lunes, 7 de julio de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE SOÑANDO CON LA PUEBLA

Ayer tarde parecíamos estar dentro de un inmenso capullo. Así era el color del cielo, cerrado y de seda. Las chicharras cantaban y callaban al unísono. La noche vino transparente. Y la meditación sobre la vida y sobre las risas próximas me acercó al pensamiento la gran capacidad de olvido que tienen las criaturas. Si recordáramos el dolor que sufrimos durante el tiempo en el que se nos rompieron las encías para echar los dientes, no tendríamos ganas de comer siquiera. Si nos acordáramos de lo que fuimos antes de nacer y de lo que seremos después de la vida, nos enroscaríamos como una cochinilla bajo la piedra última. O besaríamos en la boca al mundo y seríamos más justos y humildes.

Cuando escribí aquella letra flamenca que decía:

No me gusta caridad,
que yo prefiero justicia
que limosnita que dar

no sabía que se me vería tantísimo el plumero. Pero la verdad es que no me importa demasiado que mis compañeros de viaje en órbita terrestre se enteren de que voy escorada del laillo del corazón. O sea, que me puede la sangre, por color y porque de ella he mamado la única honra que los humanos tenemos, ser humanos. O lo que es casi lo mismo, ser divinos.

Bueno, no sé si esto es un artículo o una confesión. Porque, más que escribir, sigo inmersa en la lectura de María Zambrano y en su gracia. Con ella me une el amor al alba. Yo asisto cada día a su ceremonial. Del alba me nutro y es por él que tengo sombra y color. Asombrada, en primera fila, disfruto el mayor espectáculo del mundo, el amanecer. Un presente gratuito que nos es concedido a todos por igual, sin tener en cuenta los merecimientos, sin previo pago, con idénticos tonos para todos los vecinos del mismo lugar, o para los prójimos de otros lugares; un obsequio del sol, un don.

El sol, en cuanto sale,
me da en la cara
un beso calentito,
le doy las gracias.

Yo, que estoy cansada de ir y venir del dolor a la razón por la tajea del verso, me he dado cuenta de que, como decía Gustavo Adolfo Bécquer en el prólogo de La Soledad, libro de poemas escrito por su amigo Augusto Ferrán en 1861 -bastante influenciado por Heine-, la letra flamenca es una síntesis del conocimiento humano, es pura filosofía y resume la extensa cultura del pueblo andaluz: Y todo natural, poesía breve, seca, que brota del alma como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, desnuda de artificio; desembarazada dentro de una forma libre, despierta, con una que las toca, las mil ideas que duermen en el océano sin fondo de la fantasía.

Y a lo mejor por eso me dedico con tantas ganas al oficio de levantadora de coplas, término que uso comúnmente con mi amigo Andrés Jiménez.

De la vida he conocido:
su rosa, la del amor;
su espina, la del olvido.

Porque mientras condenso en una soleá la pena, parece que el nudo que trago es menos denso, menos doloroso. Y porque me gusta con locura trabajar con el idioma que se me dio al nacer, con el precioso talismán al que acudo cada día y al que me consagro cada noche; con el idioma de mis sueños.

De la vida he conocido:
su rosa, la del amor,
su espina, la del olvido.

Ayer noche escribí muchos versos y me dormí agitada pero feliz con la ilusión de ir a la Puebla de Cazalla hoy, día de San Fermín, multiplicando el goce que siempre me produce ir a Sevilla. Allí llego de cualquier forma, por Martín de la Jara y Los Corrales, por Lora o Aguas Dulces, por caminos propios que van cruzando los puentes del Río Grande. Esta tarde iré por un premio que lleva el nombre de Francisco Moreno Galván, por lo que iré más contenta que unas pascuas.

La Puebla de Cazalla es cuna de grandes artistas, de grandes nombres del flamenco, José Menese, La Niña de la Puebla, Manuel Gerena, Diego Clavel…, y como abanderado, Paco.

Allí vio la luz Francisco,
en La Puebla de Cazalla.
Orgullo de ser morisco,
poeta, donde los haya…

Y como esta tarde se descubre qué premio me dan -sé que uno tengo- pues me he preparado como una novia. Porque el premio de verdad es que mi nombre y el suyo se barajen a las nueve de la noche, en la Plaza de la Ermita de La Puebla, y el maestro me coja de la mano para llegar a ese sitio adonde sólo él supo llegar. Adonde no alcanza el olvido.

