miércoles, 18 de agosto de 2021

GEODA DE PULPÍ, TODO UN MILAGRO, por Mariví Verdú

Orientada al Este, el sol entraba por cualquier rincón de la habitación desde que alcanzó el cielo. Antes de las diez saldríamos de este lugar de paso en Puerto Lumbreras. Imaginé el batiburrillo que habrían organizado en recepción y se me erizó la piel. No tenía ningunas ganas de estar en grupo pero tenía hambre y bajé a desayunar.  Podría contar ese momento vergonzante en el comedor pero no merece ninguna mención. Pobrecitos los chicos del servicio de restauración, tener que bregar con tanto agonioso. Solo diré que el hotel me sirvió para descansar y que nadie interrumpió mi sueño por lo que me enfrentaba al día descansada y agradecida. Y desconecté durante el trayecto que me separaba del nuevo destino: La Geoda de Pulpí.


Después de  una hora de autobús que me parecieron cuatro, estábamos en Pulpí, término municipal de Almería situado al noreste de la provincia, que alberga tan extraordinaria formación geológica. Se encuentra allí desde el Triásico, cuando aún vivían los dinosaurios en el continente Pangea, nuestra Tierra, hace unos 250 millones de años. La Geoda está localizada en la pedanía de Pilar de Jaravía, entre el tercer y cuarto nivel de explotación de la Mina Rica, en la ladera oriental de la Sierra del Aguilón que, vista desde el aire, tiene la caprichosa forma de un águila en vuelo. La Mina Rica se explotó buscando minerales como el plomo, el hierro o la plata desde mediados del siglo XIX. Cuando la explotación llegó a su fin, en los años 70, la mina quedó abandonada. Nadie imaginaba que, entre las paredes de este antiguo yacimiento minero, se encontraba una fascinante maravilla geológica obra de la naturaleza, oculta durante millones de años. Fue un minero asturiano llamado Efrén Cuesta junto a su padre y hermano, quienes descubrieron la Geoda de Pulpí, fruto de la más pura casualidad, cuando se encontraban realizando una expedición en este yacimiento minero en 1999. Poco tiempo después, un grupo madrileño de especialistas en mineralogía estuvieron realizando investigaciones sobre esta formación geológica excepcional a nivel mundial.
 

Nuestra visita a la Mina Rica estaba concertada a las once. Yo entraba con el primer grupo de quince.  En las afueras de la mina, un despoblado enorme sin un árbol adonde buscar cobijo, se agradecía cualquier tinglado, la caseta de recepción, las mesas y los bancos en sombra, los aseos y hasta las máquinas expendedoras. El agua y los refrescos cobran doble valor en este agosto de dos mil veintiuno de temperaturas extremas. Mientras se congregaba la gente tuve tiempo de imaginar el sofocante calor que nos esperaba durante el trecho a pie hasta la boca de la mina, lo que me dio valor para interrumpir a nuestra guía y pedirle permiso para coger el sombrero y las gafas de sol que habían quedado con el resto de pertenencias en el autobús. Usar el móvil dentro está prohibido y el DNI lo llevaba en el bolsillo del pantalón para así tener las manos libres. Regresé en un minuto con mis cosas y oí atentamente cuanto dijo nuestra acompañante.

Después de observar a mitad de camino unas hermosas vistas de San Juan de los Terreros, de la Isla de Terreros (la Isla Negra no se puede ver desde allí) y las dos grandes chimeneas que servían para calcinar el la piedra y extraerle el mineral,  nos pusimos un gorro desechable y el casco protector que ellos facilitan. La mina no me hubiese despertado demasiada inquietud de no ser por la persona que nos tocó en suerte para acompañarnos, la propia coordinadora responsable de la Geoda de Pulpí. Milagros se encargó de explicarnos fielmente su historia, de desentrañárnosla a cada paso con una agradabilísima mezcla de cualidades.   Milagros Carreteros Tortosa, licenciada en Ciencias Geológicas por la Universidad de Granada, hizo puntualmente de guía demostrando desde el minuto uno de la ruta su profesionalidad, su amor y su dedicación a la mina y a su geoda.


