domingo, 1 de enero de 2017

DONDE NACE EL SILENCIO, de Mariví Verdú

Me inclino sobre la fuente donde nace tu silencio
en un reflejo de hojas que tu alma hace temblar.
Sobre tu fotografía. (...)
Jules Supervielle

Después de releer mi anterior relato, el mañanero, retomo su punto y final y lo convierto en un punto y seguido, regresando al primer día del año para contarlo entero. No sería justo quedarme para mi la parte más perfumada, más entrañable, la más lujuriosa y sensual: la tarde. Ya desde el mediodía, después de la llamada de mi hermana que me instaba a comer, arropándome con nuestra pequeña familia, sentí que había que seguir viviendo el resto de la jornada, que hay quien no me deja volverme vegetal que tal vez sería mi estado más natural. O piedra, que puede que sea para mi el más deseado.

Me quité la piel y me vestí de lana azul marino. Me puse unas gotas de Roma en el cuello mientras pensaba en el privilegio de haber podido ver el Coliseo en otoño. Noté que el corte de pelo me hace sentir la cabeza más liviana -no sé el porqué, con lo densa que la tengo últimamente- y me puse unos pendientes de color de rosa de té. Me dejé puestos los calcetines de mi madre, los mismos con los que había realizado la poda de las parras, y salí de mi casa cuando daban las dos. El rodalillo de violetas me invitó a preparar un ramito para mi madrina que iba a estar en el almuerzo, y cogí para mi hermana varios limones que amarilleaban. Dejé el móvil en casa conscientemente porque no quería perderme ni un momento de tan íntima comida.

Mi hermana tiene vocación de Navidad, es totalmente una inclinación de su alma hacia los demás, dedicando al amor y a los cuidados -entre preparativos y realizaciones- algo más de dos meses de su vida. Semanas de intenso trabajo decorativo, floral, belenístico y culinario que, añadido al de empaquetar regalos para todos, hacen de las Pascuas su tiempo más intenso y placentero del año. Estas fiestas tienen sus cinco días clave: Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo y Reyes. En cada uno de ellos, Magdalena, que así se llama, nos hace experimentar un lujo en los sentidos, desde la vista al olfato, que tiene que pasar obligatoriamente por el del gusto.  Cinco ocasiones donde mi hermana dispone una mesa propia de reyes y un menú que satisfaría las exigencias más exquisitas. Es feliz haciéndonos felices. Yo solo aporto a tanta maravilla una bandejita de borrachuelos hechos con inmenso amor la víspera del Nacimiento.

Aunque pudiera parecer que quedaban dos sentidos por cubrir, el tacto también tuvo piel y besos y el oído su conveniente silencio para dejarnos oír las tranquilas palabras de una comida en paz y los recuerdos que, aunque no quieren llegar tranquilos, me encuentran mansa.  Cuando acabamos el almuerzo, ayudé a lo que me dejaron, recogí la mesa y barrí el comedor. Mientras tanto, pensaba en lo felices que hubieran sido nuestros padres al vernos. Pensé en todos los que no estaban conmigo de una manera o de otra y me acordé de mi nieto que andaba pasándolo bien con sus padres y sus amigos por tierras de mantecados y figuritas de chocolate... es el primer año de su vida que no pasamos juntos y siento que vamos empezando a ser mayores.


Coloqué el florero y al lado una vela blanca adornada con yedra. Era el momento justo en el que la familia se dispersa, unos para echar su siesta, otros para retirarse a no hacer nada y mi hermana para seguir trabajando. Como ella y yo somos abuelas y las dos tenemos nietos varones, Ángel había estado comiendo con nosotros pero hacía rato que se había ido al cuarto del ordenador a jugar con no se sabe muy bien qué.  Y como aún me funciona el sexto sentido, el de la intuición, me vino enseguida la necesidad de integrarlo en la comunidad de vejestorios que componemos el resto de la familia o, mejor aún, buscar la forma de convertirnos todos en niños y jugar juntos algún juego de mesa. El padre fue a buscarlo a ocho kilómetros de donde estábamos y regresó media hora más tarde.  Apareció con un tablero y sus fichas, ese que tiene por una cara el juego de la oca y por otro el de los casillas de colores, cuatro colores con los que pintar el mundo. Así que, cuando empezaba a pensar que no podría ser, llegó el milagro.Y allí los dejé, jugando al parchís, alegres, rejuvenecidos, sin pensar en otra cosa más que en la felicidad de estar vivos. Me despedí y, después de besarlos a todos, salí con un agradable sabor de boca y un pacífico compás de corazón.

Bajé la cuesta que corre paralela a la mía y abrí mi portón. El madroño y mi gata me dieron la bienvenida. Fui prometiendo a las parras curarle las heridas -hoy tengo que hacerlo- y abrí mi puerta azul. Ví su retrato y un ramo de rosas secas. Me senté en el sillón que fuera de mi madre, que conserva su aroma y me dormí. Sé que he soñado.

Desde El Garitón, bajo las nubes luminosas, Mariví Verdú

2 comentarios:

  1. Amiga, qué preciosidad de relato, sueño, vivencia... Ha sido un gustazo pasar y leerte, sentir hasta el último de los latidos que te han acompañado en esa comida familiar, -Magdalena se parece mucho a alguien que conozco- siempre pendiente de todo y de todos, aunque después el cansancio le robe hasta el sueño... Dejo mi abrazo, un beso, y las ganas de verte y abrazarte. Ah, y de comprobar como te sienta ese nuevo look del que hablas, seguro que estás genial!!

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  2. Aunque no hubiera visto tu nombre en la cabecera, sabía que este comentario solo podía venir de ti. Te mando besos mientras llega el abrazo. Ah, y sobre el pelao, como el de los borricos... a bocaos. Una tal Desirée a la que acababa de conocer y pareciera que me tenía muncha hincha. Digo que sería de otra vida anterior porque, de no ser así, me la debe. Gracias siempre, Carmen.

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