domingo, 16 de febrero de 2020

EL ARTE DE LA COSTURA, por Mariví Verdú



 Anoche me dormí aguantando las ganas de sentarme a escribir un rato pero me encontraba tan perdida dentro de mi casa como perdido mi corazón dentro de mi cuerpo y desparramadas las ilusiones por los rincones de esta cabeza mía, tan poblada y con tan poquísima conexión ya entre recuerdos y realidades. Mi abuela recomendaba para esto comer mixtos o rabillos de pasas. Pero siempre pensé que no había una razón científica de base ¿o sí? La vieja sabiduría no sé si es igual que la sabiduría de las viejas. Ahora que ya lo soy -abuela y madre a un tiempo- sé que no importa demasiado a nadie lo que hayamos aprendido. Aprender es personal que no intransferible, hay muchos medios de ser generoso. Éste, por ejemplo.

Tenía ganas de hablar de los primores de mi madre, de sus manos hacendosas, creativas, llenas de improvisación y gusto. Pero para hacerlo debo empezar hablando del hogar que fue su cuna. Hablar de su madre Victoria y de su hermana mayor María Teresa. Mi abuela fue una maestra en croché, con la aguja del 16 y el hilo de algodón “La Cadena” del ciento hizo verdaderas maravillas: colchas, aplicaciones de blusas, puntillas para enaguas, aplicaciones para camisones de dormir, cuellos, pañitos y así fue hasta su vejez, nunca nos faltaron encajes para los vestidos ni las braguitas de sus dos nietas. Mi abuela quería que sus hijas se aplicaran y metió en el taller de Doña Consuelo a mi tía María Teresa. Estuvo yendo unos cuatro años, primero como aprendiza, después como ayudanta y así hasta que se hizo sastra y era tanto lo que dominaba los volúmenes y el material textil que lo mismo hacía una chaqueta de hombre de alpaca que un vestido de novia de crepe satin o de organza. Cortaba sin patrones, llevando con tiza sobre la tela las medidas y el talento, disponiéndola al biés o al hilo según el corte. Esa tiza especial era el jaboncillo, que así lo llamaba ella. Yo aún los conservo en gris, azul y rosa, y los uso cuando los necesito. Me enseñó, como la habían enseñado a ella, primero a sobrehilar, a hacer ojales, a hilvanar... y,  lo último, el corte. Ella decía que no servía para nada cortar si no sabías armar la prenda y dejarla tan bonita por dentro como por fuera. El primer vestido que me hice fue de capa, con talle bajo, escote redondo y mangas cortas de media capa rematadas de piculina como el escote. Me lo hice entero y, después de cincuenta y cuatro años, aún lo guardo como una reliquia.
Mi madre prefirió las labores. Su labor favorita, las realizadas en punto de marca. Pero cualquier cosa que cayera en sus manos resultaba una obra de arte. Todo lo que hacía era una maravilla, de cualquier trocito de tela de hilo le hacía un repulguillo con la aguja, ya fuera con un remate hecho con la aguja y el hilo o con unas puntas de croché. Flores con punto de arena, de sombra, de realce...el cordoncillo, la cadeneta, las flores al minuto, los deshilados, Richelieu... ay sus cajitas de hilo del Elefante y de la Dalia, ay sus madejas de bordar y sus agujas preferidas, las del ojo de oro... Cuánto misterio envolvía ese viejo hábito de la costura hoy literalmente desaparecido o en una recuperación hecha a la fuerza, desprendida de toda belleza, artificial, como la vida de hoy. O en el caso televisivo, tan odiosa como burlesca, tan amanerada y desprovista de gracia que hacen grotesco lo que fue mágico por sagrado.

Me paso del folio... Me pasaría tanto como para escribir el día entero. Es una necesidad emocional pero también es una forma de distraer a la miseria para que no me roce siquiera. En mi cómoda hay un cajón secreter abajo del todo, un cajón que parece formar parte del armazón de donde nacen las patas... Secreter...madre mía, secreter...Ahí guardo los crochés de mi abuela, los pañitos bordados de mi madre y el juego de novia bordado de mi tía María Teresa... Secreter, qué palabra más antigua y más preciosa.


