domingo, 2 de diciembre de 2018

A MIGUEL ROMERO ESTEO, CITA PENDIENTE, de Mariví Verdú

Hay citas, como la que tenía con Miguel Romero García, que se van posponiendo tanto que un día llega la eternidad y ya no hay tiempo. El mío, que empieza a ser escaso, y el del querido maestro, que ya es redondo como un silencio, no se dieron lugar ni fecha.  Posiblemente se hubiese acordado de mi de habernos visto, pero yo no estaría en su memoria como él estaba en la mía, con verdadera admiración. Cuando le conocí, tuve el privilegio de darle algunos besos, escucharle hablar y darme cuenta de su lugar en esta sociedad tan dada a la lisonja y a las crestas de las olas que duran lo que dura un rebalaje... Su conocencia vino gracias a mi querido Curro Flores que propició nuestro encuentro. Acudimos a él para la primera edición de Málaga en Flamenco, para que nos asesorara sobre La Fiesta. Miguel me regaló sus “territorios malakos” dedicados, un libro de culto que está en un lugar de honor en la biblioteca de mi corazón. Más tarde, en Torre del Mar, tuve la suerte de asistir a una conferencia suya (las fotos son de ese momento) y de echar con él un buen rato de charla. Después me compré Tartessos y busqué más cosas suyas. Ahora, cuando es la hora de la nada y se cumplen palabras como nunca o jamás, tan determinantes, tan conclusivas, tan concluyentes... yo no nos podemos volver a mirar las caras. Y por eso escribo. Tan escéptica y fuera de la norma como él, lo hago porque me da la gana. Y mientras pensaba en él, eché un par de kilos de lomo en manteca a su salud eterna. Hoy, con un Portia crianza de 2012 y un plato de lomo, no me he ido a los montes sino delante de mi ordenador, para encarrujar algunas palabras para ti, Miguel.

El día 30, cuando me enteré de tu muerte, me dio por pensar en lo desagradecido que es este mundo y me acordaba de otro amigo que, como tú,  ya no está por aquí y en el Puerto de la Torre luce su nombre -como el tuyo en un instituto- sobre un parque al que tuve la suerte de asistir con él y disfrutar del día de su inauguración. Me siento honrada y orgullosa de haber tenido que ver algo en la toma de decisiones. En aquel tiempo no había trascendido la vida a la nada.

La muerte de Romero Esteo, que así le conocían quienes le conocía, me ha entristecido mucho y más todvía porque pertenezco al mundo verdialero, un colectivo en el que la mayoría no sabe cuánto se le debe a Miguel y a su trabajo, gracias al respeto y a la dedicación que sentía sobre la historia de la música más vieja de Europa, el lugar que hoy ocupa en la cultura el mundo de la Fiesta. Gracias a él, a Antonio Mandly y a mi amigo Andrés Jiménez Díaz (entre otros amigos entrañables de los que me siento orgullosa) nuestros verdiales fueron nombrados en 2010 Bien de Interés Cultural. Estuve en la fiesta que se celebró para la ocasión a los pies de la Alcazaba, en las acerillas del Teatro Romano, pero lo eché en falta. Miguel no estaba. Pienso que nadie le avisó porque somos la mar de olvidadizos. Eso sí, los políticos estaban todos en la foto y algún advenedizo que se colocó para inmortalizar la engañifla de su ausencia real en el asunto. La muerte de Romero Esteo es una grandísima pérdida porque se nos ha ido un loco bendito, una mente elegida, provocadora, elucubrante y lúcida como solo se da los genios: hemos perdido a un ser brillante. Él estaba en paz, ahora lo está doblemente y para siempre. Y yo te releeré para que tu muerte sea mentira.

