miércoles, 9 de febrero de 2022

MIS QUERIDOS ALMENDROS, por Mariví Verdú

No me conformo con dejar pasar estos días como si no ocurriera nada haciendo caso omiso al acontecimiento precursor de la primavera: el florecer de los almendros. Tengo la suerte de tener tres a mi alrededor, sembrados por mi padre, con más de cuarenta años cada uno y es de un egoísmo insano y frustrante dejar tal espectáculo para mí sola. Los milagros hay que cantarlos, hay que celebrarlos, hay que dejar constancia de que han sucedido. Sé que a ellos les da igual lo que yo diga o poetice sobre su ciclo eterno porque son dioses y todo les resbala. Ajenos a mi presencia, a mis dolamas, a mis inclinaciones y sueños, florecen como cada año llenando el aire de rosas claras, confirmación de la Naturaleza, rebosantes de esplendor. O tal vez no, tal vez me reconozcan cuando camino de noche bajo la luna a cerrar la cancela, o sin luna, ayudada con la linterna, porque siempre les digo algo, siempre hay un requiebro, una fina melancolía: la nostalgia de lo que está por llegar. 
 
Anoche, al cerrar el portón, estuve tentada de recoger los copos rosados que caían, empujados por el aire, a mis pies. Quise pensar que soy ya parte de ellos, que la poda ha servido -a pesar de sus amputaciones y de mi tristeza- para tal explosión de belleza, para que no se desperdicie su savia en vástagos inútiles, para que yo pueda despojarlos en verano de todos sus frutos, esas maravillosas almendras que cojo a solas o con mi gente querida en el rebusco, sus semillas mismas que me dan consuelo al verlas doradas y carnosas, listas para mi ajo blanco y mi pepitoria, para tostarlas con sal y disfrutar de la vida. 
 

Durante muchos años he dedicado canciones a mis almendros ¡oh, árbol del paraíso!, los he retratado, los he mimado y compartido con familia y amigos; cada uno ha probado sus dulces almendras y todos hemos buscado en algún momento la tibieza delicada de su sombra. Yo les he rogado que me tengan en cuenta para mi hora final y me dejen a sus pies hecha ceniza, echada para siempre en ese dúctil aposento de tierra conocida. 
 
Nada mejor que dejar la limpieza, las obligaciones, el miedo y el porvenir aparcados un rato para sentarme a cantar las delicias que la vida me ofrece, que se me plantan delante diciéndome que existo, devolviéndome la esperanza, alegrándome la vida sin saberlo. ¿O sí? Sí que lo saben, desde este rinconcillo donde escribo, oyen mi canto, hoy más maduro pero tan apasionado como el primero; con más fervor porque el tiempo apremia; con más ingenuidad porque es involutivo; con la misma sorpresa y atención que lo hice desde que existimos en el mundo. 
 
 
Nada más hermoso en el invierno que este adelanto de la primavera, del cielo, de las rosas: el almendro. 

Desde El Garitón, donde paso mis días hábiles, mis espléndidos amaneceres, mis noches fecundas, mis madrugadas andantes y esas tardes en las que el cielo se inunda de naranjas mientras rompen su sedal joyante los luceros y esta luna creciente que sale desde mi calle y sube llevándose mis recuerdos a un lugar alto, Mariví Verdú. 
 
Para mi hijo, para Dani y Cristina, para Emma y para María Victoria Anaya, cariñosamente.

domingo, 14 de noviembre de 2021

QUEDAN MUCHAS FLORES POR NACER TODAVÍA, por Mariví Verdú

Ayer, sábado trece y extrañamente caluroso para estar a mediados de noviembre, me pareció uno de esos días especiales que te regala la vida y que aceptas preguntándote qué he hecho yo para merecer tanto... Sí, vino la luz llenándome las manos de cristalitos azules y romos, los oídos de canto de pájaros y colmándome el resto de sentidos de delicias varias, de risas y ternuras. El viernes por la tarde ya empezó la mañana de sol y todo cobró sentido con la preciosa sonrisa de mi Emma que solo tiene tres años; ayer, por la más vieja de mi familia: mi prima Julia que con sus ochenta y siete años sigue siendo divertida, intrépida y exultantemente guapa y alegre.  