Desde El Garitón, con palabras que nacen al alba como secreter. Y como el alba de bonita y misteriosa.
Mariví Verdú

sábado, 15 de febrero de 2020

ENTRE LA CONTRARIEDAD Y EL HASTÍO, por Mariví Verdú


Son las dos y cuarenta y dos minutos de la mañana y ya no podré dormir más. He pasado tanto tiempo dormitando, tumbada en el sillón, que siento perdido uno más de mis antojadizos fines de semana. Ayer me quedé con las ganas de acudir a la cita de Tartessos pero cuando el pico de la alergia sube y me toca, no soy mujer para nada. Había reservado un lugar para oír a Juan Gavilán recitar versos del gran genio Miguel Romero Esteo. Tenía la decisión y la ilusión de asistir pero las circunstancias mandan y hay que adaptarse a su capricho.

Como siempre, entre la contrariedad y el hastío, escojo la postura de sentarme a escribir. En esta ocasión, sin estimulo y sin puñeteras ganas de nada. Abandonada de cuantos significaron algo para mi, unos porque la muerte y otros porque la vida, y con el alma hecha jirones, no pretenderé que salga algo legible o medianamente comprensible para los seres humanos que esperan que les ayude mi alegría, que les ayude mi canción entre sus canciones...Pero hoy no hay nada que pueda compartir, solo dolor, frustración quejas y mucha soledad. Con suerte no saldrá más que un leve sonido sordo con un incierto parecido al del silencio a las tres de la mañana en pleno campo. Ni siquiera yo tendré ganas de releer lo que escriba.

Mientras escribo sobre el teclado blanco al que le están desapareciendo algunas letras (la ‘a’, l ‘r’, la ‘e’ y difuminándose la ‘s’ y la ‘d’), me he comido tres galletas de avena y me he puesto al lado un vaso de agua del grifillo que me puso mi hijo hace tres o cuatro años y que me ha quitado el grandísimo quite de pulsear botellas y garrafas, con lo que eso suponía para mi de carga y de cargo de conciencia. Mientras pensaba en algo que escribir, he mirado por la ventana: Málaga ha desaparecido. Mi punto de vista preferido se lo ha engullido el taró o la contaminación, no sé, pero hay una espesa niebla y las farolas de mi calle llevan dos días apagadas. Todas menos una que está situada en la misma puerta de la casa donde antes vivían Mayte y Juan, dos personas entrañables que se la vendieron a una hermana, que ya murió, de María Teresa Sánchez Campos, “La Cañeta de Málaga”. Mucho arte tuvo siempre esa casa.

Me he levantado un momento porque no puedo respirar y me he dado un lavado nasal con agua salada. He utilizado, de estreno, una jeringuilla de cristal grande que compré hace muchos años en el rastro. Compré dos. Estaban en sus cajas, nuevecitas. Nunca supe para qué las había comprado hasta hoy. Si hubiera encontrado todos los útiles del practicante, me hubiera hecho con ellos. Recuerdo cuando llegaba María, la practicante, con su sonrisa abierta y aquel simpático tic que no podría definirse con palabras, y se ponía a esterilizar los avíos de inyectar.  A mi me gustaba observar aquel ritual, desde sacar y abrir la caja metálica super brillante conteniendo jeringa y  aguja, pasando por la llama azul etílico, hasta que descabezaba la ampolla de agua destilada y lo absorbía en su totalidad.  A continuación, pinchando el tapón de goma del frasco del medicamento dejaba salir el líquido y, agitándolo bien, volvía a extraer con la jeringuilla el preparado listo para su uso. Entonces, tomando la jeringa entre sus dedos la ponía hacia arriba y con su pulgar apretaba el émbolo hasta que por la aguja salía el aire y una mínima porción del inyectable... Era el momento del culete al aire y del algodón empapado en alcohol: un suave toque de desinfección, un cachete mágico y la irrigación intramuscular. Algunas dolían mucho y mi madre me daba un leve masajeo para esparcir el líquido y así conseguir aliviarme.

He salido de mi cuarto para ver la caja de la jeringa y hacerle una foto. Al hacerla me acabo de dar cuenta del verdadero motivo que tenía ponerme a escribir: es el pañito de mi madre, ese que tengo sobre mi lavadora. Un trozo de esterilla añadida que con sus manos primorosas convirtió en un pequeño jardín cerrado. Pero su creatividad no cabe en pocas palabras y hoy estoy mala y cansada. Hablaré de sus primores cuando pueda respirar.