Hasta hoy no me pude sentar a escribir, aunque mi cabeza estuvo con su recuerdo presente como solo pasa cuando las cosas no tienen remedio. Estuve todo el día 30, el día siguiente de su marcha, y hasta hoy, digiriendo lo que la vida es y hace con sus seres especiales. Desde luego, en mi corazón, los sublima. La eternidad, ese momento que queda tan lejos y tan cerca, está en un sitio muy grande y no creo que nos veamos en un futuro, seguro que me perderé por los pasillos del vacío, mucho más si estamos diluidos en en una energía que no se nos parece. Pero yo me iré a cortar las rosas en ese sitio que tú me enseñaste y que solo sabemos los dos. Hasta siempre, compañero.

Desde El Garitón, un día de elecciones en el que son las tres y sigo en pijama, Mariví Verdú


* Francisco Jesús Flores Lara, en su Pregón de la Fista de la Semana de Verdiales de la Peña Juan Breva, citaba a don Miguel: “La buena nueva: Los verdiales serán el primer bien inmaterial declarado de interés cultural por la Junta de Andalucía. Los fiesteros han conseguido el merecido lugar de preferencia, el excepcional creador y estudioso, el amigo Miguel Romero Esteo, han situado el rito en los años míticos del nacimiento de Europa.”  Y lo fueron. Somos muchos los que hemos citado a Miguel Romero Esteo en nuestros trabajos de verdiales.
Del artículo "En el principio, los verdiales", publicado en la revista Acordes de Flamenco donde, ineludiblemente, le cité: El profesor, investigador y escritor cordobés, Hijo Adoptivo de Málaga, Miguel Romero Esteo, nos dice así sobre la música de los verdiales: “Fuere lo que fuere de tales borrosidades (hablando del reino de Tarsis y su posible influencia en dorios o espartanos, que está por dilucidar), lo cierto es que la escala musical de los dorios para componer sus dorias melodías es la misma escala musical en la que van las melodías de los fandangos malagueños. Y en la que va el cante flamenco andaluz, excluidos los flamencos cantes gitanos, que éstos van en la normal y usual escala de la música clásica europea desde los tiempos del Barroco, desde el Siglo XVI sobre poco más o menos.”
El fandango verdial, pues, demuestra ser el más antiguo de los fandangos y llega a través de los campos a nuestros oídos tan puro y garboso como lo fuera en un principio.
                
Personalmente, en mis poemas (de “Un triste epistolario”), adoro recurrir a sus citas:

Nos iremos a cortar las rosas
orilla de los rosales de las aguas,
orilla de los árboles de las hojas de oro.
Tartessos, de Miguel Romero Esteo.


sábado, 24 de noviembre de 2018

ADIÓS, UTOPÍA, por Mariví Verdú

La película española  Sólo mía, ofrecida anoche por TVE en el programa "Historia de nuestro cine",  me dejó despierta hasta las tantas, no pude poder pegar ojo.  Sólo mía, dirigida por Javier Balaguer, con Sergi López y Paz Vega como protagonistas, estuvo tan  bien interpretada que me trajo a la memoria algunas escenas de mi propia vida dejándome oscuros los pasillos de mi cabeza un rato interminable.

Por poco que una quiera pensar, siempre llego a la conclusión de que fue muy complicada la etapa en la que vinimos a nacer los que hoy peinamos canas, muy difícil la vida que nos ha tocado vivir. Si queremos idealizarla es por aquello de que echamos de menos el ser jóvenes, no el cuando lo fuimos. Es mentira el dicho “cualquier tiempo pasado fue mejor”, a poco que seamos objetivos.  Hay que ver lo desprotegidos que hemos estado los pobres de mi generación, hijos de trabajadores honrados, los que no tenían bufete ni consulta ni farmacia heredable, los que no teníamos más cuna que la que los amorosos brazos de una madre abnegada nos ofrecía.  Particularmente fuimos las mujeres las que lo pasamos peor, ante una educación patriarcal y machista. Pero yo no culpo al hombre como hombre de aquella manera de vivir, porque tampoco le dieron a elegir otra educación, era así y nada más. Era incuestionable. Y cómodo. Dependía mucho de cada uno y de su evolución personal el tomar una actitud distinta de la común, tan fácil para los varones.