Durante el recorrido necesario para llegar al culmen de nuestra visita, había que atravesar varias galerías. Lejos de sentir ningún cuadro de claustrofobia, hice el camino con entusiasmo y disfrutando de una temperatura de 19 a 21 grados. En el interior había el suficiente oxígeno para no sentirme angustiada en ningún momento. Tampoco me resultó cansado. Para evitar el tramo de bajada en la escalera de caracol que nos llevaría a la geoda -que era el que peor hubiera llevado-, usé el ascensor. No paré de asombrarme en todo el itinerario, desde el nombre que le dieron a las galerías: “Quien tal pensara” y “Por si acaso” y el trabajo tan sacrificado de los mineros hasta la observación a la que Mila nos invitó, apagando la luz del tramo donde nos encontrábamos y ayudada por una linterna de rayos ultravioletas,  pudimos disfrutar las propiedades luminiscentes de algunos minerales como la calcita o estroncio calcita, presentes en el yacimiento, y que se iluminaban destellando azules, morados y rojos anaranjados. Un momento asombroso.


Ya estábamos a un paso del momento cumbre. Bajamos el último tramo de escaleras y lo hacíamos de dos en dos, con las manos protegidas para así proteger la geoda y, en el rellano que hay justamente delante de ella, Mila nos daba las pautas a seguir. De uno en uno, después de dar tres pasos sobre peldaños estratégicamente colocados, metíamos medio cuerpo y girábamos nuestra cabeza a la izquierda... y allí estaba toda la belleza contenida, refulgiendo, pura, concentrada, sorprendente, un momento imposible de describir del que algunos salíamos envueltos del halo de los elegidos, inmersos en el éxtasis que provocan los milagros.

“Una geoda es una cavidad rocosa que normalmente mide hasta 30 cm de diámetro con las paredes tapizadas por agregados cristalinos de naturalezas muy diversas. En el caso de la geoda de Pulpí, la cavidad, que se encuentra a 50 metros de profundidad, tiene unas dimensiones extraordinarias. Mide ocho metros de largo, tres de ancho y casi dos de alto, y está tapizada de grandes prismas de selenita (una variedad de yeso cristalino) que surgen como flechas del techo, las paredes y el suelo de la cavidad.La gran importancia de este fenómeno geológico reside en las características únicas de los cristales de yeso encontrados en la geoda. Se trata de cristales con un tamaño anormal de medio metro de media (y algunos de hasta dos metros) que no se encuentran en la mayoría de las otras geodas del mundo. Además, la ausencia de impurezas y la increíble transparencia de los cristales hace posible cosas como leer un libro a través de ellos.
Se formó por disolución de una dolomía, por karstificación. Al encontrarse en una zona de vulcanismo, la cavidad que quedó se fue rellenando de fluidos calientes ricos en minerales que, con el tiempo y las condiciones adecuadas, dieron lugar a los cristales tan espectaculares que hoy podemos ver.”

http://www.cuevasturisticas.es/geoda-de-pulpi-y-mina-rica


Hubiese sido mi gusto haberme sentado y haber metido mi cara entre las manos durante un buen rato para asimilar lo descubierto por mis ojos y que me hacía estallar el corazón. Juré volver con mi nieto pero tuve que salir y volver al mundanal ruido.

Hablar de algo que no sea mágico después de contar, con palabras que existen,  lo indescriptible, no sería oportuno. Pero dejar de mencionar el buen rato que pasé sentada en la playa de San Juan de los Terreros no sería justo. Estuve toda la tarde, hasta la hora indicada para el regreso a Málaga, sentada frente al mar. Gracias al camarero de La Bahía que tan amablemente me trató y gracias a Jota y Juan, Cristóbal y Martín, dos lorquinos, un lumbrerense y un sanfeliuense, que me provocaron este poema.

