jueves, 1 de marzo de 2012

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE EN "EL MILAGRO DE LA VIDA"

Habían huído todas las palabras, como si un fuerte vendaval se hubiera llevado mis ideas, mis ilusiones y mi memoria. Otros que sufran de este mal quizas no les de por ponerse ante un ordenador a intentar sacar las escurriduras, lo que va quedando después de la desgracia y las decepciones de una azarosa vida. Yo sí. Así, con todo el desencanto del mundo pero sin perder la cabeza, esa pelota que empieza a negarse a todo.

He dejado de entender las cosas, las deudas europeas, las enfermedades de los pepinos, la sostenibilidad y lo insostenible que es todo, el afán por las cosas materiales... bueno, esto último no lo entendí nunca. Vaya, que con muchos años menos que mi tía María Teresa estaba empezando a preguntarme ¿y qué hago yo ya en el mundo?

Hay un caracolillo pegado en el cristal derecho de mi ventana desde hace varios días...¿estará como yo? Ay, si yo estuviera como él, con la casita a cuestas y metida en mi caparazón con ese Dios en espiral que nos va alejando de nosotros mismos...

Y mira tú por donde, cuando el alma se me oscurecía como una noche, llega un niño, un ser de los que nacen en el mundo doscientos cincuenta y tres al minuto, y me coge de su diminuta mano y me salva de caer en el vacío de las preguntas que no tienen más respuesta que el regreso a la nada. Y va y me salva mirando con unos ojos grandes y purísimos esa oscura mancha que soy yo para él, una mancha de la que nace una voz que oye desde que estaba como yo hace unos días: entre la vida y sus umbrales.

Todos los niños son, serán, fuimos, mitad amor y mitad misterio. Todos los niños son la esperanza del mundo. Todos hemos sido uno más que pisa la tierra. Pero cuando el cielo te visita es cuando las cosas toman un cariz distinto. Cuando descubres en el niño formas conocidas, propias, significa algo muy especial para nosotros. Cuando es tuyo lo llamas hijo. De mayores, nieto. Y no somos más especiales que nadie, todo es tan normal como la vida. Pero si te tiende la mano, esa mano pequeñísima que lleva tu sangre, entonces... el milagro de la vida es sólo nuestro, tuyo, de cada uno. Ahora es mío.

*Bendito seas, Daniel, tú y los que te han hecho carne. Qué un manantial de leche caliente y dulce nazca de tu madre para tí, tan blanco como su pureza, y que tu padre te haga crecer derecho, con los pies en la tierra, el alma en los labios y la paz en el corazón. Mi soledad se alumbra de una luz clara mientras viváis vosotros. Y ésta abuela tuya... de momento parece que sigue escribiendo.

Dani, cariño, que no me lleve nunca nadie al manicomio. Es el mundo el que anda al revés. Yo sólo estoy para contarlo en un día que sólo ocurre cada cuatro años, una mañana que no pasa nunca, en un lugar que ya no es el de siempre pero siguen naciendo las freesias, Mariví Verdú