Sueños de mi juventud,
libertad y rebeldía,
conformaban tu poesía
transmitiendo la virtud
del ideal andaluz
hecho de luna y de pan.
En mi corazón están
todas tus palabras vivas.
Con mis manos las escribas,
Paco Moreno Galván.


Desde el cuarto soleado, agradecida y sola, Mariví Verdú

domingo, 29 de junio de 2008

EN NOCHE DE INSOMNIO, A MORENO GALVÁN, por Mariví Verdú

 
Meditación.- Meditando y transcribiendo en noche de insomnio, con María La Veleña en mi conciencia como una rosa fragante, me doy a la descritura del alma porque así me lo pide el cuerpo 
 
Cuando abrimos un grifo y sale agua, imagino que habrá mucha gente que, como yo, agradezca el ciclo de las aguas: cielo, mar, nube, lluvia, rocío…, que se acuerde del zahorí, del artesano del barro que hace botijos, del constructor de las presas y pantanos, del mundo romano y sus acueductos, de Tomás Gryll, inventor del mecanismo, y de tanta comodidad como brinda la sociedad actual. Por tanto, imagino que, como yo, mucha gente también dará las gracias a todos ellos por el deleite de una ducha o de un trago de agua, por la suerte de las coordenadas donde vino al mundo y, si es creyente, alabará al Dios de la Creación y al segundo de sus días hábiles. Vaya, que si no se piensa y agradece cuando se abre un grifo, debería de salir arena por él, sólo entonces miraríamos al cielo y, ante el miedo, agacharíamos la cabeza y nos meteríamos la altanería en donde nos cupiera. Seguro que comenzaríamos a pensar en todo el proceso que nos ha llevado a este maravilloso estado en el que vivimos por aquí, por esta parte privilegiada del mundo. No estaba equivocado el que llamó a esta tierra Ciudad del Paraíso, ni pizca de loco estaba este Vicente. 
 
 Cuando empiezas a aceptar la época del año que vives y acoges el calor con la misma mansedumbre que el frío, la hoja nueva igual que la caída y arrastrada por el viento; cuando el lenguaje común se torna ajeno al vocabulario que te es propio, cuando no te reconoces ante el espejo y eres más feliz con el silencio que con la gente, es síntoma de que dejas de pertenecer al mundo para empezar a ser tú, a ser la soledad misma, o sea, más nada y por tanto más cosmos y más luz. Vaya, que no sé porqué nos cuesta tantas lágrimas y tantos años alcanzar la conquista que debiera ser el estado natural de los seres humanos: Ser. 
 
Cuando el estado de un alma es reposo o acción precisa, observación y creación, cuando tus ojos presencian cada amanecer confundidos en la luz, siendo parte necesaria de la sombra y por tanto de la belleza del mundo, cuando la paz llega a través de lo cotidiano, de lo insignificante, o lo que es lo mismo, de lo infinito y milagroso; cuando el placer lo proporciona el contacto con los verdes positivos de las pimenteras, con la menuda flor amarilla del tomate, con la inmaculada de la patata y los golpes de cólera vienen provocados por la fecundidad inútil y contaminante del árbol de los dioses, o del mirlo, usurpador y descarado, podemos decir que estamos rozando la gracia plena, el don de los dones, la vida y la conciencia de que te posee. 
 
Cuando los vínculos son cada vez más estrechos con la tierra y menos con la carne, cuando hijos y sangre propia dejan de ser lazos de horca para ser vuelo conjunto, afinidad, amistad y compañía en el viaje; cuando el sexo dice adiós al fuego, a la pira nupcial donde se quema el amor, y dejan de ser la grasa y las feromonas capitanes de tu nave; cuando sientes ajenos los hábitos sociales y, ante el miedo que este injusto mundo provoca, prefieres refugiarte en Talión como único entendedor del mundo y sus habitantes – yo prefería al Cristo, pero él no es ideal para esta sociedad indolente y maleducada, que a Cristo le llama tonto porque ama-; cuando te das cuenta que en tus brazos podrán hacer nido los pájaros en sólo cuestión de segundos, entonces, me siento, y escribo. 
 