Había hecho planes con ella para el domingo pero la cosa se anticipó y, sin rumbo fijo, salimos a quitarnos años de en medio.  Después de dar una vuelta turística por Málaga, desde el Paseo del Limonar hasta la carretera del Colmenar, de parar para retratar estas incógnitas que dibujaban los aviones en el cielo -foto que ilustra la crónica- y de reírnos como colegialas de mis despistes y de nuestros propios errores, le conté una historia familiar: la huída de mi tío Federico de un bando a otro en la guerra civil y de cómo se cayó desmayado después de tres días sin descansar, campo a través, con miedo, cruzando la provincia de Granada y la de Málaga hasta llegar a la Calle Pacífico donde vivían su tía Victoria y su novia María Teresa. Tres jornadas caminando de noche, escondiéndose de día, escaso de agua y sin comer lo tenían derrotado. Un hombre de más de un metro ochenta, débil, desnutrido, que vino a encontrarse con un tazón de puchero que le ofreció mi abuela Victoria, un caldo concentrado, recién sacado de la olla que hervía en su hornilla económica, cómo se desvaneció nada más entrarle en el estómago. Así estuvo durante otros tres días, menos mal que se había sentado en la camilla turca que mi gente tenía en un rincón de la sala, de lo contrario no hubiesen podido con él entre todas la mujeres de mi casa. Hablamos del episodio vivido por mi abuela y sus dos hijas, mi madre y mi tía María, en el cuartelillo de Falange por una falsa denuncia, fruto de los celos que a veces pueden llegar a ser motivo de odio. Este relato es un capítulo de mi libro “El poder de las cosas pequeñas” que pretendo publicar en 2022 si tengo salud y me alcanza el dinero. Julia y yo hablamos de su dilatada vida de trabajo y experiencias, mientras subíamos uno de los parajes que más amo de mi provincia: los Montes de Málaga, no en vano mi sangre llega desde el Lagar de Jotrón por la parte de mi abuelo materno, mi abuelo José. La verdad es que todo me gusta por allí, parar siempre en la perdida Venta El Mirador y recordar con inmenso cariño a María Gaspar Postigo, pero pasar la Fuente de la Reina es mi delirio. Como era natural, fuimos a parar al Puerto del León, a 900 metros sobre el nivel del mar, y a la venta que ostenta el nombre del puerto y que es una de las mejores del mundo. Allí están Paco y Victoria, sus hijos Paco y Jorge, sus nueras y sus nietos -bienvenido, Miguel, precioso el Benjamín- un nuevo miembro de la Familia Chinchilla, tan querida. 


Bajamos con un dulzor de flan de chirimoyas en la boca y disfrutando cada curva del camino de vuelta, el paisaje no estaba nítido pero a pesar de la brumilla a Málaga no le falta de nada, sigue en su sitio, siempre nueva como diría hace años -en mi parte de alimón- en “Azogues Malagueños”: "Las luces que desprendes son las mismas, las del génesis claro, día primero." Las demás cosas que pasaron y que omito no tienen poesía.

Al despedir la tarde, mi amigo Juani Soler, tan noble como generoso, me dijo que me llegara a su finca a recoger naranjas, aguacates y mandarinas de su cosecha. Al llegar, un besito de su nieto deja en mi rostro su ternura y su inocencia y me siento feliz. En un hogar tan familiar nadie puede sentirse desdichado. Su hermana Mari Carmen, que se alegra de mi vuelta al ruedo, me pide que escriba cosas más alegres, que no esté triste. Pues no estoy triste, Mari Carmen, estoy viva y la vida es alegre y triste a partes iguales, lo que me pasa es que la balanza a veces se descompensa y no puedo decir lo que no siento. Mira por dónde, hoy todo se ha puesto a mi favor y la balanza marca la flor de la alegría. Hoy va por tí, Mari Carmen, y por mi hijo Pedro, mi Cristina y mi Dani que pasaron un día maravilloso en Aldeanueva de Barbarroya -a casi quinientos kilómetros-. Va por Julia y por Emma. Y por Miguel Chinchilla.

