lunes, 26 de julio de 2021

ANA PEREA PÉREZ, IN MEMORIAM, por Mariví Verdú


Desde el pasado 19 de julio descansa en paz Ana Perea Pérez, la bisabuela Ana, después de una larga vida repleta de amor, valentía, buen carácter y conocimiento. Hoy, una semana después de su fallecimiento, recordándola en el día de su santo, quiero dedicarle mi pequeño homenaje en señal de cariño, admiración y respeto, un reconocimiento elaborado con palabras que es lo único que tengo siempre a mano y con lo que mejor puedo tejerle una labor para su ausencia, esa que no vemos pero que sentimos en lo más profundo de nuestros corazones. Hoy más que nunca, su huella y su falta se vuelven urdimbre y trama para mostrarnos el impresionante tejido de una vida ejemplar que contaba ciento tres años. Y eso es mucho que contar. Era pura vitalidad y simpatía, transmitía serenidad y una sabiduría que causaba la admiración de su propia familia y de la mayoría de casareños, villa donde residió hasta el final de su vida en la que no le faltó nunca el cariño de los suyos, de sus vecinos ni de su ayuntamiento que, desde su centenario, cada año lo ha celebrado obsequiándola con flores y recordándola en los medios de comunicación.  (La foto es del Ayuntamiento de Casares)

Recuerdo con ternura el día en que la conocí. Fue a finales del verano de 1997. Mi hijo Pedro, su novia Cristina (nieta de Ana) y yo fuimos a recoger un letrero tallado al pueblo de Benalauría. Lo habían encargado mis hijos a unos artesanos de la madera para la Casa-Mesón Durán y Verdú, aquel lugar en Calle Ángel que tantos y tan variados recuerdos nos provoca  como tristeza nos suscita. No era pensable ir al Valle del Genal, al bajo Genal, sin visitar a la abuela Ana, ni hubiera sido correcto. Yo deseaba conocerla y a Casares no se va todos los días. Además, no hubiera sido un día especial. Encontrarme con ella hizo que lo fuera: un día inolvidable. Conservo del encuentro tan grata memoria como unas bellísimas fotografías de la que comparto mi favorita.

Volví varias veces a Casares, el Día de Andalucía de 1999, a un recital poético en el que me acompañaron mi queridísima Rocío Moragas, poeta del grupo Cántico, y mi amiga de la infancia Pepi Triviño. Fui, como era de suponer, a visitarla. En julio de 2002 volví con mi hijo y mi nuera a pasar unos días en el valle y el 6 de agosto volvimos de nuevo. La abuela estaba en la casa de Los Pepes con su hija María Rosa. A pesar de sus ochenta y cuatro años tenía un aspecto extraordinario. Conservaba su piel tersa, libre de manchas, sus piernas limpias de varices y su pelo empezaba a ser gris hasta que se fue volviendo plateado, casi blanco, siempre precioso. Se ponía contentísima cuando iba a verla su familia y disfrutaba con los nuevos miembros que se iban sumando por amor. 


Me llamaba la atención con la agilidad con la que se movía y cómo caminaba por lo terrizo y se iba a pasear las riveras del río con sus babuchas negras y aquella ligereza inusitada... Sus ojos, vivarachos y limpios, eran como los de un recién nacido y sus manos hacendosas conservaban la agilidad de quien nunca paró de moverlas, siempre para dar vida y crear lo no existente, la sencillez del arte más primitivo y primordial de cuantos existen: el de las tareas más cotidianas, tan dignas. Aquellos días de estancia en el Genal fueron mágicos. Fue por entonces cuando escribí Río Genal, un canto íntimo que con tanto orgullo durmió en la mesita de noche de José Antonio Muñoz Rojas, mi admirado poeta, porque le gustaba...

En 2004 le dediqué un artículo en la revista “Calle del Agua”, un relato biográfico al que dí por título Hija de Banu Rabbah o “La Serrana” de Benarrabá. Fue un inmenso placer por lo que supuso conocerla íntima y profundamente a través de ahondar en su memoria en confesiones que iban naciendo solas al tirar un poco del cabo del recuerdo.  Tenía por entonces ochenta y siete años y la frescura de una rosa.
Estuve en su casa a primera hora de la tarde y la pasamos juntas entre preguntas y anécdotas, entre la alegría de estar y sentirse viva y y la profunda tristeza de la huella que paso del tiempo deja en todos nosotros. Su hogar era un fiel reflejo de ella: pañitos de croché, macetas a docenas, plantas cuidadas con tanto amor que alegraban las vista de cuantos pasaran por su puerta o subieran a su terraza. Era una casa viva.