Conclusión.- Porque escribir es mi única forma de decir gracias. Describir y desnudarse en una misma y perfecta simbiosis con el alma. Una cita a ciegas con vuestros corazones. Un momento de magia y comunión contigo, lector, que has llegado hasta aquí y no has cerrado ni mi boca ni tus ojos. Y encima sin hacer ruido ninguno de los dos. Gracias. 
 
 Intentaremos dormir un rato. Málaga reluce relajada sobre la bahía en un espejismo de luces de colores. Me gusta así. Es bellísima. 
 
 A Francisco Moreno Galván, allá en los cielos.
 Desde las faldas del monte, entre el Jabalcuza y el Jarapalo, de madrugada, Mariví Verdú

jueves, 29 de mayo de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE SE VA POR "ESPACIOS TRANSITADOS".

Cuentecillo dedicado a una obra pictórica recién presentada, y, por ende, a su autor, y por inevitable consecuencia, a quienes dan con ella. Por cierto, la exposición se llama Espacios Transitados, el pintor, Rafael Alvarado, y los que quieran ir a visitarla pueden hacerlo en el número 5 de la Cortina del Muelle de Málaga. Galería Cartel.

Dicen que fue una tarde de Mayo cuando se fueron, dicen, pero no estaba el cielo mayeado, no, era el cielo de color sienna oscuro y una fina lluvia había perfilado los contornos de aquellos hombres que cruzaban la pista, hatillo en mano, haciendo de sus sombras más tierra, y de las nubes más tierra, y de las aguas más barro. Para quien no usa otro reloj que el desamparo, era cualquier día. Aún así, el instante es, como para todos los que se van, eterno. Un golpe de brisa en la cara, una inevitable quietud que rueda en su largo retorno, que cabalga parada, con el corazón por delante y la vida entre los dientes, era todo. Y una sola idea monocorde que parpadea a la par de los intermitentes… ¿dónde? Y, sin destino alguno, se dirigen en cola, perspectiva del drama universal. Encaminados hacia un avión que no es metálico sino de color del tronco de un ciprés antiguo. O azul, quizá, slategrey. Aunque son varios aviones hay uno solo. Todas las panorámicas son convergentes. Oh, fuerza de la contradicción que mantiene el curso de los ríos. El mundo queda quieto, estático, abierto a los abismos y sólo lo ilumina un cielo que, pocas veces, tiene alguna sombra de rosas o de espinas. Y el avión está, como toda la vida que pasa, de espaldas, en ningún sitio.

Oh sol de luz oscura que persiguen los hombres. Ay el hombre, ni recorriendo todos los caminos llegarás a encontrarte, de tan profunda huída de ti mismo y del Dios que te cuelga en las espaldas.

He visto tanto en esta nueva obra y tan estremecedora es toda ella que más ahondaría, si pudiera, en lo que me dejó por descubrir, en el pensamiento que rondaba la poblada cabeza de Rafael Alvarado cuando, pincel en mano y resguardado de todo menos de sí mismo, pintó y dijo. Este hombre capaz, de corazón radiante y ojos limpios por humildes, mucho ha debido sufrir desde su vejez hasta hoy, mucho habrá caminado por el túnel redondo, mucho sabrá de luces y de sombras…Si no, no me lo explico.

La soledad, amiga que no me abandona ni de día ni de noche, y yo, nos despedimos con una rama de olivo en la boca y una recomendación: no se pierdan Espacios Transitados. Merece la pena.

Mariví Verdú.

viernes, 16 de mayo de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE RECUERDA HOY LA FINCA SAN ISIDRO


15 de Mayo de 2008, San Isidro, día del Patrón.

 En el día de su patrón, a la FINCA DE SAN ISIDRO.
Hace muchos años, más de cincuenta, mi corazón, chico aún pero entero, latía libre y más cerca afectivamente de las riveras del Guadalhorce que de las del Guadalmedina. Estaba dentro de mi pecho, ya dispuesto al sacrificio, y volaba por los Portales de Gómez, por aquella hilera de casas que se hacían simétricas por un portón situado en el centro, por un carril que llevaba a la casa de un tal Rogelio Oliva “El señorito” y de su hermano Miguel. A este último es al que mi padre odiaba por haberse tenido que poner -por única vez en su vida- de rodillas para suplicarle que no nos echaran de allí, de aquellos corrales que con sus manos convirtió en una vivienda digna. Mi padre, que había cambiando la vieja tranca por una humilde cerradura, hizo de ellos un plácido y agradable lugar: mi casa, mi hogar.

