jueves, 29 de mayo de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE SE VA POR "ESPACIOS TRANSITADOS".

Cuentecillo dedicado a una obra pictórica recién presentada, y, por ende, a su autor, y por inevitable consecuencia, a quienes dan con ella. Por cierto, la exposición se llama Espacios Transitados, el pintor, Rafael Alvarado, y los que quieran ir a visitarla pueden hacerlo en el número 5 de la Cortina del Muelle de Málaga. Galería Cartel.

Dicen que fue una tarde de Mayo cuando se fueron, dicen, pero no estaba el cielo mayeado, no, era el cielo de color sienna oscuro y una fina lluvia había perfilado los contornos de aquellos hombres que cruzaban la pista, hatillo en mano, haciendo de sus sombras más tierra, y de las nubes más tierra, y de las aguas más barro. Para quien no usa otro reloj que el desamparo, era cualquier día. Aún así, el instante es, como para todos los que se van, eterno. Un golpe de brisa en la cara, una inevitable quietud que rueda en su largo retorno, que cabalga parada, con el corazón por delante y la vida entre los dientes, era todo. Y una sola idea monocorde que parpadea a la par de los intermitentes… ¿dónde? Y, sin destino alguno, se dirigen en cola, perspectiva del drama universal. Encaminados hacia un avión que no es metálico sino de color del tronco de un ciprés antiguo. O azul, quizá, slategrey. Aunque son varios aviones hay uno solo. Todas las panorámicas son convergentes. Oh, fuerza de la contradicción que mantiene el curso de los ríos. El mundo queda quieto, estático, abierto a los abismos y sólo lo ilumina un cielo que, pocas veces, tiene alguna sombra de rosas o de espinas. Y el avión está, como toda la vida que pasa, de espaldas, en ningún sitio.

Oh sol de luz oscura que persiguen los hombres. Ay el hombre, ni recorriendo todos los caminos llegarás a encontrarte, de tan profunda huída de ti mismo y del Dios que te cuelga en las espaldas.

He visto tanto en esta nueva obra y tan estremecedora es toda ella que más ahondaría, si pudiera, en lo que me dejó por descubrir, en el pensamiento que rondaba la poblada cabeza de Rafael Alvarado cuando, pincel en mano y resguardado de todo menos de sí mismo, pintó y dijo. Este hombre capaz, de corazón radiante y ojos limpios por humildes, mucho ha debido sufrir desde su vejez hasta hoy, mucho habrá caminado por el túnel redondo, mucho sabrá de luces y de sombras…Si no, no me lo explico.

La soledad, amiga que no me abandona ni de día ni de noche, y yo, nos despedimos con una rama de olivo en la boca y una recomendación: no se pierdan Espacios Transitados. Merece la pena.

Mariví Verdú.

viernes, 16 de mayo de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE RECUERDA HOY LA FINCA SAN ISIDRO


15 de Mayo de 2008, San Isidro, día del Patrón.

 En el día de su patrón, a la FINCA DE SAN ISIDRO.
Hace muchos años, más de cincuenta, mi corazón, chico aún pero entero, latía libre y más cerca afectivamente de las riveras del Guadalhorce que de las del Guadalmedina. Estaba dentro de mi pecho, ya dispuesto al sacrificio, y volaba por los Portales de Gómez, por aquella hilera de casas que se hacían simétricas por un portón situado en el centro, por un carril que llevaba a la casa de un tal Rogelio Oliva “El señorito” y de su hermano Miguel. A este último es al que mi padre odiaba por haberse tenido que poner -por única vez en su vida- de rodillas para suplicarle que no nos echaran de allí, de aquellos corrales que con sus manos convirtió en una vivienda digna. Mi padre, que había cambiando la vieja tranca por una humilde cerradura, hizo de ellos un plácido y agradable lugar: mi casa, mi hogar.

Gracias al tesón de los vecinos, la fachada de aquellas casas estuvieron siempre muy bien encaladas. Estas tenían un zócalo de un metro aproximadamente, pintado con una mezcla de aceite de linaza y polvos grises que perfilaban a mano y remataban en su base con un rodapiés de más de un palmo de alto de alquitrán. Mi casa era la número 62 y era a lo estrecho. A ella se accedía bajando un escalón y, por el pasillo, entre aspidistras y aureolas, se llegaba hasta el patio. A la izquierda del corredor, dos puertas que daban paso a los dos únicos dormitorios: el de mis padres y sus dos hijas, que tenía ventana hacia el mar y la Haza Honda. El otro era de la abuela y del tío soltero y tenía una pequeña ventana alta que daba al patio. Entre las dos salas, enfrente, la alacena. En el patio se albergaban cocina, lavadero, mesa comedor, hornilla de petróleo, baño de cinc, lebrillos, tabla de lavar, la orza, un aparador y poco más. Como decoración, coleos y helechos. Teníamos también un perro que recogimos porque, desde un 18 de Julio, cuando era fiesta nacional y se iba la gente a pasar el día al río, anduvo perdido hasta que dio con nosotros.