Bendita juventud,
bendita sea
la vida que regresa,
ciclo eterno,
en los ojos del dulce adolescente.
Todo lo que me importa de este mundo
es eterno retorno,
vida nueva,
esperanza en el hombre que os habita.

Y gracias a Milagros Carreteros Tortosa, joven amable y culta que nos deslumbró y enriqueció a todos con sus conocimientos y nos conquistó por su simpatía.

Nada que decir de la A7. Mi coche estaba esperando en la Avenida de Andalucía y vine en silencio y deseando ver a Missi, abrir mi cancela y coger mi cama. Eran las dos de la mañana y venía traspuesta, ida, envuelta en el manto de luz de la Geoda.

Desde este garitón lleno de rosas, de tomatillos y salvando la briza máxima,
Mariví Verdú

lunes, 16 de agosto de 2021

UN MILAGRO TRAS OTRO. WEEKEND ÁGUILAS-PULPÍ (1ª parte), por Mariví Verdú

Hoy, día 15 de agosto de dos mil veintiuno, de regreso a mi rincón preferido, me siento a escribir sobre la hermosura de las cosas vistas en un viaje fugaz de fin de semana a las provincias de Murcia y Almería. En esta última, buscando, en el inhóspito paraje de El Pilar de Jaravía, una ‘mina riquísima’ que alberga un verdadero milagro: la geoda más grande de Europa. En la primera etapa del viaje fui buscando Águilas, ciudad en la que siempre me he sentido muy a gusto, con el único fin de llegarme a su Casa de Cultura. 

Desde que tuve intención de hacer este viaje, albergaba la esperanza de llegar en horas de puertas abiertas a su Biblioteca Municipal y a su Casa de Cultura “Francisco Rabal”. Hace tiempo que tenía ganas de hacerles una visita y era el momento este sábado de agosto. Pero no pudo ser. Podría haber sido pero depender de otros supone adaptarse, llegar tarde la mayor parte de las veces y sufrir una tremenda decepción el resto de ellas. Y ya se sabe que, el que llega tarde, ni oye misa ni come carne. Pero, como tengo la cabeza como un marmolillo, me busqué las mañas para dejar allí mi novela “Hijos de la Vid” y el libro de villancicos “Maytines del Nacimiento”. No hubiese tenido ningún sentido para mí ir a Águilas con el único propósito de bañarme en la Playa de Poniente con un puñado de desconocidos y quedarme tan fresca. Ninguno. Me senté en la Calle Iberia a calmar mi sed, a descansar, a controlar y ordenar mis neuronas que buena falta me hacía y en eso me encontré con una chica amable, nacida en Águilas, hija de malagueños, con casa en Gaucín, casa a la que no ha podido acudir en los dos últimos años a consecuencia del Covid... Hablando en la terraza, me lo comentaba con tristeza. Entramos en conversación con una pareja de Alcantarilla, padres de tres hijos que me mostraron con orgullo la foto de su redrojito, una niña preciosa llamada Martina. Se me pasó el rato amablemente y di gracias por ello. Me sorprendió la bondad del ser humano, la empatía que podemos generar y lo distinta y buena que estaba la tapa de ensaladilla rusa. 

