viernes, 23 de septiembre de 2016

DEL OFICIO DE ESCRITORA, por Mariví Verdú

Ha llegado un nuevo otoño, un otoño caliente pero que ya pide la sabanita por la noche, que se demuestra que lo es acortando los días, amaneciendo tarde y tiñendo de oro cuanto toca. A mi me hace barrer más pero es una gloria de vida lo que barro: papelillos de seda del jazmín, ombliguitos rosas de la ricasoleana del garitón, las hojas amarillas del limonero y las estampadas de las yedras: mitad pardas, mitad piel de leopardo. No sé quien me dijo que, si Dios existía, se encontraba en un jardín. Puede que así sea y esté mimetizado con un cactus. Donde sé que no está es en la mágica mimosa púdica. No es sensible al tacto de nadie...

Un verano dedicada a la escritura y un inicio de otoño a barrer hojas me parecen un presente que no merezco. Un intenso y largo verano de silencio creativo tenía que desembocar en un otoño silencioso barriendo hojas. El ciclo de una escritora se completa siendo barrendera y sin embargo no he podido barrerme los desechos de este verano candente que aún no quiere apagarse: no cesa esta angustia, este dolor inagotable donde los niños muertos me susurran al oído. Ni cambia de color el puño de las hachas de guerra. No es blanca la paz.

Espero, escoba en mano y palabra en alto, que caiga de una vez esta tristeza seca y muda que me inunda el alma.

Desde El Garitón, con la angustia en los labios, Mariví Verdú

lunes, 1 de febrero de 2016

TIEMBLA LA TIERRA

A veces lo más oportuno es guardar silencio. Casi siempre. Pero mi madre me enseñó aquel refrán castellano que dice: el que calla, otorga. Aún no lo he olvidado. Por eso tengo que hablar o de lo contrario se me encharcarán las palabras como tengo encharcada el alma de tristeza.

Hace bastante tiempo que no tengo ganas de escribir más que lo dicta mi imaginación, que solo tengo ganas de mirar el campo y ver la constante evolución de lo verde, la sencillez del ciclo eterno de la vida que pasa por el proceso obligatorio de la muerte para renacer en el amarillo, tan bello como agrio, de las vinagretas, o en el rosicler de los almendros, tan dulce y jubiloso. Sin embargo, cuando me entero de las cosas que nos ocurren -digo nos porque el mundo es redondo y hoy es todo tan cercano que la vecindad pasa por polos y trópicos como por la acera de enfrente- no puedo quedarme en silencio. La noticia con la que nos fuimos anoche a la cama fue la más terrible que he sufrido en mi vida: la desaparición de diez mil niños exiliados en Europa. Y me pregunto: ¿Cómo podremos dormir ni hoy, ni mañana, ni nunca más? ¿Dónde están los niños? ¿Qué pasa en esta Europa de la abundancia? ¿Quiénes son los malditos zopencos que la habitan? ¿Dónde la civilización occidental? ¿Dónde la justicia social y la comunidad europea?

Nadie con corazón podrá conciliar el sueño. Yo no he podido ni el sueño ni la vigilia de esta mañana inundada de sol de febrero. Nada puede distraerme el dolor. Porque son tan inexplicables los motivos de tal barbarie que hace tanto daño la noticia como las excusas que dan para exculpar a los verdaderos culpables de la masacre : que si la trata de personas, que si un destino de tintes sexuales, que si sabe Dios... Al final me tengo que acordar hasta del Papa y preferiría que se tragara sus palabras y existiera el infierno. Por lo menos me quedaría un leve consuelo para estos seres sin alma que lo toleran, lo divulgan y quedan inactivos como si las noticias fueran tan superfluas como quisieran acostumbrarnos. Como si nada fuera trascendente... Qué horda de demonios habitan el planeta. Luzbel se queda mamando.

De nada vale morbosear con los probables destinos de sus vidas. Ellos solo tendrían que pensar en ir al colegio y reír mucho y de todo. De nada vale hoy que el rey hable con tanto don nadie ni que se mueva la tierra debajo de nuestros pies dos semanas seguidas. Poco tiembla la tierra para lo que tendría que temblar...

Anoche se me volvió a romper el corazón como pasara diez años antes, anteayer, con la muerte de mi hijo, solo que esta vez podíamos haber evitado el horror que están sufriendo estos niños exiliados por nuestra injusticia. Solo con que los humanos, esos que quieren ostentar tan maravilloso título, lo fueran, hoy habría diez mil risas para celebrar febrero y una más con la mía.

