasta el Ayuntamiento. Desde allí a la Plaza del Obispo hay un paseíto precioso. El Parque resplandecía en verde. La Catedral, en ocre. La Plaza, en gentío. Y caminé diligente hacia el Palacio Episcopal donde me esperaba “Aguatintas por seguiriyas”, la última creación de un pintor excepcional, un malagueño de pro: Eugenio Chicano.


Y así fui pasando por delante de aquellas seguiriyas hechas carne: admirada de tanta hondura, de tanta frescura de trazo, de tanto sincronismo de arte y arte. Junto al cuadro, la letra de la copla que lo inspiró, el nombre de su intérprete y la posibilidad de poderla escuchar al oído gracias al código QR que lo acompaña. Todo un hallazgo de la técnica puesto al servicio de los sentidos, rendido ante dos expresiones artísticas que nacen como una sola de manos de Eugenio Chicano, la Pintura y el Flamenco. Ambas en su manifestación más concreta y afilada, más antigua y doliente, desde luego, con el más estremecedor resultado.

Entre las dos salas que albergan la totalidad de su exposición hay una intermedia en la que puedes sentarte y escuchar al autor con la misma naturalidad que si estuviera en su estudio, como estuvimos muchas veces en la peña el pasado siglo o en alguna taberna amada y desaparecida. Es una grabación en bucle de una hora escasa, realizada en blanco y negro, en la que nos cuenta su vida, sus aficiones, sus vivencias -desde la niñez hasta hace un mes escaso en que se presentó al público su antepenúltimo trabajo- haciéndonos partícipes de los secretos de aquella Málaga cantaora que descubrió de chico, de la Málaga Picassiana a la que perteneció después, de la Málaga Juanbreviana en la que estuvo desde los comienzos. Una forma de conocer la Málaga más auténtica desde la visión de un hombre auténtico. Disfruté con él y lo hice compartiendo el espacio con grandes figuras del cante que, por citar algunas diré que estuve al lado de la de Utrera, de los Pavón, entre Chocolate y Fosforito, cerca de Camarón y Lebrijano... Allí estábamos todos en torno a Eugenio, oyéndole vivir.

Y después de tres horas con los cabales, salí más flamenca y con más luz a la Marina, con más sabor a Málaga que entré. Mientras caminaba hacia la Puerta del Mar recordaba cuándo le conocí, tantos años atrás, lo guapo que era, lo grande que sigue siendo y el arte que ha tenido durante toda su vida, su larga y fructífera vida.

Vaya mi enhorabuena a Ars Málaga y a su director, Gonzalo Otalecu; al gusto exquisito de la comisaria de la exposición, Mariluz Reguero; al Vicerrectorado de Política Institucional de la UMA, a Juan Antonio García Galindo, Juan José Téllez y  Miguel Cabrera y a todos cuantos han hecho posible esta muestra, Aguatintas por seguiriyas, que, se mire por donde se mire, es la condensación de lo etéreo, la plasticidad del quejido, el color y la forma de los ayes.

*Gracias por invitarme a participar de tan grandiosa exhibición, Eugenio, muchas gracias por haber tenido en cuenta a ésta humilde persona que suscribe, la vieja poeta azogada del espejo. Brindo por que sigamos disfrutando tu talento, brindo por tu generosa compañía, por nuestros amigos Paco Montoro y Odile y por la tierra que nos acoge desde chicos. Brindo por la gracia azul que derrama sobre nosotros. 


Cariñosamente, Mariví Verdú.

lunes, 31 de diciembre de 2018

NOCHEVIEJA 2018, por Mariví Verdú

 Es treinta y uno de diciembre, último día del año 2018, día de mi reflexión anual, noche de balance trascendental, importantísimo, memorándum sin piedad al que me someto cada año viejo. A esa reflexión hay que añadirle varias más, algunas, extemporáneas y profundas, que experimento cuando el cuerpo me lo exige, y las diarias, que achaco a esos ejercicios espirituales a los que me obligo nocturnamente. Y acabo el año haciendo lo que más me gusta, escribiendo. Aunque la verdad es que he estado cosiendo hasta hace una chispa, ejerciendo mi tercer oficio preferido después del de poeta de la nada y dibujante de las mil y una noche. Con el oficio de costurera -he de decir que sin titulación alguna pero con muchas puntadas a mi espalda-, he espantado al hambre de mi casa en más de una ocasión. 



