martes, 10 de mayo de 2022

OLE TÚ, GITANILLO, POR SIEMPRE, AMÉN, por Mariví Verdú


Luis Santiago Amador
es flamenco porque puede,
guitarrista y el mejor
cantaor que ha dao Vélez.

Tiene su sello
mi Gitanillo
de buen veleño.

De mi trabajo ganador “Por los almendros” 2019


Querido Luis: el pasado sábado, día 8 de mayo de 2022, me dieron la noticia de que no habías despertado de tu sueño, la triste noticia de tu despedida y el consuelo de que la vida te dejó sobre tu cama después de haberte bendecido. Sé que te dijo un secreto al oído que ayudó a realizar tranquilamente tu viaje. Un secreto no, porque yo lo sé y lo sabe todo el que te quiere. Te dijo dos cosas que te honran: que te quiere y te ha querido muchísima gente y que tu voz resonará en nuestros oídos con esa calidez de la que tú hacías derroche porque así eras, cariñoso, cálido, grande y único.

Quiero escribirte esta carta desde que estuve la última vez en Vélez Málaga. Iba con una excursión cultural y no pude veros ni a ti ni a Evaristo y hoy me pesa no haber roto las normas porque la vida es así de caprichosa y decide cuando será la última vez que hagamos algo y que en mi caso dejé por hacer. De pronto, en el lugar que menos he frecuentado desde hace catorce años, en lo que fue la peña más emblemática de Málaga, me dí cuenta de que has sido el primer cantaor, junto con mi querido Paco Padilla, buen aficionado, que cantó mis letras, aquellas alegrías que tan dichosamente compartimos. Gracias por ilusionarme en continuar escribiendo y hacer mis letras dignas de tu cante.

Aunque te admiraba desde mucho antes, nuestra amistad surgió desde la década de los noventa. Recuerdo cuando te escribí una escueta biografía para aquella primera página flamenca que creé, Flamenco en Málaga...qué momentos. Momentazos.



“...y, mientras los niños lloraban, él cantaba. Él niño era Luis Melchor Santiago Amador, el que hoy lleva por nombre su raza y por apellido artístico el pueblo que más quiere. El es “Gitanillo de Vélez”. Y canta desde que le alcanza el recuerdo.
Nació en Periana (Málaga) el diecisiete de mayo de mil novecientos cincuenta y uno. Ajárquico es como a él le gusta declararse, de la tierra de su origen, pero el tiene su origen en el propio arte y vino con un don desde la cuna. Quien le conoce lo sabe.
En su primera participación en concurso de cante, ganó un segundo premio. Fue en el Valle del Sol, en Álora, con una malagueña aprendida el mismo día, en la puerta de un bar, de voz de Diego “El Perote”.

Gitanillo estuvo, de joven, en América con Fosforito, Farruquito, Manuela Vargas, Chocolate y otras primeras figuras del arte flamenco.¡Cómo canta este gitano, cómo nos lleva adonde quiere, como nos hace recordar al inolvidable Chaqueta, con qué gracia, con qué personalidad!


Se pirra por los potajes, en particular el de hinojos. Y... hablando de comer: Luís me cuenta que en sus comienzos fue con una pequeña compañía por los pueblos en la que iba también un malabarista que usaba naranjas para su actuación. Qué hambre no se pasaría por entonces que, en un despiste del mago, Gitanillo se las comió todas.

Amén de ser un magnífico cantaor, es un excelente guitarrista. Una excelencia que ha heredado su hijo Luli, sorprendiéndonos cada día que pasa porque vive entregado a la guitarra, porque tiene madera y talento. Y es natural: toda su familia rebosa arte. Reme, su mujer; sus hijas Debla, Belén y Séfora, las abuelas y todos los genes... Viven en Vélez y todos caben en mi corazón.

Hace algunos años escribí unas letras por Alegrías de Cádiz, dedicadas a Málaga, y las escuchó Gitanillo. Me alegré mucho de que le gustaran y las hiciera suyas, ya que fue en su voz como realmente se acabaron de crear y desde entonces p ́acá las canta Málaga entera. Gracias, Luís, por regalarnos tanto arte.

Cuando me pongo a elegir
si el Perché o la Triniá
no me puedo decidir
si a los dos los quiero igual.

De San Pablo hasta El Carmen
yo voy rezando
y La Esperanza en medio
me está llamando.