Desde El Garitón, acobardada por la niebla y el polen, Mariví Verdú

domingo, 2 de febrero de 2020

BAJO LA ARAUCARIA, por Mariví verdú

Ayer, dos de febrero, día de la Candelaria, tuvo una fecha irrepetible -como cada día de nuestra vida- aunque más curiosa que de costumbre. Si la escribimos digitalmente nos muestra un número capicúo, el 02022020, un número caprichoso que ocurre cada mil años y que celebré por todo lo alto con plena conciencia. Hace mil años que fuera el Siglo de las Cruzadas, dos mil de que Jesús tuviera veinte años y anduviera perdido por Nazaret y tres mil de la destrucción de la mítica Troya...Vamos, que ayer fue como el comienzo de otra era, una nueva era del mundo.



Lo primero que hice, después de admirar que el almendro que tengo enfrente de mi ventana se había cuajado de rosas -anteayer tenía diez o doce leves flores abiertas-, fui a ver a los míos y a comprobar que estaban bien, que mi nieto progresa, crece y sigue siendo el centro de su hogar y el de mi ternura. Estuvimos contando chistes de un libro que le regalé el pasado año cuando cumplió siete. Se los ilustré como me fueron pareciendo, con un estilógrafo y acuarelas, sin dibujo previo, improntas y ocurrencias. Lo mantiene impecable. También estuvimos viendo su pequeña colección de monedas antiguas que conserva como un tesoro familiar. Un rato de verdadera paz para mi corazón.

Más tarde fui a compartir un magnífico almuerzo con varios amigos, Pepi Gil, su marido Miguel, Ana Olirey y Paco Pinto, su hermano Pepe y su cuñada Loli,  personas buenas y generosas que aman la vida y derrochan alegría y buen humor. La famosa paella de Pepe Pinto está alcanzando cotas de gourmet pero ayer las superó. La hizo en casa de Juani, maravilloso anfitrión, con el que comparto ideas y gustos, en especial por el flamenco y el amor a nuestra tierra.  Durante la sobremesa apareció  su primo hermano Sivi, Salvador Rodríguez, antiguo amigo con el comparto igualmente el gusto por el arte flamenco y la dirección de la mirada, siempre al oeste del pensamiento y del corazón. Y tuvimos la alegría de darnos un abrazo. Conocí también a Loli Madera y a Miguel Coronado, amigos de nuestro anfitrión, y fue tal el buen rollo que había en torno a su mesa que nos anocheció. 

Desde mediados de diciembre estaba programada esta comida y pendiente el que Juani Soler me mostrara un documento que obra en su poder como patrimonio familiar y que viene de propia mano de Emilio Prados, poeta de mi alma, al que conoció su abuelo llegando los dos a apreciarse y sentir una fuerte amistad, cariño que compartió toda la familia de Luis Sánchez Soria “El Tío de los perros”. De todos es sabido la labor de Prados con los niños de El Palo y con su alfabetización. De la carta que enviara Emilio Prados hablando de dicha amistad haré referencia en un artículo dedicado exclusivamente a ella, cuando Juani me de permiso. Tampoco sabría describir ahora mismo la emoción que sentí al leerla. Necesito tiempo.

Estuvimos hojeando también el libro de Michel Rennes “Huellas Malagueñas en el monte, la playa y las calles de El Palo y Pedregalejo” y me fue relatando los recuerdos de su niñez en ese paraíso donde existió un perfecto lenguaje marengo y un verdadero reino junto al mar entre jábegas, traiñas y sardinales, un reino de plata viva, de agua y sol.

Era noche cerrada cuando llegué a mi casa. A la derecha de mi cancela, el almendro que quedó destartalado y solo al otro lado del muro se había cuajado de rosas de color rosa. Y cuál sería mi sorpresa que, al ir a abrir el candado, me alumbró en la faena ofreciéndome un resplandor tan claro como si fuera la hora del amanecer.
Es que soy la única que le echa cuentas.

Desde El Garitón, ya día tres de febrero, entre almendros floridos, Mariví Verdú



* Esta tarde haré dulce de batatas recién sacadas de la tierra para seguir endulzándome la vida. Gracias, Sivi y Juani, por un regalo tan sabroso.

jueves, 30 de enero de 2020

AHORA O NUNCA: VIVE, por Mariví Verdú

Llevo dándole vueltas a la cabeza varios días, a raíz de una gestión realizada por Internet, -on line, como decimos ahora-, y la manera que tienen las empresas de tomarnos el pelo, de engañarnos vilmente, en pocas palabras, de jodernos la vida. No voy a dar nombres porque es totalmente aplicable a todas las grandes empresas que hoy trabajan sin dar una cara visible, empresas que para contratar lo hacen rápidamente pero se vuelven totalmente invisibles cuando surgen problemas. Y pienso yo, que me manejo por éstas nuevas tecnologías y tengo problemas... ¿qué les pasará a la mayoría de jubilados y mayores que no tienen ni idea de esto que nos ha caído encima? 