La casa había tenido una historia anterior, la de unos emigrantes, una historia que rubricó Joaquín González sobre el Pórtland rojo de la rústica solería, al pie de la alacena, con una inscripción cuando aún estaba el cemento fresco que decía: Joaquín y Loli. Este hombre era amigo de correrías del Lili, que así apodaban a Antonio Molina, el cantaor, y jugaba de chavea en el Club de Fútbol Vista Franca. Joaquín fue el que arrastró de mi tío Gabriel hacia la Argentina y éste, a su vez, de mis otros tíos, María y Federico. Mientras tanto y hasta la vuelta, dejó a mis padres aquel portal. En un tris estuvimos de irnos todos, papeles tengo que lo acreditan, pero no sé si fue mi madre o fue mi abuela la que le costaba arrancar de esta tierra suya y no nos fuimos. Puede que por entonces nadie pensara que en este portal se forjaría un alma tocada por la triste vara, aunque milagrosa, de la poesía. Joaquín me presentó años después a mi padrino en este trágico menester, al insigne Manuel Benítez Carrasco.

Las gentes que habitaban mis dignos portales eran humildes e importantes. Maruja era una mujer especial y tenía un óleo que la representaba, a gran tamaño, en su pasillo. Algo impensable en la formación y, más aún, en la economía media de nuestros vecinos. Maruja no salía a la calle y me mandaba a por el pan -no sé por qué me elegiría- y me daba propina. Maruja tenía una grandísima historia... A ambos lados de mi casa vivían, tirando para Málaga, María “La Gorda” y María Cantero, con sus respectivas familias, compartiendo casa con derecho a cocina; tirando para Cádiz, Antonio y Antonia Medina, viejos ya, a los que los diablillos poníamos la casa del revés a la hora de la siesta. Los niños jugábamos en mitad de la carretera de Cádiz, por lo que podemos suponer el cambio experimentado en ella durante éste medio siglo. Por entonces también era distinto el tiempo, las tardes eran largas en verano y lluviosas en invierno, había entretiempo, rebecas, olor a chilindro y llamanovios.

A la guardesa de la finca de Don Rogelio la llamaban Ana “La Matona”, una buena mujer que mandaba las cartas a su hijo emigrante sellás y santificás. Vivía en la casa del portón, la que daba paso al carril que acababa en una mansión a la que nunca me dio por visitar. Ni me arrimaba a ella. Su camino de acceso estaba flanqueado de palmeras con unos dátiles dulcísimos que los niños, escondiéndonos del señorito, robábamos y  disfrutábamos dejándolos derretirse en nuestras bocas. A veces también robábamos pimientos tiernos, zanahorias o cogollos en la huerta de enfrente, en la de Vallejo. Yo era una especialista en robar cogollitos y me las arreglaba de forma que no parecían faltarle a las lechugas ya que le colocaba sus hojas muy bien puestecitas... Todo se comía tal cual, ni se enjuaga ni nada porque no había tanta mala química en el proceso de aquellos cultivos, sólo luz de sol y agua de acequia. Y allí mismo, en la huerta que era de Victoria, la mujer a la que debemos el nombre de la cerveza, había una alberca, helada siempre, sobre la que dibujaban hilos de oro y danzas de sombras las libélulas o caballitos del diablo, con sus colores bellísimos y su temblor de azogue.

El Estanco del Boa, colmado que tenía de todo, desde una barrica de arencas, hasta tabaco o pan, era el vértice de un ángulo recto entre la herrería de Carmen, en la Realenga, y los propios Portales de Gómez. El quiosco de Dolores la del policía, en la esquina opuesta, estaba situado en los Portales de Germán, adonde también se encontraba la vieja casa que fue mi primer colegio, el de Doña Consuelo, un colegio mixto al que dedico un capítulo entero de "Portales de mi infancia". El quiosco hacía esquina con aquella hilera de portales y la acerilla adonde el Bar Polo o parada de los coches de Portillo, que era casi lo mismo, y allí comprábamos los barrilillos de pipas y altramuces toda la chiquillería. Enfrente, en el llano, mi madre ponía las cañas para alzar el cordel donde tendía la ropa. De allí se llevaron su sábana de lazos…aún conservo la almohada.

La niñez es la época más bella y misteriosa de nuestra vida. Todo es nuevo, todo es tan solemne como insignificante. Las comparaciones no son lógicas en esos años niños y te emocionan cosas que con el tiempo se revalorizan o se olvidan. Sólo los que de chicos nos dio el sarampión y nos pusieron los cuartos con luz roja podemos recordar algo de la magia que envolvía la luz clara de la mañana del eterno domingo.

