Durante muchos años he dedicado canciones a mis almendros ¡oh, árbol del paraíso!, los he retratado, los he mimado y compartido con familia y amigos; cada uno ha probado sus dulces almendras y todos hemos buscado en algún momento la tibieza delicada de su sombra. Yo les he rogado que me tengan en cuenta para mi hora final y me dejen a sus pies hecha ceniza, echada para siempre en ese dúctil aposento de tierra conocida.
miércoles, 9 de febrero de 2022
MIS QUERIDOS ALMENDROS, por Mariví Verdú
Durante muchos años he dedicado canciones a mis almendros ¡oh, árbol del paraíso!, los he retratado, los he mimado y compartido con familia y amigos; cada uno ha probado sus dulces almendras y todos hemos buscado en algún momento la tibieza delicada de su sombra. Yo les he rogado que me tengan en cuenta para mi hora final y me dejen a sus pies hecha ceniza, echada para siempre en ese dúctil aposento de tierra conocida.
domingo, 14 de noviembre de 2021
QUEDAN MUCHAS FLORES POR NACER TODAVÍA, por Mariví Verdú
Había hecho planes con ella para el domingo pero la cosa se anticipó y, sin rumbo fijo, salimos a quitarnos años de en medio. Después de dar una vuelta turística por Málaga, desde el Paseo del Limonar hasta la carretera del Colmenar, de parar para retratar estas incógnitas que dibujaban los aviones en el cielo -foto que ilustra la crónica- y de reírnos como colegialas de mis despistes y de nuestros propios errores, le conté una historia familiar: la huída de mi tío Federico de un bando a otro en la guerra civil y de cómo se cayó desmayado después de tres días sin descansar, campo a través, con miedo, cruzando la provincia de Granada y la de Málaga hasta llegar a la Calle Pacífico donde vivían su tía Victoria y su novia María Teresa. Tres jornadas caminando de noche, escondiéndose de día, escaso de agua y sin comer lo tenían derrotado. Un hombre de más de un metro ochenta, débil, desnutrido, que vino a encontrarse con un tazón de puchero que le ofreció mi abuela Victoria, un caldo concentrado, recién sacado de la olla que hervía en su hornilla económica, cómo se desvaneció nada más entrarle en el estómago. Así estuvo durante otros tres días, menos mal que se había sentado en la camilla turca que mi gente tenía en un rincón de la sala, de lo contrario no hubiesen podido con él entre todas la mujeres de mi casa. Hablamos del episodio vivido por mi abuela y sus dos hijas, mi madre y mi tía María, en el cuartelillo de Falange por una falsa denuncia, fruto de los celos que a veces pueden llegar a ser motivo de odio. Este relato es un capítulo de mi libro “El poder de las cosas pequeñas” que pretendo publicar en 2022 si tengo salud y me alcanza el dinero. Julia y yo hablamos de su dilatada vida de trabajo y experiencias, mientras subíamos uno de los parajes que más amo de mi provincia: los Montes de Málaga, no en vano mi sangre llega desde el Lagar de Jotrón por la parte de mi abuelo materno, mi abuelo José. La verdad es que todo me gusta por allí, parar siempre en la perdida Venta El Mirador y recordar con inmenso cariño a María Gaspar Postigo, pero pasar la Fuente de la Reina es mi delirio. Como era natural, fuimos a parar al Puerto del León, a 900 metros sobre el nivel del mar, y a la venta que ostenta el nombre del puerto y que es una de las mejores del mundo. Allí están Paco y Victoria, sus hijos Paco y Jorge, sus nueras y sus nietos -bienvenido, Miguel, precioso el Benjamín- un nuevo miembro de la Familia Chinchilla, tan querida.
