sábado, 6 de marzo de 2021

“UN TRISTE EPISTOLARIO”, por Mariví Verdú.


Pronto se cumplirán quince años de que comenzara a escribir una serie de cartas a mi madre con las que pretendía ilusamente ir poniéndola al día de lo que acontecía en mi corazón, en mi vida y en esta casa suya que habito desde que se fuera y que me la recuerda a todas horas del día. A ella y a mi padre, porque ambos se quedaron aquí, en cada rincón abierto de este hogar heredado, junto a mí, como lo están las violetas y las parras, como está el jazmín de mi tía María Teresa, como está mi hijo y el pedregal en el que han convertido su reposo. Siempre cerca de mi corazón como el silencio. Fieles y vigilantes como mi gata. A todos mis muertos les escribo cosas que guardo en un archivo al que di en llamar “Un triste epistolario”, un epistolario triste porque no recibo respuesta. A veces me pregunto qué ocurriría si tuviera la dichosa ocasión de ponerme al día con alguno de mis seres queridos pero me resulta, de momento, imposible. Y vaya si lo intento, pero ellos traspasaron ya la barrera de la muerte y yo todavía solo he atravesado la de la locura, esa que ocurre en vida cuando no se deshecha nada, cuando ésta transcurre en un trasiego que va del agotamiento a la frustración por los vericuetos del lápiz y el papel.

(...) Bueno, mamá, muchas cosas han cambiado en nuestro entorno pero no lo esencial. Vaya, que Málaga sigue aquí, tan bella, con achaques de vieja pero con muchísimas cosas nuevas que se van adaptando al paisaje con la misma naturalidad que una se hace a todo. El mundo sigue rodando y Málaga va con él, siempre a contracorriente, como nosotras: una, tú, porque no puedes moverte más que siendo parte viva de la naturaleza que se derrama en violetas, y la otra, yo, que asumiendo la tarea que me ha tocado, vivo aislada, eremita, manteniendo el encierro que requiere la escritura, dejándome llevar con el planeta hasta que se me permita. De momento sigo fiel a mi sombra como tú a la hierbabuena. Confiada en tus cuidos me abandono al destino, madre mía. Abrázalos a todos. Besos de tu hija. 

 *PD. Mamá, el otro día llamé a tu amiga Mari, la de Dottor, que vive y mantiene su cabeza buena con noventa y tres años. Hablamos de muchas cosas y le he prometido ir a verla. Espero hacerlo pronto, cuando me ponga buena. Sigue viviendo sola, en la vieja casa de la Avenida de la Paloma, porque aún se vale por sí misma. Una bendición. Ah, y felicité al amigo Muñoz Rojas por sus noventa y nueve cumpleaños el pasado 9 de Octubre, ya sabes, Pepe, el poeta de “Las cosas del campo”. Y otra cosa del campo, la jacaranda no ha dado flores, no sé porqué, pero el limonero ha tenido la mejor cosecha de su vida. Está cuajadito. Tu patinillo, con el lunero que no deja de florecer, siempre tiene azahar y huele a gloria. (...) 

Sigo escribiendo cartas lo que pasa es que ya tengo demasiada gente querida que ha traspasado la frontera, se me acumula el trabajo y escasea el tiempo. Además, lo voy necesitando para disfrutar de los que tengo vivos, de los que nunca quisiera que me faltaran. El tiempo ya no es maleable como lo fuera cuando joven. El tiempo, ahora, es un cristal finísimo que hiere tanto si se rompe como si se deja perder, así que lo mejor será tratarlo con suma delicadeza y sacarle el máximo partido. A pesar de su escasez, escribiré cartas hasta que llegue la hora de marcharme. Este triste epistolario es necesario para no dormirme.