Y como dice el refrán ‘más vale tarde que nunca’, a sabiendas que mi destino había cerrado las puertas, me encaminé por la acera en sombra hasta el centro de Águilas, pasando frente a su Casino que cumplió el pasado año su 150 aniversario. Me senté un rato a compartir con las palomas de la Plaza de España el pan de Alhaurín (la tortilla de papas con cebolletas tiernas de mi huerto, no). Más tarde me hice algunos selfies ante el hermoso desnudo de su Ícaro, ese hijo querido de Dédalo que tanto y tan alto quiso volar para salir del laberinto, que se precipitó al vacío porque sus alas estaban pegadas con cera y el sol las derritió hasta que Mariano González Beltrán las fundiera en bronce y se las colocara en un cuerpo eterno que quedó, para el goce de todos nosotros, en la explanada del muelle, en el precioso puerto de Águilas. Busqué -yo sí que estaba derretida-, la plaza de Asunción Balaguer, esa mujer que supo siempre albergar a Paco y que ya lo hará por toda la eternidad... Enseguida di con ella. Tengo buena orientación y me acordé enseguida. Hace doce años que estuve pero sabía adonde estaba todo. Y volví a emocionarme.  Le pedí a un chico que se disponía a salir en bicicleta que me hiciera la foto que os comparto. Y allí dejé mis libros. A eso fui a Águilas. A eso y a dar rienda suelta a mis emociones. Sé que llegará una mano amorosa que sabrá acoger ni trabajo con el mismo cariño que yo lo deposité en la puerta trasera del edificio cultural. Y me fui yendo despacio, sin pensar en nada, desechando cualquier tontería que se cruzaba por mi frente. Almorcé bajo las nubes blanqueadas del cortijo divino y tomé un cucurucho de chocolate con mis amigas las palomas que demandaban más pan alhaurino. Lo hice con sumo cuidado porque había una mujer que no paraba de barrer, una empleada municipal de la limpieza que iba dejando ante mis ojos, y de todo aquel que los tenga, la plaza escamondada, impecable gracias al manejo de su escoba de palma o de retama (no podría asegurarlo) y de tan encomiable y necesaria labor. Mis palabras solo dan testimonio de tan inusitado esmero. 

Volví sobre mis pasos a la tarde sin querer pensar en otra cosa que no fuera en lo positivo que el día me había proporcionado que no era poco. Y me volví a encontrar con el sol, esta vez de cara y sin cobijo alguno. Pero todo lo di por bien hecho. Aún me queda confianza en los seres humanos y en la bondad natural del mundo. 

Habían dispuesto pernoctar en Puerto Lumbreras. Después de una deliciosa ducha en la 317 y una aparatosa y lenta cena junto a mi amiga y compañera de colegio Carmen Toro, -que me proporcionó el acceso a ésta dichosa excursión- y Pepi Trujillo, agradable compañera de asiento y de habitación-, rumié cada aliento del día, los del cuerpo y los del alma, recordé miradas y palabras, sensaciones y calles paseadas, gente vista, sensaciones percibidas...y me dormí como una niña chica muerta de asombro.
 

 *Acabando estos renglones he hablado con Concha López, Bibliotecaria Municipal de Águilas, quien me confirma que mis libros están en su poder. Los encontró donde los dejé y los tomó en sus manos. Con éste simple acto mi viaje tiene razón de ser. 

Muchas gracias, Concha. No había dudado que llegarían a ti. Te envío un abrazo enorme desde este pequeño rincón del monte malagueño adonde vivo. 

Mariví Verdú.

 (Continuará. Aun me queda el milagro de la Geoda).

lunes, 26 de julio de 2021

ANA PEREA PÉREZ, IN MEMORIAM, por Mariví Verdú


Desde el pasado 19 de julio descansa en paz Ana Perea Pérez, la bisabuela Ana, después de una larga vida repleta de amor, valentía, buen carácter y conocimiento. Hoy, una semana después de su fallecimiento, recordándola en el día de su santo, quiero dedicarle mi pequeño homenaje en señal de cariño, admiración y respeto, un reconocimiento elaborado con palabras que es lo único que tengo siempre a mano y con lo que mejor puedo tejerle una labor para su ausencia, esa que no vemos pero que sentimos en lo más profundo de nuestros corazones. Hoy más que nunca, su huella y su falta se vuelven urdimbre y trama para mostrarnos el impresionante tejido de una vida ejemplar que contaba ciento tres años. Y eso es mucho que contar. Era pura vitalidad y simpatía, transmitía serenidad y una sabiduría que causaba la admiración de su propia familia y de la mayoría de casareños, villa donde residió hasta el final de su vida en la que no le faltó nunca el cariño de los suyos, de sus vecinos ni de su ayuntamiento que, desde su centenario, cada año lo ha celebrado obsequiándola con flores y recordándola en los medios de comunicación.  (La foto es del Ayuntamiento de Casares)

