jueves, 13 de mayo de 2010

CRUZANDO LOS OLIVARES

 Alejarse del lugar donde se vive habitualmente, tener otro punto de vista que el de costumbre, por muy hermosamente rutinario que este sea, implica, entre otras cosas, la visión del nuevo paisaje -con lo que esto conlleva de descubrimiento, de emoción, de aventura y de riesgo- y la falta del viejo paisaje o la melancolía del paisaje perdido, alejado tal vez para siempre de nuestra mirada.
Cruzar los olivares de Jaén, perder por un momento –que puede ser eterno- las suertes conocidas, la grata costumbre de la mirada, pegada a la tierra del campo malagueño desde siempre, me llena de una placentera emoción que roza el alma de todos los hombres en un concepto, por amplio, universal.

La lluvia caída no ha dejado una mota de polvo sobre los campos. Los olivos, llenos de hoja nueva, relucen como de cera extendiéndose a lo largo de la carretera en parcelas perfectamente dibujadas, bordadas a realce: un inimitable Patchwork  perfilados de cielo. Voy dejando el paisaje atrás mientras recuerdo el poema de Miguel Hernández…andaluces de Jaén, aceituneros altivos… Fuera de los límites de mi provincia, me invade un nuevo sentimiento: el sentir andaluz. Este es común para un número más limitado de seres humanos.

Seguir pasando, cruzar tierras castellanas, dejar Despeñaperros atrás,  llegar a los azules de Puerto Lápice, disfrutar el tapiz vegetal que en la Comunidad de Madrid han dejado las lluvias, ver los álamos tiernos de Alcalá de Henares,  me hace recordar, sentir morriña, pensar en mis verdes perdidos. Entonces, un fuerte sentimiento de nostalgia aflora y la distancia entre los verdes se hace insalvable. El mapa conocido me saca de sus límites y la sensación de sentir un país tan hermoso bajo mis pies, frente a mis ojos, me llena de una sensación grande y extraña. Sigo amando lo que siento mío pero con un cierto tono de tristeza, como se recuerda a la abuela muerta, lejana y nuestra, extraña sangre tuya que te duele y no sabes muy bien dónde y por qué.

Regreso. Volver al terruño es necesario. Para todos los que tenemos muchos años es vital tener un trozo de tierra al que agarrarse. No hay nada que me hiriera más que un destierro. Las margaritas, que todas se parecen entre sí, las amapolas, que pueden parecer iguales, los triguillos, el polvo del camino, los olivos, las rosas…todas pudieran ser la misma cosa pero las rosas de una misma, las rosas cercanas, tienen más perfume,  los trigos son más oro, las margaritas tienen nombre propio…los olivos…
El color de la semana no me cabe duda que es el verde, matiz de olivo nuevo, de trama clara, un verdoso gris satinado que nos llena de esperanza y de retorno.

Con la semana atrasada por el viaje, alegre por la vuelta, Mariví Verdú

EL AGUIJÓN

miércoles, 12 de mayo de 2010

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE EN LA INVASIÓN DE LAS ROSAS

Doliente y de Occidente en la Invasión de las rosas

Amanece un nuevo día de Mayo. Han pasado doce días desde que comenzó y siguen las lluvias. No puede haber más belleza que la que queda en un paisaje recién pasado por un baño de agua mansa y fresca de mayo.

Qué fresquita ha venío
la primavera
y el agua que ha caío…
qué calaera.

Verde está el campo.
Más verde los amores
que va anunciando.

Desde el pasado viernes hasta ayer martes he estado fuera de mis límites queridos, los que conforman la Sierra de Mijas, la de las Nieves, la del Torcal y la da Tejeda, los planos verdes de la Vega del Guadalhorce y el turquesa vivo de la mar. He ido cruzando olivares de Jaén y campos verdes de varias provincias hasta llegar al mismo Madrid, ciudad apasionante, enorme, que me da por perdida. Aunque, si me pierdo allí algún día de verdad, me hallarán - frente al Hospital 12 de Octubre- en una placita que tiene el nombre de Málaga. Estaré junto al mural de cerámica que nos la retrata con su farola y su mar contenido. La verdad es que Madrid es hermoso, demasiado para vivir allí. A la vuelta, he visto atardecer en Granada desde el Mirador de San Nicolás. Porque Granada sí que es belleza, una belleza que nunca me pierdo cuando por allí ando.

Granada, ciprés y nieve,
verde y blanca es mi Graná...
es tanto el arte que tiene
mi morita acristianá,
¡bandera tú, porque puedes!.