* Debo carta a mi queridísimo amigo Antonio Arjona, fallecido el pasado quince de septiembre. Hablábamos tanto sobre el trabajo y nuestra vocación de herreros -cada uno con su fragua, su yunque y su martillo particular- que hoy lo echo de menos. Siempre concluía la conversación diciéndome que yo era su álter ego, su doble en femenino. Nuestras mutuas visitas o nuestras charlas telefónicas eran motivo para cambiar impresiones sobre la vida y sus temas fundamentales: realidad, pasado, filosofía y desencanto; para descubrir y hacernos partícipes de nuestras creaciones, para contarnos los proyectos. Ambos éramos incansables, eficientes, vivos... Siempre decía que no había que parar. Él ha parado, sin quererlo y para siempre. 
 
Antonio hizo suya una frase mía que surgió en una de nuestras interesantes conversaciones, un pensamiento que resumía una postura compartida ante el reto de vivir y que reza: (...) yo trabajo para entretener a la muerte. La citaba siempre como un acierto y se la refería a los amigos como rotunda, concluyente y sentenciosa. 
 
Antonio, amigo mío, no sé por cuánto tiempo más podré entretenerla pero te prometo que, fiel a nuestro compromiso, me pillará trabajando. 
 
Desde El Garitón, siendo martes 5 de marzo de 2021,  Mariví Verdú.

viernes, 12 de febrero de 2021

A MI MADRE EN SU CENTENARIO, por Mariví Verdú

Victoria González Sánchez nace el 12 de febrero de 1921 en Málaga, en el Palodú (Huelin) y fue la cuarta hija de seis hermanos. Su madre, Victoria Sánchez Martín, era de Benalmádena y su padre, José González González de Los Montes de Málaga. Contaba de su niñez recordando con nostalgia la Miga de Doña Micaela... Y que estuvo también en el Colegio de los Curas hasta los ocho años. Para seguir estudiando, cogía los libros de su hermano Antonio, los del grado preparatorio y leía mucho, todo lo que le llegaba a las manos, como el periódico La Unión Mercantil que, a veces, compraba su padre. José era un amante de la música y fue autodidacta en el aprendizaje del toque de la guitarra. Victoria le escuchaba tocar acompañándose por malagueñas y tarantas y por todo lo que gustaba por aquella época. De él heredó la afición al flamenco y, de oír la radio, a la copla. Desde niña y acompañada de un fino oído y de una buena voz, cantaba en bodas y bautizos, y, según dicen quienes la oyeron, lo hacía muy requetebien. Su hermano Gabriel también cantaba flamenco con un gusto exquisito. Así lo constatan José Luque, Paco Padilla, Pepe Cueto, Pepe de Cañete, Manolo Jiménez, Manuel Fernández Maldonado y la totalidad de los socios de la Peña Juan Breva que le conocieron.

Victoria cuenta cómo fue su encuentro con la Fiesta de Verdiales. Ocurrió en casa de su tío-abuelo Manuel González Pérez, violinero, que vivía en Los Chichuces, allá por el Partido de Jotrón, y se quedó maravillada. Se le hizo tan corta la tarde y la noche que les amaneció al raso envueltos en música y estrellas, mientras sangraban las manos de los platilleros y los nudillos del panderero. Contaba que fueron con sus hermanos María y Gabriel y dos amigas de la familia y que salieron de Málaga con una cacerola de pescado frito para los parientes del monte para los que resultaba un escaso manjar y el tío-abuelo guisó una gallina para los llegados del mar. Fueron en el coche de San Fernando y así volvieron, andando, sin haber dormido siquiera, bajando desde el Pantano del Agujero todavía en trance por ese soniquete que ya la acompañó durante toda su vida. Eran sus raíces, las de su familia paterna, todo un hallazgo.

