domingo, 24 de abril de 2011

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE, CULTIVA UNA ROSA BLANCA

Es Sábado de Gloria. El cielo firma una corta tregua seca y el sol aparece difuso y meditabundo, tal como se encuentran muchos seres pensantes en estos momentos. Canta en mi ventana el mismo pájaro que logró arrancar algunas espinas de la frente de Cristo. Batiéndose en duelo las aguas de las flores: rosas, chilindros, lirios y margaritas, se ha impregnado todo el campo del perfume sutil de los milagros. No hay viento, ni una pequeña brisa. Las gatas están a punto de parir y los mirlos, en vuelo rasante, recogen provisiones para la alacena de su nido. La vida continúa.

Anoche estuve bordando alfileteros para mis amigas, inventándome flores para adornar sus nombres, esos bellos nombres que significan tanto por sí mismos y para mí.
Pilar: Persona que sirve de amparo; que sostiene o en que se apoya algo. Todo alma. Mi amiga antigua, madre.
Ana: Medida, metro, antiguo signo en las recetas médicas para designar peso y partes iguales. Prefijo que significa sobre, de nuevo, hacia atrás, contra, según. Equilibrio y humildad. Mi amiga fiel.
Amparo: Acción y efecto de amparar o ampararse. Persona que me ampara y es todo corazón.
Magdalena: Mujer penitente. Bizcocho pequeño, dulce y buenísmo. Mano tendida.
Milagros: Hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino. Suceso o cosa rara, extraordinaria y maravillosa. Mi hada madrina.
Ellen: Flores, flores y más flores, ojos de agua. Resplandeciente y fresca. Me devuelve alegría de vivir.
Encarnación: Acción y efecto de encarnar. Acto misterioso de haber tomado carne humana el Verbo Divino en el seno de la Virgen María. Personificación, representación o símbolo de una idea, doctrina, etc. Color de carne con que se pinta el desnudo de las figuras humanas. Mi corazón gemelo.

He pasado los días de Pasión sin abrir la cancela, sin mirarme al espejo, guardando ayuno y continuando con la abstinencia a la que me obliga la propia vida. Pero ayer, mientras disfrutaba con un Moisés -cara de Ben Hur-, cosí y bordé como una posesa de la paz. Recordé aquellos años en los que veía estas mismas imágenes desde el cuadradito de la cabina del operador de cine del Real Cinema (que era mi padre),  mientras hacía cadenetas y cordoncillos de colores. Mi madre vino a mis manos y bordé capullitos de rosas amarillas. Rememoré tiempos de niña, momentos con mi hermana Magdalena cuando llevábamos el pañillo a padre. Era su cena. Recuerdo la calidez del beso de mi padre. Allí nos quedábamos con él, a ver las maravillas del Eastmancolor. Aquel cine estaba en la carretera de Cádiz, en el mismo margen de la Barriada Girón, al cruzar la Avenida de la Paloma.

Por aquellos años sesenta, casi todos los niños teníamos visor de filminas de cine. Los vendían en los quioscos y eran de pasta. Por la ranura superior metías el trocito de película y mirabas con un ojo -porque era una especie de monóculo, como el caleidoscopio-. Era precioso ver tan de cerca a los bellísimos actores de la época, hombres y mujeres irrepetibles. Recuerdo haber conservado mucho tiempo varios fotogramas de la película: Los Diez Mandamientos. Eran trocitos que quedaban del empalme que mi padre hacía en las películas, bien porque se quemaban con la luz del proyector, bien porque fallaba el engranaje debido al uso que rompía las muescas del celuloide. Yo veía cómo cortaba la cinta, cómo la arreglaba pegándola con algo que recuerda a la acetona. Mi padre era por entonces joven, alto y guapo.

No me siento sola nunca. Sin embargo he llorado esta mañana -como muchas mañanas  que no me pertenecen-, y he cantado y escrito por saberme tan cierta, tan insignificante, tan sola y tan acompañada. Siento que la paz vive conmigo, esa paz que es mi guerra interior con Dios y con los hombres. El sol sigue en cielo. Bendito sea.

