domingo, 1 de enero de 2017

DONDE NACE EL SILENCIO, de Mariví Verdú

Me inclino sobre la fuente donde nace tu silencio
en un reflejo de hojas que tu alma hace temblar.
Sobre tu fotografía. (...)
Jules Supervielle

Después de releer mi anterior relato, el mañanero, retomo su punto y final y lo convierto en un punto y seguido, regresando al primer día del año para contarlo entero. No sería justo quedarme para mi la parte más perfumada, más entrañable, la más lujuriosa y sensual: la tarde. Ya desde el mediodía, después de la llamada de mi hermana que me instaba a comer, arropándome con nuestra pequeña familia, sentí que había que seguir viviendo el resto de la jornada, que hay quien no me deja volverme vegetal que tal vez sería mi estado más natural. O piedra, que puede que sea para mi el más deseado.

Me quité la piel y me vestí de lana azul marino. Me puse unas gotas de Roma en el cuello mientras pensaba en el privilegio de haber podido ver el Coliseo en otoño. Noté que el corte de pelo me hace sentir la cabeza más liviana -no sé el porqué, con lo densa que la tengo últimamente- y me puse unos pendientes de color de rosa de té. Me dejé puestos los calcetines de mi madre, los mismos con los que había realizado la poda de las parras, y salí de mi casa cuando daban las dos. El rodalillo de violetas me invitó a preparar un ramito para mi madrina que iba a estar en el almuerzo, y cogí para mi hermana varios limones que amarilleaban. Dejé el móvil en casa conscientemente porque no quería perderme ni un momento de tan íntima comida.

Mi hermana tiene vocación de Navidad, es totalmente una inclinación de su alma hacia los demás, dedicando al amor y a los cuidados -entre preparativos y realizaciones- algo más de dos meses de su vida. Semanas de intenso trabajo decorativo, floral, belenístico y culinario que, añadido al de empaquetar regalos para todos, hacen de las Pascuas su tiempo más intenso y placentero del año. Estas fiestas tienen sus cinco días clave: Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo y Reyes. En cada uno de ellos, Magdalena, que así se llama, nos hace experimentar un lujo en los sentidos, desde la vista al olfato, que tiene que pasar obligatoriamente por el del gusto.  Cinco ocasiones donde mi hermana dispone una mesa propia de reyes y un menú que satisfaría las exigencias más exquisitas. Es feliz haciéndonos felices. Yo solo aporto a tanta maravilla una bandejita de borrachuelos hechos con inmenso amor la víspera del Nacimiento.

Aunque pudiera parecer que quedaban dos sentidos por cubrir, el tacto también tuvo piel y besos y el oído su conveniente silencio para dejarnos oír las tranquilas palabras de una comida en paz y los recuerdos que, aunque no quieren llegar tranquilos, me encuentran mansa.  Cuando acabamos el almuerzo, ayudé a lo que me dejaron, recogí la mesa y barrí el comedor. Mientras tanto, pensaba en lo felices que hubieran sido nuestros padres al vernos. Pensé en todos los que no estaban conmigo de una manera o de otra y me acordé de mi nieto que andaba pasándolo bien con sus padres y sus amigos por tierras de mantecados y figuritas de chocolate... es el primer año de su vida que no pasamos juntos y siento que vamos empezando a ser mayores.


Coloqué el florero y al lado una vela blanca adornada con yedra. Era el momento justo en el que la familia se dispersa, unos para echar su siesta, otros para retirarse a no hacer nada y mi hermana para seguir trabajando. Como ella y yo somos abuelas y las dos tenemos nietos varones, Ángel había estado comiendo con nosotros pero hacía rato que se había ido al cuarto del ordenador a jugar con no se sabe muy bien qué.  Y como aún me funciona el sexto sentido, el de la intuición, me vino enseguida la necesidad de integrarlo en la comunidad de vejestorios que componemos el resto de la familia o, mejor aún, buscar la forma de convertirnos todos en niños y jugar juntos algún juego de mesa. El padre fue a buscarlo a ocho kilómetros de donde estábamos y regresó media hora más tarde.  Apareció con un tablero y sus fichas, ese que tiene por una cara el juego de la oca y por otro el de los casillas de colores, cuatro colores con los que pintar el mundo. Así que, cuando empezaba a pensar que no podría ser, llegó el milagro.Y allí los dejé, jugando al parchís, alegres, rejuvenecidos, sin pensar en otra cosa más que en la felicidad de estar vivos. Me despedí y, después de besarlos a todos, salí con un agradable sabor de boca y un pacífico compás de corazón.