Lo que más me gustaba del mundo era que mis tíos Gabriel y Federico me dieran trechas, vueltas de campana entre sus brazos. Y sentirme pequeña, y volar. Y me encantaba subirme en la Lambretta de mi padre, con la seguridad que su sola presencia me inspiraba, y montarme delante, cortando el viento… Y me sobrecogía ver llover por la tela metálica que cubría el tejado del patio, aquella que servía para que las salamanquesas tomaran el sol en verano.Y me atraía el hacer la copa con mi abuela, en la calle, oliendo y meditando no sé qué sino incierto en los mágicos trazos del fuego. Y disfrutaba viendo a mi madre cuidar de sus macetas y echando la ceniza de la copa en la orza… ¡cómo blanqueaba los trapos aquella receta mágica y perfumante! Pero había algo que me gustaba sobremanera y que esperaba siempre con un deseo ferviente: que me llevaran mis tíos o mi madrina a la Finca de San Isidro. Eso era como un regalo de la vida, como un premio del destino.

Tener coche no era lo habitual por aquel entonces, más que para personas pudientes. Una moto sí, tal vez a base de economía sacrificada, pero un coche… Y mi padrino, que era el mejor campesino que he conocido, era también terrateniente y podía. Tenían uno que habían comprado sus hijos en Madrid, aprovechando aquel viaje a Tudela, cuando fueron a por la semilla de las alcachofas. Se fueron en tren y se volvieron desde Madrid con un Standard, así que me llevaban en ese precioso coche, con su muñequito de muelle que se movía mucho, camino de San Isidro, mientras el paisaje se  metía por mis ojos, impresionables y puros, cuando dejaba atrás las huertas hacia Los Guindos, los verdaderos, con sus hilera de casas con arcos y ventanales redondos pintados de azul cobalto, y alcanzábamos el Fielato y empezaba a oler a dulce caña, a melaza pura, cerca del río, en la Azucarera. Íbamos siguiendo paralelamente la ruta del mar, pasando por delante de vaquerías, dejando atrás restos de industrias y chimeneas, y muchas huertas. Una vez cruzando el Guadalhorce, hasta llegar al carril de San Isidro, a la derecha, había una chispa. Casi enfrente de San Julián, el camino tenía un kilómetro justo y venía a desembocar, en sentido inverso y paralelamente al río, en una cortijada blanca levantada sobre un llano, adonde la niña que me habita subía los escalones de la casa familiar con una alegría inusual y con los ojos abiertos como rastro.

Mi padrino era un verdadero patriarca y merendar en su mesa era un placer. Mis primos Manolo y Federico llegaban con los cubos de leche, espumosa por recién ordeñada, con cinco dedos de nata, y aquel café me sabía a gloria. Padrino cortaba pan y me decía: ¡niña, come! Su voz y su amplia sonrisa se correspondían con su corazón. El mayor aliciente del viaje, sin contar la hora de la mesa plena de varones hermosos, era que me subiera con él en la carreta. Y escuchar el crujir de las ruedas de madera sobre el camino, sentir el paso acompasado de los bueyes, observar la coyunda y mirar la mansedumbre de tan grandes y respetables animales. Otros estímulos eran ir a coger habas o cortar alcachofas llenas de rocío; ir a los grandes nogales, allá por Monte –adonde hoy están los aviones, porque aquellas tierras le fueron expropiadas a mi padrino en tiempos de Franco para hacer en ellas el aeropuerto malagueño-. Y el encanto del regreso era, para mi padrino, haber revisado el riego de sus campos, para mí, haber experimentado en mi cara el beso del aire, en mis oídos el del silencio y en mi corazón el de la libertad. Me encantaba asistir al colegio de Don Pedro e ir de merienda con los niños a los llanos abiertos; dormir con la inmensidad de un cielo estrellado sobre mi cabeza; oír los gallos cantar las mañanas…

Pasar al Patio Adentro, por la pared que lindaba la casa de Mariquita y Baldomero, era ir lejos. Cruzar el arco, más lejos aún. Por eso, cuando despertaba en la casa del patio atrás, me sentía extraordinariamente lejos. Y me gustaba meterme en el almacenillo, adonde se dejaba secar el maíz para el grano, porque olía a las sayas de la mazorca, a las marañas de panocha, a los aperos de labranza, a jaeces y atalajes, a papas, a cosas buenas. En aquel almacén se podían correr caballos. Allí había de todo, una romana, maquinarias muy rudimentales, picadora de carne y avios para la matanza… olía a vida escondida entre la arpillera de los sacos. Ir con mi madrina al gallinero y sorprenderme con la puesta de huevos era una clase práctica de biología; observar los ojos grandes y piadosos de las vacas, oler a becerrillos, verles rumiar y ahocicar y abandonarse al destino, una clase teórico-práctica de filosofía.
Y es en la niñez donde todo se fragua, donde la luz parece más grande que la nada, pero el tiempo, que pasa y no conoce a nadie, nos deja a la inclemencia de nuestro devenir. Hoy ya nada es igual. No queda una casa en pie. Las almas sí, algunas, a base de recuerdos. Y los que sobreviven a todo este desastre, mansos como corderos, callan. Los portales de mi infancia hace mucho tiempo que desaparecieron y no quedan más que sus viejas palmeras y una mujer que escribe para hacerles justicia. Pero aquellos pavimentos de hermosos dibujos en las casas de los altos techos, las terrazas con ropa tendida y el olor a vida de la Finca de San Isidro, a toda aquella vida la han hecho desaparecer hace muy poco. Aún no han pasado a la historia. Por eso, porque en mi corazón queda un trozo infinito de ternura hacia los que me dieron la oportunidad de disfrutar y amar, de conocer ese rincón, de crearme bellos recuerdos y poderlos contar hoy, no quería dejar de pasar por alto un pasaje tan hermoso de la vida de muchos, de mi propia vida, y sí quería dejar el primer capítulo de su historia firmado con mi puño y letra. La nostalgia es una canción dedicada, un poema tierno; la nostalgia hoy se llama San Isidro.