Cultivo una rosa blanca
en junio como enero
para el amigo sincero
que me da su mano franca.

Y para el cruel que me arranca
el corazón con que vivo,
cardo ni ortiga cultivo;
cultivo la rosa blanca
.  José Martí

Desde El Garitón, con la primavera en los labios, Mariví Verdú.

martes, 19 de abril de 2011

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE en REVELACIÓN POR LAS FLORES

Siempre pasan cosas en mundo que nos quitan las ganas de vivir, de compartir, de todo. Lo que pasa es que no siempre lo sufrimos de igual modo. A veces se lo toma una a la tremenda y no se vive. A mí me ocurre bastante a menudo y cuando entro en este estado que podríamos llamar de depresión, lo primero que pierdo son las ganas de escribir, de hablar, de leer, de estar con gente. Ser humano lleva implícito el sufrimiento y éste es directamente proporcional a la capacidad del alma. El humano lleva el dolor como un estigma, la injusticia como una característica y la muerte como una obligación.

Aunque me queda lejos el desierto, bien que he vivido mi cuaresma particular aislada del mundanal ruido e inmersa en mi propio espíritu, que también tengo derecho a dedicarle el tiempo que el alma precisa para curar sus heridas y curar las heridas de mi prójimo. Y yo he tenido a más de un ser querido que me ha necesitado. La cruz que cada uno lleva a cuestas tiene mucho que ver con el grado de implicación que aceptamos en la vida. Y con la suerte, esa perla cultivada que está siempre en concha ajena,  que parece que tiene que ver con el dinero, la sentencia familiar que trae cada uno escrita en el ADN o las hadas y los duendes que, en traducción literal, pertenecen a un mundo fantástico que poco tiene que ver con la realidad de la mayoría de seres humanos.

A pesar del alto grado de evolución en el que vive la tercera parte del mundo -niveles técnicos y científicos- y lo grande que nos creemos, con lo prepotentes que somos la mayoría y lo bien acompañaditos que vamos con la soberbia, con el orgullo y la vanidad instalados en nuestras vidas, yo no puedo dejar de pensar en lo frágiles que somos, en la poquita cosa que nos volvemos cuando estamos enfermos, en lo vulnerable de nuestro chasis: un soplo... y la vida. Un soplo...y la eternidad. Un tornado...un rato de sol...una tarde de lluvia.

Mi corazón, que pasa por tener pena de este mundo en el que vivo -donde me siento atada de pies y manos mientras nos hundimos en nuestro propio pozo- no olvida a todos los que han soñado todo el año con sacar sus procesiones, ni a los que se buscan la vida con sus puestecillos en momentos que tanta falta hace un duro, y es que la lluvia les está viniendo mal, muy mal. Como tampoco olvida el gran dolor de los que sufren la guerra, las enfermedades, el hambre... Mi corazón vive su propia pasión y lo siento crucificado. Por eso me enroco en mi garita y dejo que el tiempo pase y traiga la cordura o el olvido. O la resurrección.

Nadie puede desaprender lo que sabe, ni dejar de sufrir si tiene corazón.  Y a pesar de que el hombre de hoy está dejando de creer en Dios, yo he preparado mi artículo movida por una flor minúscula, formada por muchas florecillas rosas, pequeñísimas, increíblemente hermosas y nacidas entre los escombros. Dios se manifiesta en lo imposible. ¿Qué milagro de sol y de lluvia la habrá sacado de su extraña semilla? ¿qué rareza será? ¿cuál será su nombre? Sólo sé que me ha hecho parar, pensar y dar las gracias. Y me ha movido a escribir.  Y por un momento he pensado: no pasa nada. La vida sigue mientras cada Cristo lleva su madero como puede. Porque el amor, como cada primavera, resurge y lo inunda todo de belleza. Y es más fácil creer en el Dios de las flores.

En una semana casi santa, para Pedro y Cristina, Alfonso y Natalia, Peque y Fernando, con cariño y empapada de lluvia.