Málaga, la tierra mía
es un regalo de Dios,
azul tiene su bahía
y nunca le falta el sol.

Qué bonita mi playa,
mi merendero,
mis espetos de caña
brillando al fuego.

El Puerto se ilumina
con su Farola
y yo me enciendo, niño,
con tu persona. ”


Son muchas las ocasiones en las que he coincidido contigo, mi querido Gitanillo, casi siempre por ser tu fiel amiradora y muchas otras, todas inolvidables, por ser tu amiga y por tener tantos amigos en común. Siempre he tenido tu respeto y cariño, tu voluntad, y sabes que siempre fue mutua.

No quiero alargar esta carta porque la remitente está triste y el destinatario, o sea, tú, estás lejos y a ese lugar es dificil que llegue otra cosa que el recuerdo de nuestra amistad, pero, como sabías lo que me gusta escribir y necesitaba hacerlo, he esperado a tener un rato de paz y de templanza para dedicarte unas letras que lleven mi más fuerte abrazo. Sé que hay un pedazo de cielo grande y azul como el nuestro allá donde te encuentras y espero que estés con los tuyos en la gloria para siempre como estás en la historia del flamenco y dentro de mi corazón.

*Me pasé toda la tarde y buena parte de la noche buscando fotos en las que estuvieras feliz y son muchas, muchísimas, pero como es imposible ponerlas todas ni decir todo lo que siento desde lo más hondo de mi alma, me limito a poner las que estamos jóvenes, guapos, y solo las que caben en esta carta.  Bastan para dar a entender mis sentimientos, el orgullo de conocerte y la tristeza  que me embarga.


Ole tú, Gitanillo de Vélez, amigo Luis, ole tú por siempre.
Amén.



**En la segunda foto, realizada en la antigua sede de la Peña Los Verdiales, Gitanillo tiene al lado una serigrafía de Eugenio Chicano que representa a tres grandes axárquicos: Salvador Rueda, Juan Breva y en el centro, en el mecedor, María Zambrano. Ahora no están ni mi querido Eugenio ni mi querido Luis, cinco axárquicos orgullo de mi tierra... cuánto vacío. ¿Cómo se puede llevar esto?

domingo, 6 de marzo de 2022

HASTA EL CORAZÓN DE EUROPA, desde el mío, Mariví Verdú

Son las dos y treinta y siete de la mañana. Acabo de mirar por la ventana buscando a esa luna creciente que hoy toca, pero no he dado con ella. En medio de un claro abierto entre las nubes he visto brillar la Osa Menor. Siempre que descubro tanta hermosura, lo verbalizo y en voz alta suelto un requiebro, ya sea ante un almendro, un rodal de violetas o ante la inmensidad de los cielos y sus luminosos habitantes. Me da igual que no me contesten o que me escuche alguien que ande cerca, es que no me puedo contener ante la dicha de estar viva y el placer que me suscita tantísima hermosura. Miro hacia el mar. La ciudad duerme en la orilla intuida donde encuentro, como de costumbre, el parpadeo de la farola, esa señal constante y cuaternaria que me dice que estoy donde tengo que estar. Observo que ha bajado bastante la contaminación lumínica. Aquellas viejas ascuas, que antes reverberaban intensamente sobre el agua de la bahía o en el fondo dormido de la hoya y que subían, despegando y singularizando, hacía los montes, se han vuelto pequeños píxeles, corpúsculos dorados, amarillos, anaranjados o blancos que se agrupan y donde destacan algunos puntos, pocos, celestes y rojos. Vivir sobre un monte y dominar con la vista este horizonte tan querido tiene la ventaja de sentirse alejada y cercana a la par, de estar fuera y a la vez dentro de algo más grande que la propia ciudad, la misma que me vio nacer y que tal vez no me reconoce después de tantos años de ausencia. La ausencia es una moneda de cruz triste pero tiene la cualidad de presentarnos su cara amable, precisa, inteligente, una forma nueva de la nostalgia que agudiza los sentidos y hace amar con más intensidad y disfrutar los momentos de acercamiento con una intensidad de último día. Málaga, que no dejó nunca de ser mía, es ahora mucho más mía que lo fuera en un principio, allá por mitad del pasado siglo, en el viejo paseo marítimo donde vi la luz primera, una luz que tanto amara Emilio Prados y que ha sido mi sombra y mi reclamo cada día de mi vida. Sí, tuve la suerte de nacer en la ciudad de la luz, a orillas del mar y en un edificio que albergara los sueños estivales de Lorca. Desde niña aprehendí la cadencia natural de las cosas, sí, desde el incansable compás de las olas hasta el ciclo de perfumado de los chilindros y viví los cambios de estaciones con los coleos de mi patio en los Portales de Gómez 62 y con la frescura que gozaban las coquinas en el rebalaje de las playas de la Misericordia...

