domingo, 26 de septiembre de 2021

BENDIGO LAS COSAS DEL CAMPO, por Mariví Verdú

No sé qué clase de alineación de astros oscuros está teniendo lugar durante estos dos últimos años. Mire para donde mire, solo veo gente sufriendo, catástrofes, desaliento y no hallo consuelo alguno. Y eso que intento ser positiva: mirar con optimismo cualquier rasgo de bondad de la naturaleza, valorar los actos solidarios y estar agradecida al sol que acude cada día a la cita para darnos su luz. Y sin olvidar en ningún momento que la vida aún me pertenece, o sea, que disfruto un grandísimo milagro. Una de las cosas que me ayudan a mantenerla es respetar mis normas y la más importante de ellas es no dejar nada para mañana que, como dijera Josep Pla, sería dejarlo para siempre. Bien es cierto que se han invertido mi orden de prioridades y se me ha trastocado la concepción del tiempo. Hace varios años, con los ojos pegados, me tiraba de la cama directa al ordenador, a escribir versos e impresiones que me parecían una obligación para con mis lectores y conmigo misma. Hoy han cambiado las cosas, se ha invertido el orden de mi trabajo diario y le echo más tiempo al campo, a faenas antiguas, a las de siempre, esas que repercuten en lo más íntimo. La azada, el pico y la chapulina me mantienen viva y me siento la mar de agradecida y pagada con que las buganvillas se caigan de flores, pueda recoger la cosecha de membrillos, de almendras, de aceitunas... Aunque tengo tan solo para consumo propio, orégano, mermelada de kunquats (fortunela o naranja china), hierbabuena, tomillo y romero se han llevado todas la amigas que han venido a verme. Y me doy cuenta que me importa mucho más un rato de charla con mis próximos que un par de folios escritos sin destinatario fijo. Sin embargo, el gusanillo de la escritura me reconcome por dentro y de vez en cuando pide su hoja y su metamorfosis. 

El pasado año, como una sufridora más del Covid, me tocó aislarme. Perdida en este monte, llevaba sobre mi alma a los que tuvieron que estar al pie del cañón, enfermeros y servicios públicos, desde el dependiente de un gran almacén hasta el mancebo de una farmacia...Y sufrí muchísimo por los niños que no entendían de la misa la mitad y por los ancianos que morían sin socorro. Sin el consuelo de un abrazo, de una visita, de una mirada y atormentada con las noticias, sufrí mi propio purgatorio con un infierno en la cabeza y un cielo en el corazón. 

Aún recuerdo cómo pasó lo de mi pérdida de olfato, así, de la noche a la mañana, y me encontré con que esa parte tan importante de los dones que nos fueron otorgados a los seres humanos y que tan poco valoramos, había desaparecido llevándose mi gusto, mis sabores, mis perfumes, mi memoria y mi seguridad. Pasó en otoño de 2019. Recuerdo haber ido a mi médico par contarle el problema y se lo achacaba a la gran cantidad de medicamentos que había tomad ese año y el anterior para varias bronquitis y un principio de neumonía que sufrí. Asqueada de aerosoles porque me asfixiaba y con la sangre envenenada de potingues y una tristeza infinita, sin un duro y más sola que la una, valoré sobre manera el premio que me otorgaron por mis letras flamencas y el viaje que improvisé a Chefchaouen y Arcila en el mes de diciembre. Allí encontré mi olfato perdido. Sin embargo, mi cabeza no podía ocultar el peso de estos cinco últimos años y tomó el color gris de la desidia ¡cuántos siglos me cayeron encima! 

La inquietud que generaba en mí un papel en blanco hace, precisamente ese mismo tiempo, que se ha transformado en un profundo desasosiego, tan similar al miedo o al desencanto que, con la fusión de ambos, ha resultado un terrible monstruo, invisible, orlado de tristeza, que me ata las manos ante el teclado o paraliza mi acción de abrir la libreta, me impide tomar un folio, agarrar el bolígrafo o la nueva pluma tan preciosa que me regaló mi prima Magdalena... Sí, pero ese engendro que me entumece y frena cualquier impulso de escribir, de destapar mi corazón, no sabe que está generando antídotos invencibles, que el agarrotamiento y la inmovilidad que me frena el cuerpo deja mi pensamiento libre, volando en redor mío, tomando fuerzas, buscando adjetivos y nombres olvidados para realizar mi torre y desliar Babel. 

