Me he levantado a hacerme un poquito de café. Al tiempo que se calentaba la leche, he puesto en la tostadora una rebana de pan, he pelado un ajo y he echado un platillo con aceite. Por unos momentos he pensado en la inutilidad de lo que escribo, de todo lo que hago salvo el hecho de estar preparándome el desayuno, del aquí y ahora. Recapacitando doy la importancia precisa al hecho de ser libre para cualquier cosa que se me ocurra, pintar, leer, reír o blasfemar. Encadenando pensamientos empiezo a elucubrar buscando a quién dirigir mi agradecimiento. Casi me pierdo el momento mágico: raya el alba. A través de la ventana de mi cocina observo un leve resplandor perfilando los montes, tiñendo el cielo de un tono azul violeta encendido que no tengo en mis lápices acuarelables. Ni en mis óleos tampoco. Sé cómo conseguirlo en una melangé que siempre resulta sin fulgor por mucho que logre acercarme a la tonalidad. En pocos minutos se ha inundado el cielo de malva y al volverme al escritorio ya habían tonos rosas y naranjas por donde se espera la inminente salida del sol. He aquí el día.
Bajo la luz todo va cobrando los volúmenes perdidos, la profundidad oculta, los matices exquisitos que solo la pátina del amanecer sabe dar a las cosas. Esta madrugada estaba sumamente triste, una tristeza sin motivo preciso y sobrada de ellos que me incitaba a despotricar del mundo y del humano, a cagarme en todo lo pseudo, particularmente en la pseudoamistad y la pseudofamilia, esa carga que todos soportamos en alguna medida y que no sirve para nada más que para lastrarnos la vida. Esa gente que espera de ti lo que nunca fue capaz de darte. Sé que para continuar avanzando hay que olvidar a los impíos (hablo de piedad) y materialistas que vinieron a la vida de una a demostrar lo poco que merecen la pena, a regalarnos una tristeza con la que convivir hasta la hora de la muerte. Desechando estos desgraciados pensamientos, vuelvo mis ojos al cielo amanecido y me doy cuenta de que hoy va a estar nublado pero, aún así, procuraré salir al día con la frase de Horacio entre los labios: Carpe diem.
Sé que seguiré dejándome la piel en lo que hago, me importa un bledo si me leen, si le interesa a alguien lo que pinto, lo que opinen o dejen de opinar de mi trabajo, y seguiré porque cada uno vino aquí a algo y yo he venido a esto, a lo mío, a mi vida, a sacarle al día las pequeñas cosas que hacen que la propia vida sea singular y no de rebaño.
Y a seguir dibujando amaneceres.
Desde El Garitón, con las amarilis decapitadas sobre el fértil lecho del huerto, Mariví Verdú












