lunes, 4 de septiembre de 2017

SOBRE LA INUTILIDAD DE ESCRIBIR. II parte. Por Mariví Verdú

Hace ya demasiado tiempo que me pregunto los motivos de este empecinamiento mío por escribir, por pintar, por retratar, por guardar y transcribir pensamientos,  sentimientos, mi pena y mi dolor como si fuera todo medible con palabras, exteriorizable, entendible, compartible. Escribir, una absurdidez que no le importa a nadie y que está dejando de tener por fin finalidad. Sin embargo, aquí sigo con este ritmo innato de  escribir por escribir llenando de letras el vacío, la nada asfixiante que es más que desaliento y rutina: un menester que abarca desde el primer hombre hasta mi. Y aquí sigo, en la cueva, dibujando mis manos, llena de miedos, adorando al sol y embebida por la noche y las estrellas.

Cada día que pasa soy más consciente de la poca importancia que tienen las cosas terrenales, la tierra misma con su continente y contenido. Nada perdurará más que la luz y las sombras, hasta el sol mismo se acabará consumiendo y engulliéndolo todo en su fuego antiguo y temido pero no podrá aniquilar la gran orden del cosmos: su música. Eso es, hay una música celeste que perdura y que pocos conocen su clave y su armonía y es eso, eso, lo que me mantiene viva, esa salvación de la luz pura y de su luminoso secreto. No me fue dado el don de nada, el don de la nada en la palabra ni en la imagen posible que nazca de mis manos. Todo se perderá en el tiempo como se pierden los rastros de la sangre.

Una vez tuve un sueño donde se me reveló el secreto de la vida y al despertar lo había olvidado. Por más que busco en los rincones de mi memoria, no doy con él y desde entonces sé lo inútil de mi empeño. Escribir no es más que intentar llenar el hueco que un día llenará el olvido. Es por eso que haré pronto una hoguera, una gran fiesta con familiares y amigos en la que arderán mis agendas y mis libretas rojas y tal vez los lienzos que he pintado y las fotografías. Así lo hizo mi abuela antes de su muerte: quemó los retratos de su vida. Y luego vine yo para airearla como una ingenua  e infiel novelera sacando sus cosas al tendedero...

No tengo perdón ni hay nadie con poder para perdonarme. Ya todo limita con la muerte y la vida es así más llevadera. Escribo para entretener el momento del adiós definitivo y he aquí que tengo una justificación para el error: seguir haciendo lo que me quita muerte de encima, un deber que tengo para mi consuelo, no aspiro que sea el consuelo de nadie.

Septiembre me gusta y bajar a la tierra en septiembre me parece un deber ineludible. Cantarle y alzar la copa para brindar por el otoño inmediato. Escribir, también.

Desde este garitón que me aguanta tanto y florece mientras me debato entre la rosa y el almendro, cubierta entera de agua y de jazmines, Mariví Verdú.

1 comentario:

  1. Que bonito Mariví, me ha recordado lo de la música al final del libro de ciencia-ficción el fin de la infancia que lo único que se salvaba de la tierra era la música. La belleza está en tantas cosas.
    Pilar Z. Heras

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