 Si la sensación que siento pudiera describirse, se verían cientos de frases volando a mi alrededor como un enjambre de abejas, libando mi sueño y mi moral, intentando fecundar mi aburrimiento, buscando entre todas mi corazón. Verbos sueltos como amar, reír, soñar o alegrarse que huyeron despavoridos hace mucho tiempo de mi lado -cuando llegaron en bloque otros como temer, frustrar, desengañar y olvidar- vuelven, zumbando en mis oídos, como coplas de las de bailar juntos. Llegan devorando palabras como venganza, desolación, dolor, pobreza, amargura... Llegan y dependerá de mi salud si fructifican. Si así fuera, un río de versos inundará mi vida para siempre y la sombra de algunos verbos inolvidables volverá hecha luz como la piedra que tirara el poeta Juan Ramón. 

Desde este Garitón adornado de domingo y cielo azul, espero que la justicia alce su pequeña bandera blanca sobre mi cabeza y se abra mi corazón a la esperanza. Mientras tanto, colocaré entre mis ojos el bindi y sobre ellos mis gafas y escribiré en recuerdo de mi padrino Muñoz Rojas bendiciendo las cosas del campo.



Qué la salud nos acompañe. Mariví Verdú

domingo, 5 de septiembre de 2021

PACO PADILLA, A LA MEMORIA DE MI BUEN AMIGO, por Mariví Verdú

Ayer, recién caído el sol del día 4 de septiembre nos dejó Francisco Padilla Robles, mi querido Paco Padilla. Me siento a escribir y a recordar esta mañana de domingo, cuando todavía está de cuerpo presente el que fuera uno de mis mejores amigos y quien más me enseñó de flamenco y de poesía. Mi agradecimiento siempre ha sido tan grande como hoy es el vacío que deja, no así en el recuerdo que hoy se agudiza, agolpándose los momentos vividos en mi cabeza y en mi corazón.
Me queda la satisfacción de haber gozado de su amistad y de su compañía en momentos inolvidables y haberle propiciado momentos de alegría y de justicia, no en vano lleva la insignia de “Calle del Agua”, un botijo de oro que lució siempre con orgullo, y de haberle acompañado en cuantos homenajes, cursos flamencos, en la inauguración del rincón flamenco que lleva su nombre y en el último homenaje que le brindó la Casa de Álora-Gibralfaro, acto del que guardo preciosos recuerdos y un magnifico video de Juan Antonio Piña, la misma persona, el amigo que acaba de darme tan triste noticia.

En 2003, junto al grupo malagueño Tabletom, tuvimos la idea de convocarlos y la suerte de reunirlos en el Centro Cultural “María Victoria Atencia”, que por entonces se denominaba “de la Generación del 27”. Allí fuimos para rendirles homenaje y escribí la biografía de Paco para la ocasión y para publicarla en nuestra revista "Calle del Agua". Dice así:

 
“Francisco Padilla Robles lleva toda una vida escuchando flamenco. Nació en Masmullar (Comares) el día 1 de julio de 1937, de Francisco y Dolores, y con diez años vino a vivir al Lagar de Morales, en Los Montes de Málaga, pintando el campo (sembrando) y ejerciendo de cabrero. Con 12 años trabajó de lechero y cuenta que el cabrero   le  echaba   la  bronca   porque dejaba  el  candil  encendido  hasta  las tantas. Lo que Paco hacía era leer: La araña negra, El Quijote, Diego Corrientes, El Barquero de Cantillana..., todo lo que le llegaba a las manos. Sólo necesitó muchas horas de lectura para aprender el idioma que hoy usa en su más genuina expresión.

Con 18 años vino a vivir al Arroyo de los Ángeles, en Málaga capital. Fue voluntario al servicio militar y como tenía ya buena letra y pocas faltas ortográficas, se encargó, junto con tres maestros, de la alfabetización de los quintos, que en aquellos tiempos franquistas era de lo más común. Hoy aún recuerda unos versos de Calderón de la Barca que estaban escritos en la puerta del pabellón: (…) caudal de pobres soldados/ que en buena o mala fortuna/ la milicia no es más que una/ religión de hombres honrados.  Me cuenta que sus primeros pinitos en verso  los hizo para un compañero de cuartel. Fue estando de cabo en Montejaque con ocho soldados para custodiar armamento. A petición de un tal Pepe, escribió una postal que envió junto a una foto hecha en Calle Cerrillo (algo así como en nuestra calle Camas, típico por las mujeres de la vida) con una mujer, para el día de San Antonio, y el texto decía así: A mi padre por su día/ esta postal le dirijo/ junto a una fotografía/ para que vea a su hijo/ hablando con la quería. Y...las cosas de los pueblos. A la semana siguiente novia y suegra corretearon a Pepe por todo Montejaque.  