Para no perder la bendita costumbre de bien nacida, sigo dando las gracias, porque me paso la vida dando gracias a la vida. Las primeras, por haber nacido en una familia con dones a porrillos. Nadie echaba cuenta de ellos porque era cosa natural. Tampoco se vanagloriaban, simplemente nacía en las manos femeninas de la casa. Gracias, mamá y gracias tita María, a tí más que a nadie, que me enseñaste los secretos aprendidos de Doña Consuelo, tu maestra, modista y sastra, a quien le importaba tanto el interior como el exterior de una prenda y se recreaba en florituras que hacían de cada trabajo una obra de arte. Tú superaste a tu profesora pero yo no os llego a ninguna de las dos ni a la altura de vuestras babuchas. Si acaso tengo algún talento es el de conservar intacta vuestra memoria en el tiempo para gloria de las mujeres.


Ahora, nada más que acabe este texto que sirve de despedida al 2018, me meteré en la cocina a guisar, poco, un guiso de bacalao con almejas y gambas, porque no quiero más carnes ni más nada. Cocinar es otra de mis haciendas preferidas. Lo aportaré a la mesa que tan espléndidamente comparte conmigo mi hermana y mi cuñado y esta noche... me tomaré las uvas de la suerte, a ver si saben a moscatel que sería la mejor suerte de todas. No llamaré a nadie, desconectaré el móvil y me acostaré temprano. Mañana, al ser de día, me espera un paseo por mi pueblo, Alhaurín de la Torre. O tal vez por Málaga, que es mi pueblo también. Puede que disfrute del silencio de los dos. Y por la tarde, a jugar al Dixit con mi nieto y sus papás...a imaginar un mundo tan hermoso para los demás como el que tengo la suerte de tener delante un año más.

¿Un año más o un año menos?... las dos cosas son ciertas. Un año más para agradecer a la vida y un año menos de esa vida que resta y suma con la ligereza que lo haría cualquier perturbada, pobrecilla vida. Y es que cuando empieza una a tenerle amor y apego es cuando da la espantá y coge las de Villadiego.

Hoy, al mediodía, al agradable olor de la comida en mi cocina, tomaré un vasito de Ribera del Duero para tragarme las faltas y otro para brindar por las cosas que atesoro, por los premios que la vida me concede y  por las lágrimas que me quedan, que no se acaban por más que gaste. Un par de vasitos de vino dan fuerza para el camino que vislumbro ante mí. Un año entero por delante es un pedazo de reto. Son muchos días para ser feliz constantemente. No quiero felicidad eterna, ese estado es solo para los imbéciles, quiero vivir en la justicia, con paz y respeto. Quiero amor. Y habré de conformarme con lo que la vida me dé, con lo que la vida me multiplique. Con lo que me reste. Menos mal que no me divide, que soy la misma aunque me falten trozos del corazón.

Gracias, gracias, gracias vida. Gracias por haberme dado unos padres ejemplares, por concederme dos hijos hermosos y sanos, por haberme dejado algo de cordura cuando se fue el mayor y haberme permitido disfrutar del nieto que me ha regalado mi hijo menor, un niño nacido de la hermosa pareja que formó hace muchos años con quien tengo doblada la bendición de ser madre. Gracias, hijo, por ser mi padre, casi mi padre -has heredado todos sus dones-, y por ser mi hijo y padre de mi nieto, por ser tan capaz y tan honesto y haberme permitido ser feliz con tu vida.