Hay mucho que vivir todavía, muchos cristalitos pulidos que recoger del rebalaje y quedan muchas flores por nacer, en El Garitón y en las hojas de mis libros inéditos, encapullados, locos por estallar.

Con los ojos niños, Mariví Verdú


viernes, 12 de noviembre de 2021

LA HERMOSA CLARIDAD QUE SUBE DESDE EL MAR Y NOS HACE A TODOS DE COLORES, por Mariví Verdú

Es muy agradable sentarme a escribir por puro agradecimiento, emocionada, exaltada por el placer que me ha proporcionado la música y relajada como solo ella consigue dejarme. Esta mañana, frente al televisor, ese aparato que últimamente se ha convertido en diabólico, me he sentido alegre y llena de esperanza. Todo un milagro gracias a la 2. Los Conciertos TVE2 siempre nos ofrecen una buena programación pero la de hoy ha sido muy especial, novedosa, didáctica: Bioclassics, una hora de creatividad que me ha causado una agradable y gratísima sorpresa . Ésta plausible iniciativa es obra de Sheila Blanco Gutiérrez, salmantina de treinta y nueve años, cantante y compositora española, además de comunicadora y divulgadora cultural, muy conocida por fusionar textos con música, tanto clásica como pop, rock, folk y jazz, creando una simbiosis entre lenguajes artísticos, con un estilo muy personal. Asimismo, su trabajo está muy enfocado a la reivindicacion y recuperación de escritoras españolas, como las poetas de la Generación del 27 de las que ha realizado cuidadosas adaptaciones musicales de sus letras. Sheila ha conseguido en este trabajo acercarme a la vida de los autores clásicos a través de sus obras y títulos más representativos, cantándome su biografía a compás de títulos conocidísimos de talentos como Händel, Schubert, Ravel, Vivaldi, Tchaikovsky, Wagner, Beethoven, Bach y Brahms.  Vaya mi más sincera felicitación a Sheila Blanco y a la Orquesta Sinfónica de RTVE dirigida en esta ocasión por el soriano Carlos Garcés, a los Conciertos de la 2 y al programa que han ofrecido esta mañana desde el Teatro Monumental de Madrid.

Esto ocurrió el sábado 17 de octubre y escribí con ferviente deseo de dar gracias por lo aprendido y disfrutado pero se quedó tan solo en deseo y en archivo dormido en mi escritorio. Hasta hoy he estado desconectada de la red, no he podido usar ni mi ordenador ni he disfrutado de wifi, ni de impresora, ni de datos libres en mi móvil...bueno, ya sabéis cómo va esto. El cable de telefonía tenía casi cuarenta años y dijo a morir y se murió. El pasado 28 de octubre pusieron dos postes de ocho metros en mi finca para cambiar el viejo cableado de Telefónica por la fibra óptica de Movistar y aquí ando de nuevo, después de tres largas semanas, de vuelta al tajo, a hablar sola en el silencio, a mandar pensamientos sabe Dios dónde, a convencerme que esto sirve para algo más que para satisfacer una inclinación natural -llamésmole pérdida de juicio, tendencia a la locura o al narcisismo...- vaya, que no es una obsesión como otra cualquiera. La cuestión es que sigo aquí, inmersa en un silencio colectivo, voceando palabras a los cuatro vientos y creyendo que el mundo empieza y acaba en mi portón y solo me utiliza para llevar su cruz. Y su estandarte.