El insomnio de hoy ha sido oportuno. He pasado toda la tarde tranquila, me dormí una reparable siesta y antes del telediario, afortunadamente, me había vuelto a quedar dormida. Oír noticias me produce un bajón tan grande que se me olvida escribir, se me olvida ser, pero verlas con la roja crudeza de la sangre, tener constancia del desastre que están viviendo los vecinos de Ucrania, del resultado de los bombardeos y conocer en directo tanta desgracia me devuelve al fondo de un abismo del que me cuesta trabajo salir al mundo. Tengo mucho miedo del presente, de la guerra, de lo que unos locos con poder  -que no se arriesgan a morir-, son capaces de hacer con todos nosotros. Tengo la sensación de que no ha pasado el tiempo. Hace solo cuatro años  denunciaba con estos versos otra pesadilla provocada por los mismos y con los mismos objetivos: hacer que muera gente buena, como tú o como yo, personas que solo quieren paz y trabajo. Y todo este desastre con el único fin de dominar los recursos naturales que escasean y al que ellos deciden el precio que ponerles aunque nos cueste la vida a todos.  

http://garboyflamencura.blogspot.com/2018/02/cinco-horas-por-marivi-verdu.html
http://garboyflamencura.blogspot.com/2018/02/versos-siria-por-marivi-verdu.html

¿Será por eso que he visto las luces a media asta desde mi ventana? No creo que sea por una reflexión colectiva de conciencia medioambiental.  Es el bolsillo, ese es el que de verdad nos hace entender y nos obliga a reducir gastos prescindiendo de todo lo superfluo. Resulta imposible seguir soportando el encarecimiento de la energía y tienen que pasar cosas muy graves para que los humanos cambiemos de actitud y dejemos de ser tan reyes y tan inconscientes de nuestro destino en la tierra. Ay de mi tierra redonda, qué sufrimiento tan grande te estamos provocando...

Vuelvo a mirar por la ventana. Todo está quieto, dormido, apagado bajo el manto de la noche. Sé que hay flores, acacias, olivos, pinos, montes y mar... Sé que hay narcisos y vinagretas, que retoñan las vides con botones rizados de un verde moscatel que endulza el aire, pero mi corazón necesita ser útil, curativo, cicatrizante: un beso, un apretón de manos, un abrazo solidario. Un hombro donde llorar. Una casa abierta. 

Desde este rincón donde la vida continúa, unas veces conmigo y otras sin mí, cariñosamente.

Fotos: Pedro Durán

miércoles, 9 de febrero de 2022

MIS QUERIDOS ALMENDROS, por Mariví Verdú

No me conformo con dejar pasar estos días como si no ocurriera nada haciendo caso omiso al acontecimiento precursor de la primavera: el florecer de los almendros. Tengo la suerte de tener tres a mi alrededor, sembrados por mi padre, con más de cuarenta años cada uno y es de un egoísmo insano y frustrante dejar tal espectáculo para mí sola. Los milagros hay que cantarlos, hay que celebrarlos, hay que dejar constancia de que han sucedido. Sé que a ellos les da igual lo que yo diga o poetice sobre su ciclo eterno porque son dioses y todo les resbala. Ajenos a mi presencia, a mis dolamas, a mis inclinaciones y sueños, florecen como cada año llenando el aire de rosas claras, confirmación de la Naturaleza, rebosantes de esplendor. O tal vez no, tal vez me reconozcan cuando camino de noche bajo la luna a cerrar la cancela, o sin luna, ayudada con la linterna, porque siempre les digo algo, siempre hay un requiebro, una fina melancolía: la nostalgia de lo que está por llegar. 
 