Gracias, pajarillos, almendros, rosas tiernas. Gracias, gata, gallina, calabaza, violetillas humildes. Gracias al mar de enfrente, a los cielos oscuros y claros en maravillosa alternancia que disfruto por encima de mis pensamientos. Gracias, olivillos e higueras, madroño, naranjillos y limonero de lunas; gracias, jazmín, y mucha salud al nisperillo enfermo. Gracias a las viñas que fueron de mi padre, a las enredaderas de El Garitón, a las fresias y lantanas... 

Gracias al silencio absolutamente pleno de canto y de pájaros, gracias a la lluvia, gracias a las palabras, al hilo de coser y al hilo de la amistad.



Desde este Garitón entendido en noches viejas, cariñosamente

Mariví Verdú

domingo, 2 de diciembre de 2018

A MIGUEL ROMERO ESTEO, CITA PENDIENTE, de Mariví Verdú

Hay citas, como la que tenía con Miguel Romero García, que se van posponiendo tanto que un día llega la eternidad y ya no hay tiempo. El mío, que empieza a ser escaso, y el del querido maestro, que ya es redondo como un silencio, no se dieron lugar ni fecha.  Posiblemente se hubiese acordado de mi de habernos visto, pero yo no estaría en su memoria como él estaba en la mía, con verdadera admiración. Cuando le conocí, tuve el privilegio de darle algunos besos, escucharle hablar y darme cuenta de su lugar en esta sociedad tan dada a la lisonja y a las crestas de las olas que duran lo que dura un rebalaje... Su conocencia vino gracias a mi querido Curro Flores que propició nuestro encuentro. Acudimos a él para la primera edición de Málaga en Flamenco, para que nos asesorara sobre La Fiesta. Miguel me regaló sus “territorios malakos” dedicados, un libro de culto que está en un lugar de honor en la biblioteca de mi corazón. Más tarde, en Torre del Mar, tuve la suerte de asistir a una conferencia suya (las fotos son de ese momento) y de echar con él un buen rato de charla. Después me compré Tartessos y busqué más cosas suyas. Ahora, cuando es la hora de la nada y se cumplen palabras como nunca o jamás, tan determinantes, tan conclusivas, tan concluyentes... yo no nos podemos volver a mirar las caras. Y por eso escribo. Tan escéptica y fuera de la norma como él, lo hago porque me da la gana. Y mientras pensaba en él, eché un par de kilos de lomo en manteca a su salud eterna. Hoy, con un Portia crianza de 2012 y un plato de lomo, no me he ido a los montes sino delante de mi ordenador, para encarrujar algunas palabras para ti, Miguel.

El día 30, cuando me enteré de tu muerte, me dio por pensar en lo desagradecido que es este mundo y me acordaba de otro amigo que, como tú,  ya no está por aquí y en el Puerto de la Torre luce su nombre -como el tuyo en un instituto- sobre un parque al que tuve la suerte de asistir con él y disfrutar del día de su inauguración. Me siento honrada y orgullosa de haber tenido que ver algo en la toma de decisiones. En aquel tiempo no había trascendido la vida a la nada.

La muerte de Romero Esteo, que así le conocían quienes le conocía, me ha entristecido mucho y más todvía porque pertenezco al mundo verdialero, un colectivo en el que la mayoría no sabe cuánto se le debe a Miguel y a su trabajo, gracias al respeto y a la dedicación que sentía sobre la historia de la música más vieja de Europa, el lugar que hoy ocupa en la cultura el mundo de la Fiesta. Gracias a él, a Antonio Mandly y a mi amigo Andrés Jiménez Díaz (entre otros amigos entrañables de los que me siento orgullosa) nuestros verdiales fueron nombrados en 2010 Bien de Interés Cultural. Estuve en la fiesta que se celebró para la ocasión a los pies de la Alcazaba, en las acerillas del Teatro Romano, pero lo eché en falta. Miguel no estaba. Pienso que nadie le avisó porque somos la mar de olvidadizos. Eso sí, los políticos estaban todos en la foto y algún advenedizo que se colocó para inmortalizar la engañifla de su ausencia real en el asunto. La muerte de Romero Esteo es una grandísima pérdida porque se nos ha ido un loco bendito, una mente elegida, provocadora, elucubrante y lúcida como solo se da los genios: hemos perdido a un ser brillante. Él estaba en paz, ahora lo está doblemente y para siempre. Y yo te releeré para que tu muerte sea mentira.