Del adoctrinamiento que hemos sufrido en este país, todos hemos sido víctimas, aunque teníamos casi asumido lo de las castas porque hubo quienes vivieron en un palco superior, viendo cómo los obreros fabricaban la miel, picaban piedras y hacían las carreteras que ellos disfrutarían como privilegiados (pasándose por el forro el pensamiento cristiano porque sus pecados -y eso sí que eran pecados- se quitaban con cuatro golpes de pecho). Todos sufrimos a un gobernante que, bajo su convencimiento paternalista, solo quería el bien de sus “hijos”, por lo que el castigo estaba a la orden del día para meternos por cintura, un dictador al que temíamos más que a una vara verde  -dicho que hoy nadie sabe lo que quiere decir si no tiene de sesenta para arriba-. Todos los estratos de nuestra sociedad de los 50, desde los más pobres y, en regla de tres directa, hasta los más ricos, eran complices forzados, acusadores o castigadores... nadie pasaba la prueba. Menos mal que los niños y jóvenes vivíamos en el limbo. -Tampoco sabe ya casi nadie qué es y dónde está el limbo pero de se ese lugar hablaré otro día-. 

Las humillaciones, vejaciones y castigos que hemos sufrido los que queríamos sacar la cabeza del tiesto, los que queríamos algo tan simple como pensar y preguntar los porqués de las cosas, tuvimos que soportar todo un sin fin de maltratos. Uno de los más duros -yo lo llamaría una locura castradora- fue una religión impuesta, obligatoria, ininteligible y amedrentadora que nos hablaba de un dios cruel que nos castigaba con el infierno y nos hacía elucubrar con sus dogmas. Nos castigaba en nuestra niñez y adolescencia tanto por el contacto carnal como por los “pensamientos impuros”, sentimientos normales y propios de una edad efervescente, pensamientos lógicos provocados por la química orgánica del cuerpo que nos los hacían tragar. Al no dejarlos salir de la boca ni de las manos, desembocaba en frustración. O en abuso. Ambas cosas fueron contraproducentes y marcaron una época invivible en nuestras vidas. Algunas veces pienso que los de mi generación estamos demasiado bien de la cabeza, porque la vida que nos ha tocado es digna del mayor de los manicomios.


Fue habitual que los padres pegaran, que las niñas hicieran las camas de los hermanos y fueran detrás de ellos como mucamas; que las mujeres sufrieran palizas de sus maridos y tuvieran que mentir sobre el motivo de los golpes para guardarle respeto a su pareja ante los demás y... lo peor: que no se las atendiera en los juzgados. Sí, anoche vi una película que era una vida “normal” , unos hechos a los que asistí durante mis cincuenta primeros años y una injusticia que viví en carne propia. Y sentí un miedo tremendo. Pero no me alivió el final: ver a un maltratador hecho mierda, que pareciera haber sufrido una lobotomía, abandonado, solo, y ella saliendo indemne, inmune a la tragedia. con dos hijos pequeños y un padre idiota... eso es una mentira: en una mala pareja nadie sale triunfante. No, no me alivió en los más mínimo el sufrimiento del otro. Me hubiera gustado ver otro tipo de escena, que transcurriera veinte años más tarde, con los hijos del matrimonio protagonista viviendo su presente, un futuro esperanzador donde el respeto no tuviera nada que ver con el sexo, donde la igualdad no fuera impuesta, metida con un calzador sino que fluyera tan natural como el agua, donde todos los humanos tuvieran su sitio en libertad y dejaran a cada uno vivir en paz con su sexo y sus convicciones. Pero eso, viendo las noticias diarias, está muy lejos de ser, es ciencia-ficción. Ya no confío en la bondad natural del ser humano, todo lo contrario, solo espero su suicidio. Y observo el caos.