Dedicado a mi padre, que cumpliría años mañana, a mi hermana, que mañana los cumplirá; a mi padrino, Manuel Luque Lavado, a sus hijos Maruchi y José Luque Navajas -que es mi cuñado también- y al resto de sus hermanos, en particular a la memoria de mi primo Manolo y, cómo no, a mis tíos María González y Federico Navajas con quienes viví San Isidro nocturno y emocionado porque era en su casa donde me quedaba a dormir. Desde luego, vaya para todos los que se identifiquen con estos momentos de mi infancia. Y como siempre, a mi madre y a mi hijo, que me adoraban, y a Pedro, Cristina y Dani a quienes adoro. Desde lo más hondo de mi corazón.
 
Mariví Verdú

jueves, 8 de mayo de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE. QUIEN NO MANTIENE LA REVOLUCIÓN A LOS CINCUENTA, NO ES NADIE

Doliente y de Occidente: Quien no mantiene la revolución a los cincuenta, no es nadie.

A estas alturas de la vida va siendo cada vez más difícil asombrarse y más aún sentirse ilusionado por algo, porque los cincuentones –en el artículo neutro y plural meto a todo Cristo viviente nacido por los cincuenta que ya está bien de arrobas y chaladuras- han aguantado mucho chubasco y han cabalgado a pelo el trayecto que había desde la cercana guerra civil hasta el trocito de tierra estéril adonde se sobrevive con menos de quinientos vocablos y mucho botellón. Por mi espíritu anárquico y dado a las complicaciones metafísicas, cada día resulta más complicado sentirme complacida en actos sociales. Sin embargo, ayer disfruté conociendo a un buen puñado de iluminados a los que puse cuerpo, voz y sonrisa. Eran mis compañeros virtuales, colaboradores todos de Diario La Torre Punto Com, cada uno con su particular locura y sus pies enraizados en una tierra que aman. Me encantó estrecharles la mano, hablar con ellos y compartir platos y copas, reír y tomar en serio la risa, y tuve la ocasión de dar la enhorabuena a los hermanos De Molina, quienes tan cercanamente dirigen este trabajo, que tanto mérito tiene, imprimiéndole tan importante carga de humanidad, solidaridad y respeto.

Primero estuvimos en el acto institucional, con todos los representantes políticos del pueblo de Alhaurín de la Torre, encabezados por Joaquín Villanova, alcalde singular, eficiente y bonachón. Un paseo por los dos años de vida del periódico digital, lider en la provincia, abierto por 10.000 lectores diarios y una conferencia de García Pérez sobre la Constitución y sus vivencias polacas que nos acercó a la reciente historia de España. Asistió una amplia delegación de los principales estamentos deportivos y empresariales junto a una alta participación social, por lo que estaba completo el aforo del Auditorio Vicente Aleixandre. Y como fuimos muchos, casi todos los colaboradores, y queríamos festejar el II Aniversario brindando y compartiendo, así lo hicimos. Lo natural, cuando somos tantos, es que la gente se reúna por afinidad en pequeños círculos para poderse comunicar con más atención. En el que estuve integrada estaba constituido por Pepe García Pérez, al que ya conocía y admiraba desde hace muchos años; Carlos Benítez Villodres, con quien compartí tarea de presidencia en la Asociación Malagueña de Escritores y a quien he seguido en su labor literaria; Antonio J. Quesada, que conocí minutos antes, a la salida del acto, en la puerta del auditorio, un joven escritor a quien ya tengo fichado por sus trabajos en el periódico; Jesús Manuel Castillo Ramos, que tiene tan buen corazón, y mi compañero de alegrías y penas Jesús González, otro buen corazón que comparte el pan conmigo. Y un buen rato que tuve bis a bis con Manuel Ángel Rodríguez García, un profesor que conserva intacta su risa, su matemática y su alma. Y Javier y José Manuel de Molina que, como buenos anfitriones, iban y venían de un círculo a otro con una amplia sonrisa y la tranquilidad del deber cumplido.
Vaya, que me metieron entre todos ganas de volver al mundo.
Gracias, amigos, quien no mantiene la revolución a los cincuenta, no es nadie. Quien se niega a mantenerla, que le den. ¿A qué sí, Antonio?
Por eso, aquí ando de nuevo, buscando en la palabra vías abiertas. Pero sigo doliente, muy doliente, y lo único que me alegra es que no haya cambiado vuestro talante y que la primavera sea hermosísima. Lo demás del mundo es para tomar mixto.