Paco heredó de Francisco, su padre, el saber escuchar y  el amor por el flamenco. Venían andando desde el Lagarillo para ver y oír a todos los de la edad de oro flamenca: Manuel Vallejo, Niña de los Peines, Pepe Pinto, Niño León, Niño de la Huerta, Niño de Vélez, Diego El Perote, Niño de la Alameda, y trabó amistad con Niño Marchena y Niño de las Moras, a quien llamaba “El Compadrito”. Paco Padilla empezó de muy joven a cantar. Coincidió en el Campamento Benítez con su amigo Gonzalo Rojo. A veces se iban a una tabernilla de Churriana  llevando lo justo para media botella de vino. Se ponían en la barra y empezaban el mano a mano su amigo Antonio Ruiz Urbano y él... y comenzaban a llegar las botellas. Gran conocedor de todos los palos flamencos, los dice con un paladar exquisito.

Tras sufrir un grave accidente, Paco comienza a trabajar en la centralita del Hospital Civil como telefonista nocturno -también es elegido secretario del Comité de Empresa- por lo que durante diez años y suministrado de grandes lecturas conoce El Don Apacible, el 98, el 27... César Vallejo, Miguel Hernández, Lorca... Compañero en ideales de Paco Rabal, guarda muy gratos recuerdos del actor. Su capacidad, su entrega a los demás y un gran sentido de la justicia le hace escribir poesía social y de denuncia.


Ha sido Consiliario de la Peña Juan Breva cinco legislaturas, Secretario de la Casa de Álora durante tres, Delegado de Flamenco en A.M.E. y en la Peña El Sombrero, pregonero en la Noche Sanjuanera de Santón Pitar. Ha organizado Cursos de Flamenco en el Centro Cultural La Malagueña, en la Peña Fosforito “Influencia de los Cantes de Málaga en los Cantes de Levante” con Antonio de Canillas y Gabriel Cabrera; en la Peña Abadía “Ciclo de Cantes de Málaga “; Rincón Flamenco Parque del Sur, Peña La Trilla de Salobreña (Granada), Peña La Seguiriya de Osuna (Sevilla), Peña Manolo Caracol de Montalbán (Córdoba), Peña La Platería de Granada, Peña Curro de Utrera en la Guijarrosa (Córdoba)...y tantas más. Su más reciente colaboración ha sido con la Federación de Peñas, Centros Culturales y Casas Regionales “La Alcazaba”, como responsable del Área de Flamenco. La Junta de Distrito n.º 5 de Málaga le publicó un libro en la colección    Memorandum a Rafaela Luque, dedicados a una mujer, impulsora del movimiento ciudadano, muy querida y que por demás fue su esposa. Botijo de Oro de la Asociación Cultural Literario Flamenca “Calle del Agua” en el año 2003, es colaborador habitual de la revista de igual nombre y del periódico La Alcazaba. Hace más de una década que dirige un programa de radio en Onda Joven titulado “Así se canta en Málaga”, antes “Raíces del Cante” y es requerido para cualquier acto relativo al Flamenco ya que,  como veis, de raíces y frutos flamencos está llena la vida y la obra de Paco.”


Desde que le dediqué esta pequeña biografía hasta hoy han pasado dieciocho años. Así como son incontables las veces que nos hemos reunido en la década de los noventa y los primeros años del dos mil, en estos últimos quince años, después de la muerte de mi hijo, de dejar Málaga e instalarme en Alhaurín, puedo contar con mis manos las veces que nos hemos visto, pero todas son gloriosas.  

Hemos pasado momentos inolvidables que hoy cobran un color nuevo, un aire nuevo, una transparencia de eternidad. Descansa en paz, mi querido amigo Paco. Todas tus cosas, los libros, las enseñanzas, las risas, están a buen recaudo. Todo lo que me diste lo conservo y hoy alcanzan la cumbre de las herencias, la del alma, la más sublime de todas.