Desde el privilegio que supone llegar a los sesenta y cinco años, tan agradecida a la vida como escéptica ante el progreso -inverso totalmente- quiero recordar un jabegote que escribí en 1999, perteneciente a un trabajo flamenco premiado bajo el lema “Destino de azahar”:


Estoy en el puente arriba
mirando pa los dos laos...
Puentecito de la vida
que muere quien lo ha cruzao,
quien se para  y quien se tira.

Pues eso: que pa tres días que me quedan en el convento...sufriendo. Adiós, utopía.
* En una segunda lectura quiero incluir un rayo de esperanza. Soy abuela.

Desde El Garitón, un sábado de noviembre en el que, por fin, ha salido el sol,
Mariví Verdú

Dibujo realizado por el insigne David Zaafra, que en paz descanse.

martes, 30 de octubre de 2018

ENTRE TINIEBLAS, MI ARCO IRIS, por Mariví Verdú

No tendrá nada de raro que un día no despierte. Después de haber estado tan viva, lo más normal es encontrarse cualquier mañana tan muerta como el que más, que es mucho (aunque parezca no ser nada: nadie se queja). Y eso sería natural, un acto último que lo protagoniza tanto quien haya sentido en sus carnes el milagro de la existencia como el más insensible de los nacidos. Yo me lo tomaría hasta bien, si tuviera una la forma de tomar algo después de muerta, lo malo es que la muerte propia queda en manos de los demás. Y ya no está una para defenderse ni para dar las gracias. Ni para evitar las lágrimas, los despechos, las conversaciones miserables o los enaltecimientos, ya vengan desde lo más hondo del pecho amigo, de quienes sienten la conciencia de lo no hecho o de quienes intuyan próxima también su despedida.

 Comenzar un escrito con este párrafo es, cuanto menos, síntoma de tristes certezas, convencimiento de lo efímero de la existencia, de lo insignificante que es todo al final del  trance que significa pasar de luz a tiniebla y viceversa. Sin embargo, hay que ver lo largos que parecen los días cuando entramos en bucle con el desencanto. O aquejados de dolor. O sufriendo injusticia. No hay más que echar una ojeada al mundo para clamar al cielo o querer inventar a dios, a un nuevo dios.

Es duro darse cuenta de la locura en la que vivimos, de lo descolocadas que andan las cabezas, de lo ingratas e insaciables que somos las criaturas, de lo desentrañada que está cualquier manifestación artística, de lo extendida que anda la envidia, de lo poco que vale la palabra.

A veces, como hoy con la lluvia, con el barro corriendo por las calles y los ríos anegándolo todo, llevándose consigo hombres y árboles, me vengo abajo y hago análisis de mi vida. Lloro con fuerza y me cercioro de que existo. Lo hemos hecho tan mal que el llanto es justo y necesario. Pobre de aquel que no llore ante lo inclemente, lo sin retorno, lo de todos.


*Durante estas últimas palabras, aminoró la lluvia. He pensado en mi hijo Pedro, en la ternura de su mirada, en su llanto que es mío, en su noble corazón. Y, pensando en su corazón, he pensado en mi Cristina, en la fuerza de su verdad, en el amor que irradia. Y, pensando en el amor, he pensado en mi nieto Daniel, en lo pronto que crece, en su presente pleno, en su dulce inocencia... La paz ha inundado mi corazón.  Ha entrado en mi casa el arco iris y he dejado de llorar. Ay, quién pudiera también desaprender.

Desde El Garitón mojado y florecido, Mariví Verdú

jueves, 6 de septiembre de 2018

NEW LOOK: LA VEJEZ. Por Mariví Verdú


El cielo verde de septiembre me devuelve el sosiego. No importa que los días sean más cortos si las noches son frescas y dormibles, si regresan los sueños. La paz que transmite la cercanía del otoño, ese tiempo de oro viejo, que no de oropel, de remembranzas azules y solariegas de cuando se era joven, la carne era prieta y anaranjada, amelocotonada y dulce, da un lustre especial a los años y una conformidad no antes conocida ante los adioses últimos. Despedirse poco a poco de las cosas guarda un extraño placer, un cierto halo de virginidad, novedad que convierte la arruga en una extraña envoltura de exquisitez y trascendencia. Me parece un lujo ser mayor.