No me he alterado demasiado porque creo haber aprendido a asumir los cambios con una naturalidad que solo permite la vejez o su antesala. En solo un mes ha cambiado la fisonomía del mundo, la triste historia del mundo y la concreta del mío, de mi entorno, de mi casa, de mi vida. La casa se me ha caído literalmente encima, era muy vieja ya, y mi templo, ese lugar que alberga mi alma y que hace aguas por todos lados, también ha dicho aquí estoy yo. Liada de médicos y de especialistas, soy una real porquería. Una más porque todas mis amigas tienen achaques, cuando no por sí mismas, por sus hijos y nietos, por el uso que los demás hacen de su tiempo, por el poco respeto que tienen a sus vidas. No es mi caso pero sufro con los otros porque me importan. Todos mis amigos se van yendo despacio, utilizados hasta la saciedad por hijos tiranos que les han absorbido la salud, consumidos por enfermedades que padecen en la más absoluta soledad, sin respeto a sus muertes ni al legado que han dejado a base de sacrificios y trabajo. Ya solo toca esperar el número de orden que me tocará a mí, yo no sé, nadie lo sabe y menos mal. Mi madre decía que lo mejor que estaba dispuesto en este mundo es eso, que todos tenemos que pasar por ahí. Mientras llega el día -espero que tarde mucho tiempo-, no dejo de bendecir cada amanecer, es un verdadero regalo, un lujo: los días están contados. Tampoco dejo de dar gracias por todo lo que ha hecho de mí la persona que soy y por sobrevivir a tanta dosis de tristeza. No puedo entender que haya gente tan desagradecida en este mundo como para no valorar la hermosa claridad que sube desde el mar y nos hace a todos de colores y no padecer ataques terribles de tristeza.

Sé que tengo familia y amigos a los que les importo, sé cuanta gente me importa a mí y sé que vivir se conjuga solo en presente de indicativo pero viva siempre en mi corazón el pasado hermoso y el futuro esperanzador para afrontar la vida que me queda con la dosis justa de alegría y la tristeza justa que me otorga la razón.

Desde El Garitón, pidiendo la sagrada lluvia, Mariví Verdú. 

Madroño de Belvis.
Foto de Pedro Durán.

domingo, 26 de septiembre de 2021

BENDIGO LAS COSAS DEL CAMPO, por Mariví Verdú

No sé qué clase de alineación de astros oscuros está teniendo lugar durante estos dos últimos años. Mire para donde mire, solo veo gente sufriendo, catástrofes, desaliento y no hallo consuelo alguno. Y eso que intento ser positiva: mirar con optimismo cualquier rasgo de bondad de la naturaleza, valorar los actos solidarios y estar agradecida al sol que acude cada día a la cita para darnos su luz. Y sin olvidar en ningún momento que la vida aún me pertenece, o sea, que disfruto un grandísimo milagro. Una de las cosas que me ayudan a mantenerla es respetar mis normas y la más importante de ellas es no dejar nada para mañana que, como dijera Josep Pla, sería dejarlo para siempre. Bien es cierto que se han invertido mi orden de prioridades y se me ha trastocado la concepción del tiempo. Hace varios años, con los ojos pegados, me tiraba de la cama directa al ordenador, a escribir versos e impresiones que me parecían una obligación para con mis lectores y conmigo misma. Hoy han cambiado las cosas, se ha invertido el orden de mi trabajo diario y le echo más tiempo al campo, a faenas antiguas, a las de siempre, esas que repercuten en lo más íntimo. La azada, el pico y la chapulina me mantienen viva y me siento la mar de agradecida y pagada con que las buganvillas se caigan de flores, pueda recoger la cosecha de membrillos, de almendras, de aceitunas... Aunque tengo tan solo para consumo propio, orégano, mermelada de kunquats (fortunela o naranja china), hierbabuena, tomillo y romero se han llevado todas la amigas que han venido a verme. Y me doy cuenta que me importa mucho más un rato de charla con mis próximos que un par de folios escritos sin destinatario fijo. Sin embargo, el gusanillo de la escritura me reconcome por dentro y de vez en cuando pide su hoja y su metamorfosis. 