Recuerdo con ternura el día en que la conocí. Fue a finales del verano de 1997. Mi hijo Pedro, su novia Cristina (nieta de Ana) y yo fuimos a recoger un letrero tallado al pueblo de Benalauría. Lo habían encargado mis hijos a unos artesanos de la madera para la Casa-Mesón Durán y Verdú, aquel lugar en Calle Ángel que tantos y tan variados recuerdos nos provoca  como tristeza nos suscita. No era pensable ir al Valle del Genal, al bajo Genal, sin visitar a la abuela Ana, ni hubiera sido correcto. Yo deseaba conocerla y a Casares no se va todos los días. Además, no hubiera sido un día especial. Encontrarme con ella hizo que lo fuera: un día inolvidable. Conservo del encuentro tan grata memoria como unas bellísimas fotografías de la que comparto mi favorita.

Volví varias veces a Casares, el Día de Andalucía de 1999, a un recital poético en el que me acompañaron mi queridísima Rocío Moragas, poeta del grupo Cántico, y mi amiga de la infancia Pepi Triviño. Fui, como era de suponer, a visitarla. En julio de 2002 volví con mi hijo y mi nuera a pasar unos días en el valle y el 6 de agosto volvimos de nuevo. La abuela estaba en la casa de Los Pepes con su hija María Rosa. A pesar de sus ochenta y cuatro años tenía un aspecto extraordinario. Conservaba su piel tersa, libre de manchas, sus piernas limpias de varices y su pelo empezaba a ser gris hasta que se fue volviendo plateado, casi blanco, siempre precioso. Se ponía contentísima cuando iba a verla su familia y disfrutaba con los nuevos miembros que se iban sumando por amor. 


Me llamaba la atención con la agilidad con la que se movía y cómo caminaba por lo terrizo y se iba a pasear las riveras del río con sus babuchas negras y aquella ligereza inusitada... Sus ojos, vivarachos y limpios, eran como los de un recién nacido y sus manos hacendosas conservaban la agilidad de quien nunca paró de moverlas, siempre para dar vida y crear lo no existente, la sencillez del arte más primitivo y primordial de cuantos existen: el de las tareas más cotidianas, tan dignas. Aquellos días de estancia en el Genal fueron mágicos. Fue por entonces cuando escribí Río Genal, un canto íntimo que con tanto orgullo durmió en la mesita de noche de José Antonio Muñoz Rojas, mi admirado poeta, porque le gustaba...

En 2004 le dediqué un artículo en la revista “Calle del Agua”, un relato biográfico al que dí por título Hija de Banu Rabbah o “La Serrana” de Benarrabá. Fue un inmenso placer por lo que supuso conocerla íntima y profundamente a través de ahondar en su memoria en confesiones que iban naciendo solas al tirar un poco del cabo del recuerdo.  Tenía por entonces ochenta y siete años y la frescura de una rosa.
Estuve en su casa a primera hora de la tarde y la pasamos juntas entre preguntas y anécdotas, entre la alegría de estar y sentirse viva y y la profunda tristeza de la huella que paso del tiempo deja en todos nosotros. Su hogar era un fiel reflejo de ella: pañitos de croché, macetas a docenas, plantas cuidadas con tanto amor que alegraban las vista de cuantos pasaran por su puerta o subieran a su terraza. Era una casa viva.

