domingo, 6 de agosto de 2017

CON SUERTE EN LA VIDA, por Mariví Verdú


Cada loco con su tema y yo, ala, a escribir, a encarrujar palabras con no sé qué intención, si de encontrarme o de entregar lo único que es mío. Hoy mi palabra quisiera ser exactamente sentimiento, dirigirme al corazón de dos personas a las que quiero y admiro muchísimo. Estoy a punto de cumplir sesenta y cuatro años y no me apetece otra cosa más que rellenar estas cuartilllas sin versos y sin cuento, así, con todo el cariño de seguido, con el dolor en una mano, la alegría en la otra y una leve sonrisa de cáscara de almendra reventona a punto de vareo en esta cara que es, definitivamente, la mía. Quiero entregarme, caliente y plena, en este agosto incendiado, dedicándole el leve peso de mi tinta a Pilar, mi amiga, y a mi hijo Pedro.

Después de un trimestre inmersa en otra forma de decirme las cosas sobre un silencio blanco que tiño cada mañana de colores, manejando pinceles bajo esa gama donde el tierra sombra natural lo impregna todo, necesito abrir la espita de los excesos a la vez que dejar en la papelera de palabras toda la angustia y el desencanto que siento por este mundo del que me voy retirando.

Desde el altozano que me otorgan los años, exenta de miedo y rebosante de ternura, con esta grandeza de miras que me regala el tiempo, sin más meta que la de seguir el curso de los almendros, veo cómo la inmensa mayoría compite en una carrera hacia ninguna parte -unos, en un derroche de materialismo, otros, queriendo incluir su nombre en las agendas- a sabiendas que el mejor podio de un ser humano está bajo la sombra de una encina viendo como atardece y se despiden los pájaros con vocación de infinito.


Me siento una persona con suerte en la vida si la mido con la vara absoluta del amor. Y hablando de amor, hablo de mi sangre y veo a mi hijo, una persona feliz que ha sabido escoger compañera de viaje dejando con ella un fruto que me tiene embebida y que responde al nombre de Daniel. Les deseo a los tres felicidad y muchísimo tiempo para disfrutarla. Hoy quiero escribir para él, para mi hijo Pedro Ángel, las palabras orgullo, admiración y respeto. Ha sabido cómo transformar mi tristeza dándole otro nombre: esperanza. Hoy estamos de enhorabuena por las metas alcanzadas, por su tesón y esa tranquilidad que me infunde sabiéndole un hombre en toda la amplitud de la palabra.

Si hablo de mi amiga Pilar Bugella Traver veo a la amistad con forma de abuela redondita, de ternura blanda y acogedora toda hecha de poesía. Qué importa si nadie se hace eco de su reino de palabras: para mi es la soberana indiscutible y ante ella solo hay besos y genuflexión de mi parte. Larga vida a la reina.

Y así, sin otra cosa más que decir -cuánto merece la pena estar viva-, pongo punto y final a estas cuatro palabras que me pedía el alma.

Desde este Garitón, rebosante de tomates y de uvas moscatel, dispuesta a vivir con alegría un domingo más del resto de mi vida, Mariví Verdú.

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