Desde El Garitón, oyendo cantar los pájaros y con lágrimas en los ojos, Mariví Verdú

miércoles, 18 de agosto de 2021

GEODA DE PULPÍ, TODO UN MILAGRO, por Mariví Verdú

Orientada al Este, el sol entraba por cualquier rincón de la habitación desde que alcanzó el cielo. Antes de las diez saldríamos de este lugar de paso en Puerto Lumbreras. Imaginé el batiburrillo que habrían organizado en recepción y se me erizó la piel. No tenía ningunas ganas de estar en grupo pero tenía hambre y bajé a desayunar.  Podría contar ese momento vergonzante en el comedor pero no merece ninguna mención. Pobrecitos los chicos del servicio de restauración, tener que bregar con tanto agonioso. Solo diré que el hotel me sirvió para descansar y que nadie interrumpió mi sueño por lo que me enfrentaba al día descansada y agradecida. Y desconecté durante el trayecto que me separaba del nuevo destino: La Geoda de Pulpí.


Después de  una hora de autobús que me parecieron cuatro, estábamos en Pulpí, término municipal de Almería situado al noreste de la provincia, que alberga tan extraordinaria formación geológica. Se encuentra allí desde el Triásico, cuando aún vivían los dinosaurios en el continente Pangea, nuestra Tierra, hace unos 250 millones de años. La Geoda está localizada en la pedanía de Pilar de Jaravía, entre el tercer y cuarto nivel de explotación de la Mina Rica, en la ladera oriental de la Sierra del Aguilón que, vista desde el aire, tiene la caprichosa forma de un águila en vuelo. La Mina Rica se explotó buscando minerales como el plomo, el hierro o la plata desde mediados del siglo XIX. Cuando la explotación llegó a su fin, en los años 70, la mina quedó abandonada. Nadie imaginaba que, entre las paredes de este antiguo yacimiento minero, se encontraba una fascinante maravilla geológica obra de la naturaleza, oculta durante millones de años. Fue un minero asturiano llamado Efrén Cuesta junto a su padre y hermano, quienes descubrieron la Geoda de Pulpí, fruto de la más pura casualidad, cuando se encontraban realizando una expedición en este yacimiento minero en 1999. Poco tiempo después, un grupo madrileño de especialistas en mineralogía estuvieron realizando investigaciones sobre esta formación geológica excepcional a nivel mundial.
 

Nuestra visita a la Mina Rica estaba concertada a las once. Yo entraba con el primer grupo de quince.  En las afueras de la mina, un despoblado enorme sin un árbol adonde buscar cobijo, se agradecía cualquier tinglado, la caseta de recepción, las mesas y los bancos en sombra, los aseos y hasta las máquinas expendedoras. El agua y los refrescos cobran doble valor en este agosto de dos mil veintiuno de temperaturas extremas. Mientras se congregaba la gente tuve tiempo de imaginar el sofocante calor que nos esperaba durante el trecho a pie hasta la boca de la mina, lo que me dio valor para interrumpir a nuestra guía y pedirle permiso para coger el sombrero y las gafas de sol que habían quedado con el resto de pertenencias en el autobús. Usar el móvil dentro está prohibido y el DNI lo llevaba en el bolsillo del pantalón para así tener las manos libres. Regresé en un minuto con mis cosas y oí atentamente cuanto dijo nuestra acompañante.

Después de observar a mitad de camino unas hermosas vistas de San Juan de los Terreros, de la Isla de Terreros (la Isla Negra no se puede ver desde allí) y las dos grandes chimeneas que servían para calcinar el la piedra y extraerle el mineral,  nos pusimos un gorro desechable y el casco protector que ellos facilitan. La mina no me hubiese despertado demasiada inquietud de no ser por la persona que nos tocó en suerte para acompañarnos, la propia coordinadora responsable de la Geoda de Pulpí. Milagros se encargó de explicarnos fielmente su historia, de desentrañárnosla a cada paso con una agradabilísima mezcla de cualidades.   Milagros Carreteros Tortosa, licenciada en Ciencias Geológicas por la Universidad de Granada, hizo puntualmente de guía demostrando desde el minuto uno de la ruta su profesionalidad, su amor y su dedicación a la mina y a su geoda.