Bajé la cuesta que corre paralela a la mía y abrí mi portón. El madroño y mi gata me dieron la bienvenida. Fui prometiendo a las parras curarle las heridas -hoy tengo que hacerlo- y abrí mi puerta azul. Ví su retrato y un ramo de rosas secas. Me senté en el sillón que fuera de mi madre, que conserva su aroma y me dormí. Sé que he soñado.

Desde El Garitón, bajo las nubes luminosas, Mariví Verdú

MAÑANA PODARÉ LOS ROSALES, de Mariví Verdú

Nos iremos a cortar las rosas
orilla de los rosales de las aguas,
orilla de los árboles de las hojas de oro.
(Tartessos. Miguel Romero Esteo)
 

No había salido el sol todavía cuando salí del edredón y eché mis pies al suelo. A pesar del dolor que llevo arrastrando en la rodilla derecha desde hace meses, eché el paso diestro como de costumbre para comenzar la jornada, la primera del año 2017, una cifra que siempre me sonó a futuro y hoy, que se me viene encima, puedo sentir que no es más que un punto sucesivo del milagro de existir. Agradecida por mantenerme erguida y lúcida, me di cuenta de que empezaba a rayar el día. 


A pesar de ser año nuevo, un tiempo en el que la mayoría de gente se viste de fiesta -la misma que mantiene desde hace días purpurina por fuera y alcohol y exceso de bilis por dentro-, he escogido el atuendo perfecto, ese con el que soy yo misma, tan parecido a la desnudez: una camisa de franela a cuadros azules y celestes del hijo con el que no puedo hablar y una chaqueta de lana de mi otro hijo con el que a veces hablo por teléfono y voy a besar cada semana, ésta de color café mitad con cremallera. Así, con un hábito de virgen madre, he salido a Dios y a los almendros. 


He mirado la vida de verdad, asomándome al cielo, y he vuelto sobre mis pasos para recoger, como el que coge las vinajeras para servir misa, las tijeras de podar y los guantes, la espiocha, el cúter y el carrillo de mano. Las últimas lluvias han hecho crecer vinagretas y trebolillos de forma descontrolada y desde que llegó el invierno he estado alargando la fecha de podar los rosales y las parras, de cavarles los pies, pero un resfriado mal curado no me ha dejado hacerlo hasta esta mañana limpia y gris de enero. 

Mientras iba arrancando hierbas silvestres, me ha dado por pensar que tal vez estaba arrancando plantas comestibles, tal era el saludable aspecto que tenían. Me lo he cuestionado ante el vigor, el verde vivo y la ternura de las malvas, los dientes de león, el bledo, la carnosa raíz de la grama (con la hincha que le tengo), la verdolaga...  Haciendo esto vengo a darme cuenta de que estamos totalmente locos, de que Dios provee de todo si no hubiéramos olvidado el lenguaje de la naturaleza. Y los que saben algo del tema, no solo no nos enseñan sino que mandan y prohiben el consumo de tal manera que ya no podemos coger siquiera una ramita de tomillo o un ramillete de manzanilla cuando vamos al campo. Estamos tirando medicamentos naturales, desaprovechando el regalo.

He podado las parras antes que los rosales y hay cinco afectadas por la termita. Me dan mucha pena porque tienen cuarenta años, fueron sembradas por mi padre y mi tío Federico y ya solo quedo yo para defenderlas. Y no sé cómo. He puesto mucho amor en la cirugía que les he practicado y las he dejado muy peladitas y parece que se van a salvar. Tal y como me enseñó mi amigo Antonio Arjona, he dejado las ramas que tiran hacia arriba y he quitado las cruzadas y las débiles. He cortado dejando solo dos o tres yemas, quedando pequeñas y limpias, dispuestas para la primavera. Entretenida en la poda, ha salido el sol. Cuando he sentido su calor en mi cuerpo he hecho un alto para dar  gracias por este trozo de tierra que mi padre me ha dejado donde tengo tan cerca el cielo.

Subiendo la cuesta de vuelta, empujando la carretilla y los argadijos de la poda, he vuelto mi vista atrás emplazando a las cinco últimas para mañana y regresando a mis cavilaciones: ¿qué hemos hecho con la vida? ¿dónde nos hemos equivocado? ¿qué hago yo aquí? ¿seré normal? ¿qué mierda importa serlo? Cómo puede ser que en un trayecto tan corto quepan preguntan tan grandes...