Amante de todas las manifestaciones artísticas, Victoria fue una gran creadora de las formas, del más puro naif, del bordado. El primer trabajo que le quisieron comprar fue en la antigua mercería “La aguja de oro” de calle Nueva donde fue a consultar precio de su labor. Allí le dijeron que no lo tenía, que su trabajo no estaba pagado con dinero. Para un regalo muy merecido sí pero, para venderlo, resultaba incalculable. Y así lo hizo: lo regaló. Y eso es lo que ha hecho toda su vida: regalar. Regalar kilómetros de arte, dibujos originales -como ella decía: sacados de su cabeza-. Sus belenes de crochet, por los que recibió un premio; mantones bordados, colchas, tapicerías, paños, cuadros donde utiliza, aparte de la técnica del bordado, chinitos de la playa recogidos por ella y por su Ángel del Balcón de Europa -eran sus preferidos- en una especie de collages bellísimos. Adán y Eva, El Marinero, La Novia del Marinero, Calle Pacífico, La Virgen de los Dolores, Cristo y sus Espinas, etc. Sus obras han sido admiradas por artistas que la han valorado y no han escatimado en elogios: Díaz Oliva. Antonio Ayuso, Rafael Alvarado, Paco Chaves, Guillermo Aguilera, Juan Miguel González y tantos otros a quienes abrió la puerta de su casa ya que, de otra manera y hasta hoy, su obra ha estado oculta.

Podría estar escribiendo de ella sesenta y siete años y medio más nueve meses y no acabaría de decir sus bondades para con los suyos, en particular con mis hijos, nietos a quienes le regaló su tiempo más preciado. Tuve en ella una madre y una confesora que siempre absolvía mis pecados. Cuando alguien dice que me parezco a ella no saben el honor que me supone.

Amante de las flores, enamorada de las violetas, murió con el corazón partido el 24 de mayo de 2006 y el deseo consumado de volver a su casa de Alhaurín de la Torre, este lugar desde donde escribo agradecida en el centenario de su nacimiento.

El Garitón, a 12 de febrero de 2021


*En la segunda foto, tomada en la entrada principal de la Fábrica del Tabaco de Málaga, aparecen dos de sus más íntimas y queridas amigas: Julia y Mercedes Tuderini.

miércoles, 10 de febrero de 2021

CONFINAMIENTO, por Mariví Verdú

Hace muchos días que no dejo salir al corazón. Está triste, cansado, podría decir que abatido y tengo miedo por él, vaya a ser que tropiece y se caiga. Está torpecillo y se ha vuelto hipocondríaco. A veces se pone a reinar en nuestra vejez y quiere salírseme del pecho. Ambos estamos demasiado gastados y aburridos y nos tratamos como a papel mojado. Andamos inmersos en unas soledades donde el silencio campa del monte a la bahía llenándolo todo de pájaros y murmullos de hojas al viento. Hablamos muy poco, casi nada. Venimos de vuelta con todo ya dicho, como diría Juan Ramón. De niño, mi corazón volaba muchísimo y reía, reía por todo, aunque en el fondo siempre tuvo previsto un depósito de llanto. Y estaba dispuesto de tal forma que cualquiera encontraba cobijo dentro, desde el perro a la libélula, pasando por el humano y lo divino. Fueron pocos los que lo trataron con cariño y menos los que lo hicieron con respeto. Por él pasó toda una caterva que fue menoscabando sus débiles paredes mientras la razón, con su bayeta limpia, iba sacando lustre hasta conseguir el estado actual de transparencia. 

Mi pobre corazón lleva recluido dos terceras partes de mi vida y eso empieza a ser demasiado tiempo. Porque no empezó el pasado año por el confinamiento impuesto, no. El primer encierro ocurrió allá por el año setenta y siete, cuando el desamor me dividió en tres, en un destierro forzado y forzoso. Ay, aquella primera vez en la que abandonamos la isla pitiusa como tres almas en pena dejando atrás el barrio de las higueras y su playa repleta de lagartijas al sol. Ay, mi terraza grande con la ropa de los cuatro tendida frente al mar... 


No sumábamos más que veintinueve años entre los tres cuando regresé sin manos, mejor dicho, con ellas ocupadas: un hijo en mi izquierda, montado al cuadril, y el otro enganchado a mi diestra, caminando, porque no podía con los dos a cuestas. Ahí fue cuando vino la soledad a vivir con nosotros, bajo aquel trozo de aire que fue nuestra casa más de veinticinco años. Pagar aquel pedazo de nada me supuso un tercio hipotecado de vida. Todo a cambio de que ellos tuvieran su dormitorio, su techo, su hogar. Y nuestra independencia. Teníamos una alacena, siempre por llenar, y un salón lleno de amigos a los que milagrosamente daba de merendar muchas tardes. Mi corazón, por entonces, me engañaba mucho. Vivíamos en batalla constante sin entendernos, siempre sacrificándolo, amortajándolo o firmando el eterno armisticio. 