Bajamos con un dulzor de flan de chirimoyas en la boca y disfrutando cada curva del camino de vuelta, el paisaje no estaba nítido pero a pesar de la brumilla a Málaga no le falta de nada, sigue en su sitio, siempre nueva como diría hace años -en mi parte de alimón- en “Azogues Malagueños”: "Las luces que desprendes son las mismas, las del génesis claro, día primero." Las demás cosas que pasaron y que omito no tienen poesía.
Con los ojos niños, Mariví Verdú
viernes, 12 de noviembre de 2021
LA HERMOSA CLARIDAD QUE SUBE DESDE EL MAR Y NOS HACE A TODOS DE COLORES, por Mariví Verdú
Esto ocurrió el sábado 17 de octubre y escribí con ferviente deseo de dar gracias por lo aprendido y disfrutado pero se quedó tan solo en deseo y en archivo dormido en mi escritorio. Hasta hoy he estado desconectada de la red, no he podido usar ni mi ordenador ni he disfrutado de wifi, ni de impresora, ni de datos libres en mi móvil...bueno, ya sabéis cómo va esto. El cable de telefonía tenía casi cuarenta años y dijo a morir y se murió. El pasado 28 de octubre pusieron dos postes de ocho metros en mi finca para cambiar el viejo cableado de Telefónica por la fibra óptica de Movistar y aquí ando de nuevo, después de tres largas semanas, de vuelta al tajo, a hablar sola en el silencio, a mandar pensamientos sabe Dios dónde, a convencerme que esto sirve para algo más que para satisfacer una inclinación natural -llamésmole pérdida de juicio, tendencia a la locura o al narcisismo...- vaya, que no es una obsesión como otra cualquiera. La cuestión es que sigo aquí, inmersa en un silencio colectivo, voceando palabras a los cuatro vientos y creyendo que el mundo empieza y acaba en mi portón y solo me utiliza para llevar su cruz. Y su estandarte.
No me he alterado demasiado porque creo haber aprendido a asumir los cambios con una naturalidad que solo permite la vejez o su antesala. En solo un mes ha cambiado la fisonomía del mundo, la triste historia del mundo y la concreta del mío, de mi entorno, de mi casa, de mi vida. La casa se me ha caído literalmente encima, era muy vieja ya, y mi templo, ese lugar que alberga mi alma y que hace aguas por todos lados, también ha dicho aquí estoy yo. Liada de médicos y de especialistas, soy una real porquería. Una más porque todas mis amigas tienen achaques, cuando no por sí mismas, por sus hijos y nietos, por el uso que los demás hacen de su tiempo, por el poco respeto que tienen a sus vidas. No es mi caso pero sufro con los otros porque me importan. Todos mis amigos se van yendo despacio, utilizados hasta la saciedad por hijos tiranos que les han absorbido la salud, consumidos por enfermedades que padecen en la más absoluta soledad, sin respeto a sus muertes ni al legado que han dejado a base de sacrificios y trabajo. Ya solo toca esperar el número de orden que me tocará a mí, yo no sé, nadie lo sabe y menos mal. Mi madre decía que lo mejor que estaba dispuesto en este mundo es eso, que todos tenemos que pasar por ahí. Mientras llega el día -espero que tarde mucho tiempo-, no dejo de bendecir cada amanecer, es un verdadero regalo, un lujo: los días están contados. Tampoco dejo de dar gracias por todo lo que ha hecho de mí la persona que soy y por sobrevivir a tanta dosis de tristeza. No puedo entender que haya gente tan desagradecida en este mundo como para no valorar la hermosa claridad que sube desde el mar y nos hace a todos de colores y no padecer ataques terribles de tristeza.
Sé que tengo familia y amigos a los que les importo, sé cuanta gente me importa a mí y sé que vivir se conjuga solo en presente de indicativo pero viva siempre en mi corazón el pasado hermoso y el futuro esperanzador para afrontar la vida que me queda con la dosis justa de alegría y la tristeza justa que me otorga la razón.
Desde El Garitón, pidiendo la sagrada lluvia, Mariví Verdú.
Madroño de Belvis.