Considero que hemos convertido la vida en un insomnio de horas locas -necedad de los excesos-, en un algo sin misterio ni grandeza -de ahí la frialdad de trato: da casi lo mismo nacimiento que mortaja- y en un acaparamiento de cosas inútiles y hábitos malsanos que me temo irreversibles. De ahí la falta de agradecimiento y respeto a quienes dignificaron la obra humana. De ahí el ninguneo de Dios.

De esta manera he pasado la mañana de año nuevo, dándome cuenta de que existo, alegre por el mismo motivo aún a sabiendas de que vivimos en un tiempo trastocado por la sinrazón, por convencionalismos equivocados que nadie se cuestiona, en un tiempo que se cuenta al antojo de sabe Dios quién con ese estúpido reloj que no sabe medir la inmensidad. Y a pesar de que siento un tristísimo martilleo en mi cabeza por el pálpito agónico del mundo, por lo deshumanizado, desarraigado y olvidadizo de los hombres, me siento afortunada porque tengo personas a mi lado que sienten y padecen, que se conmueven y se sorprenden todavía, que me llaman para decirme cosas bonitas, que me envían deseos maravillosos para el año nuevo, prosperidad, felicidad, salud...Y yo, que quisiera tener una fábrica de tiempo, de paz  y de silencio para devolverles tan buenos deseos, no tengo más don que cuatro letras escritas y un corazón abierto. 


Mañana podaré los rosales. Será dos de enero y tal vez escriba. Y tal vez ocurra algún milagro en las conciencias.

Desde un garitón cuajado de musgo y de violetas, Mariví Verdú

sábado, 31 de diciembre de 2016

COMEDOR DE SANTO DOMINGO, por Mariví Verdú

 Ayer, 30 de diciembre de 2016, estuve visitando el Comedor de Santo Domingo, un lugar de amor donde no hay hambre.


La Asociación Benéfica “Patronato Santo Domingo”, situada en Calle Pulidero número 9, en el Barrio de la Trinidad de Málaga, es una asociación sin ánimo de lucro que presta una atención integral a las necesidades y problemas de las personas en situación de exclusión y marginación social. y tiene como objetivo principal acoger, desde el afecto, la comprensión y el respeto, a las personas que hasta allí llegan solicitando algo tan necesario como el alimento.

Ocupa la manzana completa entre las calles Álvaro de Bazán y Rita Luna, en el corazón de La Trinidad, barrio histórico del Distrito Centro de la ciudad de Málaga situado al margen derecho del río Guadalmedina. Fui recibida atentamente por un guardia de seguridad que me acompañó hasta el comedor donde se encontraba en plena faena mi amigo Manuel, colaborador, y la directora del centro, Mari Ángeles Martín. Allí se habían dado cita Guillermo Busutil y su hija Gala. Más tarde llegaron otros invitados y con ellos fuimos recorriendo todas las dependencias mientras Manuel nos presentaba a los trabajadores y colaboradores del comedor. Cuentan con un plantel de profesionales: personal de cocina y comedor, administrativo, orientador laboral, psicólogos, trabajadores sociales y sobre todo con la colaboración diaria de numerosos socios y voluntarios.

Allí encuentran alimento material y espiritual porque los trabajadores y colaboradores del comedor derrochan sensibilidad y profesionalidad, intervienen directamente en la motivación de las personas que piden ayuda para que tomen conciencia de su estado y pongan medios para mejorar su calidad de vida y no solo paliando las necesidades básicas, sino cambiando su forma de vida, dándoles formación y ayudándoles a encontrar salidas al mercado laboral. Es importante la labor de acogida a mujeres con hijos menores a su cargo por motivarlas y acompañarlas a encontrar una salida a su situación. Desde el respeto y la consideración, hacen ver sus capacidades para ser autónomos y protagonistas de su vida.

La  filosofía de su quehacer diario se basa en la creencia de que toda persona tiene capacidades para mejorar su forma de vivir y ser protagonista de su historia, por ello trabajan de forma personalizada, ayudándoles a solucionar sus problemas, haciendo un seguimiento de los mismos y sintiéndose felices, todos a una, cuando logran los objetivos. Para llevar a cabo su cometido ponen a disposición de los necesitados desde becas de rehabilitación, comedor social o taller de empleo, hasta ayuda psicosocial a las personas acogidas o apoyo económico a las familias, entre otras.