Desde la falda del Jabalcuza, un día que promete lluvia para las lechugas, Mariví Verdú

viernes, 14 de marzo de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE: LA PRIMERA MUERTE

La calle era una carretera que llegaba a Cádiz. Málaga era más intima entonces, más delicada y más pequeña. Había horizonte desde cualquier punto y se podía divisar todo lo que se movía desde cualquier lugar de la carretera.Se adivinaba un auto desde muy lejos. Eran los más esperados para decirle adioses. Una lenta carreta, un medio carro tirado por un centauro gañan de cualquier huerta, o un imponente coche de muertos -llevado por un número de caballos que era proporción directa al dinero del difunto- eran el tránsito asiduo de la calle. Y alguna bicicleta. O algún mosquito.

Una mañana de inicio del verano se vio venir algo que llenó a muchos de asombro y a todos de respeto. Era una carroza tirada por caballos blancos que, a paso lento, pasó con un vibrante y triste compás. Enterrada en rosas, la urna de cristal transportaba una flor tan pura y tan recién marchita que hizo estremecer los corazones. Hizo salir del umbral de las puertas a las madres y abuelas, cuajándose el mundo en un silencio tibio y perfumado. Los niños que estaban en la calle, quedaron como el aire de quietos. Recogidos los delantales y encogido el pecho por algo tan conmovedor, fue al unísono el santiguarse. Iban en el cortejo muchas mujeres con sus hijos pequeños, adolescentes niñas y jóvenes abuelas. Se respiraba la pureza. Era todo sensible, marfil, y rosas, y rosarios, y la mañana se volvió fresca y delicada como un nardo de espuma.

Se volvió a la faena con la voz apagada, y los niños en la calle sembraban esperanza.

Fue la primera muerte, la más dulce, la más pequeña muerte y la más blanca. Como un jilguero herido nos dejó el corazón. Y el aire, quieto, aromado de flores, nos saturó de sentimientos… Y un diluvio de lágrimas maternas atrajo al arco iris abriéndole a su virgen el obligado camino de la gloria.
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Este relato forma parte de lo que pretendía ser un libro de relatos cortos que titulé "Aquellos portales de la infancia" , un pequeño libro de vivencias que he desgajado como me ha dado la gana antes de que se dejara pudrir en un cajón. Está escrito mucho antes de que me marcara el hierro de la pena de por vida.

Mi corazón maltrecho, lleno de costurones y amansado, vuelve a rajarse hoy, a tener de nuevo la medida del vacío… Hoy, Viernes de Dolores, ante la pérdida de mi buen amigo José Sánchez Gutiérrez, Pepe Sánchez, guitarrista comareño, fiestero, flamenco, honrado y lleno de magníficas cualidades humanas y algunas que otras divinas, no tengo más remedio que llorar. Y me he acordado de que este relatillo se me quedó prendido en unas hojas de la vida llenas de ingenuidad y de fina tristeza. Algo parecido a nuestra amistad: honesta, clara, joven y llena de ideales. Algo parecido a la tristeza que hoy rivaliza con el honor. Tristeza de su muerte y honor de su amistad. Ay, la muerte, qué distancia más grande, que pasito más corto, amigo. ¿Qué podría regalarte, quitarte, bendecirte?

Hoy es un día en el que todo cristiano se prepara para la pena. Yo la tengo perenne, aunque me oigáis reír. Espero que sea cierto el Domingo de Resurrección. Sería justo, al menos, para todos mis muertos.

Desde este Jabalcuza adonde maduro a palos, Mariví Verdú.

Fotos Archivo Flamenco en Málaga.
Entierro del guitarrista Pepe Sánchez.
En la segunda foto y en primer término Antonio de Canillas y Andrés Cansino. Primaver 2008

martes, 19 de febrero de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE. 401 AÑOS DE AMOR EN CARNE Y HUESO

Me había propuesto escribir –como si no doliera hacerlo- sobre una de las obras humanas que más ha llegado al alma de los hombres y que, por lo tanto, algo de divino lleva en su creación. Quería hablar de El Quijote, de un Quijote cercano y tan indefenso como buen caballero armado de su virilidad, como mujer cualquiera en estado de gracia. El delirio que se entrevé en las páginas de El Quijote es el motivo de esta creación. La grata tarea que he asumido es la de contar qué siento ante el hallazgo. Y quiero decir que su autor y yo nos hemos elegido mutuamente para rehacer el mundo. Hay proyectos comunes que honran este quehacer. Yo creo en estos hombres. -¡Oh mano de los sueños, abierta al paso irremediable de la vida!
Este valioso libro, que tanto nos enseña, es, por arte de magia, retrato de los hombres y de las mujeres que recrea, poniendo forma al alma de cada personaje que transita en la obra, brindando un eterno punto de vista con escogidas facciones, alientos y texturas. Si Don Miguel viviera, yo habría procurado tener a tan insigne escritor en el haber amigo, con pródigos cuidados de amor y bacanales, y con el tiempo justo de la filosofía como buenos amantes de las sombras vencidas y de la luz perenne.