Gracias al tesón de los vecinos, la fachada de aquellas casas estuvieron siempre muy bien encaladas. Estas tenían un zócalo de un metro aproximadamente, pintado con una mezcla de aceite de linaza y polvos grises que perfilaban a mano y remataban en su base con un rodapiés de más de un palmo de alto de alquitrán. Mi casa era la número 62 y era a lo estrecho. A ella se accedía bajando un escalón y, por el pasillo, entre aspidistras y aureolas, se llegaba hasta el patio. A la izquierda del corredor, dos puertas que daban paso a los dos únicos dormitorios: el de mis padres y sus dos hijas, que tenía ventana hacia el mar y la Haza Honda. El otro era de la abuela y del tío soltero y tenía una pequeña ventana alta que daba al patio. Entre las dos salas, enfrente, la alacena. En el patio se albergaban cocina, lavadero, mesa comedor, hornilla de petróleo, baño de cinc, lebrillos, tabla de lavar, la orza, un aparador y poco más. Como decoración, coleos y helechos. Teníamos también un perro que recogimos porque, desde un 18 de Julio, cuando era fiesta nacional y se iba la gente a pasar el día al río, anduvo perdido hasta que dio con nosotros.

La casa había tenido una historia anterior, la de unos emigrantes, una historia que rubricó Joaquín González sobre el Pórtland rojo de la rústica solería, al pie de la alacena, con una inscripción cuando aún estaba el cemento fresco que decía: Joaquín y Loli. Este hombre era amigo de correrías del Lili, que así apodaban a Antonio Molina, el cantaor, y jugaba de chavea en el Club de Fútbol Vista Franca. Joaquín fue el que arrastró de mi tío Gabriel hacia la Argentina y éste, a su vez, de mis otros tíos, María y Federico. Mientras tanto y hasta la vuelta, dejó a mis padres aquel portal. En un tris estuvimos de irnos todos, papeles tengo que lo acreditan, pero no sé si fue mi madre o fue mi abuela la que le costaba arrancar de esta tierra suya y no nos fuimos. Puede que por entonces nadie pensara que en este portal se forjaría un alma tocada por la triste vara, aunque milagrosa, de la poesía. Joaquín me presentó años después a mi padrino en este trágico menester, al insigne Manuel Benítez Carrasco.

Las gentes que habitaban mis dignos portales eran humildes e importantes. Maruja era una mujer especial y tenía un óleo que la representaba, a gran tamaño, en su pasillo. Algo impensable en la formación y, más aún, en la economía media de nuestros vecinos. Maruja no salía a la calle y me mandaba a por el pan -no sé por qué me elegiría- y me daba propina. Maruja tenía una grandísima historia... A ambos lados de mi casa vivían, tirando para Málaga, María “La Gorda” y María Cantero, con sus respectivas familias, compartiendo casa con derecho a cocina; tirando para Cádiz, Antonio y Antonia Medina, viejos ya, a los que los diablillos poníamos la casa del revés a la hora de la siesta. Los niños jugábamos en mitad de la carretera de Cádiz, por lo que podemos suponer el cambio experimentado en ella durante éste medio siglo. Por entonces también era distinto el tiempo, las tardes eran largas en verano y lluviosas en invierno, había entretiempo, rebecas, olor a chilindro y llamanovios.

A la guardesa de la finca de Don Rogelio la llamaban Ana “La Matona”, una buena mujer que mandaba las cartas a su hijo emigrante sellás y santificás. Vivía en la casa del portón, la que daba paso al carril que acababa en una mansión a la que nunca me dio por visitar. Ni me arrimaba a ella. Su camino de acceso estaba flanqueado de palmeras con unos dátiles dulcísimos que los niños, escondiéndonos del señorito, robábamos y  disfrutábamos dejándolos derretirse en nuestras bocas. A veces también robábamos pimientos tiernos, zanahorias o cogollos en la huerta de enfrente, en la de Vallejo. Yo era una especialista en robar cogollitos y me las arreglaba de forma que no parecían faltarle a las lechugas ya que le colocaba sus hojas muy bien puestecitas... Todo se comía tal cual, ni se enjuaga ni nada porque no había tanta mala química en el proceso de aquellos cultivos, sólo luz de sol y agua de acequia. Y allí mismo, en la huerta que era de Victoria, la mujer a la que debemos el nombre de la cerveza, había una alberca, helada siempre, sobre la que dibujaban hilos de oro y danzas de sombras las libélulas o caballitos del diablo, con sus colores bellísimos y su temblor de azogue.