Foto de Pedro Durán.
domingo, 26 de septiembre de 2021
BENDIGO LAS COSAS DEL CAMPO, por Mariví Verdú
El pasado año, como una sufridora más del Covid, me tocó aislarme. Perdida en este monte, llevaba sobre mi alma a los que tuvieron que estar al pie del cañón, enfermeros y servicios públicos, desde el dependiente de un gran almacén hasta el mancebo de una farmacia...Y sufrí muchísimo por los niños que no entendían de la misa la mitad y por los ancianos que morían sin socorro. Sin el consuelo de un abrazo, de una visita, de una mirada y atormentada con las noticias, sufrí mi propio purgatorio con un infierno en la cabeza y un cielo en el corazón.
Aún recuerdo cómo pasó lo de mi pérdida de olfato, así, de la noche a la mañana, y me encontré con que esa parte tan importante de los dones que nos fueron otorgados a los seres humanos y que tan poco valoramos, había desaparecido llevándose mi gusto, mis sabores, mis perfumes, mi memoria y mi seguridad. Pasó en otoño de 2019. Recuerdo haber ido a mi médico par contarle el problema y se lo achacaba a la gran cantidad de medicamentos que había tomad ese año y el anterior para varias bronquitis y un principio de neumonía que sufrí. Asqueada de aerosoles porque me asfixiaba y con la sangre envenenada de potingues y una tristeza infinita, sin un duro y más sola que la una, valoré sobre manera el premio que me otorgaron por mis letras flamencas y el viaje que improvisé a Chefchaouen y Arcila en el mes de diciembre. Allí encontré mi olfato perdido. Sin embargo, mi cabeza no podía ocultar el peso de estos cinco últimos años y tomó el color gris de la desidia ¡cuántos siglos me cayeron encima!
La inquietud que generaba en mí un papel en blanco hace, precisamente ese mismo tiempo, que se ha transformado en un profundo desasosiego, tan similar al miedo o al desencanto que, con la fusión de ambos, ha resultado un terrible monstruo, invisible, orlado de tristeza, que me ata las manos ante el teclado o paraliza mi acción de abrir la libreta, me impide tomar un folio, agarrar el bolígrafo o la nueva pluma tan preciosa que me regaló mi prima Magdalena... Sí, pero ese engendro que me entumece y frena cualquier impulso de escribir, de destapar mi corazón, no sabe que está generando antídotos invencibles, que el agarrotamiento y la inmovilidad que me frena el cuerpo deja mi pensamiento libre, volando en redor mío, tomando fuerzas, buscando adjetivos y nombres olvidados para realizar mi torre y desliar Babel.
Si la sensación que siento pudiera describirse, se verían cientos de frases volando a mi alrededor como un enjambre de abejas, libando mi sueño y mi moral, intentando fecundar mi aburrimiento, buscando entre todas mi corazón. Verbos sueltos como amar, reír, soñar o alegrarse que huyeron despavoridos hace mucho tiempo de mi lado -cuando llegaron en bloque otros como temer, frustrar, desengañar y olvidar- vuelven, zumbando en mis oídos, como coplas de las de bailar juntos. Llegan devorando palabras como venganza, desolación, dolor, pobreza, amargura... Llegan y dependerá de mi salud si fructifican. Si así fuera, un río de versos inundará mi vida para siempre y la sombra de algunos verbos inolvidables volverá hecha luz como la piedra que tirara el poeta Juan Ramón.
Desde este Garitón adornado de domingo y cielo azul, espero que la justicia alce su pequeña bandera blanca sobre mi cabeza y se abra mi corazón a la esperanza. Mientras tanto, colocaré entre mis ojos el bindi y sobre ellos mis gafas y escribiré en recuerdo de mi padrino Muñoz Rojas bendiciendo las cosas del campo.