Por navegar como pez en el agua por la red, no me las doy de pan y manteca. Es, simplemente, el resultado de haberle dedicado tiempo, esfuerzo y años de estudio para conseguirlo, pero tal vez por eso no dejo de pensar en las personas que no han podido hacerlo o simplemente que tienen varios años más que yo y les viene largo el invento ¿cómo se sentirán a la hora de realizar cualquier gestión, compra, devolución u otro trámite realizado a base de botoncitos, musiquitas sordas, esperas, trabajadores con un español que no los entiende ni Dios y un pasmo fuera de lo común que te pone de los nervios?... Y si el resultado no es el esperado ¿cómo volver atrás, anular un pedido, hablar con alguien responsable...? Toda una odisea que nos deja anulados en un mundo que todavía nos pertenece.

La sociedad en la que hoy vivimos, la que hemos convertido en una terrible pesadilla, se parece mucho a nosotros pero más todavía a nuestros dirigentes. Es una sociedad tan avanzada que combate enfermedades y te deja más años de vida pero no se preocupa de humanizarla. Te da años pero le importa tres carajos que te los pases llenos de necesidades, de pena, de vacío y de soledad. Con sesenta y seis años vividos, plenos de conocimiento, inquietudes y proyectos, no quiero pensar que todo haya quedado resumido a compartir un hogar de jubilados donde lo más atractivo es esperar el horrible día de los enamorados  (cuando lo único que falta es amor), la cena de feria  o mitin  y el matasuegras, el gorro plateado y el pito de fin de año. Me niego rotundamente. El que le baste con eso, bendito sea, pero yo quiero otras cosas, otras maneras de vivir mi tiempo que no sea dejarlo pasar. Pongo solo un ejemplo: me gustaría tener acceso a la UMA, echo de menos en este pueblo tan grande que no haya forma de poderse preparar sin tener que hacer 50 kilómetros diariamente para ello.

Sé que me quedaré con las ganas, como de tantas cosas en la vida, pero no sin intentarlo. Voy a preparar una lista de cosas por hacer, cosas que me quedé con ganas de realizar en tiempos pasados y que voy a intentar conseguir en este pequeño futuro que tengo ante mí. Intentaré ir tachando el mayor número de ellas, efectuando la mayoría de cumplimientos posible. Recuerdo a Morgan Freeman y a Jack Nicholson en la película “Ahora o nunca” y me da muchísima envidia por tenerlo que hacer sola. Cada persona tiene un concepto del tiempo y tiene sus propias necesidades y gustos, su manera de vivirlo. Yo tengo el mío, disfrutarlo íntegramente o quedarme en el maravilloso intento de ser cada día un poco más sabia, un poco más libre, un poco más... una misma: yo misma.

Ayer mi amiga María José Coín publicó una cita en un post de su historia en Facebook que decía: ¡No corras, vete despacio, que a donde tienes que llegar es a ti mismo!. Es un consejo de uno de mis poetas preferido, Juan Ramón Jiménez. Tomaré la recomendación pero lo haré sin pausa, que hay otro dicho tan verdadero como ese -como todos los que atesora el refranero español- que reza: “Camarón que se duerme se lo lleva la corriente”.

Madrugando, como siempre, despidiendo el mes de enero desde este Garitón que aún está oscuro pero promete rosas, Mariví Verdú


domingo, 26 de enero de 2020

GACHAS Y ESTRELLAS, por Mariví Verdú

 Esta mañana, cuando no eran las siete aún, me levanté. Suelo ser más madrugadora pero ayer disfruté la Gala de los Goya y me acosté a las dos. Anoche, recordando los dos días de intensa lluvia, lamentando los destrozos que la tormenta Gloria ha dejado a su paso, desgracias que nos hicieron ser los tristes protagonistas de los telediarios, era natural que sintiera alivio viendo también a mi tierra como orgullosa protagonista del cine español. Disfruté mucho con la presencia de los actores malagueños nominados al premio, con Antonio Banderas y Pepa Flores, galardonados, y con Antonio de la Torre, entre otros grandes de la pantalla. Ellos me indujeron al sueño, ese sueño que se logra con la constancia y el trabajo bien hecho. Y como fue una noche de estrellas, dejé la persiana subida viendo, como última ojeada del día, las luces de Málaga y percibiendo la frescura de una tierra harta de agua firmando la paz con la lluvia.