Y es que una visita al Sacro Monte, un paseo por la Cuesta del Chapíz y un alto en la Placeta del Salvador no hay quien me los quite si voy a la Ciudad de la Alhambra.

Granada sólo es Granada,
agua de Darro y Genil,
carmen de cuatro barandas:
Sacromonte y Albaycín,
Generalife y Alhambra.

Porque Granada tiene aljibes de un agua que a mí me quita la sed más grande, la del alma, me deja el corazón líquido y transparente, me enamora:

De cármenes y de flores
está llenita Granada,
de ojos negros y de amores
y placitas donde el agua
va cantando sus rumores.

Y, como llegué de noche no pude hacer otra cosa que dar gracias por lo vivido, por estar de vuelta y dormir. Pero, al amanecer, al volver a descubrir las bellezas de mi entorno diario, al recuperar la paz de la rutina, sentimiento de conformidad con la vida que no puedo traducir con palabras, veo mi trozo de bahía, mis montes cercanos, mi luz clarísima. Y, como presente, encuentro abiertas las mil flores de un chilindro y todas las rosas de la tierra en este pequeño mirador del mundo.

No quiero herencia ninguna
porque ya tengo bastante
siendo Málaga mi cuna.

Desde El Garitón, con un cariñoso recuerdo a Los González, a Paco Pereira, a Gema de la Torre y a Richard Gautier, Mariví Verdú.

miércoles, 5 de mayo de 2010

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE HACE APUNTES VITALES

A Loli Aranda, in memoriam.
A mis muertos y, entre ellos, a Loli Aranda Cuenca, tan mía y de los míos.

No puede ser verdad que en un momento se nos borre la vida como si fuera una pizarra en la que se escribió el amor, el dolor y el placer y estos sentimientos sólo fueran palabras huecas, sin alma y sin historia, escritos que, de un día para otro, no interesan a nadie. Recordar a una persona que ya no está entre nosotros es sólo tarea de los vivos. Las muertes naturales, las que son resultado de los años vividos, son más llevaderas. Otra cosa es cuando no hay recuerdo alguno porque nunca se olvidó nada. Pero eso sólo pasa cuando se muere un hijo. O una madre. La intensidad de esos sentimientos puede ser una descarga de alta tensión Sin embargo, cuando se instalan todos los muertos en nuestras cabezas, el intervalo de tiempo que pasa entre el recuerdo y el olvido suele durar poco. El hecho es lógico, resultado del mecanismo de la cabeza humana para no adentrarse en ese túnel de la tristeza profunda que tan cerca nos deja de la última estación. Es la estrategia natural para no sufrir lo inevitable: conocer la soledad y el vacío existente en nuestros corazones y, algo que no podemos dominar, el temor de nuestra propia muerte.

Hoy y durante la mayoría de mis días -desde que cumplí los cincuenta- han sido más abundantes las despedidas que las bienvenidas, una situación que me ha hecho recapacitar mucho sobre mi estancia en este rinconcito soleado del globo. Ante las fiestas típicas, hablo de bodas, bautizos y comuniones, suelo tomar una actitud algo dramática. De hecho, los momentos más alegres de mi existencia, los que son dignos de celebración y regocijo para la mayoría, suelen darme un miedo tremendo. Sin embargo, aunque por mis palabras les pudiera parecer que soy persona pesimista y negativa, no es así. Aunque viva en la eterna duda me confirmo en la primavera. Y aunque les parezca que estoy en las Batuecas, vivo en el mundo más real y vivo de cuantos mundos hay. Y es porque vivo con mis vivos y con mis muertos, porque no permito que personas que tanto significaron para mí dejen una estela más fugaz que la huella de unos pies que pasearan por la orilla de una playa un día de levante. Sus existencias forman parte de mí, soy yo misma, ellos me han hecho ser lo que soy pero también forman parte de la memoria y de la vida de otros. Estos seres, anónimos para la mayoría por amor a la prudencia y a la humildad -virtudes dignas de los santos-, no aparecieron en nuestra crónica ciudadana, no son protagonistas de ningún legado histórico, no queda de ellos otra palabra escrita que las fechas de entrada y salida de la fría burocracia del mundo, pero... ¿qué sería de nosotros sin nuestros muertos? Algunos podían haber engrandecido con su obra el excluyente y apartado mundo del parnaso y sus vidas hubieran sido ejemplares y dignas de ser leídas e imitadas por los que quieran aspirar a ser parte de Dios, parte del cosmos vivo y reluciente sobre nuestras cabezas, parte de bondad del universo. Y cuando se nos mueren ¿no ha pasado nada? Ha pasado… todo un cataclismo lleno de lágrimas que es a la vez el mayor milagro y el más digno de gratitud. Con ellos ha pasado… la vida. La flor de la vida. Sus besos y sus voces. Han pasado y han quedado: somos nosotros mismos.