El pasado año, como una sufridora más del Covid, me tocó aislarme. Perdida en este monte, llevaba sobre mi alma a los que tuvieron que estar al pie del cañón, enfermeros y servicios públicos, desde el dependiente de un gran almacén hasta el mancebo de una farmacia...Y sufrí muchísimo por los niños que no entendían de la misa la mitad y por los ancianos que morían sin socorro. Sin el consuelo de un abrazo, de una visita, de una mirada y atormentada con las noticias, sufrí mi propio purgatorio con un infierno en la cabeza y un cielo en el corazón. 

Aún recuerdo cómo pasó lo de mi pérdida de olfato, así, de la noche a la mañana, y me encontré con que esa parte tan importante de los dones que nos fueron otorgados a los seres humanos y que tan poco valoramos, había desaparecido llevándose mi gusto, mis sabores, mis perfumes, mi memoria y mi seguridad. Pasó en otoño de 2019. Recuerdo haber ido a mi médico par contarle el problema y se lo achacaba a la gran cantidad de medicamentos que había tomad ese año y el anterior para varias bronquitis y un principio de neumonía que sufrí. Asqueada de aerosoles porque me asfixiaba y con la sangre envenenada de potingues y una tristeza infinita, sin un duro y más sola que la una, valoré sobre manera el premio que me otorgaron por mis letras flamencas y el viaje que improvisé a Chefchaouen y Arcila en el mes de diciembre. Allí encontré mi olfato perdido. Sin embargo, mi cabeza no podía ocultar el peso de estos cinco últimos años y tomó el color gris de la desidia ¡cuántos siglos me cayeron encima! 

La inquietud que generaba en mí un papel en blanco hace, precisamente ese mismo tiempo, que se ha transformado en un profundo desasosiego, tan similar al miedo o al desencanto que, con la fusión de ambos, ha resultado un terrible monstruo, invisible, orlado de tristeza, que me ata las manos ante el teclado o paraliza mi acción de abrir la libreta, me impide tomar un folio, agarrar el bolígrafo o la nueva pluma tan preciosa que me regaló mi prima Magdalena... Sí, pero ese engendro que me entumece y frena cualquier impulso de escribir, de destapar mi corazón, no sabe que está generando antídotos invencibles, que el agarrotamiento y la inmovilidad que me frena el cuerpo deja mi pensamiento libre, volando en redor mío, tomando fuerzas, buscando adjetivos y nombres olvidados para realizar mi torre y desliar Babel. 

 Si la sensación que siento pudiera describirse, se verían cientos de frases volando a mi alrededor como un enjambre de abejas, libando mi sueño y mi moral, intentando fecundar mi aburrimiento, buscando entre todas mi corazón. Verbos sueltos como amar, reír, soñar o alegrarse que huyeron despavoridos hace mucho tiempo de mi lado -cuando llegaron en bloque otros como temer, frustrar, desengañar y olvidar- vuelven, zumbando en mis oídos, como coplas de las de bailar juntos. Llegan devorando palabras como venganza, desolación, dolor, pobreza, amargura... Llegan y dependerá de mi salud si fructifican. Si así fuera, un río de versos inundará mi vida para siempre y la sombra de algunos verbos inolvidables volverá hecha luz como la piedra que tirara el poeta Juan Ramón. 

Desde este Garitón adornado de domingo y cielo azul, espero que la justicia alce su pequeña bandera blanca sobre mi cabeza y se abra mi corazón a la esperanza. Mientras tanto, colocaré entre mis ojos el bindi y sobre ellos mis gafas y escribiré en recuerdo de mi padrino Muñoz Rojas bendiciendo las cosas del campo.