“Mientras hablábamos, Ana sonreía como una eterna adolescente. Vive sola en su casa de Casares y conserva la maravillosa costumbre de las puertas abiertas. Está en calle Alta y tiene tres plantas antiguas con anchos muros y altas escaleras, con una entrada cuajada de macetas y un patio donde se encuentran plantas de toda variedad –corales o péndolas, geranios, aureolas, pilistras, begonias, etc.- plantadas con buena mano en cualquier recipiente: latas, ollas viejas, cazuelas cascadas, envases...Ana disfruta de una higuera salvaje que crece en la roca que comparte como parte de su casa. Da unos higos dulcísimos. Recogimos la mesa de la merienda mientras me contaba del frío de este año, de los modos y las formas de vivir, de las penas y las fiestas del pueblo.” (De "Calle del A
gua, 4).

Hubiese querido que me quedara a dormir pero yo había reservado habitación en la Pensión Plaza. Recuerdo que hacía frío, suelen ser bien fríos los inviernos en Casares. Había repartido el tiempo de mi estancia en la villa en la investigación del fandango casareño y en indagar en la biografía del cantaor “Niño de la Rosa Fina” pero Ana, tanto por su misterio como por mi preferencia personal, me brindó el mejor de los artículos y uno de los que me han tocado más profundamente en el alma.

Volvimos a vernos algunas veces, en un enlace familiar (estaba muy guapa, tanto como sus hijas) en 2007, y en 2008, en 2009, en 2010... pero ya nunca más fui la misma. Tal vez vuelva alguna vez al Valle del Genal, a sus “Gamonas”, a su Monte del Duque o a Los Pepes pero ya nada será igual sin ella. Ya nada es igual.


Se ha perdido la fuente,
la del viejo camino,
donde bebieron todos
los hombres de la aldea,

aquel agua apreciada
gota a gota que hizo
más fuertes a las hembras,
más frágiles los cántaros.

La que limpiaba heridas
a los niños de siempre
y en un cuenco de manos
les lavaba la cara.

Aquel agua tan dulce
que ablandaba garbanzos,
que dejaba de seda
la piel y los cabellos.

Ha sido mucho invierno
para la sed del monte,
mucho el agua vertida
por la arteria del agua.
 
Sepultado el venero
y en él los culantrillos
no queda de su paso
más que tierra mojada.

Entre cañaverales
crecidos  y tristeza
ha quedado el paisaje
de la fuente perdida.


A mi querida Ana Perea Pérez (Benarrabá, 14 de marzo de 1918 +Marbella, 19 de julio de 2021). Descansa en paz, bisabuela.

miércoles, 21 de julio de 2021

ABRELUCES, por Mariví Verdú


Pronto habrán pasado dos meses sin contarle al ficticio folio del ordenador mis confidencias, esas que tienen tanto que ver con inquietudes, alegrías o pesadillas. Sí, hace mucho que no me siento a teclear el corazón. Con lo que mis palabras significan no solo para mí, para muchos otros -ya sean escritores o lectores-. Sin ir más lejos, el pasado lunes -qué fracaso íntimo- vi publicado uno de mis hallazgos para lustrar texto ajeno encabezando su propio fraude. A ver quién llega antes a dejar por escrito sus carencias... Quede claro que no hablo de lectores lectores, para ellos siempre mi agradecimiento, hablo de otra clase de “lectores”, esos que no solo leen entre líneas sino que calcan ideas que, como es obvio, ni aplauden ni valoran hasta que no les ponen debajo su firma. Siempre buscando luces.

No a todos nos está dado el don de oportunidad. Menos aún el de la intuición y mucho menos todavía el de la impronta lúcida, el don de la espontaneidad. Si a estos dos últimos añadimos la dedicación, ahí surge todo. Yo agradezco este don mío: me basta con encender el ordenador y abrir el corazón, es como conectar un cable USB y dejar fluir la sangre entre los dos en un bombear de teclas y letras, ordenarlas como me da la realísima gana y después enviar el resultado lo más lejos que este invento me lo permita. Lo hago en horas en las que la tarifa de la luz es asequible porque ahora madrugar se ha puesto obligatoriamente de moda si no quieres que te sangren las eléctricas en el recibo. A mí no me resulta nada extraño estar a las cinco de la mañana delante del ordenador ni presenciar, agradecida, la salida del sol, esa que no me he perdido en los últimos veinticinco mil días y dió pié y título a mi entrada anterior. 