En la última visita que realicé a mi dentista para la conservación de lo que va quedando en mi boca -hablo de dientes, claro está, que no de palabras-, y ante la mirada atónita al descubrir mis canas y mi bajón veraniego que ha sido total (mucho sol, ninguna playa y un montón de neuronas perdidas por cuestiones que no quiero comentar), el pobre no supo más que decirme ¿nuevo look? a lo que yo no pude por menos contestarle: Me he cansado de ser joven. Y es una verdad como un templo. No quiero ser más tiempo joven, no quiero aparentar otra cosa que lo que en mi pecho brilla como una estrella: la vejez.

Hace un par de años me dijeron el último piropo. Hoy dicen que es pecado (no quiero entrar en el debate de si es bueno o malo) pero para mi fue una inyección de vitalidad. Ocurrió mientras pasaba frente al edificio de Hacienda. Un señor bien hateado que iba doblando hacia al Puente de la Esperanza (yo iba en dirección Málaga) me miró y exclamó con voz varonil y un tono tan verídico que casi me lo creo: ¡Qué hermosura de mujer!... Era un hombre de mi edad y lo que dijo fue dicho desde el corazón. Yo, ni corta ni perezosa, sin pensarlo dos veces, me volví hacia mis pasos  (y  vuelvo   hacia  mis  pasos/ buscándome  en  el  tiempo/ ingenuo  del  fracaso...) hasta alcanzarlo y volverme a poner delante suya mientras le decía: Dígamelo usted otra vez porque este es el último. Ambos reímos muchísimo y el pobre no era capaz de articular palabra alguna más que unas agradables carcajadas que compartimos por unos momentos. Nunca más habrá un halago hacia mí, la vejez no le gusta a nadie y, sin embargo, a mí me hace tremendamente feliz su llegada.


Al poco tiempo, en otra visita a Málaga, me ofrecieron por primera vez el asiento en el autobús. Fue alguien educado y misericordioso o tal vez padecía juventitis, enfermedad común de quien no se para a pensar lo poco que le queda para alcanzar ese estado que muy pocos asumen voluntaria y pacíficamente. He de confesar que al momento me pareció un poco triste pero duró solo el instante de asumirlo: sí, soy mayor.  Ciertamente había alguien en el coche que lo necesitaba más que yo, pero me lo dieron a mí.  Conozco a muchas personas de las que cogen esa línea, la catorce, y todos hemos envejecido. Hay quien no me reconoce y a veces les refresco la memoria, depende de las ganas que lleve de compartir los veinte minutos escasos que dura el viaje. Eso de “ir a Málaga” es una frase que digo desde niña porque siempre viví a las afueras, aunque ahora es más real que nunca ya que vivo en Alhaurín de la Torre. Decir “voy a Málaga” ha sido habitual en mí porque viví mi niñez en los Portales de Gómez (hoy desaparecidos), continué viviendo en Carranque, barriada ejemplo de autarquía que, aunque poco distante del centro, nos mantenía fieles a sus contornos (en ella teníamos de todo, hasta la iglesia más grande después de la de la Encarnación, o sea, de La Catedral) y después tuve mi casa en el Arroyo Barriguilla, junto a la plaza que luce el nombre del poeta José Bergamín, y también necesitaba coger el catorce, por lo que sigo yendo en ese mismo autobús en mis visitas al Archivo Municipal o a los museos, que son los únicos sitios que me da por visitar. Me juré hace tiempo, cuando empecé a darme cuenta de la inminente vejez, que solo visitaría a los medio muertos o devolvería la visita a los medio vivos que me la hicieran antes de morirme. Y en ello estoy, que si voy que si no voy... en plena asumición de este otoño, amado septiembre, en el que ando jubilada sin otra paga que la de unos días extras y algunas horas extraordinarias en el jardín.

