sábado, 24 de noviembre de 2018

ADIÓS, UTOPÍA, por Mariví Verdú

La película española  Sólo mía, ofrecida anoche por TVE en el programa "Historia de nuestro cine",  me dejó despierta hasta las tantas, no pude poder pegar ojo.  Sólo mía, dirigida por Javier Balaguer, con Sergi López y Paz Vega como protagonistas, estuvo tan  bien interpretada que me trajo a la memoria algunas escenas de mi propia vida dejándome oscuros los pasillos de mi cabeza un rato interminable.

Por poco que una quiera pensar, siempre llego a la conclusión de que fue muy complicada la etapa en la que vinimos a nacer los que hoy peinamos canas, muy difícil la vida que nos ha tocado vivir. Si queremos idealizarla es por aquello de que echamos de menos el ser jóvenes, no el cuando lo fuimos. Es mentira el dicho “cualquier tiempo pasado fue mejor”, a poco que seamos objetivos.  Hay que ver lo desprotegidos que hemos estado los pobres de mi generación, hijos de trabajadores honrados, los que no tenían bufete ni consulta ni farmacia heredable, los que no teníamos más cuna que la que los amorosos brazos de una madre abnegada nos ofrecía.  Particularmente fuimos las mujeres las que lo pasamos peor, ante una educación patriarcal y machista. Pero yo no culpo al hombre como hombre de aquella manera de vivir, porque tampoco le dieron a elegir otra educación, era así y nada más. Era incuestionable. Y cómodo. Dependía mucho de cada uno y de su evolución personal el tomar una actitud distinta de la común, tan fácil para los varones.

Del adoctrinamiento que hemos sufrido en este país, todos hemos sido víctimas, aunque teníamos casi asumido lo de las castas porque hubo quienes vivieron en un palco superior, viendo cómo los obreros fabricaban la miel, picaban piedras y hacían las carreteras que ellos disfrutarían como privilegiados (pasándose por el forro el pensamiento cristiano porque sus pecados -y eso sí que eran pecados- se quitaban con cuatro golpes de pecho). Todos sufrimos a un gobernante que, bajo su convencimiento paternalista, solo quería el bien de sus “hijos”, por lo que el castigo estaba a la orden del día para meternos por cintura, un dictador al que temíamos más que a una vara verde  -dicho que hoy nadie sabe lo que quiere decir si no tiene de sesenta para arriba-. Todos los estratos de nuestra sociedad de los 50, desde los más pobres y, en regla de tres directa, hasta los más ricos, eran complices forzados, acusadores o castigadores... nadie pasaba la prueba. Menos mal que los niños y jóvenes vivíamos en el limbo. -Tampoco sabe ya casi nadie qué es y dónde está el limbo pero de se ese lugar hablaré otro día-. 

Las humillaciones, vejaciones y castigos que hemos sufrido los que queríamos sacar la cabeza del tiesto, los que queríamos algo tan simple como pensar y preguntar los porqués de las cosas, tuvimos que soportar todo un sin fin de maltratos. Uno de los más duros -yo lo llamaría una locura castradora- fue una religión impuesta, obligatoria, ininteligible y amedrentadora que nos hablaba de un dios cruel que nos castigaba con el infierno y nos hacía elucubrar con sus dogmas. Nos castigaba en nuestra niñez y adolescencia tanto por el contacto carnal como por los “pensamientos impuros”, sentimientos normales y propios de una edad efervescente, pensamientos lógicos provocados por la química orgánica del cuerpo que nos los hacían tragar. Al no dejarlos salir de la boca ni de las manos, desembocaba en frustración. O en abuso. Ambas cosas fueron contraproducentes y marcaron una época invivible en nuestras vidas. Algunas veces pienso que los de mi generación estamos demasiado bien de la cabeza, porque la vida que nos ha tocado es digna del mayor de los manicomios.


Fue habitual que los padres pegaran, que las niñas hicieran las camas de los hermanos y fueran detrás de ellos como mucamas; que las mujeres sufrieran palizas de sus maridos y tuvieran que mentir sobre el motivo de los golpes para guardarle respeto a su pareja ante los demás y... lo peor: que no se las atendiera en los juzgados. Sí, anoche vi una película que era una vida “normal” , unos hechos a los que asistí durante mis cincuenta primeros años y una injusticia que viví en carne propia. Y sentí un miedo tremendo. Pero no me alivió el final: ver a un maltratador hecho mierda, que pareciera haber sufrido una lobotomía, abandonado, solo, y ella saliendo indemne, inmune a la tragedia. con dos hijos pequeños y un padre idiota... eso es una mentira: en una mala pareja nadie sale triunfante. No, no me alivió en los más mínimo el sufrimiento del otro. Me hubiera gustado ver otro tipo de escena, que transcurriera veinte años más tarde, con los hijos del matrimonio protagonista viviendo su presente, un futuro esperanzador donde el respeto no tuviera nada que ver con el sexo, donde la igualdad no fuera impuesta, metida con un calzador sino que fluyera tan natural como el agua, donde todos los humanos tuvieran su sitio en libertad y dejaran a cada uno vivir en paz con su sexo y sus convicciones. Pero eso, viendo las noticias diarias, está muy lejos de ser, es ciencia-ficción. Ya no confío en la bondad natural del ser humano, todo lo contrario, solo espero su suicidio. Y observo el caos.

Desde el privilegio que supone llegar a los sesenta y cinco años, tan agradecida a la vida como escéptica ante el progreso -inverso totalmente- quiero recordar un jabegote que escribí en 1999, perteneciente a un trabajo flamenco premiado bajo el lema “Destino de azahar”:


Estoy en el puente arriba
mirando pa los dos laos...
Puentecito de la vida
que muere quien lo ha cruzao,
quien se para  y quien se tira.

Pues eso: que pa tres días que me quedan en el convento...sufriendo. Adiós, utopía.
* En una segunda lectura quiero incluir un rayo de esperanza. Soy abuela.

Desde El Garitón, un sábado de noviembre en el que, por fin, ha salido el sol,
Mariví Verdú

Dibujo realizado por el insigne David Zaafra, que en paz descanse.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

AGUATINTAS POR SEGUIRIYAS: COLOR Y FORMA DE LOS AYES, por Mariví Verdú

Aún no eran las doce de la mañana del día cuatro de enero. Hacía frío en la calle pero en las recachas daba gusto estar. Dejé el coche en...