A modo epistolar y cumpliendo un antiguo deseo, intentaré dar rienda a todos mis instintos, por humanos, tan carnales como divinos. Levantaré las faldas de vuelo de la noche y escribiré en sus muslos lo que me venga en gana porque, secretamente, me vuelve loca el hombre de la triste figura. Aunque mi verdadero interés está en aquel que se adornaba con la gola de la genialidad.


Carta A Don Miguel de Cervantes de Victoria de los Ángeles “Condesa del Perchel”
Alhaurín de la Torre (Málaga)
29 de Junio de 2006

Honorable Sr.:

Espero que al recibo de ésta se encuentre en la Gloria Celestial, ya que en la gloria del mundo anda su insigne nombre y sus hazañas. Mi salud y mis sueños andan muy delicados, pero aún sigo en pié, gracias a Dios.

Después de tanto tiempo, Don Miguel, no han cambiado aquí nada, en esencia, las cosas. Hay molinos de viento desde Manilva a Cádiz. Con más de ochenta lustros, siguen siendo sus sanchos casi igual de imprudentes; sus quijotes, más altos pero menos quijotes y el amor abocado a la melancolía. Adrede de infinito, sigue el mundo rodando y la mujer sacando ingenuidad y argucias. Le diría que las formas y modos han cambiado. Hoy las ínsulas crecen, clónicas y vacías, pero nadie recoge la ironía con gracia. Andamos absorbidos por el tiempo y los euros - esa nueva moneda, igualmente maldita- y casi no se pronuncia la voz misericordia. La historia, como una muletilla, usamos u olvidamos. Persona alguna hace lo que hicisteis: reflejar fielmente el mundo y amasar arte puro con la lumbre precisa y en punto de cochura para la eternidad.

Hablar con y de usted humanamente, es decir, de sentimientos, del fondo que hay oculto y que a veces desborda, que sólo puede verse, con mucha suerte, impreso y que para palparlo todavía no hemos inventado nada mejor que los sentidos (algo que está escaseando bastante en los tiempos que corren) es una ingenua osadía . Eros y Quijote debieron ser vitales en usted, muy señor mío, porque así vino al mundo: desnudo, amante, hidalgo y sin fronteras. Debió de vivir tantas experiencias vitales, amores y presidios, viajes y batallas de las de cuerpo a cuerpo, de las que dejan manco, a bien que la cojera de los dos es menuda y de natural, porque ando como buena señora pero con sus mismos atributos y dolencias: ni grande ni pequeña, la color viva, antes blanca que morena; algo cargada de espaldas y no muy ligera de pies. Así también me describo ante su gratísima presencia que, sin usted saberlo, gozo desde muy joven.

Tendría unos doce años cuando nos presentaron. Advertí, señoría, ante Vd. tanto talento, era tan genuino hombre de letras y tan de trenzas yo, tan de colegio. La diferencia de edad y residencia nos impidió conocernos personal y profundamente, pero nunca dejé de pensar en sus hechuras, en la estela perfumada que iba dejando vuestra merced por doquiera que pasaba. Tendría que confesarle que en el tiempo justo de esta misiva es más leído su libro que la Santa Biblia, pero tal vez no deba hacerlo ya que a su condición cristiana más le molestaría que causarle gozo, pero quiero decirle que por ahí van las cosas. Sobrevive su obra, y los hombres acaso, acaso las mujeres, a su sombra delgada.

Era todo mi sueño ansias de descubrirle. Niñez, pubertad y adolescencia, un tiempo que hoy me parece ingenua ternura, y fue por ese tiempo que fui a dar con la gracia sutil de sus palabras, las que tan bien maneja y domina vuestra merced. Cuando tuve en mis manos “El Quijote” por primera vez, aquel lírico momento que derivó en romanticismo, me dejé disfrutar. Sería por los años sesenta, tiempos que no eran de veda abierta más que para unos pocos, cuando me llegaron sus primeras lecturas acortadas en ediciones escolares. Sus historias venían en un libro de la Editorial Luis Vives. Disfruté mucho con el vital entretenimiento de su lectura, en particular de algunos pasajes tan perfectamente descritos que -apoyados por sus precisas ilustraciones de H. Pisan o por el sentido que adquiría cada capítulo gracias a su diccionario y análisis- me hacían llegar lugares y momentos creíbles en los que me adentraba en carne y hueso. Risa y emoción, moraleja clara, todo tan preciso.