Durante el recorrido necesario para llegar al culmen de nuestra visita, había que atravesar varias galerías. Lejos de sentir ningún cuadro de claustrofobia, hice el camino con entusiasmo y disfrutando de una temperatura de 19 a 21 grados. En el interior había el suficiente oxígeno para no sentirme angustiada en ningún momento. Tampoco me resultó cansado. Para evitar el tramo de bajada en la escalera de caracol que nos llevaría a la geoda -que era el que peor hubiera llevado-, usé el ascensor. No paré de asombrarme en todo el itinerario, desde el nombre que le dieron a las galerías: “Quien tal pensara” y “Por si acaso” y el trabajo tan sacrificado de los mineros hasta la observación a la que Mila nos invitó, apagando la luz del tramo donde nos encontrábamos y ayudada por una linterna de rayos ultravioletas,  pudimos disfrutar las propiedades luminiscentes de algunos minerales como la calcita o estroncio calcita, presentes en el yacimiento, y que se iluminaban destellando azules, morados y rojos anaranjados. Un momento asombroso.


Ya estábamos a un paso del momento cumbre. Bajamos el último tramo de escaleras y lo hacíamos de dos en dos, con las manos protegidas para así proteger la geoda y, en el rellano que hay justamente delante de ella, Mila nos daba las pautas a seguir. De uno en uno, después de dar tres pasos sobre peldaños estratégicamente colocados, metíamos medio cuerpo y girábamos nuestra cabeza a la izquierda... y allí estaba toda la belleza contenida, refulgiendo, pura, concentrada, sorprendente, un momento imposible de describir del que algunos salíamos envueltos del halo de los elegidos, inmersos en el éxtasis que provocan los milagros.

“Una geoda es una cavidad rocosa que normalmente mide hasta 30 cm de diámetro con las paredes tapizadas por agregados cristalinos de naturalezas muy diversas. En el caso de la geoda de Pulpí, la cavidad, que se encuentra a 50 metros de profundidad, tiene unas dimensiones extraordinarias. Mide ocho metros de largo, tres de ancho y casi dos de alto, y está tapizada de grandes prismas de selenita (una variedad de yeso cristalino) que surgen como flechas del techo, las paredes y el suelo de la cavidad.La gran importancia de este fenómeno geológico reside en las características únicas de los cristales de yeso encontrados en la geoda. Se trata de cristales con un tamaño anormal de medio metro de media (y algunos de hasta dos metros) que no se encuentran en la mayoría de las otras geodas del mundo. Además, la ausencia de impurezas y la increíble transparencia de los cristales hace posible cosas como leer un libro a través de ellos.
Se formó por disolución de una dolomía, por karstificación. Al encontrarse en una zona de vulcanismo, la cavidad que quedó se fue rellenando de fluidos calientes ricos en minerales que, con el tiempo y las condiciones adecuadas, dieron lugar a los cristales tan espectaculares que hoy podemos ver.”

http://www.cuevasturisticas.es/geoda-de-pulpi-y-mina-rica


Hubiese sido mi gusto haberme sentado y haber metido mi cara entre las manos durante un buen rato para asimilar lo descubierto por mis ojos y que me hacía estallar el corazón. Juré volver con mi nieto pero tuve que salir y volver al mundanal ruido.

Hablar de algo que no sea mágico después de contar, con palabras que existen,  lo indescriptible, no sería oportuno. Pero dejar de mencionar el buen rato que pasé sentada en la playa de San Juan de los Terreros no sería justo. Estuve toda la tarde, hasta la hora indicada para el regreso a Málaga, sentada frente al mar. Gracias al camarero de La Bahía que tan amablemente me trató y gracias a Jota y Juan, Cristóbal y Martín, dos lorquinos, un lumbrerense y un sanfeliuense, que me provocaron este poema.

Bendita juventud,
bendita sea
la vida que regresa,
ciclo eterno,
en los ojos del dulce adolescente.
Todo lo que me importa de este mundo
es eterno retorno,
vida nueva,
esperanza en el hombre que os habita.

Y gracias a Milagros Carreteros Tortosa, joven amable y culta que nos deslumbró y enriqueció a todos con sus conocimientos y nos conquistó por su simpatía.

Nada que decir de la A7. Mi coche estaba esperando en la Avenida de Andalucía y vine en silencio y deseando ver a Missi, abrir mi cancela y coger mi cama. Eran las dos de la mañana y venía traspuesta, ida, envuelta en el manto de luz de la Geoda.

