jueves, 11 de enero de 2018

AL POETA REMIGIO GONZÁLEZ MARTÍN "ADARES", por Mariví Verdú


Corrían mediados de enero de 1981. Acababa de mudarme con mis hijos a la nueva casa, allá por el Arroyo Barriguilla (donde hoy está la Plaza de José Bergamín). Puedo recordar, como si fuera ayer, la visita y la conocencia que voy a relatarles. Tal día como hoy, rozando las nueve de la noche, mi amigo y poeta Juan Miguel González del Pino llamó a mi puerta -a buenas horas para sentarse a la mesa, como solía hacer por aquellos entonces-, a tiempo de la cena. En esta ocasión apareció acompañado de un hombre más alto y mayor que él,  todo un personaje, mitad hippy, mitad poeta decimonónico, que no pasaría desapercibido en ningún lugar por moderno y atrevido que este fuese. Calculé que me doblaba la edad. Y Juan Miguel hizo las oportunas presentaciones: -Hola, Mariví. Aquí te traigo a un buen amigo mío, es el más grande poeta salmantino. Se llama Adares.

Ambos venían bien abrigados y envueltos en sendas capas españolas de un azul marino casi negro, posiblemente de paño de lana de las tierras de Béjar. Juan Miguel había vivido una larga temporada en Salamanca y desde que había vuelto a Málaga regresaba a menudo a casa de su  buen amigo Quini Sánchez, cantautor y compositor salmantino, a quien tuve el placer de conocer más tarde en uno de mis muchos viajes a las tierras que baña el Tormes en lo más alto de su camino.

Cuando los tuve delante me fijé bien en Adares y pude ver un hombre grande, corpulento, de cabello aguado y no mal parecido, todo un caballero de bigote y barba que me dedicó la mejor de sus sonrisas. Entonces abrió su capa para extenderme la mano, diciéndome con deje castellano y tiernamente afrancesado: -Mucho gusto en conocerte. Soy Remigio. Le sonreí con toda la naturalidad del mundo, a mí me hizo gracia su nombre, era el primer Remigio que había conocido en mi vida y hasta hoy ha sido el único. Por aquel entonces siempre tenía ganas de reír, me reía de tantas cosas... solo la juventud y la poesía, que no la pena, habían cruzado el umbral de mi puerta. Yo le contesté: encantada, el gusto es mío. Pasad, pasad...

Se despojaron de sus capas y me las llevé al dormitorio. Las extendí sobre mi cama porque el perchero no hubiera soportado el peso de las dos, con aquellos embozos y forros atrevidos y aquel tejido que no dejaba pasar una gota de frío...  Después de presentarle a mis hijos, se acomodaron en el sofá y comenzaron a descubrir aquel mundo que tanto me gustó desde niña, ese lugar poético donde las palabras caminan a sus anchas y donde la imaginación encuentra siempre recachitas de sol y momentos de lluvia bienvenidos. Les puse un vino dulce, un vinillo de la tierra y más tarde compartimos la cena. Estuvimos recitando poemas más de dos horas y fue entonces cuando Juan Miguel creyó oportuno preguntarme si se podía quedar en mi casa los días que tenía pensado pasar en Málaga. Automáticamente dije sí. Y en mi casa se quedó. Yo tenía que trabajar al día siguiente y mis hijos tenían que ir al colegio...y le dejé una llave de mi casa. Así, el primer día de nuestra amistad.

Aquellos eran tiempos en los que me daba igual dormir en el sofá o no dormir por tal de no decir que no a un amigo. Aún no había aprendido la palabra “no”, de hecho todavía no sé si es un adverbio de negación o una forma de antipatía o pestillo que cierra las puertas, solo sé que, antes de aprender a decirlo, yo me sentía mucho más feliz. Ser abierta y solidaria me ha dado la oportunidad de equivocarme muchas veces en la vida, de llorar mucho, de sentirme traicionada y enfadada conmigo misma, pero he tenido tantísimos momentos inolvidables que bien ha merecido la pena lo sufrido. La oportunidad que me ha brindado mi carácter al conocimiento y al placer de la empatía me ha proporcionado innumerables experiencias. El enriquecimiento que supone compartir el talento hacen que hoy, en ésta pobre cabeza sin espacio, existan recuerdos como este que alegran mis recién inaugurados sesenta y cinco.

Adares se quedó en mi casa varios días. A veces, cuando regresaba del trabajo estaban los dos poetas allí, charlando y esperándome para la diaria ración de poesía, vino y tapa. A veces la tapa era la manta de un marinero, dícese del bistec bien despachado y con una buena ración de papas fritas.

Solo un día, el último de su estancia en Málaga, pude acompañarles a un paseo por el Puerto y la Calle Larios. Habíamos picoteado en el Bar del Jamón, en Los Bilbainos, abajo de la Equitativa. Caminamos los tres de forma que me hubiera parecido ir escoltada por la Guardia Civil de no ser por el aspecto embozado, bohemio y emboinado de los dos poetas amigos. Con Remigio González Martín (los tres somos González) echamos el día visitando catedrales y campanas, rejas y casas de guardia, bancos del parque que convertíamos en aireados ateneos y así hasta que, al caer la noche, compramos cinco pesetas de bosque y nos quedó bosque para la eternidad.

*Fotos de mi amigo Ángel Ongay y detalles del libro que me dedicó nuestro amigo Adares.




https://es.wikipedia.org/wiki/Adares

http://www.lagacetadesalamanca.es/cultura/2017/12/27/salamanca-inmortaliza-poeta-adares-escultura-postuma-agustin-casillas-corrillo/225601.html

http://www.elnortedecastilla.es/salamanca/adares-regresa-plaza-20171227132722-nt.html

http://www.salamanca24horas.com/texto-diario/mostrar/977340/salamanca-inmortaliza-poeta-adares-estatua-plaza-corrillo

https://www.tribunasalamanca.com/noticias/adares-eterno-en-su-rincon-predilecto-de-salamanca/1514379035

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