Como mi visita coincidiera con las fiestas navideñas, he de decir, en honor a la verdad, que la Navidad entraba con los amigos del Comedor de Santo Domingo en muchas casas malagueñas y lo hacían con una dosis enorme de cariño, con el máximo respeto a las familias y con toda la generosidad que les caracteriza.

Para que nunca falten medios y pueda seguir adelante el Comedor de Santo Domingo, pido vuestra colaboración , ya sea como socio o ayudando puntualmente. Estos son los teléfonos: 952 277 027, 952 286 201 y el Fax 952 277 027, para quienes quieran saber más del comedor; este es el número de su cuenta ES27 21033029163300022120, para quien tenga a bien una aportación económica pero todo es bienvenido, los productos de alimentación básicos, aceite, legumbres, arroz, leche..., productos de limpieza o de aseo personal, vuestras manos, vuestra alegría, vuestro cariño... 


Hagamos posible que siga existiendo este lugar de amor donde no hay hambre.

 En la calle Pulidero,
del Barrio la Trinidad
número nueve -anotad,
no perdáis el paradero-,
hay siempre hirviendo un puchero
para aquel que lo precisa,
plato caliente y sonrisa
ofrecen sus responsables,
generosos, agradables...
te dan hasta su camisa.

Tiene nombre el comedor:
Santo Domingo se llama
y nuestra atención reclama
por su encomiable labor.
Todo allí desprende amor
en la trinitaria esquina
que aquella gente divina
suaviza siempre la pena.
¡qué rebose la alacena,
nada falte en su cocina!

Todo el que quiera ayudar
puede echarnos una mano,
que es el gesto más humano
el de dar, siempre el de dar.
Porque ese noble lugar
puede ser tu casa un día...
Dales hoy pan y alegría
que es la flor de la bondad,
pronto, venid y llamad,
que hoy es siempre todavía.

Con todo mi cariño, Mariví Verdú




jueves, 22 de septiembre de 2016

DEL OFICIO DE ESCRITORA, por Mariví Verdú

Ha llegado un nuevo otoño, un otoño caliente pero que ya pide la sabanita por la noche, que se demuestra que lo es acortando los días, amaneciendo tarde y tiñendo de oro cuanto toca. A mi me hace barrer más pero es una gloria de vida lo que barro: papelillos de seda del jazmín, ombliguitos rosas de la ricasoleana del garitón, las hojas amarillas del limonero y las estampadas de las yedras: mitad pardas, mitad piel de leopardo. No sé quien me dijo que, si Dios existía, se encontraba en un jardín. Puede que así sea y esté mimetizado con un cactus. Donde sé que no está es en la mágica mimosa púdica. No es sensible al tacto de nadie...

Un verano dedicada a la escritura y un inicio de otoño a barrer hojas me parecen un presente que no merezco. Un intenso y largo verano de silencio creativo tenía que desembocar en un otoño silencioso barriendo hojas. El ciclo de una escritora se completa siendo barrendera y sin embargo no he podido barrerme los desechos de este verano candente que aún no quiere apagarse: no cesa esta angustia, este dolor inagotable donde los niños muertos me susurran al oído. Ni cambia de color el puño de las hachas de guerra. No es blanca la paz.

Espero, escoba en mano y palabra en alto, que caiga de una vez esta tristeza seca y muda que me inunda el alma.

Desde El Garitón, con la angustia en los labios, Mariví Verdú

lunes, 1 de febrero de 2016

TIEMBLA LA TIERRA

A veces lo más oportuno es guardar silencio. Casi siempre. Pero mi madre me enseñó aquel refrán castellano que dice: el que calla, otorga. Aún no lo he olvidado. Por eso tengo que hablar o de lo contrario se me encharcarán las palabras como tengo encharcada el alma de tristeza.

Hace bastante tiempo que no tengo ganas de escribir más que lo dicta mi imaginación, que solo tengo ganas de mirar el campo y ver la constante evolución de lo verde, la sencillez del ciclo eterno de la vida que pasa por el proceso obligatorio de la muerte para renacer en el amarillo, tan bello como agrio, de las vinagretas, o en el rosicler de los almendros, tan dulce y jubiloso. Sin embargo, cuando me entero de las cosas que nos ocurren -digo nos porque el mundo es redondo y hoy es todo tan cercano que la vecindad pasa por polos y trópicos como por la acera de enfrente- no puedo quedarme en silencio. La noticia con la que nos fuimos anoche a la cama fue la más terrible que he sufrido en mi vida: la desaparición de diez mil niños exiliados en Europa. Y me pregunto: ¿Cómo podremos dormir ni hoy, ni mañana, ni nunca más? ¿Dónde están los niños? ¿Qué pasa en esta Europa de la abundancia? ¿Quiénes son los malditos zopencos que la habitan? ¿Dónde la civilización occidental? ¿Dónde la justicia social y la comunidad europea?