Por eso, hoy sábado 30 de Abril, con mi vida a media asta y la tristeza ondeando como ropa tendida, me niego una y mil veces al silencio. Me niego al olvido. Quiero cantar sus nombres cada día aunque mi voz no tenga ya de ellos contestación ninguna, aunque la gente que anduvo por sus vidas no quiera recordar. Sufrir es tan humano como inevitable. Cantar también. Por eso cantaré sus nombres hasta que el ciclo de mis días se cierre con los suyos, hasta que me selle la boca el lacre de mi amado silencio.

Dale besos a todos, querida amiga, santa amiga Loli, y descansa en el mundo de los justos. Y recuerda que aquel rosal blanco que era de mi madre siempre dará rosas para ti. Amén.

Desde El Garitón, dejando que la vida me traspase, Mariví Verdú

lunes, 3 de mayo de 2010

EL COLOR DE LA PRIMERA SEMANA DE MAYO

La semana tuvo un color bellísimo, efímero, indescriptible... aunque intentaré hacerlo. ¿Recuerdan los celindos en flor? -ese arbusto que nosotros por aquí llamamos chilindro-  ¿Recuerdan su aroma y el delicado color que tienen? Pues esta semana tiene un color muy parecido al que refleja la luz en sus corolas. Así ha lucido el primer día de Mayo. Y es que le quedan todavía muchos matices de la pasada luna de Abril.

Qué difícil es vivir, en este mundo, en paz con todos. Es prácticamente imposible. Ni siquiera los grandes poetas y pensadores, los místicos, los ascetas, lo consiguieron. Tampoco podemos agradar a todos porque, en general, lo que para unos es belleza, es fealdad para otros; lo que para una parte del mundo es natural, no lo es para la otra y lo que es prescindible para mí, resulta ser diario y vital para otros muchos humanos.
Y a estas alturas, harta ya de pensar y cansada de preocuparme de un mundo que rueda sin necesidad de nadie y, lo que es peor, sin hacer caso a los grandes que en el mundo han sido, me doy cuenta de que lo mejor es seguir viviendo, ser responsable de nuestros actos y parecernos lo máximo posible a nosotros mismos.
La urdimbre que nos une a este mundo está tejida con dos cabos: uno, la fuerza de la gravedad, no cabe duda, y el otro, la cruel decisión de la naturaleza (aunque esa crueldad  -ciclo imparcial de muerte y vida-, siempre tendrá dos caras también: la suerte (a veces benévola y otras malditas -siempre formas duales y complicadas- y la fuerza motriz de la supervivencia -imparable, arrolladora, extrema-). Y me doy cuenta de que todo está hecho en base a una ciencia exacta, aquella que dejó en bragas Einstein, un día nublado. Porque todo es cuestión de matemáticas, aplicaciones binarias, constantes, ecuaciones y proyecciones que alcanzan hasta el confín inalcanzable del universo.
Por eso sigo sumando hojas al libro de mi vida, una suma al margen de beneficios ni de planteamiento alguno que no venga de mí misma, de mi voluntad y del destino, ese que viene siempre dando tumbos porque Dios parece no tener mano que darle para que no resbale. O tal vez es que no conozcamos a su graciosa majestad ¡Oh mano larga y caprichosa! Por lo que tú más quieras, Dios mío ¡déjate ver y danos la mano!

Esta mañana volví a levantarme con ganas de escribir, lo necesitaba, además tengo una deuda con los lectores del flamante periódico El Aguijón y no quería dejar de mandar mi artículo semanal, ese que dice tener el color de cada semana. El ordenador sigue roto. Para mis fines, he tenido que recurrir a la antigua fórmula del lápiz y el papel, algo que nunca falla, mientras tengamos a mano un bloc, un boli o algo que pinte y la suficiente agilidad para sostener uno y conducir lo otro. Hasta hoy no me faltaron nunca y menos aún en los momentos delicados, cuando la técnica me falla. Por eso -y por tantas cosas-, no me quejo de la vida. Mañana lo enviaré desde donde pueda. Disculpad mi tardanza. Dios proveerá. Porque si Dios no te provee, te mata.  Y puedo decir, agradecida, que la mano divina me ha dejado llegar a la edad de los avíos. Porque hoy todo me hace avío: los cuadernos viejos, los sobres y cuartillas con media cara limpia, los libros de cuentas que nunca se acabaron, los folios equivocados de la impresora... Los vuelvo por su cara limpia y hala, a escribir que son tres días y yo voy por el tercero ya. Y, aunque prescindir de los medios que tenemos a nuestro alcance va resultando cada día más difícil, a veces gusta  salir del paso a la antigua usanza.
Y digo yo ¿cómo podríamos olvidarnos de lo sabido?, ¿cómo podríamos desaprender?, ¿cómo parar esta bola de nieve que acabará sepultándonos en frío alud? ¡Ay, Alzahimer, déjame en paz por ahora, que ya sé de qué vas! Y tú, ordenador, anda y que te corten la luz, que me tienes muy harta. ¡Viva Johan Sindel y los abuelos papiros! Y el chilindro, que nace cuando quiero irme, que dulcemente me invita a quedarme en el ingenuo recuerdo de una niñez perdida…
Desde El Garitón, sin madre a quien besar, echándola de menos y diciendo muchísimas tonterías para no llorar. Mariví Verdú