Hasta hoy no me pude sentar a escribir, aunque mi cabeza estuvo con su recuerdo presente como solo pasa cuando las cosas no tienen remedio. Estuve todo el día 30, el día siguiente de su marcha, y hasta hoy, digiriendo lo que la vida es y hace con sus seres especiales. Desde luego, en mi corazón, los sublima. La eternidad, ese momento que queda tan lejos y tan cerca, está en un sitio muy grande y no creo que nos veamos en un futuro, seguro que me perderé por los pasillos del vacío, mucho más si estamos diluidos en en una energía que no se nos parece. Pero yo me iré a cortar las rosas en ese sitio que tú me enseñaste y que solo sabemos los dos. Hasta siempre, compañero.

Desde El Garitón, un día de elecciones en el que son las tres y sigo en pijama, Mariví Verdú


* Francisco Jesús Flores Lara, en su Pregón de la Fista de la Semana de Verdiales de la Peña Juan Breva, citaba a don Miguel: “La buena nueva: Los verdiales serán el primer bien inmaterial declarado de interés cultural por la Junta de Andalucía. Los fiesteros han conseguido el merecido lugar de preferencia, el excepcional creador y estudioso, el amigo Miguel Romero Esteo, han situado el rito en los años míticos del nacimiento de Europa.”  Y lo fueron. Somos muchos los que hemos citado a Miguel Romero Esteo en nuestros trabajos de verdiales.
Del artículo "En el principio, los verdiales", publicado en la revista Acordes de Flamenco donde, ineludiblemente, le cité: El profesor, investigador y escritor cordobés, Hijo Adoptivo de Málaga, Miguel Romero Esteo, nos dice así sobre la música de los verdiales: “Fuere lo que fuere de tales borrosidades (hablando del reino de Tarsis y su posible influencia en dorios o espartanos, que está por dilucidar), lo cierto es que la escala musical de los dorios para componer sus dorias melodías es la misma escala musical en la que van las melodías de los fandangos malagueños. Y en la que va el cante flamenco andaluz, excluidos los flamencos cantes gitanos, que éstos van en la normal y usual escala de la música clásica europea desde los tiempos del Barroco, desde el Siglo XVI sobre poco más o menos.”
El fandango verdial, pues, demuestra ser el más antiguo de los fandangos y llega a través de los campos a nuestros oídos tan puro y garboso como lo fuera en un principio.
                
Personalmente, en mis poemas (de “Un triste epistolario”), adoro recurrir a sus citas:

Nos iremos a cortar las rosas
orilla de los rosales de las aguas,
orilla de los árboles de las hojas de oro.
Tartessos, de Miguel Romero Esteo.


sábado, 24 de noviembre de 2018

ADIÓS, UTOPÍA, por Mariví Verdú

La película española  Sólo mía, ofrecida anoche por TVE en el programa "Historia de nuestro cine",  me dejó despierta hasta las tantas, no pude poder pegar ojo.  Sólo mía, dirigida por Javier Balaguer, con Sergi López y Paz Vega como protagonistas, estuvo tan  bien interpretada que me trajo a la memoria algunas escenas de mi propia vida dejándome oscuros los pasillos de mi cabeza un rato interminable.

Por poco que una quiera pensar, siempre llego a la conclusión de que fue muy complicada la etapa en la que vinimos a nacer los que hoy peinamos canas, muy difícil la vida que nos ha tocado vivir. Si queremos idealizarla es por aquello de que echamos de menos el ser jóvenes, no el cuando lo fuimos. Es mentira el dicho “cualquier tiempo pasado fue mejor”, a poco que seamos objetivos.  Hay que ver lo desprotegidos que hemos estado los pobres de mi generación, hijos de trabajadores honrados, los que no tenían bufete ni consulta ni farmacia heredable, los que no teníamos más cuna que la que los amorosos brazos de una madre abnegada nos ofrecía.  Particularmente fuimos las mujeres las que lo pasamos peor, ante una educación patriarcal y machista. Pero yo no culpo al hombre como hombre de aquella manera de vivir, porque tampoco le dieron a elegir otra educación, era así y nada más. Era incuestionable. Y cómodo. Dependía mucho de cada uno y de su evolución personal el tomar una actitud distinta de la común, tan fácil para los varones.