Qué la salud nos acompañe. Mariví Verdú
domingo, 5 de septiembre de 2021
PACO PADILLA, A LA MEMORIA DE MI BUEN AMIGO, por Mariví Verdú
En 2003, junto al grupo malagueño Tabletom, tuvimos la idea de convocarlos y la suerte de reunirlos en el Centro Cultural “María Victoria Atencia”, que por entonces se denominaba “de la Generación del 27”. Allí fuimos para rendirles homenaje y escribí la biografía de Paco para la ocasión y para publicarla en nuestra revista "Calle del Agua". Dice así:
“Francisco Padilla Robles lleva toda una vida escuchando flamenco. Nació en Masmullar (Comares) el día 1 de julio de 1937, de Francisco y Dolores, y con diez años vino a vivir al Lagar de Morales, en Los Montes de Málaga, pintando el campo (sembrando) y ejerciendo de cabrero. Con 12 años trabajó de lechero y cuenta que el cabrero le echaba la bronca porque dejaba el candil encendido hasta las tantas. Lo que Paco hacía era leer: La araña negra, El Quijote, Diego Corrientes, El Barquero de Cantillana..., todo lo que le llegaba a las manos. Sólo necesitó muchas horas de lectura para aprender el idioma que hoy usa en su más genuina expresión.
Con 18 años vino a vivir al Arroyo de los Ángeles, en Málaga capital. Fue voluntario al servicio militar y como tenía ya buena letra y pocas faltas ortográficas, se encargó, junto con tres maestros, de la alfabetización de los quintos, que en aquellos tiempos franquistas era de lo más común. Hoy aún recuerda unos versos de Calderón de la Barca que estaban escritos en la puerta del pabellón: (…) caudal de pobres soldados/ que en buena o mala fortuna/ la milicia no es más que una/ religión de hombres honrados. Me cuenta que sus primeros pinitos en verso los hizo para un compañero de cuartel. Fue estando de cabo en Montejaque con ocho soldados para custodiar armamento. A petición de un tal Pepe, escribió una postal que envió junto a una foto hecha en Calle Cerrillo (algo así como en nuestra calle Camas, típico por las mujeres de la vida) con una mujer, para el día de San Antonio, y el texto decía así: A mi padre por su día/ esta postal le dirijo/ junto a una fotografía/ para que vea a su hijo/ hablando con la quería. Y...las cosas de los pueblos. A la semana siguiente novia y suegra corretearon a Pepe por todo Montejaque.
Tras sufrir un grave accidente, Paco comienza a trabajar en la centralita del Hospital Civil como telefonista nocturno -también es elegido secretario del Comité de Empresa- por lo que durante diez años y suministrado de grandes lecturas conoce El Don Apacible, el 98, el 27... César Vallejo, Miguel Hernández, Lorca... Compañero en ideales de Paco Rabal, guarda muy gratos recuerdos del actor. Su capacidad, su entrega a los demás y un gran sentido de la justicia le hace escribir poesía social y de denuncia.
Desde que le dediqué esta pequeña biografía hasta hoy han pasado dieciocho años. Así como son incontables las veces que nos hemos reunido en la década de los noventa y los primeros años del dos mil, en estos últimos quince años, después de la muerte de mi hijo, de dejar Málaga e instalarme en Alhaurín, puedo contar con mis manos las veces que nos hemos visto, pero todas son gloriosas.
Hemos pasado momentos inolvidables que hoy cobran un color nuevo, un aire nuevo, una transparencia de eternidad. Descansa en paz, mi querido amigo Paco. Todas tus cosas, los libros, las enseñanzas, las risas, están a buen recaudo. Todo lo que me diste lo conservo y hoy alcanzan la cumbre de las herencias, la del alma, la más sublime de todas.
Desde El Garitón, oyendo cantar los pájaros y con lágrimas en los ojos, Mariví Verdú
ANTONIO MONTIEL, ESCUDO DE ORO del Rincón Flamenco de Las Castañetas, por Mariví Verdú
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