Qué la salud nos acompañe. Mariví Verdú

domingo, 5 de septiembre de 2021

PACO PADILLA, A LA MEMORIA DE MI BUEN AMIGO, por Mariví Verdú

Ayer, recién caído el sol del día 4 de septiembre nos dejó Francisco Padilla Robles, mi querido Paco Padilla. Me siento a escribir y a recordar esta mañana de domingo, cuando todavía está de cuerpo presente el que fuera uno de mis mejores amigos y quien más me enseñó de flamenco y de poesía. Mi agradecimiento siempre ha sido tan grande como hoy es el vacío que deja, no así en el recuerdo que hoy se agudiza, agolpándose los momentos vividos en mi cabeza y en mi corazón.
Me queda la satisfacción de haber gozado de su amistad y de su compañía en momentos inolvidables y haberle propiciado momentos de alegría y de justicia, no en vano lleva la insignia de “Calle del Agua”, un botijo de oro que lució siempre con orgullo, y de haberle acompañado en cuantos homenajes, cursos flamencos, en la inauguración del rincón flamenco que lleva su nombre y en el último homenaje que le brindó la Casa de Álora-Gibralfaro, acto del que guardo preciosos recuerdos y un magnifico video de Juan Antonio Piña, la misma persona, el amigo que acaba de darme tan triste noticia.

En 2003, junto al grupo malagueño Tabletom, tuvimos la idea de convocarlos y la suerte de reunirlos en el Centro Cultural “María Victoria Atencia”, que por entonces se denominaba “de la Generación del 27”. Allí fuimos para rendirles homenaje y escribí la biografía de Paco para la ocasión y para publicarla en nuestra revista "Calle del Agua". Dice así:

 
“Francisco Padilla Robles lleva toda una vida escuchando flamenco. Nació en Masmullar (Comares) el día 1 de julio de 1937, de Francisco y Dolores, y con diez años vino a vivir al Lagar de Morales, en Los Montes de Málaga, pintando el campo (sembrando) y ejerciendo de cabrero. Con 12 años trabajó de lechero y cuenta que el cabrero   le  echaba   la  bronca   porque dejaba  el  candil  encendido  hasta  las tantas. Lo que Paco hacía era leer: La araña negra, El Quijote, Diego Corrientes, El Barquero de Cantillana..., todo lo que le llegaba a las manos. Sólo necesitó muchas horas de lectura para aprender el idioma que hoy usa en su más genuina expresión.

Con 18 años vino a vivir al Arroyo de los Ángeles, en Málaga capital. Fue voluntario al servicio militar y como tenía ya buena letra y pocas faltas ortográficas, se encargó, junto con tres maestros, de la alfabetización de los quintos, que en aquellos tiempos franquistas era de lo más común. Hoy aún recuerda unos versos de Calderón de la Barca que estaban escritos en la puerta del pabellón: (…) caudal de pobres soldados/ que en buena o mala fortuna/ la milicia no es más que una/ religión de hombres honrados.  Me cuenta que sus primeros pinitos en verso  los hizo para un compañero de cuartel. Fue estando de cabo en Montejaque con ocho soldados para custodiar armamento. A petición de un tal Pepe, escribió una postal que envió junto a una foto hecha en Calle Cerrillo (algo así como en nuestra calle Camas, típico por las mujeres de la vida) con una mujer, para el día de San Antonio, y el texto decía así: A mi padre por su día/ esta postal le dirijo/ junto a una fotografía/ para que vea a su hijo/ hablando con la quería. Y...las cosas de los pueblos. A la semana siguiente novia y suegra corretearon a Pepe por todo Montejaque.  