DEL PERIÓDICO DIGITAL EL AGUIJÓN

domingo, 25 de abril de 2010

EL COLOR DE LA ÚLTIMA SEMANA DE ABRIL

Esta mañana amanecía como si el mundo fuera un enorme capullo de seda. El color difuminado del cielo, su bruma de oro metida por los valles trasminando de azahar desdibujando la mar y sus contornos, la delicada cortinilla de humedad que nos envolvía, todo hacía presentir que el sol se iría adueñando de la mañana, y así ha sido. Las últimas lluvias sólo han sido una romántica despedida del invierno.

Esta mañana, el mundo civilizado sigue siendo tan capullo como ayer, pero menos que mañana. Obcecado en llevar la razón a toda costa, este mundo glotón ha vuelto a plantearse las mismas conclusiones: lo nuestro es lo que vale –aunque no nos valga ni a nosotros mismos-, el muerto al hoyo y el vivo al bollo y primero yo, después yo y, si sobra algo, para mí. En estas tres patas se levantó el taburete donde se sienta hoy el culo gordo de nuestra civilización. El resto del refranero quedó en desuso: haz bien y no mires a quién, obras son amores que no buenas razones, el que quiere la col, quiere las hojitas del alrededor… ¡qué poquito ha quedado de nuestra idiosincrasia, qué poquito! ¿Dónde dejamos el respeto al prójimo, adónde el amor?
Hoy sólo se quiere ser eternamente joven y vivir  mejor que el vecino, ya sea del quinto en vertical que en adosado horizontal. Nos ha absorbido el poder y el dinero y las únicas metas son ambigüedades enchufadas a la red eléctrica o sobre las cuatro ruedas. Peleamos sin ganas, vivimos sin ganas, dejamos que la apatía nos manipule y nuestra actitud tiene que ver más con los tópicos que con la convicción de ideas. Todo se ha convertido en una amalgama informe que, como un alud agrisado, va pasando sobre la vida, arrollándonos a su paso y haciendo la pelota más grande, hasta acabar en tunelillo que sellan con silicona y…si te he visto, no me acuerdo.
Pero hemos votado en este corto paseíllo, conformándonos con lo que nos ponen en la papeletilla, se nos han caído los dientes y el pelo y hemos pagado, con mucha dificultad, nuestro mortuorio ¿qué más queremos? Bueno, también ha habido tarde de futbol, corridas de toros y escándalos, ya sean ajenos o propios, y a veces –muchísimas veces- un ángel caritativo  nos hemos librado del mal. Amén.
El color del día ha sido bellísimo. El de la semana, inquietante. Nuestra sociedad no es clara, ni justa, es pasota y está esmerilada. A mí me deja el corazón más bien triste y preocupado. Y es que me cuesta dar con gente que se planten el legado ético, el origen divino, que sienta respeto por el poderoso misterio de la vida, sin que nuestra conversación, llegado el caso- parezca de dementes o de testigos.
Menos mal que me gustan las palabras. En ellas me refugio y me explayo. Y, hablando de palabras ¿habéis observado que en nuestra sociedad todo depende de la segunda letra? De la O a la U va sólo un pasito muy corto… Cuidemos de no meter la pata.

Desde El Garitón, planteándome a ratos lo que Hamlet, mientras nacen las primeras rosas, Mariví Verdú

DEL PERIÓDICO DIGITAL EL AGUIJÓN

ANTONIO MONTIEL, ESCUDO DE ORO del Rincón Flamenco de Las Castañetas, por Mariví Verdú

Un día más la magia tuvo su cita en nuestra peña, en el rincón del cante más flamenco de Málaga, en Las Castañetas. Ayer se concentraron all...