Tenía cincuenta y tres años cuando aquella muerte mía nos partió. Entonces, se paró el tiempo a nuestro alrededor. Las agujas del reloj se volvieron locas y lo mismo corrían hacia la derecha desmesuradamente que giraban hacia atrás como cangrejos poseídos y me pasaban por delante en un asalto a la paz y a la cordura. Aquella muerte mató también a mi madre. Y nos quedamos solos mi corazón y yo encima de un monte, pensando en mis otros corazones, ya lejanos, ya muertos. Fue entonces cuando decidí no hacerle caso, tratarlo como a un desconocido, empezar de cero, hacernos amigos -como suele decirse: borrón y cuenta nueva- y el pobre entró en razón y me acogió como se abraza a un desamparado. Ninguno de los dos podíamos vivir sin acoplarnos, sin querernos, sin cuidarnos el uno al otro. Desde entonces nuestro confinamiento fue voluntario y empezamos a vivir como ermitaños los dos, adaptados al ciclo del almendro, como los lirios del patio o las violetas que despliegan su bandera tan malagueña debajo del limonero. Durante estos últimos quince años nos hemos convertido en un cristal limpio por tanta lágrima, en una piedra bajo la lluvia, en verde musgo, en una sola sombra en trance de la más absoluta libertad. 

Desde El Garitón, adaptándome a la voluntad de la rosa de olor, Mariví Verdú.

domingo, 24 de enero de 2021

LA DROGA DEL RECUERDO, por Mariví Verdú. Título prestado por Claudio Rodríguez

Conocí a Claudio Rodriguez a los dos años de su muerte. Ocurrió en Salamanca, en pleno verano de 2001. El poeta malagueño Juan Miguel González del Pino y yo habíamos viajado a la ciudad dorada invitados por el cantautor Quini Sánchez. Dejamos atrás nuestra tierra -este sur caliente y sin bandera- inundada de gentes dispuestas al suicido, con paisanos y forasteros inmersos en una feria insufrible de la que salimos huyendo por piedad de nosotros mismos. Conscientes de nuestra cobardía pero victoriosos, emprendimos viaje y lo hicimos por separado: él en autocar y yo en el medio más familiar y entrañable que conozco, el tren. Por entonces disponía aún de cuatro viajes gratis al año por ser hija de ferroviario. Era la primera vez que iba Salamanca. Fui la primera en llegar. Ambos deberíamos estar en casa del músico antes del crepúsculo -esa claridad que viene a morir cada noche sobre el espejo del Tormes- para evitar convertirnos en aquellos seres nocturnos que a veces nos poseían y se ponían muy pesados de palabras con vino. Quedé sorprendida al descubrir que la vivienda estaba ubicaba en la plaza que lleva el nombre del poeta zamorano. Ya había oído una voz que le anunciaba. Tuve como precursor a Juan Miguel y, avalado por tan buen criterio, solo me faltaba abrir uno de sus libros. Conocía algunos versos que, de su memoria prodigiosa, me había recitado mi buen amigo de la infancia por lo que tenía predispuesto el corazón. Sí, Claudio Rodriguez había entrado en mi vida con versos y de pronto estaba en una plaza que lo recordaba. Y no podéis imaginar de qué manera se instalaría en mi memoria amable para siempre. 

    La visita a Quini y a su ciudad cantada fue de esas que no se preparan, que surgen, que vienen a una como llegan algunos libros, como sucede cuando nos cruzamos con un ángel y nos sentimos envueltos en un halo de luz, bañados por una dulce quietud donde quedamos inmersos en un grato silencio contemplativo. Desde que salí de Málaga fui tomando notas y así durante todo el camino hasta llegar a Atocha. Allí mudé de estación, calcorreo de vías hasta Chamartín y, una vez instalada en el vagón que me llevaría a mi destino, volví a mi quehacer, a observar y escribir, a admirar las murallas de Ávila y a escribir, a mirar y a escribir, a ver. A escribir... Al cruzar la frontera provincial y entrar en tierras salmantinas, quedé totalmente asombrada ante nombre tan rimbombante como el que pendía en el cartel de la estación: Peñaranda de Bracamonte. Ansiosa de llegar, deseando divisar pronto las altas torres que me esperaban, escribí dos poemas en ese último trayecto.