“Mientras hablábamos, Ana sonreía como una eterna adolescente. Vive sola en su casa de Casares y conserva la maravillosa costumbre de las puertas abiertas. Está en calle Alta y tiene tres plantas antiguas con anchos muros y altas escaleras, con una entrada cuajada de macetas y un patio donde se encuentran plantas de toda variedad –corales o péndolas, geranios, aureolas, pilistras, begonias, etc.- plantadas con buena mano en cualquier recipiente: latas, ollas viejas, cazuelas cascadas, envases...Ana disfruta de una higuera salvaje que crece en la roca que comparte como parte de su casa. Da unos higos dulcísimos. Recogimos la mesa de la merienda mientras me contaba del frío de este año, de los modos y las formas de vivir, de las penas y las fiestas del pueblo.” (De "Calle del A
gua, 4).

Hubiese querido que me quedara a dormir pero yo había reservado habitación en la Pensión Plaza. Recuerdo que hacía frío, suelen ser bien fríos los inviernos en Casares. Había repartido el tiempo de mi estancia en la villa en la investigación del fandango casareño y en indagar en la biografía del cantaor “Niño de la Rosa Fina” pero Ana, tanto por su misterio como por mi preferencia personal, me brindó el mejor de los artículos y uno de los que me han tocado más profundamente en el alma.

Volvimos a vernos algunas veces, en un enlace familiar (estaba muy guapa, tanto como sus hijas) en 2007, y en 2008, en 2009, en 2010... pero ya nunca más fui la misma. Tal vez vuelva alguna vez al Valle del Genal, a sus “Gamonas”, a su Monte del Duque o a Los Pepes pero ya nada será igual sin ella. Ya nada es igual.


Se ha perdido la fuente,
la del viejo camino,
donde bebieron todos
los hombres de la aldea,

aquel agua apreciada
gota a gota que hizo
más fuertes a las hembras,
más frágiles los cántaros.

La que limpiaba heridas
a los niños de siempre
y en un cuenco de manos
les lavaba la cara.

Aquel agua tan dulce
que ablandaba garbanzos,
que dejaba de seda
la piel y los cabellos.

Ha sido mucho invierno
para la sed del monte,
mucho el agua vertida
por la arteria del agua.
 
Sepultado el venero
y en él los culantrillos
no queda de su paso
más que tierra mojada.

Entre cañaverales
crecidos  y tristeza
ha quedado el paisaje
de la fuente perdida.


A mi querida Ana Perea Pérez (Benarrabá, 14 de marzo de 1918 +Marbella, 19 de julio de 2021). Descansa en paz, bisabuela.

miércoles, 21 de julio de 2021

ABRELUCES, por Mariví Verdú


Pronto habrán pasado dos meses sin contarle al ficticio folio del ordenador mis confidencias, esas que tienen tanto que ver con inquietudes, alegrías o pesadillas. Sí, hace mucho que no me siento a teclear el corazón. Con lo que mis palabras significan no solo para mí, para muchos otros -ya sean escritores o lectores-. Sin ir más lejos, el pasado lunes -qué fracaso íntimo- vi publicado uno de mis hallazgos para lustrar texto ajeno encabezando su propio fraude. A ver quién llega antes a dejar por escrito sus carencias... Quede claro que no hablo de lectores lectores, para ellos siempre mi agradecimiento, hablo de otra clase de “lectores”, esos que no solo leen entre líneas sino que calcan ideas que, como es obvio, ni aplauden ni valoran hasta que no les ponen debajo su firma. Siempre buscando luces.

No a todos nos está dado el don de oportunidad. Menos aún el de la intuición y mucho menos todavía el de la impronta lúcida, el don de la espontaneidad. Si a estos dos últimos añadimos la dedicación, ahí surge todo. Yo agradezco este don mío: me basta con encender el ordenador y abrir el corazón, es como conectar un cable USB y dejar fluir la sangre entre los dos en un bombear de teclas y letras, ordenarlas como me da la realísima gana y después enviar el resultado lo más lejos que este invento me lo permita. Lo hago en horas en las que la tarifa de la luz es asequible porque ahora madrugar se ha puesto obligatoriamente de moda si no quieres que te sangren las eléctricas en el recibo. A mí no me resulta nada extraño estar a las cinco de la mañana delante del ordenador ni presenciar, agradecida, la salida del sol, esa que no me he perdido en los últimos veinticinco mil días y dió pié y título a mi entrada anterior. 