A poco que deje fluir mis sentimientos, se pone en marcha un laberinto de palabras dormidas, un pasillo verde que me lleva a la memoria y me saca de la rutina, esa que, llegada mi edad, dicen que tanta falta hace. Pues yo no la quiero y además no la necesito. La rutina me repele tanto o más que las tradiciones absurdas, esas que son casi todas las que tienen que ver con un pasado dictatorial y represor. Tampoco me gustan las que se han puesto de moda en democracia, las que, dándoselas de modernas y libres, arrastra a las masas como siempre, eso sí, otro tipo de gente, no tan aleccionada como las de mi quinta pero mucho más vacua de ideas y más loca que los pobrecitos que conformaban la sala 21. De todas las tradiciones mer quedo con las adoraciones al fuego, como en la antiquísima noche de las candelas, tan mediterránea y primitiva, y las pinturas en piedra, como en tiempos paleolíticos. Ni me gustan los santos de madera por la calle ni las carrozas con la gente ostentando libertad, semidesnuda, gritando y con copas en la mano como si sus hígados fuesen prestados. Yo no soy de ninguno de estos mundos, amo la palabra, el estoicismo y a las personas que tienen dos dedos de luces. Dios vive en los almendros y quien no lo vea ahí no podrá verlo en ningún sitio porque no está más que en los almendros. Si acaso, en el tacto de los pétalos de mi rosa malva. Si hubiera que seguir alguna rutina, que sea la del almendro, de la flor de enero a la almendra de agosto. 

Me doy cuenta de que el tiempo es finito y que, como dijera Josep Pla: Dejar algo para mañana es dejarlo para siempre. Sí, el tiempo se acaba, es finito, delgadísimo, como un hilo tensado a punto de quebrarse. Y lo es desde siempre, lo fue desde el principio, solo que la juventud no lo ve y en la madurez no da tiempo a verlo. Sabemos lo que es el tiempo en la niñez y a la hora del ahora, cuando el espejo te refleja la próxima canina, la que serás, la tuya, la que siempre fuiste, esa vieja que creo desconocer y que intuí una noche de otoño, con siete años, cuando me avisaron del pecado del mundo. Llovía aquel día en que me fue insuflada la tristeza. Había un gran charco en el camino de las Esterqueras. El ambiente se biselaba de un gris plateado como el que veo ahora en mis cabellos. Ese día me fue transmitido el dolor del mundo y cargué inevitablemente y hasta hoy con una cruz que contiene la vida entera. Dedicarse a la poesía es poco menos que un calvario. Y dedicarse a llegar el primero, una necedad. Todos vamos al mismo sitio. 



Desde un garitón en obras, con las tomateras de siempre en el huerto, hilando palabras

Mariví Verdú

 

lunes, 31 de mayo de 2021

CASI VEINTICINCO MIL AMANECERES, por Mariví Verdú

Rasga el silencio el canto de un gallo en la lejanía. El sonido llega debilitado haciéndome suponer que está a un escaso cuarto de legua. Son las cinco y cincuenta de la noche. Ahora ladra un  perro, pobrecito, debe sufrir insomnio, como yo y, mientras a mí me da por encender el ordenador y sentarme a escribir que canta un gallo y ladra un perro, él se queja con ese aullido ancestral que tanto tiene que ver conmigo. Seguidamente comienza el coro de los pajarillos que viene anunciando que pronto comenzará la amanecida. Los primeros rayos de sol devolverán a la tierra el precioso aspecto que tiene después de la lluvia. La tierra es espléndida y devuelve flor por agua, fruto por rocío, verdor por humedad. Sí, hay mucha humedad en el aire por lo que todavía uso un pijama de algodón, finito pero de manga larga, el mismo que llevé a Tetuán cuando se podía viajar y al castañar de Parauta después de vacunarme. En el monte refrescan bastante las madrugadas y hay que defenderse de un resfriado llegados estos años que tiene una ya, tan inclementes. Dice el refrán que las mañanitas de abril son muy dulces de dormir y que las de mayo no tienen fin ni cabo pero se ve que el mes de las flores no surte efecto en mí porque desde las cuatro estoy entreteniendo el tiempo para ver si se adelanta el amanecer y me permite ver qué puñetas le ha podido pasar al motorcillo del aljibe que no me deja sacarle el agua y me tiene en vilo. En un par de días no servirá para nada la última lluvia si no riego pronto el sembrado.