Anoche, al cerrar el portón, estuve tentada de recoger los copos rosados que caían, empujados por el aire, a mis pies. Quise pensar que soy ya parte de ellos, que la poda ha servido -a pesar de sus amputaciones y de mi tristeza- para tal explosión de belleza, para que no se desperdicie su savia en vástagos inútiles, para que yo pueda despojarlos en verano de todos sus frutos, esas maravillosas almendras que cojo a solas o con mi gente querida en el rebusco, sus semillas mismas que me dan consuelo al verlas doradas y carnosas, listas para mi ajo blanco y mi pepitoria, para tostarlas con sal y disfrutar de la vida. 
 

Durante muchos años he dedicado canciones a mis almendros ¡oh, árbol del paraíso!, los he retratado, los he mimado y compartido con familia y amigos; cada uno ha probado sus dulces almendras y todos hemos buscado en algún momento la tibieza delicada de su sombra. Yo les he rogado que me tengan en cuenta para mi hora final y me dejen a sus pies hecha ceniza, echada para siempre en ese dúctil aposento de tierra conocida. 
 
Nada mejor que dejar la limpieza, las obligaciones, el miedo y el porvenir aparcados un rato para sentarme a cantar las delicias que la vida me ofrece, que se me plantan delante diciéndome que existo, devolviéndome la esperanza, alegrándome la vida sin saberlo. ¿O sí? Sí que lo saben, desde este rinconcillo donde escribo, oyen mi canto, hoy más maduro pero tan apasionado como el primero; con más fervor porque el tiempo apremia; con más ingenuidad porque es involutivo; con la misma sorpresa y atención que lo hice desde que existimos en el mundo. 
 
 
Nada más hermoso en el invierno que este adelanto de la primavera, del cielo, de las rosas: el almendro. 

Desde El Garitón, donde paso mis días hábiles, mis espléndidos amaneceres, mis noches fecundas, mis madrugadas andantes y esas tardes en las que el cielo se inunda de naranjas mientras rompen su sedal joyante los luceros y esta luna creciente que sale desde mi calle y sube llevándose mis recuerdos a un lugar alto, Mariví Verdú. 
 
Para mi hijo, para Dani y Cristina, para Emma y para María Victoria Anaya, cariñosamente.

domingo, 14 de noviembre de 2021

QUEDAN MUCHAS FLORES POR NACER TODAVÍA, por Mariví Verdú

Ayer, sábado trece y extrañamente caluroso para estar a mediados de noviembre, me pareció uno de esos días especiales que te regala la vida y que aceptas preguntándote qué he hecho yo para merecer tanto... Sí, vino la luz llenándome las manos de cristalitos azules y romos, los oídos de canto de pájaros y colmándome el resto de sentidos de delicias varias, de risas y ternuras. El viernes por la tarde ya empezó la mañana de sol y todo cobró sentido con la preciosa sonrisa de mi Emma que solo tiene tres años; ayer, por la más vieja de mi familia: mi prima Julia que con sus ochenta y siete años sigue siendo divertida, intrépida y exultantemente guapa y alegre.  

Había hecho planes con ella para el domingo pero la cosa se anticipó y, sin rumbo fijo, salimos a quitarnos años de en medio.  Después de dar una vuelta turística por Málaga, desde el Paseo del Limonar hasta la carretera del Colmenar, de parar para retratar estas incógnitas que dibujaban los aviones en el cielo -foto que ilustra la crónica- y de reírnos como colegialas de mis despistes y de nuestros propios errores, le conté una historia familiar: la huída de mi tío Federico de un bando a otro en la guerra civil y de cómo se cayó desmayado después de tres días sin descansar, campo a través, con miedo, cruzando la provincia de Granada y la de Málaga hasta llegar a la Calle Pacífico donde vivían su tía Victoria y su novia María Teresa. Tres jornadas caminando de noche, escondiéndose de día, escaso de agua y sin comer lo tenían derrotado. Un hombre de más de un metro ochenta, débil, desnutrido, que vino a encontrarse con un tazón de puchero que le ofreció mi abuela Victoria, un caldo concentrado, recién sacado de la olla que hervía en su hornilla económica, cómo se desvaneció nada más entrarle en el estómago. Así estuvo durante otros tres días, menos mal que se había sentado en la camilla turca que mi gente tenía en un rincón de la sala, de lo contrario no hubiesen podido con él entre todas la mujeres de mi casa. Hablamos del episodio vivido por mi abuela y sus dos hijas, mi madre y mi tía María, en el cuartelillo de Falange por una falsa denuncia, fruto de los celos que a veces pueden llegar a ser motivo de odio. Este relato es un capítulo de mi libro “El poder de las cosas pequeñas” que pretendo publicar en 2022 si tengo salud y me alcanza el dinero. Julia y yo hablamos de su dilatada vida de trabajo y experiencias, mientras subíamos uno de los parajes que más amo de mi provincia: los Montes de Málaga, no en vano mi sangre llega desde el Lagar de Jotrón por la parte de mi abuelo materno, mi abuelo José. La verdad es que todo me gusta por allí, parar siempre en la perdida Venta El Mirador y recordar con inmenso cariño a María Gaspar Postigo, pero pasar la Fuente de la Reina es mi delirio. Como era natural, fuimos a parar al Puerto del León, a 900 metros sobre el nivel del mar, y a la venta que ostenta el nombre del puerto y que es una de las mejores del mundo. Allí están Paco y Victoria, sus hijos Paco y Jorge, sus nueras y sus nietos -bienvenido, Miguel, precioso el Benjamín- un nuevo miembro de la Familia Chinchilla, tan querida. 