Desde El Garitón, impotente, con todo chorreando de tristeza, hasta los almendros,
Mariví Verdú

sábado, 17 de enero de 2015

RODAJE EN LA ISLA: LOS CENTURIONES (MANDO PERDIDO), por Mariví Verdú

Recuerdo cómo desperté ese día. Estábamos en 1966. Mi padre, con sus ojos de noche con luceros, se acercó a mi oído proponiéndome faltar a clase porque quería darme una sorpresa, una sorpresa muy especial. Pegué un salto de la cama y me vestí en dos minutos. Me subió en su moto y nos fuimos tempranísimo. Mi padre trabajaba en el Taller de Material Fijo de RENFE, en La Isla -un barrio que poca gente recuerda y en el Archivo Municipal no conocen-, y entraba al ser de día. Al llegar vi muchas caravanas dispuestas en semicírculo en aquel llano terrizo. Y me quedé en el escalón mientras veía amanecer. Mi padre hablaba con sus compañeros sin haberme descubierto aún de qué se trataba. Yo tenía 12 años y la curiosidad me podía. Me llegué hasta la cabina más cercana al taller y en la puerta ponía: Alain Delon.

A mí me temblaron las piernas. Yo amaba el cine y a esa edad todos tenemos nuestros prototipos, nuestros artistas, nuestros líderes... aunque Delon no era el que más me atraía. Mi afición al cine venía de familia. Mi padre fue cámara del Real Cinema muchos años y cada noche le llevábamos el pañillo y nos chupábamos una película desde las mini ventanillas que tenía para observar la proyección y el buen curso de la cinta.

En la puerta de la caravana siguiente decía: George Segal. No sabía quién era. Y en la otra, Maurice Ronet ¡Dios mío!; Anthony Quinn... Ay, cuánta emoción.

Salí corriendo para darle las gracias a mi padre y entonces me enteré. Se rodaba la película Los centuriones, también llamada Mando Perdido. Regresé  a la calle como cazador a la espera de presa, resguardada, acechando o moviéndome con sigilo para cazar el autógrafo y saber que los que yo admiraba en el cine eran de carne y hueso.

Me asomé a la ventanilla de Delon y cuál sería mi sorpresa que abrió en esos momentos la cortina encontrándome con aquellos hermosísimos ojos verdes -lo más bonito que tiene- y un poco más y nos morimos los dos: el del susto, yo de la impresión.

La gloria estaba por llegar. Sobre las doce apareció una mujer por mitad del llano, entre cámaras y rodeada de mucha gente. Entre ellos venía Quinn, el hermoso Quinn, y Ronet, el bello Ronet. Era Claudia Cardinale, con la ropa rasgada y sucia -era una película de guerra-, tan alta y exuberante que cuando la tuve cerca supe lo que era un “peazo de mujer”. Era una diosa morena, con esos grandes ojos que no se olvidan, con aquella boca perfecta que cuando me sonrió me di cuenta de lo que era la belleza. También supe que  nada tiene que ver con la simpatía. Fue la única que no me firmó el autógrafo. Y Quinn, con aquella franca sonrisa que me echó al coger mi bolígrafo...Y el más guapo de todos, George Segal. 

Mi padre seguía trabajando y estuvo en el emisora de RENFE hasta el mediodía. Yo, en el escalón, con mis postales firmadas y deseando llegar para contarlo. Me subí en nuestra Lambretta -sin casco ni nada-, me abracé con fuerza a mi padre y no sé si llegue volando pero volando iba.

Desde El Garitón, con más frío que lavando rábanos, Mariví Verdú.

sábado, 28 de junio de 2014

LA DEMOCRACIA DE LOS CAMALEONES

Ya que esta mañana me he levantado con ganas de escribir, aprovecho. No tengo últimamente ganas de casi nada. La vida va transcurriendo y los años pasan por encima de mí con la misma cruel normalidad que a cualquier ser, léase normalidad como imposibilidad de ir contra corriente en la obligación de envejecer. Pero eso sólo en lo tocante a la ley física-química de la materia, por lo demás sigue viviendo en mí el mismo alma, inconformista y pacífica, de mi despertar al mundo, allá por el tiempo de la revolución de los claveles, hoy tan disciplinados como engañosos. Echando una amplia ojeada a la historia y una menos amplia hojeada a mis textos, sigo protestando. Y lo  hago porque tengo la sensación de que nada ha cambiado. Bueno, sí, mi aspecto exterior y el de los que me rodean, la horrible remodelación urbana malagueña y las autovías pero siguen mandando gente que no sirve, sigue hablando gente que no sabe y siguen mangoneando una pandilla de feísimos que pagan con nosotros la mala leche que anida en sus carteras y alcancias, ya que ni siquiera sus padres les quieren porque no paramos de cagarnos en ellos. Bueno, ahora van a cambiar algunas caras por gente mas atractiva... -eso lo hacen para seguir jugando con los imbéciles que creen que somos-.