El Estanco del Boa, colmado que tenía de todo, desde una barrica de arencas, hasta tabaco o pan, era el vértice de un ángulo recto entre la herrería de Carmen, en la Realenga, y los propios Portales de Gómez. El quiosco de Dolores la del policía, en la esquina opuesta, estaba situado en los Portales de Germán, adonde también se encontraba la vieja casa que fue mi primer colegio, el de Doña Consuelo, un colegio mixto al que dedico un capítulo entero de "Portales de mi infancia". El quiosco hacía esquina con aquella hilera de portales y la acerilla adonde el Bar Polo o parada de los coches de Portillo, que era casi lo mismo, y allí comprábamos los barrilillos de pipas y altramuces toda la chiquillería. Enfrente, en el llano, mi madre ponía las cañas para alzar el cordel donde tendía la ropa. De allí se llevaron su sábana de lazos…aún conservo la almohada.

La niñez es la época más bella y misteriosa de nuestra vida. Todo es nuevo, todo es tan solemne como insignificante. Las comparaciones no son lógicas en esos años niños y te emocionan cosas que con el tiempo se revalorizan o se olvidan. Sólo los que de chicos nos dio el sarampión y nos pusieron los cuartos con luz roja podemos recordar algo de la magia que envolvía la luz clara de la mañana del eterno domingo.

Lo que más me gustaba del mundo era que mis tíos Gabriel y Federico me dieran trechas, vueltas de campana entre sus brazos. Y sentirme pequeña, y volar. Y me encantaba subirme en la Lambretta de mi padre, con la seguridad que su sola presencia me inspiraba, y montarme delante, cortando el viento… Y me sobrecogía ver llover por la tela metálica que cubría el tejado del patio, aquella que servía para que las salamanquesas tomaran el sol en verano.Y me atraía el hacer la copa con mi abuela, en la calle, oliendo y meditando no sé qué sino incierto en los mágicos trazos del fuego. Y disfrutaba viendo a mi madre cuidar de sus macetas y echando la ceniza de la copa en la orza… ¡cómo blanqueaba los trapos aquella receta mágica y perfumante! Pero había algo que me gustaba sobremanera y que esperaba siempre con un deseo ferviente: que me llevaran mis tíos o mi madrina a la Finca de San Isidro. Eso era como un regalo de la vida, como un premio del destino.

Tener coche no era lo habitual por aquel entonces, más que para personas pudientes. Una moto sí, tal vez a base de economía sacrificada, pero un coche… Y mi padrino, que era el mejor campesino que he conocido, era también terrateniente y podía. Tenían uno que habían comprado sus hijos en Madrid, aprovechando aquel viaje a Tudela, cuando fueron a por la semilla de las alcachofas. Se fueron en tren y se volvieron desde Madrid con un Standard, así que me llevaban en ese precioso coche, con su muñequito de muelle que se movía mucho, camino de San Isidro, mientras el paisaje se  metía por mis ojos, impresionables y puros, cuando dejaba atrás las huertas hacia Los Guindos, los verdaderos, con sus hilera de casas con arcos y ventanales redondos pintados de azul cobalto, y alcanzábamos el Fielato y empezaba a oler a dulce caña, a melaza pura, cerca del río, en la Azucarera. Íbamos siguiendo paralelamente la ruta del mar, pasando por delante de vaquerías, dejando atrás restos de industrias y chimeneas, y muchas huertas. Una vez cruzando el Guadalhorce, hasta llegar al carril de San Isidro, a la derecha, había una chispa. Casi enfrente de San Julián, el camino tenía un kilómetro justo y venía a desembocar, en sentido inverso y paralelamente al río, en una cortijada blanca levantada sobre un llano, adonde la niña que me habita subía los escalones de la casa familiar con una alegría inusual y con los ojos abiertos como rastro.