Del adoctrinamiento que hemos sufrido en este país, todos hemos sido víctimas, aunque teníamos casi asumido lo de las castas porque hubo quienes vivieron en un palco superior, viendo cómo los obreros fabricaban la miel, picaban piedras y hacían las carreteras que ellos disfrutarían como privilegiados (pasándose por el forro el pensamiento cristiano porque sus pecados -y eso sí que eran pecados- se quitaban con cuatro golpes de pecho). Todos sufrimos a un gobernante que, bajo su convencimiento paternalista, solo quería el bien de sus “hijos”, por lo que el castigo estaba a la orden del día para meternos por cintura, un dictador al que temíamos más que a una vara verde  -dicho que hoy nadie sabe lo que quiere decir si no tiene de sesenta para arriba-. Todos los estratos de nuestra sociedad de los 50, desde los más pobres y, en regla de tres directa, hasta los más ricos, eran complices forzados, acusadores o castigadores... nadie pasaba la prueba. Menos mal que los niños y jóvenes vivíamos en el limbo. -Tampoco sabe ya casi nadie qué es y dónde está el limbo pero de se ese lugar hablaré otro día-. 

Las humillaciones, vejaciones y castigos que hemos sufrido los que queríamos sacar la cabeza del tiesto, los que queríamos algo tan simple como pensar y preguntar los porqués de las cosas, tuvimos que soportar todo un sin fin de maltratos. Uno de los más duros -yo lo llamaría una locura castradora- fue una religión impuesta, obligatoria, ininteligible y amedrentadora que nos hablaba de un dios cruel que nos castigaba con el infierno y nos hacía elucubrar con sus dogmas. Nos castigaba en nuestra niñez y adolescencia tanto por el contacto carnal como por los “pensamientos impuros”, sentimientos normales y propios de una edad efervescente, pensamientos lógicos provocados por la química orgánica del cuerpo que nos los hacían tragar. Al no dejarlos salir de la boca ni de las manos, desembocaba en frustración. O en abuso. Ambas cosas fueron contraproducentes y marcaron una época invivible en nuestras vidas. Algunas veces pienso que los de mi generación estamos demasiado bien de la cabeza, porque la vida que nos ha tocado es digna del mayor de los manicomios.


Fue habitual que los padres pegaran, que las niñas hicieran las camas de los hermanos y fueran detrás de ellos como mucamas; que las mujeres sufrieran palizas de sus maridos y tuvieran que mentir sobre el motivo de los golpes para guardarle respeto a su pareja ante los demás y... lo peor: que no se las atendiera en los juzgados. Sí, anoche vi una película que era una vida “normal” , unos hechos a los que asistí durante mis cincuenta primeros años y una injusticia que viví en carne propia. Y sentí un miedo tremendo. Pero no me alivió el final: ver a un maltratador hecho mierda, que pareciera haber sufrido una lobotomía, abandonado, solo, y ella saliendo indemne, inmune a la tragedia. con dos hijos pequeños y un padre idiota... eso es una mentira: en una mala pareja nadie sale triunfante. No, no me alivió en los más mínimo el sufrimiento del otro. Me hubiera gustado ver otro tipo de escena, que transcurriera veinte años más tarde, con los hijos del matrimonio protagonista viviendo su presente, un futuro esperanzador donde el respeto no tuviera nada que ver con el sexo, donde la igualdad no fuera impuesta, metida con un calzador sino que fluyera tan natural como el agua, donde todos los humanos tuvieran su sitio en libertad y dejaran a cada uno vivir en paz con su sexo y sus convicciones. Pero eso, viendo las noticias diarias, está muy lejos de ser, es ciencia-ficción. Ya no confío en la bondad natural del ser humano, todo lo contrario, solo espero su suicidio. Y observo el caos.