Como amante que soy de la palabra, adoradora de la poesía y amiga de los que llaman al pan pan (si puede ser, cateto) y al vino vino (si puede ser, dulce y de los Montes), sería una estafadora si callara en tiempos en que la dosis de libertad nos la dan con cuentagotas en un engañabobos que se llama democracia, una bonita palabra con piel de camaleón que encumbre mantos de armiño, trajes de militar, togas y sotanas. Ante la realidad, opté por el silencio. Pero de nada vale porque el silencio solo sirve para oír música, pensar, crear y estar en los hospitales. Para lo demás existe una palabra que se llama revolución. Otra, denuncia. Incógnitas que despejarían acepciones impuestas de democracia como injusticia, deslealtad y sinvergonzonerío. Y este vocabulario, arraigado ya a fuerza de costumbre, hay que renovarlo por sensatez, vergüenza, justicia y libertad. El despotismo hay que airearlo a los cuatro vientos. No se puede vivir más en el día de la marmota, no se puede comer ante un telediario sin que te den arcadas, no se puede seguir siendo obcecadamente cristiano porque hay prójimos que no se merecen nuestro amor (desde luego no volveré a poner la mejilla para que me la hostien).

Visto lo visto, quisiera que el hombre volviera a su razón, da igual retomar el trueque, el pastoreo o la primitiva agricultura, pero que nos devuelvan las semillas de tomate sin transgénicos ni leches. Qué nos devuelvan la dignidad y una desnuda y transparente democracia en la que nos miremos todos. Paremos el embrutecimiento del exceso y retomemos la capacidad de decidir nuestro futuro, esa a toda costa, con la renovación de la cultura y la revolución de los corazones, con ese vuelco necesario que el pueblo sencillo y humano demanda. No tengo ninguna receta maravillosa, qué más quisiera yo, pero aprended a escuchar, en silencio, la conciencia. Todavía existe.

Desde El Garitón, con la pena de no tener un antídoto para el veneno de esta clase de bichos políticos, Mariví Verdú

viernes, 14 de febrero de 2014

Coachings para el suicidio

Me gustaría saber en qué escuela han estudiado estos feísimos de los perros que nos están llevando a la catástrofe. Maldito sea el curso intensivo que les dieron en sus partidos, en sus masters de empresa y algunos la maldad diluida en la leche que mamaron para llegar a sus puestos, puestos de coachings de suicidio, un suicidio colectivo que están poniendo en práctica en su propio país, en el nuestro, bajo el genérico de “democracia”. 
¡Malditos sean junto al dinero que han robado y que roban, así se les volviera una gusanera que les comiera el hígado y el corazón!  Así se vieran todos ellos un día pidiendo limosna y no tuviéramos ni pan para darles, ya que han desterrado la caridad y la piedad de su perverso y progre lenguaje y no han sido capaces de suplirlas con la preciosa palabra “justicia”. No nos han dado nada, al contrario, viven a costa nuestra con unos altísimos sueldos por tocarse los genitales. Y no solo hablo de polítcos, que también, hablo de banqueros, directores de empresas -que deberían ser servicio público-, de los que, bajo su parcela de poder, se lucran con lo que no les pertenece. No dan ni agua. Que, por no dar, ni lástima les damos,  solo saben llenarse las barrigas y los bolsillos con dinero de las arcas públicas y hablar con muchos ceros, muchísimos, mientras ven cómo morimos. Su única hacienda es jugar con nuestro porvenir y el de nuestros hijos y nietos entreteniendo el tiempo con una burda dialéctica que nos tiene a punto de reventar como un siquitraque.
Solo me alegra que no se puedan quitar las odiosas caras que tienen y que todos reconoceremos de por vida y que no se podrán salvar de una muerte segura, como todo quisqui. La historia no les perdonará, por mucho que dirijan a su favor la prensa y los demás medios. No les perdonaremos ni después de muertos. 
Para sentenciarlos uno a uno, voy con una letra que cantaba mi buen amigo, flamenco él, Cándido de Málaga.

Dicen que muere rabiando
to aquel que tiene dinero...
solamente con pensar
que todo lo que ha ganado
otro se lo va gastar.

Y acabo con una mía, en la que abandono cualquier ideal político que hubiera tenido antes porque, a través del tiempo y habiendo vivido en dictadura, en centro derecha, en pseudo socialismo y en derecha dura y siniestra, considero que todos son lo mismo, una pandilla de mamarrachos que han adorado la monarquía, que fuman puros y dirigen multinacionales, que gozan de unas pagas que tendrían que gastar en bicarbonato, que nos han llevado a una guerra, la peor de todas, contra nosotros mismos:


No voy a darles el gusto 
de seguir como hasta ahora
que no es amiga una mano
que pone al cuello la soga.

Desde este Garitón, sabiendo valorar el trabajo que cuesta tener en las manos una papa, Mariví Verdú.

ANTONIO MONTIEL, ESCUDO DE ORO del Rincón Flamenco de Las Castañetas, por Mariví Verdú

Un día más la magia tuvo su cita en nuestra peña, en el rincón del cante más flamenco de Málaga, en Las Castañetas. Ayer se concentraron all...