jueves, 22 de septiembre de 2016

DEL OFICIO DE ESCRITORA, por Mariví Verdú

Ha llegado un nuevo otoño, un otoño caliente pero que ya pide la sabanita por la noche, que se demuestra que lo es acortando los días, amaneciendo tarde y tiñendo de oro cuanto toca. A mi me hace barrer más pero es una gloria de vida lo que barro: papelillos de seda del jazmín, ombliguitos rosas de la ricasoleana del garitón, las hojas amarillas del limonero y las estampadas de las yedras: mitad pardas, mitad piel de leopardo. No sé quien me dijo que, si Dios existía, se encontraba en un jardín. Puede que así sea y esté mimetizado con un cactus. Donde sé que no está es en la mágica mimosa púdica. No es sensible al tacto de nadie...

Un verano dedicada a la escritura y un inicio de otoño a barrer hojas me parecen un presente que no merezco. Un intenso y largo verano de silencio creativo tenía que desembocar en un otoño silencioso barriendo hojas. El ciclo de una escritora se completa siendo barrendera y sin embargo no he podido barrerme los desechos de este verano candente que aún no quiere apagarse: no cesa esta angustia, este dolor inagotable donde los niños muertos me susurran al oído. Ni cambia de color el puño de las hachas de guerra. No es blanca la paz.

Espero, escoba en mano y palabra en alto, que caiga de una vez esta tristeza seca y muda que me inunda el alma.

Desde El Garitón, con la angustia en los labios, Mariví Verdú

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