Como el paso del tiempo va despertando más sentidos, sabida la desgracia de que también se van muriendo otros tantos, y andamos preparándonos para el toro más marrajo y que nos espera a la vuelta de cualquier esquina, hay que entregarse por entero al disfrute de vivir. Es una obligación de cincuentones.
También debía andar su grata persona por los cincuenta cuando se puso manos a la obra grande, la que antaño festejábamos por sus cuatrocientos años de vigencia. Cincuenta espléndidos años que recapitulaban la historia de la vida. Y quiero decirle que llovieron homenajes a su libro de caballerías, cosa que era motivo de mi alegría, pero en mi pobre persona no habrán de decaer los elogios, ni la veneración, por más tiempo que corra. La fiel enamorada que suscribe, con sus cincuenta y dos años bajo el mismo puño y letra, lo toma como medio de su propio placer. Es casi igual que un vicio que engríe, tanto como el de necesitar cada día bolígrafo y papeles para sacar a luz mis sueños y dolores.

El que, como vuestra merced, guarda en sus ojos las cosas, más tarde sigue siendo un tierno adolescente. Tome a bien que le diga que hablaba su persona como un sabio y tomé su mensaje como el agua bendita de la entrada del templo: tocándome la frente con cruz y juramento, rozándola en mi boca por la sed que consumo, llevándola a mi pecho de fiel enamorada pendiente del destino.

Su humor, que fue grande cosa, le ponía un golpe de risa a lo digno del llanto. Su pluma, sueño mío, nos libera de la soga que oprime al universo.
Cuando quiero pensarle, recomponer el milagro de su vida, temerosa de Dios y con todo mi respeto a su persona, le imagino animado y lleno de faenas. Otras vislumbro en aquella cárcel su silueta cerrada, un dispuesto ángulo recto con páginas delante, triángulo pensativo con vértice de pluma. Y sin embargo ¡qué fértil su clausura!¡Cómo saliste airoso de aquellos momentos donde eras sólo un hombre con la vida por detrás de la puerta. Porque no eras cautivo, tu eras ágil como un pájaro vivo ante el sol de la tarde. No callaste ni a tiros. Y vaya valentía la de vuestra merced!

Tengo que confesarle, maestro, que más me valiera mi saya si hubiese escogido otra ciencia (si así puede llamársele) que la de la poética para poner mis ojos y mi entendimiento. A sabiendas de que no ha de ser vendida de ninguna manera, ni manoseada, ni publicada por las esquinas de las plazas ni por los rincones de los palacios, por ella respiro y por usted gozo, Señor de Alcalá, que reconoce públicamente que da honra, que no dinero, a quien vive para su cuidado.

Debo de estar, señor mío, emparentada con la familia de Don Diego de Aranda, que mi padre tiene los mesmos sentimientos que este caballero y corresponde a mí persona tanto la descripción que hace como la sufrida convicción de la inutilidad del hijo poeta. Tal parecen sus palabras, como salidas por la boca de mi padre. Y no dudo del amor que ambos progenitores profesan al hijo más débil y sin beneficio. Pero sabemos -vuestra merced y yo- que hay un don lírico que no se ha de dejar tratar por los truhanes, ni del ignorante vulgo, incapaz de conocer ni estimar los tesoros que en la poesía se encierran. Y nadie piense que se llama aquí vulgo solamente a la gente plebeya y humilde; que todo el que no sabe, aunque sea señor y príncipe, puede y debe entrar en número de vulgo.

Hace algún tiempo le dediqué a nuestro Rey este poema que con afecto le transmito, ya que quiero seguir en esta gracia que, aunque no me dé otra satisfacción que la de la lectura de los amigos, no me abandona ni de noche ni de día y me saca los sentimientos hacia fuera. Tuve el honor de recibir una carta de la Casa Real con su agradecimiento y espero que sea también del gusto de vuestra merced.

Privilegio es jugar en la partida
de Dios. Mano obligada por la suerte
que barajó la vida con la muerte
soltándonos la baza de la vida.

Debo estarte, Señor, agradecida
por éste corazón que late fuerte
y no tiene más don para ofrecerte
que un poema naciente de su herida.

Te pido que de espadas nos descartes,
que nunca brille el oro más que el hombre
y que suplas los bastos por la ley.

¡Porque sigas estando en todas partes,
por ésta tierra nuestra, por tu nombre
alzo la copa y brindo con mi Rey!.


Como bien decís y tanto me agrada, gran caballero, el natural poeta que se ayudare del arte será mucho mejor y se aventajará al poeta que sólo por saber el arte quisiere serlo: la razón es porque el arte no se aventaja a la naturaleza, sino perficiónala; así que, mezcladas la naturaleza, y el arte, y el arte con la naturaleza, sacarán un perfetísimo poeta.
Y he aquí que de vuestra merced, que llegó a conocer que todos los contentos de esta vida pasan como sombra y sueño, o se marchitan como la flor del campo, y de su docta palabra, me fío plenamente. Y no abandono mi quehacer poético.