Desde este garitón lleno de rosas, de tomatillos y salvando la briza máxima,
Mariví Verdú

lunes, 16 de agosto de 2021

UN MILAGRO TRAS OTRO. WEEKEND ÁGUILAS-PULPÍ (1ª parte), por Mariví Verdú

Hoy, día 15 de agosto de dos mil veintiuno, de regreso a mi rincón preferido, me siento a escribir sobre la hermosura de las cosas vistas en un viaje fugaz de fin de semana a las provincias de Murcia y Almería. En esta última, buscando, en el inhóspito paraje de El Pilar de Jaravía, una ‘mina riquísima’ que alberga un verdadero milagro: la geoda más grande de Europa. En la primera etapa del viaje fui buscando Águilas, ciudad en la que siempre me he sentido muy a gusto, con el único fin de llegarme a su Casa de Cultura. 

Desde que tuve intención de hacer este viaje, albergaba la esperanza de llegar en horas de puertas abiertas a su Biblioteca Municipal y a su Casa de Cultura “Francisco Rabal”. Hace tiempo que tenía ganas de hacerles una visita y era el momento este sábado de agosto. Pero no pudo ser. Podría haber sido pero depender de otros supone adaptarse, llegar tarde la mayor parte de las veces y sufrir una tremenda decepción el resto de ellas. Y ya se sabe que, el que llega tarde, ni oye misa ni come carne. Pero, como tengo la cabeza como un marmolillo, me busqué las mañas para dejar allí mi novela “Hijos de la Vid” y el libro de villancicos “Maytines del Nacimiento”. No hubiese tenido ningún sentido para mí ir a Águilas con el único propósito de bañarme en la Playa de Poniente con un puñado de desconocidos y quedarme tan fresca. Ninguno. Me senté en la Calle Iberia a calmar mi sed, a descansar, a controlar y ordenar mis neuronas que buena falta me hacía y en eso me encontré con una chica amable, nacida en Águilas, hija de malagueños, con casa en Gaucín, casa a la que no ha podido acudir en los dos últimos años a consecuencia del Covid... Hablando en la terraza, me lo comentaba con tristeza. Entramos en conversación con una pareja de Alcantarilla, padres de tres hijos que me mostraron con orgullo la foto de su redrojito, una niña preciosa llamada Martina. Se me pasó el rato amablemente y di gracias por ello. Me sorprendió la bondad del ser humano, la empatía que podemos generar y lo distinta y buena que estaba la tapa de ensaladilla rusa. 

Y como dice el refrán ‘más vale tarde que nunca’, a sabiendas que mi destino había cerrado las puertas, me encaminé por la acera en sombra hasta el centro de Águilas, pasando frente a su Casino que cumplió el pasado año su 150 aniversario. Me senté un rato a compartir con las palomas de la Plaza de España el pan de Alhaurín (la tortilla de papas con cebolletas tiernas de mi huerto, no). Más tarde me hice algunos selfies ante el hermoso desnudo de su Ícaro, ese hijo querido de Dédalo que tanto y tan alto quiso volar para salir del laberinto, que se precipitó al vacío porque sus alas estaban pegadas con cera y el sol las derritió hasta que Mariano González Beltrán las fundiera en bronce y se las colocara en un cuerpo eterno que quedó, para el goce de todos nosotros, en la explanada del muelle, en el precioso puerto de Águilas. Busqué -yo sí que estaba derretida-, la plaza de Asunción Balaguer, esa mujer que supo siempre albergar a Paco y que ya lo hará por toda la eternidad... Enseguida di con ella. Tengo buena orientación y me acordé enseguida. Hace doce años que estuve pero sabía adonde estaba todo. Y volví a emocionarme.  Le pedí a un chico que se disponía a salir en bicicleta que me hiciera la foto que os comparto. Y allí dejé mis libros. A eso fui a Águilas. A eso y a dar rienda suelta a mis emociones. Sé que llegará una mano amorosa que sabrá acoger ni trabajo con el mismo cariño que yo lo deposité en la puerta trasera del edificio cultural. Y me fui yendo despacio, sin pensar en nada, desechando cualquier tontería que se cruzaba por mi frente. Almorcé bajo las nubes blanqueadas del cortijo divino y tomé un cucurucho de chocolate con mis amigas las palomas que demandaban más pan alhaurino. Lo hice con sumo cuidado porque había una mujer que no paraba de barrer, una empleada municipal de la limpieza que iba dejando ante mis ojos, y de todo aquel que los tenga, la plaza escamondada, impecable gracias al manejo de su escoba de palma o de retama (no podría asegurarlo) y de tan encomiable y necesaria labor. Mis palabras solo dan testimonio de tan inusitado esmero. 