Nadie con corazón podrá conciliar el sueño. Yo no he podido ni el sueño ni la vigilia de esta mañana inundada de sol de febrero. Nada puede distraerme el dolor. Porque son tan inexplicables los motivos de tal barbarie que hace tanto daño la noticia como las excusas que dan para exculpar a los verdaderos culpables de la masacre : que si la trata de personas, que si un destino de tintes sexuales, que si sabe Dios... Al final me tengo que acordar hasta del Papa y preferiría que se tragara sus palabras y existiera el infierno. Por lo menos me quedaría un leve consuelo para estos seres sin alma que lo toleran, lo divulgan y quedan inactivos como si las noticias fueran tan superfluas como quisieran acostumbrarnos. Como si nada fuera trascendente... Qué horda de demonios habitan el planeta. Luzbel se queda mamando.

De nada vale morbosear con los probables destinos de sus vidas. Ellos solo tendrían que pensar en ir al colegio y reír mucho y de todo. De nada vale hoy que el rey hable con tanto don nadie ni que se mueva la tierra debajo de nuestros pies dos semanas seguidas. Poco tiembla la tierra para lo que tendría que temblar...

Anoche se me volvió a romper el corazón como pasara diez años antes, anteayer, con la muerte de mi hijo, solo que esta vez podíamos haber evitado el horror que están sufriendo estos niños exiliados por nuestra injusticia. Solo con que los humanos, esos que quieren ostentar tan maravilloso título, lo fueran, hoy habría diez mil risas para celebrar febrero y una más con la mía.

Desde El Garitón, impotente, con todo chorreando de tristeza, hasta los almendros,
Mariví Verdú

sábado, 17 de enero de 2015

RODAJE EN LA ISLA, por Mariví Verdú

Recuerdo cómo desperté ese día. Estábamos en 1966. Mi padre, con sus ojos de noche con luceros, se acercó a mi oído proponiéndome faltar a clase porque quería darme una sorpresa, una sorpresa muy especial. Pegué un salto de la cama y me vestí en dos minutos. Me subió en su moto y nos fuimos tempranísimo. Mi padre trabajaba en el Taller de Material Fijo de RENFE, en La Isla -un barrio que poca gente recuerda y en el Archivo Municipal no conocen-, y entraba al ser de día. Al llegar vi muchas caravanas dispuestas en semicírculo en aquel llano terrizo. Y me quedé en el escalón mientras veía amanecer. Mi padre hablaba con sus compañeros sin haberme descubierto aún de qué se trataba. Yo tenía 12 años y la curiosidad me podía. Me llegué hasta la cabina más cercana al taller y en la puerta ponía: Alain Delon.

A mí me temblaron las piernas. Yo amaba el cine y a esa edad todos tenemos nuestros prototipos, nuestros artistas, nuestros líderes... aunque Delon no era el que más me atraía. Mi afición al cine venía de familia. Mi padre fue cámara del Real Cinema muchos años y cada noche le llevábamos el pañillo y nos chupábamos una película desde las mini ventanillas que tenía para observar el buen curso de la cinta.

En la puerta de la caravana siguiente decía: George Segal. No sabía quién era. Y en la otra, Maurice Ronet ¡Dios mío!; Anthony Quinn... Ay, cuánta emoción.

Salí corriendo para darle las gracias a mi padre y entonces me enteré. Se rodaba la película Los centuriones. Regresé  a la calle como cazador a la espera de presa, resguardada, acechando o moviéndome con sigilo para cazar el autógrafo y saber que los que yo admiraba en el cine eran de carne y hueso.

Me asomé a la ventanilla de Delon y cuál sería mi sorpresa que abrió en esos momentos la cortina encontrándome con aquellos hermosísimos ojos verdes -lo más bonito que tiene- y un poco más y nos morimos los dos: el del susto, yo de la impresión.