Paco heredó de Francisco, su padre, el saber escuchar y  el amor por el flamenco. Venían andando desde el Lagarillo para ver y oír a todos los de la edad de oro flamenca: Manuel Vallejo, Niña de los Peines, Pepe Pinto, Niño León, Niño de la Huerta, Niño de Vélez, Diego El Perote, Niño de la Alameda, y trabó amistad con Niño Marchena y Niño de las Moras, a quien llamaba “El Compadrito”. Paco Padilla empezó de muy joven a cantar. Coincidió en el Campamento Benítez con su amigo Gonzalo Rojo. A veces se iban a una tabernilla de Churriana  llevando lo justo para media botella de vino. Se ponían en la barra y empezaban el mano a mano su amigo Antonio Ruiz Urbano y él... y comenzaban a llegar las botellas. Gran conocedor de todos los palos flamencos, los dice con un paladar exquisito.

Tras sufrir un grave accidente, Paco comienza a trabajar en la centralita del Hospital Civil como telefonista nocturno -también es elegido secretario del Comité de Empresa- por lo que durante diez años y suministrado de grandes lecturas conoce El Don Apacible, el 98, el 27... César Vallejo, Miguel Hernández, Lorca... Compañero en ideales de Paco Rabal, guarda muy gratos recuerdos del actor. Su capacidad, su entrega a los demás y un gran sentido de la justicia le hace escribir poesía social y de denuncia.


Ha sido Consiliario de la Peña Juan Breva cinco legislaturas, Secretario de la Casa de Álora durante tres, Delegado de Flamenco en A.M.E. y en la Peña El Sombrero, pregonero en la Noche Sanjuanera de Santón Pitar. Ha organizado Cursos de Flamenco en el Centro Cultural La Malagueña, en la Peña Fosforito “Influencia de los Cantes de Málaga en los Cantes de Levante” con Antonio de Canillas y Gabriel Cabrera; en la Peña Abadía “Ciclo de Cantes de Málaga “; Rincón Flamenco Parque del Sur, Peña La Trilla de Salobreña (Granada), Peña La Seguiriya de Osuna (Sevilla), Peña Manolo Caracol de Montalbán (Córdoba), Peña La Platería de Granada, Peña Curro de Utrera en la Guijarrosa (Córdoba)...y tantas más. Su más reciente colaboración ha sido con la Federación de Peñas, Centros Culturales y Casas Regionales “La Alcazaba”, como responsable del Área de Flamenco. La Junta de Distrito n.º 5 de Málaga le publicó un libro en la colección    Memorandum a Rafaela Luque, dedicados a una mujer, impulsora del movimiento ciudadano, muy querida y que por demás fue su esposa. Botijo de Oro de la Asociación Cultural Literario Flamenca “Calle del Agua” en el año 2003, es colaborador habitual de la revista de igual nombre y del periódico La Alcazaba. Hace más de una década que dirige un programa de radio en Onda Joven titulado “Así se canta en Málaga”, antes “Raíces del Cante” y es requerido para cualquier acto relativo al Flamenco ya que,  como veis, de raíces y frutos flamencos está llena la vida y la obra de Paco.”


Desde que le dediqué esta pequeña biografía hasta hoy han pasado dieciocho años. Así como son incontables las veces que nos hemos reunido en la década de los noventa y los primeros años del dos mil, en estos últimos quince años, después de la muerte de mi hijo, de dejar Málaga e instalarme en Alhaurín, puedo contar con mis manos las veces que nos hemos visto, pero todas son gloriosas.  

Hemos pasado momentos inolvidables que hoy cobran un color nuevo, un aire nuevo, una transparencia de eternidad. Descansa en paz, mi querido amigo Paco. Todas tus cosas, los libros, las enseñanzas, las risas, están a buen recaudo. Todo lo que me diste lo conservo y hoy alcanzan la cumbre de las herencias, la del alma, la más sublime de todas.

Desde El Garitón, oyendo cantar los pájaros y con lágrimas en los ojos, Mariví Verdú

ANTONIO MONTIEL, ESCUDO DE ORO del Rincón Flamenco de Las Castañetas, por Mariví Verdú

Un día más la magia tuvo su cita en nuestra peña, en el rincón del cante más flamenco de Málaga, en Las Castañetas. Ayer se concentraron all...