Volví sobre mis pasos a la tarde sin querer pensar en otra cosa que no fuera en lo positivo que el día me había proporcionado que no era poco. Y me volví a encontrar con el sol, esta vez de cara y sin cobijo alguno. Pero todo lo di por bien hecho. Aún me queda confianza en los seres humanos y en la bondad natural del mundo. 

Habían dispuesto pernoctar en Puerto Lumbreras. Después de una deliciosa ducha en la 317 y una aparatosa y lenta cena junto a mi amiga y compañera de colegio Carmen Toro, -que me proporcionó el acceso a ésta dichosa excursión- y Pepi Trujillo, agradable compañera de asiento y de habitación-, rumié cada aliento del día, los del cuerpo y los del alma, recordé miradas y palabras, sensaciones y calles paseadas, gente vista, sensaciones percibidas...y me dormí como una niña chica muerta de asombro.
 

 *Acabando estos renglones he hablado con Concha López, Bibliotecaria Municipal de Águilas, quien me confirma que mis libros están en su poder. Los encontró donde los dejé y los tomó en sus manos. Con éste simple acto mi viaje tiene razón de ser. 

Muchas gracias, Concha. No había dudado que llegarían a ti. Te envío un abrazo enorme desde este pequeño rincón del monte malagueño adonde vivo. 

Mariví Verdú.

 (Continuará. Aun me queda el milagro de la Geoda).

lunes, 26 de julio de 2021

ANA PEREA PÉREZ, IN MEMORIAM, por Mariví Verdú


Desde el pasado 19 de julio descansa en paz Ana Perea Pérez, la bisabuela Ana, después de una larga vida repleta de amor, valentía, buen carácter y conocimiento. Hoy, una semana después de su fallecimiento, recordándola en el día de su santo, quiero dedicarle mi pequeño homenaje en señal de cariño, admiración y respeto, un reconocimiento elaborado con palabras que es lo único que tengo siempre a mano y con lo que mejor puedo tejerle una labor para su ausencia, esa que no vemos pero que sentimos en lo más profundo de nuestros corazones. Hoy más que nunca, su huella y su falta se vuelven urdimbre y trama para mostrarnos el impresionante tejido de una vida ejemplar que contaba ciento tres años. Y eso es mucho que contar. Era pura vitalidad y simpatía, transmitía serenidad y una sabiduría que causaba la admiración de su propia familia y de la mayoría de casareños, villa donde residió hasta el final de su vida en la que no le faltó nunca el cariño de los suyos, de sus vecinos ni de su ayuntamiento que, desde su centenario, cada año lo ha celebrado obsequiándola con flores y recordándola en los medios de comunicación.  (La foto es del Ayuntamiento de Casares)

Recuerdo con ternura el día en que la conocí. Fue a finales del verano de 1997. Mi hijo Pedro, su novia Cristina (nieta de Ana) y yo fuimos a recoger un letrero tallado al pueblo de Benalauría. Lo habían encargado mis hijos a unos artesanos de la madera para la Casa-Mesón Durán y Verdú, aquel lugar en Calle Ángel que tantos y tan variados recuerdos nos provoca  como tristeza nos suscita. No era pensable ir al Valle del Genal, al bajo Genal, sin visitar a la abuela Ana, ni hubiera sido correcto. Yo deseaba conocerla y a Casares no se va todos los días. Además, no hubiera sido un día especial. Encontrarme con ella hizo que lo fuera: un día inolvidable. Conservo del encuentro tan grata memoria como unas bellísimas fotografías de la que comparto mi favorita.

Volví varias veces a Casares, el Día de Andalucía de 1999, a un recital poético en el que me acompañaron mi queridísima Rocío Moragas, poeta del grupo Cántico, y mi amiga de la infancia Pepi Triviño. Fui, como era de suponer, a visitarla. En julio de 2002 volví con mi hijo y mi nuera a pasar unos días en el valle y el 6 de agosto volvimos de nuevo. La abuela estaba en la casa de Los Pepes con su hija María Rosa. A pesar de sus ochenta y cuatro años tenía un aspecto extraordinario. Conservaba su piel tersa, libre de manchas, sus piernas limpias de varices y su pelo empezaba a ser gris hasta que se fue volviendo plateado, casi blanco, siempre precioso. Se ponía contentísima cuando iba a verla su familia y disfrutaba con los nuevos miembros que se iban sumando por amor. 