Mi padrino era un verdadero patriarca y merendar en su mesa era un placer. Mis primos Manolo y Federico llegaban con los cubos de leche, espumosa por recién ordeñada, con cinco dedos de nata, y aquel café me sabía a gloria. Padrino cortaba pan y me decía: ¡niña, come! Su voz y su amplia sonrisa se correspondían con su corazón. El mayor aliciente del viaje, sin contar la hora de la mesa plena de varones hermosos, era que me subiera con él en la carreta. Y escuchar el crujir de las ruedas de madera sobre el camino, sentir el paso acompasado de los bueyes, observar la coyunda y mirar la mansedumbre de tan grandes y respetables animales. Otros estímulos eran ir a coger habas o cortar alcachofas llenas de rocío; ir a los grandes nogales, allá por Monte –adonde hoy están los aviones, porque aquellas tierras le fueron expropiadas a mi padrino en tiempos de Franco para hacer en ellas el aeropuerto malagueño-. Y el encanto del regreso era, para mi padrino, haber revisado el riego de sus campos, para mí, haber experimentado en mi cara el beso del aire, en mis oídos el del silencio y en mi corazón el de la libertad. Me encantaba asistir al colegio de Don Pedro e ir de merienda con los niños a los llanos abiertos; dormir con la inmensidad de un cielo estrellado sobre mi cabeza; oír los gallos cantar las mañanas…

Pasar al Patio Adentro, por la pared que lindaba la casa de Mariquita y Baldomero, era ir lejos. Cruzar el arco, más lejos aún. Por eso, cuando despertaba en la casa del patio atrás, me sentía extraordinariamente lejos. Y me gustaba meterme en el almacenillo, adonde se dejaba secar el maíz para el grano, porque olía a las sayas de la mazorca, a las marañas de panocha, a los aperos de labranza, a jaeces y atalajes, a papas, a cosas buenas. En aquel almacén se podían correr caballos. Allí había de todo, una romana, maquinarias muy rudimentales, picadora de carne y avios para la matanza… olía a vida escondida entre la arpillera de los sacos. Ir con mi madrina al gallinero y sorprenderme con la puesta de huevos era una clase práctica de biología; observar los ojos grandes y piadosos de las vacas, oler a becerrillos, verles rumiar y ahocicar y abandonarse al destino, una clase teórico-práctica de filosofía.
Y es en la niñez donde todo se fragua, donde la luz parece más grande que la nada, pero el tiempo, que pasa y no conoce a nadie, nos deja a la inclemencia de nuestro devenir. Hoy ya nada es igual. No queda una casa en pie. Las almas sí, algunas, a base de recuerdos. Y los que sobreviven a todo este desastre, mansos como corderos, callan. Los portales de mi infancia hace mucho tiempo que desaparecieron y no quedan más que sus viejas palmeras y una mujer que escribe para hacerles justicia. Pero aquellos pavimentos de hermosos dibujos en las casas de los altos techos, las terrazas con ropa tendida y el olor a vida de la Finca de San Isidro, a toda aquella vida la han hecho desaparecer hace muy poco. Aún no han pasado a la historia. Por eso, porque en mi corazón queda un trozo infinito de ternura hacia los que me dieron la oportunidad de disfrutar y amar, de conocer ese rincón, de crearme bellos recuerdos y poderlos contar hoy, no quería dejar de pasar por alto un pasaje tan hermoso de la vida de muchos, de mi propia vida, y sí quería dejar el primer capítulo de su historia firmado con mi puño y letra. La nostalgia es una canción dedicada, un poema tierno; la nostalgia hoy se llama San Isidro.

Dedicado a mi padre, que cumpliría años mañana, a mi hermana, que mañana los cumplirá; a mi padrino, Manuel Luque Lavado, a sus hijos Maruchi y José Luque Navajas -que es mi cuñado también- y al resto de sus hermanos, en particular a la memoria de mi primo Manolo y, cómo no, a mis tíos María González y Federico Navajas con quienes viví San Isidro nocturno y emocionado porque era en su casa donde me quedaba a dormir. Desde luego, vaya para todos los que se identifiquen con estos momentos de mi infancia. Y como siempre, a mi madre y a mi hijo, que me adoraban, y a Pedro, Cristina y Dani a quienes adoro. Desde lo más hondo de mi corazón.
 