A poco que deje fluir mis sentimientos, se pone en marcha un laberinto de palabras dormidas, un pasillo verde que me lleva a la memoria y me saca de la rutina, esa que, llegada mi edad, dicen que tanta falta hace. Pues yo no la quiero y además no la necesito. La rutina me repele tanto o más que las tradiciones absurdas, esas que son casi todas las que tienen que ver con un pasado dictatorial y represor. Tampoco me gustan las que se han puesto de moda en democracia, las que, dándoselas de modernas y libres, arrastra a las masas como siempre, eso sí, otro tipo de gente, no tan aleccionada como las de mi quinta pero mucho más vacua de ideas y más loca que los pobrecitos que conformaban la sala 21. De todas las tradiciones mer quedo con las adoraciones al fuego, como en la antiquísima noche de las candelas, tan mediterránea y primitiva, y las pinturas en piedra, como en tiempos paleolíticos. Ni me gustan los santos de madera por la calle ni las carrozas con la gente ostentando libertad, semidesnuda, gritando y con copas en la mano como si sus hígados fuesen prestados. Yo no soy de ninguno de estos mundos, amo la palabra, el estoicismo y a las personas que tienen dos dedos de luces. Dios vive en los almendros y quien no lo vea ahí no podrá verlo en ningún sitio porque no está más que en los almendros. Si acaso, en el tacto de los pétalos de mi rosa malva. Si hubiera que seguir alguna rutina, que sea la del almendro, de la flor de enero a la almendra de agosto. 

Me doy cuenta de que el tiempo es finito y que, como dijera Josep Pla: Dejar algo para mañana es dejarlo para siempre. Sí, el tiempo se acaba, es finito, delgadísimo, como un hilo tensado a punto de quebrarse. Y lo es desde siempre, lo fue desde el principio, solo que la juventud no lo ve y en la madurez no da tiempo a verlo. Sabemos lo que es el tiempo en la niñez y a la hora del ahora, cuando el espejo te refleja la próxima canina, la que serás, la tuya, la que siempre fuiste, esa vieja que creo desconocer y que intuí una noche de otoño, con siete años, cuando me avisaron del pecado del mundo. Llovía aquel día en que me fue insuflada la tristeza. Había un gran charco en el camino de las Esterqueras. El ambiente se biselaba de un gris plateado como el que veo ahora en mis cabellos. Ese día me fue transmitido el dolor del mundo y cargué inevitablemente y hasta hoy con una cruz que contiene la vida entera. Dedicarse a la poesía es poco menos que un calvario. Y dedicarse a llegar el primero, una necedad. Todos vamos al mismo sitio. 



Desde un garitón en obras, con las tomateras de siempre en el huerto, hilando palabras

Mariví Verdú

 

lunes, 31 de mayo de 2021

CASI VEINTICINCO MIL AMANECERES, por Mariví Verdú

Rasga el silencio el canto de un gallo en la lejanía. El sonido llega debilitado haciéndome suponer que está a un escaso cuarto de legua. Son las cinco y cincuenta de la noche. Ahora ladra un  perro, pobrecito, debe sufrir insomnio, como yo y, mientras a mí me da por encender el ordenador y sentarme a escribir que canta un gallo y ladra un perro, él se queja con ese aullido ancestral que tanto tiene que ver conmigo. Seguidamente comienza el coro de los pajarillos que viene anunciando que pronto comenzará la amanecida. Los primeros rayos de sol devolverán a la tierra el precioso aspecto que tiene después de la lluvia. La tierra es espléndida y devuelve flor por agua, fruto por rocío, verdor por humedad. Sí, hay mucha humedad en el aire por lo que todavía uso un pijama de algodón, finito pero de manga larga, el mismo que llevé a Tetuán cuando se podía viajar y al castañar de Parauta después de vacunarme. En el monte refrescan bastante las madrugadas y hay que defenderse de un resfriado llegados estos años que tiene una ya, tan inclementes. Dice el refrán que las mañanitas de abril son muy dulces de dormir y que las de mayo no tienen fin ni cabo pero se ve que el mes de las flores no surte efecto en mí porque desde las cuatro estoy entreteniendo el tiempo para ver si se adelanta el amanecer y me permite ver qué puñetas le ha podido pasar al motorcillo del aljibe que no me deja sacarle el agua y me tiene en vilo. En un par de días no servirá para nada la última lluvia si no riego pronto el sembrado.