    
En la estación me esperaba Ángel Ongay, amigo de ellos. Un hombre amable. Graduado social, guitarrista y amante del folclore -especialmente del andaluz-, no tardamos en ofrecernos en amistad. Dicharachero y atento, me acompañó hasta el quiosco de la ONCE que regentaba Quini. El día 1 de mayo del 83 había sufrido un accidente que le afecto sobremanera a su visión. Ocurrió cuando se disponía a participar en un festival a favor de unos mineros en huelga. Juan y él se habían conocido a mediados de los 70. En 1983 dieron a la música una genial colaboración con “El árbol de Acteón”, tercera entrega del Grupo Tlaloc nacido en 1972 y del que Quini era alma pater. 

(...) Tú no me llamarás, pues apenas si soy
el olor de una incierta penumbra,
algunas dulces tardes, lejanísimas
,
que la lluvia ha deshecho. (...)

   Me cuesta acordarme de los primeros momentos por aquello de la emoción de los encuentros aunque recuerdo que Juan se instaló en un cuartillo que quedaba a la izquierda de la puerta de entrada. Era pequeño pero reunía las condiciones que necesitaba de silencio y oscuridad para dormir. Yo me quedé en un sofá que había en el salón de la casa por lo que sería la última en dormirme y la primera en levantarme, algo que nunca supuso esfuerzo alguno para mí. A la mañana siguiente salí con Quini temprano de la casa. Fuimos a desayunar. Juan dormía. Quedamos más tarde en el kiosco para darle tiempo a Juan de descansar y recuperarse. Viajar supone para él un esfuerzo sobrehumano. Me fui mientras a pasear, a descubrir sola las paredes de oro de Salamanca. (En la foto, Juan Miguel González, Ángel Luis Prieto de Paula, Ángel Ongay y yo en la Plaza Mayor. Agosto 2001).

    Habíamos llegado los tres a un acuerdo: Quini compraría con Juan la comida para los tres y correría de mi parte el arreglo de la casa y la guisandería. Y así se hizo. Mientras ellos fueron a comprar, yo me quedé en casa familiarizándome con la cocina y los utensilios que casi siempre son los mismos y están emplazados en lugares idénticos, lógicos y a la mano. Me oriento bien en las cocinas. Debe ser herencia materna. 

    Preparé un fuente con fruta y fui a ponerla en la mesa del salón comedor. Y fue de esa manera como me encontré con Claudio. Porque aquel libro estaba allí encima, a 670 kilómetros de mi casa, en la de Quini, solo, cerrado, vuelto hacia mí, esperándome, junto al sofá donde hube dormido la noche anterior. ¿Quién lo puso allí? ¿Qué hacía “El don de la ebriedad”, Premio Adonáis 1953, haciéndose el encontradizo conmigo? Como en un ofertorio de palabras, oh cofre de papel, oh corazón abierto ante mis ojos, me quedé sola con él. Ellos me dejaron en medio del milagro. 

(...) Oh, claridad sedienta de una forma,
de una materia para deslumbrarla
quemándose a sí misma al cumplir su obra.
Como yo, como todo lo que espera.
Si tú la luz te la has llevado toda,
¿cómo voy a esperar nada del alba? (...)