Mariví Verdú

jueves, 8 de mayo de 2008

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE. QUIEN NO MANTIENE LA REVOLUCIÓN A LOS CINCUENTA, NO ES NADIE

Doliente y de Occidente: Quien no mantiene la revolución a los cincuenta, no es nadie.

A estas alturas de la vida va siendo cada vez más difícil asombrarse y más aún sentirse ilusionado por algo, porque los cincuentones –en el artículo neutro y plural meto a todo Cristo viviente nacido por los cincuenta que ya está bien de arrobas y chaladuras- han aguantado mucho chubasco y han cabalgado a pelo el trayecto que había desde la cercana guerra civil hasta el trocito de tierra estéril adonde se sobrevive con menos de quinientos vocablos y mucho botellón. Por mi espíritu anárquico y dado a las complicaciones metafísicas, cada día resulta más complicado sentirme complacida en actos sociales. Sin embargo, ayer disfruté conociendo a un buen puñado de iluminados a los que puse cuerpo, voz y sonrisa. Eran mis compañeros virtuales, colaboradores todos de Diario La Torre Punto Com, cada uno con su particular locura y sus pies enraizados en una tierra que aman. Me encantó estrecharles la mano, hablar con ellos y compartir platos y copas, reír y tomar en serio la risa, y tuve la ocasión de dar la enhorabuena a los hermanos De Molina, quienes tan cercanamente dirigen este trabajo, que tanto mérito tiene, imprimiéndole tan importante carga de humanidad, solidaridad y respeto.

Primero estuvimos en el acto institucional, con todos los representantes políticos del pueblo de Alhaurín de la Torre, encabezados por Joaquín Villanova, alcalde singular, eficiente y bonachón. Un paseo por los dos años de vida del periódico digital, lider en la provincia, abierto por 10.000 lectores diarios y una conferencia de García Pérez sobre la Constitución y sus vivencias polacas que nos acercó a la reciente historia de España. Asistió una amplia delegación de los principales estamentos deportivos y empresariales junto a una alta participación social, por lo que estaba completo el aforo del Auditorio Vicente Aleixandre. Y como fuimos muchos, casi todos los colaboradores, y queríamos festejar el II Aniversario brindando y compartiendo, así lo hicimos. Lo natural, cuando somos tantos, es que la gente se reúna por afinidad en pequeños círculos para poderse comunicar con más atención. En el que estuve integrada estaba constituido por Pepe García Pérez, al que ya conocía y admiraba desde hace muchos años; Carlos Benítez Villodres, con quien compartí tarea de presidencia en la Asociación Malagueña de Escritores y a quien he seguido en su labor literaria; Antonio J. Quesada, que conocí minutos antes, a la salida del acto, en la puerta del auditorio, un joven escritor a quien ya tengo fichado por sus trabajos en el periódico; Jesús Manuel Castillo Ramos, que tiene tan buen corazón, y mi compañero de alegrías y penas Jesús González, otro buen corazón que comparte el pan conmigo. Y un buen rato que tuve bis a bis con Manuel Ángel Rodríguez García, un profesor que conserva intacta su risa, su matemática y su alma. Y Javier y José Manuel de Molina que, como buenos anfitriones, iban y venían de un círculo a otro con una amplia sonrisa y la tranquilidad del deber cumplido.
Vaya, que me metieron entre todos ganas de volver al mundo.
Gracias, amigos, quien no mantiene la revolución a los cincuenta, no es nadie. Quien se niega a mantenerla, que le den. ¿A qué sí, Antonio?
Por eso, aquí ando de nuevo, buscando en la palabra vías abiertas. Pero sigo doliente, muy doliente, y lo único que me alegra es que no haya cambiado vuestro talante y que la primavera sea hermosísima. Lo demás del mundo es para tomar mixto.

Desde la falda del Jabalcuza, un día que promete lluvia para las lechugas, Mariví Verdú

ANTONIO MONTIEL, ESCUDO DE ORO del Rincón Flamenco de Las Castañetas, por Mariví Verdú

Un día más la magia tuvo su cita en nuestra peña, en el rincón del cante más flamenco de Málaga, en Las Castañetas. Ayer se concentraron all...