lunes, 4 de septiembre de 2017

ENTRE EL DOLOR Y EL HASTÍO: EL PESIMISMO, por Mariví Verdú

Aunque pensarlo y sentirlo es un diario, no sé bien qué decir sobre el pesimismo. Si fuera coherente  me limitaría al silencio. A nadie le importa en este mundo vano otra cosa que apretar botoncitos hacia la felicidad y evitar la voluntad que le fue dada en la primera bocanada de sangre que tomó. Nada que le suponga el más mínimo esfuerzo mental y mucho menos algo que le presente dudas será bienvenido. Es tan poco el interés que hoy suscita nuestra existencia que no siento ni un mínimo de interés por expresar mi inquietud directamente a nadie, aunque siga escribiendo. Mi voluntad así lo exige: escribo para oírme. Hoy, que todo se da por hecho, por merecido, por normal, el gran milagro de la vida se presenta como una vanalidad. Hoy, que todo está confirmado y estratégicamente manipulado para que la existencia  se base en no pensar, es una osadía presentarle al mundo la tristeza, esa mística experiencia necesaria, esa mínima sabiduría innata tallada por el conocimiento propio.
La muerte de Schopenhauer dicen que fue por insuficiencia respiratoria y es que no podía ser de otra manera. Pensar reduce la esperanza de vida y consume la mar de oxigeno, tanto que no queda ni gota para nuestros ahumados pulmones. Yo, cuando me sumerjo en dilemas, me quedo asfixiada, me muero de muerte consciente, o sea, que me meto entre pecho y espalda un buen lingotazo, duro de digerir, de espacio y tiempo aderezado con la líquida flor del pensamiento, totalmente alucinógena, claramente vidente, exenta de esperanza. Porque todo lo que soy nace de amoldarme a la vida, de oírme -cosa que jamás he dejado de hacer- y de cuestionarme. Diría que, apesar de los años, sigo siendo una masa de duda, un pan de dudas, un bucle de duda eterna que va cogiendo el molde de la vida. Y de la muerte.
En un mundo de dolor el fin sería deseable pero el amor a la vida, la voluntad de vivir, supera con creces la voluntad de morir. Hoy todo el mundo quiere ser eterno, de hecho ya hay experimentos que pregonan una vida eterna...menos mal que marcha paralelamente la oferta de muerte voluntaria, sería insoportable tener solo la primera como única opción. Hace mucho tiempo que vivo entre inmortales, entre gente que parece olvidar la caducidad de la materia... entre ellos los hay que se han creído vivir un enorme reality show... Pues a todos nos van a dar por culo, que diría el filósofo de mi barrio que frecuentó La Campana y tantas veces bebió conmigo.
Arturo, que llamaba a las religiones “metafísica para el pueblo”, nació muy pronto. Hoy fliparía con estos últimos sucedáneos, con las vacuas vanguardias de la técnica, estoy segura de que se suicidaría en Francia -como diría otro filósofo  y poeta que últimamente es tránsfuga del vacío.
Gente querida, siga cada uno con su pequeño caos que, al fin y al cabo, es lo único que tenemos y permitan que siga hurgando en mi pesimismo. Cada uno vaya con su dios y con su caos. La gloria para los místicos y el jamón ibérico para los que puedan pagarlo. Vivan los pocasluces.

Desde El Garitón, elucubrando porque septiembre me lo pone a huevo frito, Mariví Verdú.

SOBRE LA INUTILIDAD DE ESCRIBIR. II parte. Por Mariví Verdú

Hace ya demasiado tiempo que me pregunto los motivos de este empecinamiento mío por escribir, por pintar, por retratar, por guardar y transcribir pensamientos,  sentimientos, mi pena y mi dolor como si fuera todo medible con palabras, exteriorizable, entendible, compartible. Escribir, una absurdidez que no le importa a nadie y que está dejando de tener por fin finalidad. Sin embargo, aquí sigo con este ritmo innato de  escribir por escribir llenando de letras el vacío, la nada asfixiante que es más que desaliento y rutina: un menester que abarca desde el primer hombre hasta mi. Y aquí sigo, en la cueva, dibujando mis manos, llena de miedos, adorando al sol y embebida por la noche y las estrellas.

Cada día que pasa soy más consciente de la poca importancia que tienen las cosas terrenales, la tierra misma con su continente y contenido. Nada perdurará más que la luz y las sombras, hasta el sol mismo se acabará consumiendo y engulliéndolo todo en su fuego antiguo y temido pero no podrá aniquilar la gran orden del cosmos: su música. Eso es, hay una música celeste que perdura y que pocos conocen su clave y su armonía y es eso, eso, lo que me mantiene viva, esa salvación de la luz pura y de su luminoso secreto. No me fue dado el don de nada, el don de la nada en la palabra ni en la imagen posible que nazca de mis manos. Todo se perderá en el tiempo como se pierden los rastros de la sangre.

Una vez tuve un sueño donde se me reveló el secreto de la vida y al despertar lo había olvidado. Por más que busco en los rincones de mi memoria, no doy con él y desde entonces sé lo inútil de mi empeño. Escribir no es más que intentar llenar el hueco que un día llenará el olvido. Es por eso que haré pronto una hoguera, una gran fiesta con familiares y amigos en la que arderán mis agendas y mis libretas rojas y tal vez los lienzos que he pintado y las fotografías. Así lo hizo mi abuela antes de su muerte: quemó los retratos de su vida. Y luego vine yo para airearla como una ingenua  e infiel novelera sacando sus cosas al tendedero...

No tengo perdón ni hay nadie con poder para perdonarme. Ya todo limita con la muerte y la vida es así más llevadera. Escribo para entretener el momento del adiós definitivo y he aquí que tengo una justificación para el error: seguir haciendo lo que me quita muerte de encima, un deber que tengo para mi consuelo, no aspiro que sea el consuelo de nadie.

Septiembre me gusta y bajar a la tierra en septiembre me parece un deber ineludible. Cantarle y alzar la copa para brindar por el otoño inmediato. Escribir, también.

Desde este garitón que me aguanta tanto y florece mientras me debato entre la rosa y el almendro, cubierta entera de agua y de jazmines, Mariví Verdú.