   Tuve tal ataque de llanto que me fue imposible parar durante más de una hora aquel cúmulo de lágrimas. Un Stendhal de los fuertes, mitad ansiedad, mitad temblor, parejos desde que comencé su lectura. Y leí letras biseladas, empapadas, dimantinas. Leí. Y después salí corriendo hacia el río. Seguí llorando por el puente romano, por las orillas arenosas por donde el Tormes se agranda en los inviernos...acabé sentada en El Corral de la Pacheca, en la ribera alegre, leyendo a Claudio. Me tomé una cerveza y hablé con sus propietarios. Málaga y el flamenco parece que fueran unidos en mi naturaleza y, cosas de la suerte: eran familiares de Rafael Farina, uno de mis cantaores más valorado. Dí gracias a la vida por tantas bendiciones.Y por la tarde, después de preparar el almuerzo y contarles mi espléndida mañana, me fui dando un paseo hasta la Librería Cervantes* de Calle Azafranal. Nada más que dieron la cinco y abrieron la puerta, me compré todo lo que tenían de Claudio. Y desde entonces vive conmigo toda su luz. Juntos hacia el canto.

     Nació el treinta de enero del 34. De vivir, pronto habría cumplido ochenta y seis años. Y digo lo de “vivir” entendiendo lo que comúnmente se entiende por existir: opinión, lágrimas, voto y DNI. Tal vez si hubiera dejado de fumar a tiempo hubiese llegado a cumplir los sesenta y seis ¡maldito sea el tabaco! Aunque la muerte no lo es todo. Ni la vida tampoco. Un todo es ser conscientes de lo que hemos venido a hacer y ser fieles a nosotros mismos. Mirándolo bien, lo que le ocurrió en Madrid en la festividad de María Magdalena del año 99 no fue morir, fue dejarnos su latido, su pensamiento, su sentimiento en carne viva. Moriría, sí, con todos los tristes atributos de la muerte para familiares y amigos, los que no le volverían a ver ni a besar nunca más, para los que echarían de menos su presencia, para los que le querían en cuerpo y alma. No fue así para los que vivían apartados de él, tan ignorantes de su existencia humana como yo, de su tacto y su olor, los que tuvimos que conocerlo una vez trascendido, los que le encontramos buscándolo en sus palabras, los que vinimos a dar con su alma por el contenido de sus libros, a reconocerlo por la calidad de su voz poética, por su honradez y su genialidad para después agradecerle que nos bajara la claridad del cielo. 

     Claudio Rodríguez fue elegido Académico de la RAE el 17 de diciembre de 1987 y sucedió a Gerardo Diego. Tomó posesión de su sillón (Letra I) el 29 de marzo de 1992. Lo hizo con el discurso titulado Poesía como participación: hacia Miguel Hernández. Le respondió, en nombre de la corporación, Carlos Bousoño Prieto. -Aquel discurso lo encargué en RNE y me lo enviaron a casa en una cinta de casette, soporte extinto, a cambio de cinco mil y pico de pesetas. Meses más tarde se instalaría el euro como moneda nacional-. Bousoño se encargaría, siete años después, de su Necrológica en la que concluye con estas palabras:
(...) cuantas veces he terminado la lectura de su obra, una sensación de bienestar inundó mi corazón: un alma benébola y limpia me acompañaba, como para siempre, desde las páginas de un libro.

  Entre los títulos de su bibliografía destacan Conjuros (1958), Alianza y condena (1966), Claudio Rodríguez. Poesía 1953-66 (1971), El vuelo de la celebración (1976), Casi una leyenda (1991), Desde mis poemas (1983). Fernando Yubero y Rafael Morales explican en el DBE que Claudio Rodríguez ultimaba un nuevo libro con el título provisional de Aventura cuando falleció. Su obra poética ha sido reconocida con numerosos galardones y distinciones, entre ellos el Premio de la Crítica (1966), el Premio Nacional de Poesía (1983), el Premio de las Letras de Castilla y León (1986), el primer Premio El Crítico (1991) y el II Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. El 28 de mayo de 1993 fue galardonado con el Premio Príncipe de Asturias de las Letras «por su iluminación de la realidad cotidiana y su adhesión a ella con hondura simbólica, por su relevancia en el grupo poético de los años cincuenta y ante la joven poesía española actual». En 1988 fue nombrado hijo predilecto de Zamora. (RAE). 


    Gracias, Claudio. Gracias, Quini, Juan Miguel, Ángel, Blanca. (A Blanca por haberme llevado al Convento del Zarzoso pero eso lo contaré otro día). Gracias, Río Tormes, Lazarillo, Celestina, Calisto, Melibea... Gracias, Río Duero... yo sí me detuve a oír tu eterna estrofa de agua. 