Me he levantado a hacerme un poquito de café. Al tiempo que se calentaba la leche, he puesto en la tostadora una rebana de pan, he pelado un ajo y he echado un platillo con aceite. Por unos momentos he pensado en la inutilidad de lo que escribo, de todo lo que hago salvo el hecho de estar preparándome el desayuno, del aquí y ahora. Recapacitando doy la importancia precisa al hecho de ser libre para cualquier cosa que se me ocurra, pintar, leer, reír o blasfemar. Encadenando pensamientos empiezo a elucubrar buscando a quién dirigir mi agradecimiento. Casi me pierdo el momento mágico: raya el alba. A través de la ventana de mi cocina observo un leve resplandor perfilando los montes, tiñendo el cielo de un tono azul violeta encendido que no tengo en mis lápices acuarelables. Ni en mis óleos tampoco. Sé cómo conseguirlo en una melangé que siempre resulta sin fulgor por mucho que logre acercarme a la tonalidad. En pocos minutos se ha inundado el cielo de malva y al volverme al escritorio ya habían tonos rosas y naranjas por donde se espera la inminente salida del sol. He aquí el día.

Bajo la luz todo va cobrando los volúmenes perdidos, la profundidad oculta, los matices exquisitos que solo la pátina del amanecer sabe dar a las cosas. Esta madrugada estaba sumamente triste, una tristeza sin motivo preciso y sobrada de  ellos que me incitaba a despotricar del mundo y del humano, a cagarme en todo lo pseudo, particularmente en la pseudoamistad y  la pseudofamilia, esa carga  que todos soportamos en alguna medida y que no sirve para nada más que para lastrarnos la vida. Esa gente que espera de ti lo que nunca fue capaz de darte. Sé que para continuar avanzando hay que olvidar a los impíos (hablo de piedad) y materialistas que vinieron a la vida de una a demostrar lo poco que merecen la pena, a regalarnos una tristeza con la que convivir hasta la hora de la muerte. Desechando estos desgraciados pensamientos, vuelvo mis ojos al cielo amanecido y me doy cuenta de que hoy va a estar nublado pero, aún así, procuraré salir al día con la frase de Horacio entre los labios: Carpe diem.

Sé que seguiré dejándome la piel en lo que hago, me importa un bledo si me leen, si le interesa a alguien lo que pinto, lo que opinen o dejen de opinar de mi trabajo, y seguiré porque cada uno vino aquí a algo y yo he venido a esto, a lo mío, a mi vida, a sacarle al día las pequeñas cosas que hacen que la propia vida sea singular y no de rebaño. 

Ay, si me viera en la tesitura de tener que salvar personas de un caos tremendo, sé perfectamente a quiénes no me dejaría atrás. Ocuparíamos una embarcación a modo de arca y esperaríamos cantando la llegada de la paloma con la ramita de olivo en su pico. 

Y a seguir dibujando amaneceres.  

Desde El Garitón, con las amarilis decapitadas sobre el fértil lecho del huerto, Mariví Verdú

viernes, 30 de abril de 2021

ADIÓS, ABRIL, por Mariví Verdú

No quería dejar escapar el mes sin despedirlo. Abril de 2021, mes central de una primavera loca y triste, un abril para olvidar, que se va como ha venido aunque nos ha dejado más arrugas que cinco años seguidos. Hay quienes no se percatan de ellas pero...ya les saldrán. No pasan las cosas de un día para otro, no, hay que ir viendo los resultados en un plazo de tiempo que es directamente proporcional al aguante que tenga cada uno, a la resistencia o, como dice la palabra de moda, que la aglutina con  paciencia: resilencia. Y ya podemos tener más concha que un galápago y más buche que un palomo, nada es ajeno ni lejano aunque nos lo parezca. ¿Cómo podemos ver esas piras humanas en la India, resultado de la catástrofe Covid -y de lo que no es el Covid- y seguir siendo los mismos?... Simplemente: es imposible. Por más que vivamos hacia adentro, convexamente mirándonos el ombligo, este mundo es redondo como el alma de los hombres buenos y todo equidista del corazón. Cualquier cosa que pase en esta queridísima Tierra nos atañe a cada uno de nosotros aunque no nos grite al oído. 