Desde este Garitón que toma cuerpo de lucero, Mariví Verdú.

martes, 28 de agosto de 2018

MI DICCIONARIO PREFERIDO EMPIEZA POR M, por Mariví Verdú

Madrugar: amar decidida, incondicional, apasionadamente y sin objeciones la mañana.

Mi diccionario preferido empieza por la M de madrugar, un verbo que conjugo en presente y que me gusta soñar en un futuro siempre que me encuentre sana y consciente. Sin lugar a dudas, cada día me siento más hermana del Sol y de la Luna, tan cercana de Eos como de Aurora y es Mater Matuta la diosa absoluta de mi tiempo, de mi vida. El tiempo y la vida se unieron en mí hace ya sesenta y cinco años (veintitrés mil setecientos treinta y nueve días en los que incluyo los bisiestos. No cuento el amargo amanecer de mayo ni los nueve meses que viví en el vientre de mi madre, porque ese tiempo corría extrañamente en un sentido opuesto a las agujas del reloj). Desde entonces vivo atenta y agradecida a la luz, atónita, maravillada ante la alborada, despierta al ser de día y dispuesta al sacrificio.

    

No sé los motivos que la vida tiene para seguir instalada en mis venas ni el encargo que me hicieron antes de nacer, parece ser que no lo he cumplido todavía. La verdad es que se me olvidó hace mucho tiempo -tendría yo unos seis años o cosa así de inocencia- y, por más que intento recordar, no consigo acordarme de la misión encomendada. Tal vez por eso sigo buscando cristalillos de colores, piedras, conchas, maderas, piñas y nubes. Sigo haciendo miles de cosas, desde la carpintería a la fabricación de compost, pasando por la artesanía y rozando la agricultura, por todo cuanto es susceptible de dar respuesta a mi cuestión vital: saber a qué he venido. Por este motivo sigo atenta, a ver si en algún momento me llega la revelación.  Otro de los menesteres es el de leer libros, tal vez por si en alguno encuentro la clave secreta que me haga recuperar la memoria. Tengo el convencimiento de que todo está en ellos y que han habido muchos sabios en el mundo que dejaron escrito su conocimiento del misterio de la existencia. Estoy segura de que alguno me ayudará a descubrir la razón de la mía. Entre tanto, ahondando en lo cotidiano, imaginando respuestas, intento conocer el secreto de las cosas pequeñas, sencillas y necesarias para el avance óptimo de la vida (por algo titulé mi libro de relatos corrientes -que no vulgares- “El poder de las cosas pequeñas”). En ésta última etapa concedida me parece esencial, antes de despedirme, dar con el sentido de mi vida y no dejarla pasar como un absurdo, un accidente o una insoportable obligación de respirar y aguantar la tragedia.  

Llegue o no ese momento en que se me haga saber la naturaleza del olvido, tengo razones demás para dedicarle unos minutos a rendirle honores a la luz. Soy su hija legítima y heredera de su sombra; prima hermana del color azul, amiga íntima del verde y loca por el amarillo. Adoro los atardeceres naranja, por lo que está implícito mi amor al rojo. Vivo apegada al monte, a ese monte malva que oscurece el último, y me limito a dar gracias con los pájaros por cada día vivido, esas  veinticuatro horas mágicas del reloj que agradezco trabajando, pensando en el sencillo devenir de la vejez que va llegando pensativa e irremediablemente. Sobre un fondo de tierra sombra natural y bajo un cielo azul Eastmancolor perforado de luces lejanas, dejo que pase este tiempo extraordinario que quiero que me pille escribiendo, pintando y cuidando mis gallinas mientras aparecen dulcemente las rosas del almendro.


Desde El Garitón, en un tímido retroceso a la niñez, invadida de rosas quemadas, recordando que soy una niña mayor, jubilosamente triste, Mariví Verdú.

A MIGUEL ROMERO ESTEO, CITA PENDIENTE, de Mariví Verdú

Hay citas, como la que tenía con Miguel Romero García, que se van posponiendo tanto que un día llega la eternidad y ya no hay tiempo. El ...