Bajamos con un dulzor de flan de chirimoyas en la boca y disfrutando cada curva del camino de vuelta, el paisaje no estaba nítido pero a pesar de la brumilla a Málaga no le falta de nada, sigue en su sitio, siempre nueva como diría hace años -en mi parte de alimón- en “Azogues Malagueños”: "Las luces que desprendes son las mismas, las del génesis claro, día primero." Las demás cosas que pasaron y que omito no tienen poesía.

Al despedir la tarde, mi amigo Juani Soler, tan noble como generoso, me dijo que me llegara a su finca a recoger naranjas, aguacates y mandarinas de su cosecha. Al llegar, un besito de su nieto deja en mi rostro su ternura y su inocencia y me siento feliz. En un hogar tan familiar nadie puede sentirse desdichado. Su hermana Mari Carmen, que se alegra de mi vuelta al ruedo, me pide que escriba cosas más alegres, que no esté triste. Pues no estoy triste, Mari Carmen, estoy viva y la vida es alegre y triste a partes iguales, lo que me pasa es que la balanza a veces se descompensa y no puedo decir lo que no siento. Mira por dónde, hoy todo se ha puesto a mi favor y la balanza marca la flor de la alegría. Hoy va por tí, Mari Carmen, y por mi hijo Pedro, mi Cristina y mi Dani que pasaron un día maravilloso en Aldeanueva de Barbarroya -a casi quinientos kilómetros-. Va por Julia y por Emma. Y por Miguel Chinchilla.

Hay mucho que vivir todavía, muchos cristalitos pulidos que recoger del rebalaje y quedan muchas flores por nacer, en El Garitón y en las hojas de mis libros inéditos, encapullados, locos por estallar.

Con los ojos niños, Mariví Verdú


viernes, 12 de noviembre de 2021

LA HERMOSA CLARIDAD QUE SUBE DESDE EL MAR Y NOS HACE A TODOS DE COLORES, por Mariví Verdú

Es muy agradable sentarme a escribir por puro agradecimiento, emocionada, exaltada por el placer que me ha proporcionado la música y relajada como solo ella consigue dejarme. Esta mañana, frente al televisor, ese aparato que últimamente se ha convertido en diabólico, me he sentido alegre y llena de esperanza. Todo un milagro gracias a la 2. Los Conciertos TVE2 siempre nos ofrecen una buena programación pero la de hoy ha sido muy especial, novedosa, didáctica: Bioclassics, una hora de creatividad que me ha causado una agradable y gratísima sorpresa . Ésta plausible iniciativa es obra de Sheila Blanco Gutiérrez, salmantina de treinta y nueve años, cantante y compositora española, además de comunicadora y divulgadora cultural, muy conocida por fusionar textos con música, tanto clásica como pop, rock, folk y jazz, creando una simbiosis entre lenguajes artísticos, con un estilo muy personal. Asimismo, su trabajo está muy enfocado a la reivindicacion y recuperación de escritoras españolas, como las poetas de la Generación del 27 de las que ha realizado cuidadosas adaptaciones musicales de sus letras. Sheila ha conseguido en este trabajo acercarme a la vida de los autores clásicos a través de sus obras y títulos más representativos, cantándome su biografía a compás de títulos conocidísimos de talentos como Händel, Schubert, Ravel, Vivaldi, Tchaikovsky, Wagner, Beethoven, Bach y Brahms.  Vaya mi más sincera felicitación a Sheila Blanco y a la Orquesta Sinfónica de RTVE dirigida en esta ocasión por el soriano Carlos Garcés, a los Conciertos de la 2 y al programa que han ofrecido esta mañana desde el Teatro Monumental de Madrid.