Últimamente me he retirado de las redes y me asomo poco a la ventana. Necesito atenderme a mí misma. Reparto el día entre una niña y una vieja. Con la primera disfruto mucho, ambas ante el maravilloso encuentro con el lápiz, las palabras, las acuarelas y la vida. Con la vieja paso la tarde y la noche, un tiempo precioso que se me hace corto, que reparto entre el sueño y la vigilia y gana la vigilia por goleada. Casi siempre la uso para escribir. Si queda algo de luz se la echo al campo. Ayer mismo, día triste en el que aparecieron veinticuatro millones de abejas muertas aquí al lado, en Pulpí (Almería), sembré mis tomateras. Voy tarde este año. Ya no puedo cavar como antes y mantenerlo limpio de malas hierbas me cuesta la vida, aunque una vez que lo veo todo floreciendo me entra una satisfacción indescriptible y solo comparable con el gusto de recoger la cosecha. Si triste me pareció la noticia de las abejas, peor me sentó conocer el motivo: el uso de pesticidas para que las mandarinas no tengan huesos...¿Habráse visto un argumento más irracional que ese? ¿Qué puñetas le está pasando al ser humano que ya ni siquiera quiere encontrarse semillas en la fruta? A esto, de seguir así, le quedan pocos telediarios. Y no es que sea agorera es que nos hemos equivocado, nos hemos perdido. Estamos totalmente perdidos.

Ayer tarde, después de dejar la cama de tierra suelta, tierna y blandita, vinieron los gorriones a disputarse larvillas y lombrices que mis cavadas propiciaron y era una gustazo verlos aterrizar, tan leves como son y tan bonitos, contentos por el festín y cantándoles a la tarde su agradecida canción de cada día. Yo, como un gorrioncillo más, me fui para arriba daando gracias por tener manos, por ver y oír a los pájaros, por disfrutar el brillo de cobre que todo fue adquiriendo mientras se iba el sol por Casarabonela.

Preparé la mesa dispuesta a ver el rosco de Pasapalabra. Me puse la cena, acelgas de mi huerto, esas que nos comemos a medias mis caracoles y yo, guisadas con tomate frito y atún. Un lujo para el paladar. Apagué la televisión, recogí la cocina mientras me fui acordando de cosas importantes: hoy han operado a mi amigo Juanma, he hablado con mis amigas del grupo de wasap, las compis de básica, y la mitad ya están vacunadas. Hice planes para el fin de semana, saqué avíos para poner la comida que haré hoy y me acosté.

Mientras llegaba el sueño, pensé en los míos: mi hijo ha llegado bien del viaje, ha sido el cumpleaños de mi sobrino y le ha gustado mi regalo, he visto amapolas con Emma y he mandado fotos a mi nuera y a mi nieto para compartir mis esperanzas... Y he dormido como una bendita.



Desde El Garitón con calas todavía, con chilindros y rosas, me despido de abril y de todos los que hayan llegado hasta este punto.

Cariñosamente, Mariví Verdú

sábado, 10 de abril de 2021

A DIEGO GOMEZ DESDE EL RINCÓN DE LA VICTORIA, por Mariví Verdú

Acabo de llegar del Rincón. Salí a las diez de la mañana de mi casa para acudír, invitada y acompañada por mi amigo Carlos Prados, a un acto cultural dedicado a honrar la memoria de nuestro querido Diego Gómez, locutor de radio, presentador de televisión, actor y rapsoda, una persona muy querida que nos dejó el pasado 3 de marzo a causa de Covid. Se celebró en el vecino y querido pueblo de Rincón de la Victoria. 

Previsto al aire libre a las doce de la mañana en la plaza Pepe El Boticario -entre la plaza de Al Andalus y el mar-, por unos momentos tuvimos la impresión de que el tiempo, que amenazaba  lluvia, obligaría a suspenderlo. Al final hubo suerte y nos acompañó un día de un precioso color gris. Yo diría que las nubes ayudaron bastante al esplendor del homenaje salvándonos del sol, que hubiera sido insoportable ya que, lo que se había previsto para una hora de duración, acabó pasadas las dos de la tarde. La verdad es que no se hizo largo, fue ameno y emotivo.

Bajo el auspicio de la Concejalía de Cultura del Ayuntamiento del Rincón y por iniciativa de ARE, tuvo lugar un cariñoso espectáculo en el que  disfrutamos de poesía y cante, música y palabras de cariño hacia la persona y obra de nuestro querido locutor. Por orden de intervención, participó en primer lugar Mari Paz Redoli, profesora, cuñada de nuestro homenajeado, que nos ha hecho una semblanza de Diego llena de ternura y cariño, de recuerdos y anécdotas que nos han llenado de emoción. Para finalizar su intervención nos ha recitado un poema de Manuel Benítez Carrasco titulado “Juerga en el cielo” (poema y autor a quien tantas veces acudiera su cuñado). Una magnífica interpretación como solo ella sabe hacer que ha arrancado aplausos y oles de las personas allí congregadas. Ha estado acompañada a la guitarra por Dani Nuñez, guitarrista que ha puesto fondo musical a todos los rapsodas intervinientes.