Me llamaba la atención con la agilidad con la que se movía y cómo caminaba por lo terrizo y se iba a pasear las riveras del río con sus babuchas negras y aquella ligereza inusitada... Sus ojos, vivarachos y limpios, eran como los de un recién nacido y sus manos hacendosas conservaban la agilidad de quien nunca paró de moverlas, siempre para dar vida y crear lo no existente, la sencillez del arte más primitivo y primordial de cuantos existen: el de las tareas más cotidianas, tan dignas. Aquellos días de estancia en el Genal fueron mágicos. Fue por entonces cuando escribí Río Genal, un canto íntimo que con tanto orgullo durmió en la mesita de noche de José Antonio Muñoz Rojas, mi admirado poeta, porque le gustaba...

En 2004 le dediqué un artículo en la revista “Calle del Agua”, un relato biográfico al que dí por título Hija de Banu Rabbah o “La Serrana” de Benarrabá. Fue un inmenso placer por lo que supuso conocerla íntima y profundamente a través de ahondar en su memoria en confesiones que iban naciendo solas al tirar un poco del cabo del recuerdo.  Tenía por entonces ochenta y siete años y la frescura de una rosa.
Estuve en su casa a primera hora de la tarde y la pasamos juntas entre preguntas y anécdotas, entre la alegría de estar y sentirse viva y y la profunda tristeza de la huella que paso del tiempo deja en todos nosotros. Su hogar era un fiel reflejo de ella: pañitos de croché, macetas a docenas, plantas cuidadas con tanto amor que alegraban las vista de cuantos pasaran por su puerta o subieran a su terraza. Era una casa viva.

“Mientras hablábamos, Ana sonreía como una eterna adolescente. Vive sola en su casa de Casares y conserva la maravillosa costumbre de las puertas abiertas. Está en calle Alta y tiene tres plantas antiguas con anchos muros y altas escaleras, con una entrada cuajada de macetas y un patio donde se encuentran plantas de toda variedad –corales o péndolas, geranios, aureolas, pilistras, begonias, etc.- plantadas con buena mano en cualquier recipiente: latas, ollas viejas, cazuelas cascadas, envases...Ana disfruta de una higuera salvaje que crece en la roca que comparte como parte de su casa. Da unos higos dulcísimos. Recogimos la mesa de la merienda mientras me contaba del frío de este año, de los modos y las formas de vivir, de las penas y las fiestas del pueblo.” (De "Calle del A
gua, 4).

Hubiese querido que me quedara a dormir pero yo había reservado habitación en la Pensión Plaza. Recuerdo que hacía frío, suelen ser bien fríos los inviernos en Casares. Había repartido el tiempo de mi estancia en la villa en la investigación del fandango casareño y en indagar en la biografía del cantaor “Niño de la Rosa Fina” pero Ana, tanto por su misterio como por mi preferencia personal, me brindó el mejor de los artículos y uno de los que me han tocado más profundamente en el alma.

Volvimos a vernos algunas veces, en un enlace familiar (estaba muy guapa, tanto como sus hijas) en 2007, y en 2008, en 2009, en 2010... pero ya nunca más fui la misma. Tal vez vuelva alguna vez al Valle del Genal, a sus “Gamonas”, a su Monte del Duque o a Los Pepes pero ya nada será igual sin ella. Ya nada es igual.


Se ha perdido la fuente,
la del viejo camino,
donde bebieron todos
los hombres de la aldea,

aquel agua apreciada
gota a gota que hizo
más fuertes a las hembras,
más frágiles los cántaros.

La que limpiaba heridas
a los niños de siempre
y en un cuenco de manos
les lavaba la cara.

Aquel agua tan dulce
que ablandaba garbanzos,
que dejaba de seda
la piel y los cabellos.

Ha sido mucho invierno
para la sed del monte,
mucho el agua vertida
por la arteria del agua.
 
Sepultado el venero
y en él los culantrillos
no queda de su paso
más que tierra mojada.

Entre cañaverales
crecidos  y tristeza
ha quedado el paisaje
de la fuente perdida.


A mi querida Ana Perea Pérez (Benarrabá, 14 de marzo de 1918 +Marbella, 19 de julio de 2021). Descansa en paz, bisabuela.

ANTONIO MONTIEL, ESCUDO DE ORO del Rincón Flamenco de Las Castañetas, por Mariví Verdú

Un día más la magia tuvo su cita en nuestra peña, en el rincón del cante más flamenco de Málaga, en Las Castañetas. Ayer se concentraron all...