La gloria estaba por llegar. Sobre las doce apareció una mujer por mitad del llano, entre cámaras y rodeada de mucha gente. Entre ellos venía Quinn, el hermoso Quinn, y Ronet, el bello Ronet. Era Claudia Cardinale, con la ropa rasgada y sucia -era una película de guerra-, tan alta y exuberante que cuando la tuve cerca supe lo que era un “peazo de mujer”. Era una diosa morena, con esos grandes ojos que no se olvidan, con aquella boca perfecta que cuando me sonrió me di cuenta de lo que era la belleza. También supe que  nada tiene que ver con la simpatía. Fue la única que no me firmó el autógrafo. Y Quinn, con aquella franca sonrisa que me echó al coger mi bolígrafo...Y el más guapo de todos, George Segal. 

Mi padre seguía trabajando y estuvo en el taller hasta el mediodía. Yo, en el escalón, con mis postales firmadas y deseando llegar para contarlo. Me subí en la Lambretta -sin casco ni nada-, me abracé con fuerza a mi padre y no sé si llegue volando.

*A mi amigo Juan Gaitán porque me recordó aquel amor mío por el cine.

Desde El Garitón, con más frío que lavando rábanos, Mariví Verdú.

sábado, 28 de junio de 2014

LA DEMOCRACIA DE LOS CAMALEONES

Ya que esta mañana me he levantado con ganas de escribir, aprovecho. No tengo últimamente ganas de casi nada. La vida va transcurriendo y los años pasan por encima de mí con la misma cruel normalidad que a cualquier ser, léase normalidad como imposibilidad de ir contra corriente en la obligación de envejecer. Pero eso sólo en lo tocante a la ley física-química de la materia, por lo demás sigue viviendo en mí el mismo alma, inconformista y pacífica, de mi despertar al mundo, allá por el tiempo de la revolución de los claveles, hoy tan disciplinados como engañosos. Echando una amplia ojeada a la historia y una menos amplia hojeada a mis textos, sigo protestando. Y lo  hago porque tengo la sensación de que nada ha cambiado. Bueno, sí, mi aspecto exterior y el de los que me rodean, la horrible remodelación urbana malagueña y las autovías pero siguen mandando gente que no sirve, sigue hablando gente que no sabe y siguen mangoneando una pandilla de feísimos que pagan con nosotros la mala leche que anida en sus carteras y alcancias, ya que ni siquiera sus padres les quieren porque no paramos de cagarnos en ellos. Bueno, ahora van a cambiar algunas caras por gente mas atractiva... -eso lo hacen para seguir jugando con los imbéciles que creen que somos-.

Como amante que soy de la palabra, adoradora de la poesía y amiga de los que llaman al pan pan (si puede ser, cateto) y al vino vino (si puede ser, dulce y de los Montes), sería una estafadora si callara en tiempos en que la dosis de libertad nos la dan con cuentagotas en un engañabobos que se llama democracia, una bonita palabra con piel de camaleón que encumbre mantos de armiño, trajes de militar, togas y sotanas. Ante la realidad, opté por el silencio. Pero de nada vale porque el silencio solo sirve para oír música, pensar, crear y estar en los hospitales. Para lo demás existe una palabra que se llama revolución. Otra, denuncia. Incógnitas que despejarían acepciones impuestas de democracia como injusticia, deslealtad y sinvergonzonerío. Y este vocabulario, arraigado ya a fuerza de costumbre, hay que renovarlo por sensatez, vergüenza, justicia y libertad. El despotismo hay que airearlo a los cuatro vientos. No se puede vivir más en el día de la marmota, no se puede comer ante un telediario sin que te den arcadas, no se puede seguir siendo obcecadamente cristiano porque hay prójimos que no se merecen nuestro amor (desde luego no volveré a poner la mejilla para que me la hostien).

Visto lo visto, quisiera que el hombre volviera a su razón, da igual retomar el trueque, el pastoreo o la primitiva agricultura, pero que nos devuelvan las semillas de tomate sin transgénicos ni leches. Qué nos devuelvan la dignidad y una desnuda y transparente democracia en la que nos miremos todos. Paremos el embrutecimiento del exceso y retomemos la capacidad de decidir nuestro futuro, esa a toda costa, con la renovación de la cultura y la revolución de los corazones, con ese vuelco necesario que el pueblo sencillo y humano demanda. No tengo ninguna receta maravillosa, qué más quisiera yo, pero aprended a escuchar, en silencio, la conciencia. Todavía existe.

Desde El Garitón, con la pena de no tener un antídoto para el veneno de esta clase de bichos políticos, Mariví Verdú