Seguidamente subió al escenario Juan Real, presidente de ARE (Asociación de Rapsodas Españoles) quien nos recitó ¿Me da usted candela?, de Rafael de León. Alicia Alarcón recitó versos de Manuel Machado y Lorca acabando con una dedicatoria propia al Pasaje de Chinitas que culminó con el cante clásico de su hija Noemí Álvarez interpretando a capela los compases de Lorca. 


 A continuación entró en escena Manoli Borrego con dos poemas propios y Ricardo del Pino que nos deleitó con el conmovedor “Romance de El Feo”, de Rafael de León, otro poema que oiríamos tantísimas veces por las ondas de la radio en la voz de Diego. Las tres últimas intervinientes fueron Encarni Maldonado y Mari Carmen Fernandez con poemas propios y Tere Parra que nos recitó “Alba” de Federico  García Lorca y “Soleá del amor despredío” de Benítez Carrasco.

La Peña El Piyayo  colaboró en el acto en su parte flamenca con dos guitarristas y dos cantaores que pondrían fin al acto. La primera en actuar fue Mari Carmen Lastre. En esta ocasión sería Pepe Reina quien acompañaría la bonita voz de Mari Carmen. Cantó primeramente por alegrías, hizo una milonga y remató por fandangos. La milonga fue muy aplaudida ya que le puso voz y compás a unos versos de Fuensanta Gámez, poeta y compañera de AME, amiga mía, madre del fiestero Pepito Molina, ya tristemente desaparecida. Su poema canta a Bezmiliana, al Rincón de la Victoria.

El último en intervenir fue Curro González. Curro cantó por bulerías y soleá por bulerías acompañado a la la guitarra por Dani Nuñez.

Juan Real despidió el acto y tuvo palabras de agradecimiento hacia todos los colaboradores y participantes y nos despedimos no sin antes ir todos a abrazar a Manuel Alcántara que estaba sentado justo al lado del escenario, a nuestro querido Manolo, al poeta que hemos dejamos allí para toda su eternidad. Enfrente, en azulejos de cerámica, un soneto que nos recuerda el cariño que le tenía a su rincón. Todos sus versos me vinieron a la memoria...
La gente se fue disolviendo y solo quedaron el soneto, Manolo, las sillas amontonadas, los micrófonos recogidos, los poemas en el aire y el recuerdo de Diego. Nos fuimos a comer, era la hora. Y fue un gratísimo almuerzo, sobremesa larga y con café hasta la hora de tomar el viaje de vuelta. Lo hicimos por una Málaga adorable, mi cofre vivo y llenito de recuerdos de infancia, de juventud...Cánovas del Castillo, Paseo de los Curas, Calle Córdoba (con el viejo Consulado Americano, mi abuela Victoria y mi “Hijos de la vid”; la Alameda remozada, el Padre Tiburcio Arnáiz, Calle Jaboneros...

Dejé a Carlos en el Mercado de Salamanca y volví hacia mis pasos hasta el precioso pueblo de Alhaurín de la Torre, mi pueblo, donde pronto tendrá Diego una calle con su nombre. Subí la cuesta que me lleva a mi casa...

Estuve feliz hasta que me rindió el sueño. Feliz por haber visto a mi amigo Carlos, a otros viejos conocidos, por ser mayor y  saber disfrutar todavía con cosas sencillas, por poderme emocionar aún oyendo versos, por haberme podido comer unas coquinas que llevaban dentro el mar y la sal más malagueñas; por tener un coche para poderlo hacer, aire para respirar, marismo para disfrutar, ojos para admirar las maravillas del azul y una cámara de fotos para poder guardarlo todo y así enseñarles a todos lo que vi.

 Desde El Garitón, rodeada de rosas,  Mariví Verdú.


Podéis oír la voz de Diego aquí: https://www.youtube.com/watch?v=BEORQcLUxDQ

IVÁN CHASKÍO Y JAVIER DE ANA MARÍA EN EL RINCÓN DEL CANTE DE LAS CASTAÑETAS, por Mariví Verdú

Hoy sábado día veintiséis de septiembre hemos reanudado las actividades flamencas en el Peña Flamenca Rincón Del Cante Las Castañetas , un o...