Tienen todas, ésta y muchas más, razones de ser, mi enamoramiento. No es difícil sentirse atraída y llevarse a los sueños a quien tan fiel ha sido al amor y a las letras. A quien tan claro tiene sus sentidos. A Vos, el de más sutil erotismo, el que sabe despejarlo por ser fiel a su amada Dulcinea, mi corazón altisidoro le canta por lo alto

Amor, dolor y placer,
en el mismo sitio dan
el uno, y el dos, y el tres.

Todos podrán reconocer que es cierto. Esta trinidad tan asumida como verdadera, puede ser la causa física de los cambios de peso, de las locuras, celos y desviaciones que todo bicho viviente y sexuado sufre en su época fértil, y aún en las que deja de serlo. Difícil es vagar o cabalgar por los caminos del mundo con el deseado lastre del juego único y tripartito: amor, erotismo, sensualidad. Llegar aqueste mundo de Dios con una descripción fija y determinante es algo natural, que no se cuestiona, que la creación es la que manda en ser géneros, por encaje, distintos. Y estar vivo es, como vuestra merced conoce, ser andante, alegre o afligido, las más veces loco que cuerdo, y vencer muchos enemigos y desfacer muchos entuertos, mientras nadie deja pasar la ocasión, si ella es la de copular, por esa inclinación natural de la sangre y los genes.

Huir, se debe, del ocio, decía vuestra merced. Buen consejo y sabio. Mantenerse en vilo, pensante la cabeza y dar honra a las manos por artes o labranzas, es seña de conocimiento. Darse al amor y a la contemplación de la belleza es otro natural del vivo, que del muerto es el olvido y el silencio tan sólo. El amor y la tentación nunca fueron amigos pero siempre anduvieron juntos. Que cuando el peso y la edad lo propicia, con la masa adiposa justa, comienza la explosión de los sentidos y nadie más que vos, señor maestramo, que ha llegado a rozar la santidad y a honrar su principio, no sin tentarse por la carne, conoce como todo ser animado o animal es capaz de perderse ante los hilos de oro de unos finos cabellos y en la oscura noche de unos ojos. Y tanto en el tornado de un perfil deseable como en la color de unas tiernas mejillas. Y ningún ser viviente ha logrado zafarse de tal encantamiento. Si hubiera alguno, no lo creyera si me lo dijeran frailes descalzos.

Tanto quisiera y deseara mi persona que me contestara su voz, la de mi señor, o la conocida voz de Don Quijote, a un par de preguntas que rondan mi cabeza, que, si Dios no lo remedia, quedaré embebida por la incógnita, no sin antes imaginar el arduo trasiego y la lucha enconada qué llevó con la señora doña Rodríguez en aquella noche dura de la batalla y las fuentes ducales, o en la dulce mañana de las niñas de oro, las que pusieron redes de lazos verdes para los pajarillos, cuando iba su sueño por el bosque con el fiel vasallo y escudero Sancho, aquel que se perdía con las cabras.

Tanto podría contarle a vuestra merced, en calidad de mujer, de las maneras y modos que usamos las habidas y por venir, dado el montante de años, vicisitudes y laberintos del amor que ésta, su fiel seguidora y humilde persona, ha sufrido en sus carnes, que bien podría dejarle talmente sin sentido por cuánto le desvelaría de los atributos que a la mujer atañen. Básteme con saber cual fue su trato para con las damas que sobra con ello para honrar su memoria. Dejemos para la posteridad el quid de tal secreto que, por incuestionable y mágico, no debe ser desvelado.

Por fortuna, hay una lectura individual de Dios y del hombre para cada ser vivo. Una lectura que deletrea el alma del lector y lo desnuda en su profundidad, dándole respuesta propia a la voz universal que interpreta la vida y, por ende, a su Quijote: un manual del hombre para el hombre. Su obra magistral, cumbre, confesión profética que vale para ratificar mérito propio al rey de la creación.

Mi voz, que no podrá llegarle más allá de mis labios, es una voz perdida en el caos del mundo y pervive en estas letras que le dedico, donde queda atrapada, tan real como ilusoria, la voluptuosidad de mis sentidos que conjugo con el verbo virtual y la pureza, dando un tul especial a la condición frágil de ser humana y otorgando al posible pecado la calidad de virtud. Que Vos, ya antes que yo, debió hacerse preguntas masculinas con los ardores propios de un caballero andante, y al igual sublimó los dones divinos como los de la carne. Tenga a bien el atrevimiento de esta carta, ya que el amor hace puros a quienes lo sienten.

Tantas cosas quería contarle, querido maestro, que aún hablando de todo, todo se me queda en el tintero. Mi vida, que nos es mía sino de la Providencia, dedico a las palabras y a honrarle tantas veces como dicta la voz del minutero. Gracias a su virtud, muy señor mío, camino por la senda que nos dejó marcada, a la espera de ser digna de cobijo en el pecho divino, en la voz de los hombres, junto a Vos algún día.

Siempre en su poder, mi corazón.


Un día, de los calurosos del mes de Junio. Lo firmo. Vale.

(Fue enviado al II Concurso de Relatos de Alhaurín de la Torre
firmado como Victoria de los Ángeles) Salud, delatorreños.

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