Haber dejado arriba la persiana ha sido un acierto. Hubo nubes claras, estelares, mientras me dormía, como si hubiese bajado la Vía Láctea a acariciarme y darme un beso en la frente. Esta mañana la vista del cielo me ha regalado algunos luceros, lo que me hacía augurar un día en calma. Y así es. La mañana se presenta despejada, como mi cabeza, por lo que no me queda más remedio que disfrutar de este estado de lucidez que me presta el momento.
Cuando encendí el ordenador y me puse delante de una hoja del Pages más blanca que un papel, no sabía qué decir. mi intención era muy distinta de lo que he escrito hasta el momento. No iba a ser sobre la calma, ni sobre la paz, y mucho menos sobre lo que será el tema principal durante un puñado de días: los premios de la Academia del Cine Español. Por eso, he dejado libre el pensamiento y se ha ido donde le ha dado la gana. Tal vez para no abordar lo que me reconcome por dentro, por no hablar de la soledad y de la muerte, esa muerte que ha visitado a Ineke, la hermana de una buenísima amiga mía, Ellen Dijkgraaff, quizás para no hablar de lo que sé: que Ellen lo está pasando mal y que hay muchísima gente pasándolo mal. Yo misma he pasado un fin de semana muy triste, triste porque no puedo perdonar, triste porque hay cosas imperdonables mientras existe la memoria, triste porque me doy cuenta de que soy tan vieja como lo han sido todos los viejos del mundo, triste porque soy humana y la tristeza es el más absoluto síntoma de serlo. Sin embargo, la vida abre paso entre pesadumbres y una llamada me consuela, me alivia del desastre, me sumerge en el mundo que añoro, en el de mi madre, en el de la comprensión y la solidaridad. Muchas gracias, Pepi Navarrete, por recomendarme alegría contra el dolor de corazón, libertad ante las ideas fijas que retuercen el alma. Muchas gracias por hablarme de cosas esenciales, por hacerme ver cuánto valemos y lo sabias que somos, por recordarme aquella comida que hacíamos en familia, cuando las abuelas vivían su protagonismo de abuelas, cuando las madres calentaban a besos las noches de lluvia y el calor de la copa hacía llevaderas las noches de invierno. Mil gracias por recordarme el dulcísimo sabor de las gachas. Y la obligación que traía la lluvia en nuestros tiempos: la de comer migas.


Después de hablar con Pepi -he de decir que antes de acabar ya estaba cogiendo la matalahúva- cogí la sartén y me puse a preparar unas gachas con cuscurrones y miel de la comarca toledana de Belvis de la Jara, miel pura que me trajo mi hijo Pedro cuando estuvo trabajando allí. Me puse una copita de vino de Málaga, me comí con deleite el suculento plato y miré con agradecimiento hacia la Sierra de las Nieves, la vista que me permite la ventana de mi comedor. En un primer plano, los pinos. Todo estaba tranquilo. Mi corazón también. Y abordé la noche con otro entusiasmo. Me puse la mantita eléctrica en los riñones, abrí mi sillón, me eché otra manta de lanita tierna en las piernas y oí cómo, a mis pies, en su camita londinense, mi gata ronroneaba haciendo el carillón de gusto.

Esta mañana hay sol. Las violetas dan un perfume tibio a madre. Los rosales podados y las parras hablan de mi padre, de mi vida. Mi hijo descansa en el lado derecho de mi camino hoy separado por un muro triste, gris, que no impide el ir y venir de mi corazón. Y mi tía María Teresa ha hecho resucitar al jazmín que arrancó el huracán. ¡Milagro!
Yo misma soy un milagro de la naturaleza.


Desde El Garitón, domingo 26 de enero de 2020, bajo un sol templado, Mariví Verdú

EL ARTE DE LA COSTURA, por Mariví Verdú

 Anoche me dormí aguantando las ganas de sentarme a escribir un rato pero me encontraba tan perdida dentro de mi casa como perdido mi ...