* En 2016 cerró la Librería Cervantes, después de casi 80 años de actividad. Germán Sánchez Almeida vino desde Peñaranda a comprar una pequeña librería en la Calle Azafranal que llegó a ser la más surtida y acreditada de Salamanca. En 2001 me llevé de sus estanterías todo lo que tenían de Claudio Rodríguez. Todo. 

    Desde El Garitón, a finales de un enero que dura demasiado, bajo un cielo color celeste, agrisado y luminoso, con el alma podada como viña o rosal, Mariví Verdú.

Foto de Claudio Rodríguez: Archivo Fundación Juan March

domingo, 3 de enero de 2021

VIOLETAS APAGADAS, por Mariví Verdú


Es la una de la mañana del día tres de enero. Da pavor sentir cómo corre el tiempo. Basta observar cómo avanza la luna en redor de la tierra y cómo ambas vuelan sobre el infinito llevándonos consigo. Hace solo tres horas y media la vi aparecer por la bahía, menguante, oval, inclinada hacia la izquierda, rosa, naranja, grande...ya está encima de mí habiendo atravesado un cuarto y mitad de su recorrido. Todo transcurre con la rapidez del rayo mientras siento el peso del tiempo en mis carnes como el abrazo de un oso al que hubiera cuidado desde chico pero que, habiendo tomado tan descomunal envergadura, ignorante de su fuerza, puede matarme cuando quiera, al más mínimo descuido. Veo cómo arrastra de mí, cómo me lleva hacía el lugar del silencio definitivo siendo capaz de insuflar en mi corazón el todo de una vida con la brevedad de los iluminados, resumiendo, concretando, extractando con la maestría de un cuidado último acto, casi en el punto y final de su sublime tragedia. 

Miro por la ventana y todo ha desaparecido menos el fulgor azul acristalado de la luna. Solo una línea de luces me dicen que la bahía está allí enfrente, lejos, perdida en un mar negro que dormita. De vuelta a mi mesa, al teclado y al folio de la pantalla que ya está medio garabateado, me doy cuenta de lo que hay de verdad, de lo que me queda todavía: tiempo escaso, soledad y vocación de palabra. Vuelvo hacia mí los ojos y observo mis manos resecas por tanto detergente, por la lejía y los geles hidroalcohólicos, por la sensación térmica que empieza a rondar los tres grados... y entumida de frío quiero seguir escribiendo. ¿Pero escribir qué? Y yo qué sé. Lo que me va saliendo mientras dejo mi cabeza fluir como una estrella cualquiera. Titilando, tititilando de frío. 

 Bueno, voy a poner remedio a este desvarío de hoy. Me voy a dormir aunque me gustaría irme a la cama ebria, olvidada de quién soy, inconsciente de dónde vengo. No quisiera saber nada, mucho menos adónde voy. La verdad es que estoy triste. Mi amiga María José está malita en el hospital y yo no quiero pensar sino dedicarle una locura mía llena de vida, una transfusión de cariño y solo me sale hablar de la luna y del tiempo, del frío y de la nada. Aunque lo que quisiera es hablar con ella frente a frente, hablar de Guillermo, de nuestros gratos recuerdos, del respeto que sentimos la una por la otra, de los hijos...

 Qué malos tiempos para visitarnos, para provocar ese encuentro que tanto hemos pospuesto. No quiero dormir y me pregunto ¿qué hago tecleando imposibles en una noche tan fría? ¿Qué hago reprimiendo tristeza, poniendo un dique a mis lágrimas? 

Desde El Garitón, sin ímpetu alguno y con las violetas apagadas, Mariví Verdú
Foto: Pedro Durán

ANTONIO MONTIEL, ESCUDO DE ORO del Rincón Flamenco de Las Castañetas, por Mariví Verdú

Un día más la magia tuvo su cita en nuestra peña, en el rincón del cante más flamenco de Málaga, en Las Castañetas. Ayer se concentraron all...