Me he levantado a hacerme un poquito de café. Al tiempo que se calentaba la leche, he puesto en la tostadora una rebana de pan, he pelado un ajo y he echado un platillo con aceite. Por unos momentos he pensado en la inutilidad de lo que escribo, de todo lo que hago salvo el hecho de estar preparándome el desayuno, del aquí y ahora. Recapacitando doy la importancia precisa al hecho de ser libre para cualquier cosa que se me ocurra, pintar, leer, reír o blasfemar. Encadenando pensamientos empiezo a elucubrar buscando a quién dirigir mi agradecimiento. Casi me pierdo el momento mágico: raya el alba. A través de la ventana de mi cocina observo un leve resplandor perfilando los montes, tiñendo el cielo de un tono azul violeta encendido que no tengo en mis lápices acuarelables. Ni en mis óleos tampoco. Sé cómo conseguirlo en una melangé que siempre resulta sin fulgor por mucho que logre acercarme a la tonalidad. En pocos minutos se ha inundado el cielo de malva y al volverme al escritorio ya habían tonos rosas y naranjas por donde se espera la inminente salida del sol. He aquí el día.

Bajo la luz todo va cobrando los volúmenes perdidos, la profundidad oculta, los matices exquisitos que solo la pátina del amanecer sabe dar a las cosas. Esta madrugada estaba sumamente triste, una tristeza sin motivo preciso y sobrada de  ellos que me incitaba a despotricar del mundo y del humano, a cagarme en todo lo pseudo, particularmente en la pseudoamistad y  la pseudofamilia, esa carga  que todos soportamos en alguna medida y que no sirve para nada más que para lastrarnos la vida. Esa gente que espera de ti lo que nunca fue capaz de darte. Sé que para continuar avanzando hay que olvidar a los impíos (hablo de piedad) y materialistas que vinieron a la vida de una a demostrar lo poco que merecen la pena, a regalarnos una tristeza con la que convivir hasta la hora de la muerte. Desechando estos desgraciados pensamientos, vuelvo mis ojos al cielo amanecido y me doy cuenta de que hoy va a estar nublado pero, aún así, procuraré salir al día con la frase de Horacio entre los labios: Carpe diem.

Sé que seguiré dejándome la piel en lo que hago, me importa un bledo si me leen, si le interesa a alguien lo que pinto, lo que opinen o dejen de opinar de mi trabajo, y seguiré porque cada uno vino aquí a algo y yo he venido a esto, a lo mío, a mi vida, a sacarle al día las pequeñas cosas que hacen que la propia vida sea singular y no de rebaño. 

Ay, si me viera en la tesitura de tener que salvar personas de un caos tremendo, sé perfectamente a quiénes no me dejaría atrás. Ocuparíamos una embarcación a modo de arca y esperaríamos cantando la llegada de la paloma con la ramita de olivo en su pico. 

Y a seguir dibujando amaneceres.  

Desde El Garitón, con las amarilis decapitadas sobre el fértil lecho del huerto, Mariví Verdú

ANTONIO MONTIEL, ESCUDO DE ORO del Rincón Flamenco de Las Castañetas, por Mariví Verdú

Un día más la magia tuvo su cita en nuestra peña, en el rincón del cante más flamenco de Málaga, en Las Castañetas. Ayer se concentraron all...