Desde el privilegio que supone llegar a los sesenta y cinco años, tan agradecida a la vida como escéptica ante el progreso -inverso totalmente- quiero recordar un jabegote que escribí en 1999, perteneciente a un trabajo flamenco premiado bajo el lema “Destino de azahar”:


Estoy en el puente arriba
mirando pa los dos laos...
Puentecito de la vida
que muere quien lo ha cruzao,
quien se para  y quien se tira.

Pues eso: que pa tres días que me quedan en el convento...sufriendo. Adiós, utopía.
* En una segunda lectura quiero incluir un rayo de esperanza. Soy abuela.

Desde El Garitón, un sábado de noviembre en el que, por fin, ha salido el sol,
Mariví Verdú

Dibujo realizado por el insigne David Zaafra, que en paz descanse.

martes, 30 de octubre de 2018

ENTRE TINIEBLAS, MI ARCO IRIS, por Mariví Verdú

No tendrá nada de raro que un día no despierte. Después de haber estado tan viva, lo más normal es encontrarse cualquier mañana tan muerta como el que más, que es mucho (aunque parezca no ser nada: nadie se queja). Y eso sería natural, un acto último que lo protagoniza tanto quien haya sentido en sus carnes el milagro de la existencia como el más insensible de los nacidos. Yo me lo tomaría hasta bien, si tuviera una la forma de tomar algo después de muerta, lo malo es que la muerte propia queda en manos de los demás. Y ya no está una para defenderse ni para dar las gracias. Ni para evitar las lágrimas, los despechos, las conversaciones miserables o los enaltecimientos, ya vengan desde lo más hondo del pecho amigo, de quienes sienten la conciencia de lo no hecho o de quienes intuyan próxima también su despedida.

 Comenzar un escrito con este párrafo es, cuanto menos, síntoma de tristes certezas, convencimiento de lo efímero de la existencia, de lo insignificante que es todo al final del  trance que significa pasar de luz a tiniebla y viceversa. Sin embargo, hay que ver lo largos que parecen los días cuando entramos en bucle con el desencanto. O aquejados de dolor. O sufriendo injusticia. No hay más que echar una ojeada al mundo para clamar al cielo o querer inventar a dios, a un nuevo dios.

Es duro darse cuenta de la locura en la que vivimos, de lo descolocadas que andan las cabezas, de lo ingratas e insaciables que somos las criaturas, de lo desentrañada que está cualquier manifestación artística, de lo extendida que anda la envidia, de lo poco que vale la palabra.

A veces, como hoy con la lluvia, con el barro corriendo por las calles y los ríos anegándolo todo, llevándose consigo hombres y árboles, me vengo abajo y hago análisis de mi vida. Lloro con fuerza y me cercioro de que existo. Lo hemos hecho tan mal que el llanto es justo y necesario. Pobre de aquel que no llore ante lo inclemente, lo sin retorno, lo de todos.


*Durante estas últimas palabras, aminoró la lluvia. He pensado en mi hijo Pedro, en la ternura de su mirada, en su llanto que es mío, en su noble corazón. Y, pensando en su corazón, he pensado en mi Cristina, en la fuerza de su verdad, en el amor que irradia. Y, pensando en el amor, he pensado en mi nieto Daniel, en lo pronto que crece, en su presente pleno, en su dulce inocencia... La paz ha inundado mi corazón.  Ha entrado en mi casa el arco iris y he dejado de llorar. Ay, quién pudiera también desaprender.

Desde El Garitón mojado y florecido, Mariví Verdú

AGUATINTAS POR SEGUIRIYAS: COLOR Y FORMA DE LOS AYES, por Mariví Verdú

Aún no eran las doce de la mañana del día cuatro de enero. Hacía frío en la calle pero en las recachas daba gusto estar. Dejé el coche en...