Esto ocurrió el sábado 17 de octubre y escribí con ferviente deseo de dar gracias por lo aprendido y disfrutado pero se quedó tan solo en deseo y en archivo dormido en mi escritorio. Hasta hoy he estado desconectada de la red, no he podido usar ni mi ordenador ni he disfrutado de wifi, ni de impresora, ni de datos libres en mi móvil...bueno, ya sabéis cómo va esto. El cable de telefonía tenía casi cuarenta años y dijo a morir y se murió. El pasado 28 de octubre pusieron dos postes de ocho metros en mi finca para cambiar el viejo cableado de Telefónica por la fibra óptica de Movistar y aquí ando de nuevo, después de tres largas semanas, de vuelta al tajo, a hablar sola en el silencio, a mandar pensamientos sabe Dios dónde, a convencerme que esto sirve para algo más que para satisfacer una inclinación natural -llamésmole pérdida de juicio, tendencia a la locura o al narcisismo...- vaya, que no es una obsesión como otra cualquiera. La cuestión es que sigo aquí, inmersa en un silencio colectivo, voceando palabras a los cuatro vientos y creyendo que el mundo empieza y acaba en mi portón y solo me utiliza para llevar su cruz. Y su estandarte.

No me he alterado demasiado porque creo haber aprendido a asumir los cambios con una naturalidad que solo permite la vejez o su antesala. En solo un mes ha cambiado la fisonomía del mundo, la triste historia del mundo y la concreta del mío, de mi entorno, de mi casa, de mi vida. La casa se me ha caído literalmente encima, era muy vieja ya, y mi templo, ese lugar que alberga mi alma y que hace aguas por todos lados, también ha dicho aquí estoy yo. Liada de médicos y de especialistas, soy una real porquería. Una más porque todas mis amigas tienen achaques, cuando no por sí mismas, por sus hijos y nietos, por el uso que los demás hacen de su tiempo, por el poco respeto que tienen a sus vidas. No es mi caso pero sufro con los otros porque me importan. Todos mis amigos se van yendo despacio, utilizados hasta la saciedad por hijos tiranos que les han absorbido la salud, consumidos por enfermedades que padecen en la más absoluta soledad, sin respeto a sus muertes ni al legado que han dejado a base de sacrificios y trabajo. Ya solo toca esperar el número de orden que me tocará a mí, yo no sé, nadie lo sabe y menos mal. Mi madre decía que lo mejor que estaba dispuesto en este mundo es eso, que todos tenemos que pasar por ahí. Mientras llega el día -espero que tarde mucho tiempo-, no dejo de bendecir cada amanecer, es un verdadero regalo, un lujo: los días están contados. Tampoco dejo de dar gracias por todo lo que ha hecho de mí la persona que soy y por sobrevivir a tanta dosis de tristeza. No puedo entender que haya gente tan desagradecida en este mundo como para no valorar la hermosa claridad que sube desde el mar y nos hace a todos de colores y no padecer ataques terribles de tristeza.

Sé que tengo familia y amigos a los que les importo, sé cuanta gente me importa a mí y sé que vivir se conjuga solo en presente de indicativo pero viva siempre en mi corazón el pasado hermoso y el futuro esperanzador para afrontar la vida que me queda con la dosis justa de alegría y la tristeza justa que me otorga la razón.

Desde El Garitón, pidiendo la sagrada lluvia, Mariví Verdú. 

Madroño de Belvis.
Foto de Pedro Durán.

ANTONIO MONTIEL, ESCUDO DE ORO del Rincón Flamenco de Las Castañetas, por Mariví Verdú

Un día más la magia tuvo su cita en nuestra peña, en el rincón del cante más flamenco de Málaga, en Las Castañetas. Ayer se concentraron all...