sábado, 14 de octubre de 2017

RINCONES DE MI PUEBLO, exposición de Manuel López Luque. Por Mariví Verdú

 Ayer estuve en la Casa de Cultura “Vicente Aleixandre”, en una de mis casas preferidas, viendo la exposición de un pintor alhaurino, Manuel López Luque: Rincones de mi pueblo.
Ha estado abierta desde el 22 de septiembre pero a mi me ha pillado preparando la mía y hasta ayer no pude dedicarle el tiempo preciso. He de confesar que, si de una muestra cuidada y entrañable se trataba, más importancia he de darle al encuentro con su autor. Manuel fue panadero y ha regentado hasta su jubilación un negocio de ultramarinos en Alhaurín de la Torre. Estudió con don Emilio Romero Hinojosa sus primeras letras y el sólo hecho de mentar a su maestro en la pequeña biografía que recoge el folleto de presentación, da fe de su calidad humana, ya lo dice el refrán: De bien nacido el ser agradecido. Admiro y me inclino ante las personas generosas que no olvidan quienes estuvieron ahí, cuidándonos, dándonos lo mejor de sí mismo, transmitiendo sus conocimientos. Líneas antes ya había nombrado a sus padres, como era de esperar de una persona buena. Fue teniente de alcalde del Ayuntamiento de Alhaurín de la Torre y Hermano Mayor de “Los Moraos” en dos épocas. Nunca tuvo tiempo para dedicarle a la pintura y fue a raíz de su jubilación cuando siente la inquietud de pintar por llenar el tiempo, ese tiempo que, de no usarlo bien, se puede volver en contra. Lo podía haber empleado en ir a jugar al dominó, en sentarse ante la televisión, en la plaza o en el hogar, entretenimientos que yo no entro a valorar porque hay gustos para todo, pero escogió la pintura. Y el motivo: su pueblo natal, Alhaurín de la Torre, mi pueblo de elección.

Y estuve viendo las dos docenas de cuadros, de rincones conocidos y queridos de su pueblo y el mío, con los ojos llenos de cariño hacia la obra de una persona con 79 años que descubre un quehacer en el mundo dedicando sus horas de mayor -que son las horas más dignas porque cobran un valor añadido- a recoger los hogares de su familia y amigos, de sus vecinos, los colores de las fachadas, los cielos, pavimentos y rejas y esos rayos de luz que son un instante mágico para él y que necesitaba recogerlo con sus pinceles. Tiene varios lienzos monocromáticos que me han gustado mucho y, cómo no, el que recoge nuestra biblioteca. Está lleno de luz y pronto formará parte del pasado ya que en menos de un año contaremos con un nuevo emplazamiento para ella.

La verdad es que me alegré de ir y me encantó hablar con él. Manuel es de esas personas que presta atención a las palabras y valora los momentos de comunicación con ese encanto fraternal que aún no se ha perdido en los pueblos y que en su caso es más interesante y profundo de lo común. Como dije en una letrilla mía:

A mi me gusta mi pueblo
porque queda todavía
mucha gente que al cruzarnos
nos damos los buenos días.

Porque yo, aún siendo de ciudad, he sentido esa necesidad de saludo y cercanía durante toda mi vida y es parte esencial de mi persona. Me encanta expresarlo cuando encuentro a personas de tan alta valía. Ambos nos enfrascamos en una grata conversación como pasa solo cuando nos encontramos personas honradas y entregadas como es el caso de Manuel. Para colmo de suerte, los dos compartimos las mismas pasiones: Flamenco y Pintura. Manuel fue el creador de la Federación Malagueña de Peñas Flamencas y ha sido presidente durante varias etapas de la Peña “Torre del Cante”. De mi ya casi lo sabéis todo, de mi relación con el mundo del Flamenco y de que pronto tendré también mis cuadros expuestos ante los ojos de todos. De mi lo sabéis todo, menos lo que hice ayer y acabo de contároslo: estuve en los “rincones de mi pueblo”, el pueblo de Manuel López Luque, y además estuve con él. Porque cada día, queridos amigos, me importa tanto o más el autor que la obra.

Desde El Garitón, esperando la lluvia y disfrutando las flores leves que me da la begonia de hojas y los diminutos racimos de la flor del dinero, Mariví Verdú.

martes, 5 de septiembre de 2017

ENTRE EL DOLOR Y EL HASTÍO: EL PESIMISMO, por Mariví Verdú

Aunque pensarlo y sentirlo es un diario, no sé bien qué decir sobre el pesimismo. Si fuera coherente  me limitaría al silencio. A nadie le importa en este mundo vano otra cosa que apretar botoncitos hacia la felicidad y evitar la voluntad que le fue dada en la primera bocanada de sangre que tomó. Nada que le suponga el más mínimo esfuerzo mental y mucho menos algo que le presente dudas será bienvenido. Es tan poco el interés que hoy suscita nuestra existencia que no siento ni un mínimo de interés por expresar mi inquietud directamente a nadie, aunque siga escribiendo. Mi voluntad así lo exige: escribo para oírme. Hoy, que todo se da por hecho, por merecido, por normal, el gran milagro de la vida se presenta como una vanalidad. Hoy, que todo está confirmado y estratégicamente manipulado para que la existencia  se base en no pensar, es una osadía presentarle al mundo la tristeza, esa mística experiencia necesaria, esa mínima sabiduría innata tallada por el conocimiento propio.
La muerte de Schopenhauer dicen que fue por insuficiencia respiratoria y es que no podía ser de otra manera. Pensar reduce la esperanza de vida y consume la mar de oxigeno, tanto que no queda ni gota para nuestros ahumados pulmones. Yo, cuando me sumerjo en dilemas, me quedo asfixiada, me muero de muerte consciente, o sea, que me meto entre pecho y espalda un buen lingotazo, duro de digerir, de espacio y tiempo aderezado con la líquida flor del pensamiento, totalmente alucinógena, claramente vidente, exenta de esperanza. Porque todo lo que soy nace de amoldarme a la vida, de oírme -cosa que jamás he dejado de hacer- y de cuestionarme. Diría que, apesar de los años, sigo siendo una masa de duda, un pan de dudas, un bucle de duda eterna que va cogiendo el molde de la vida. Y de la muerte.
En un mundo de dolor el fin sería deseable pero el amor a la vida, la voluntad de vivir, supera con creces la voluntad de morir. Hoy todo el mundo quiere ser eterno, de hecho ya hay experimentos que pregonan una vida eterna...menos mal que marcha paralelamente la oferta de muerte voluntaria, sería insoportable tener solo la primera como única opción. Hace mucho tiempo que vivo entre inmortales, entre gente que parece olvidar la caducidad de la materia... entre ellos los hay que se han creído vivir un enorme reality show... Pues a todos nos van a dar por culo, que diría el filósofo de mi barrio que frecuentó La Campana y tantas veces bebió conmigo.
Arturo, que llamaba a las religiones “metafísica para el pueblo”, nació muy pronto. Hoy fliparía con estos últimos sucedáneos, con las vacuas vanguardias de la técnica, estoy segura de que se suicidaría en Francia -como diría otro filósofo  y poeta que últimamente es tránsfuga del vacío.
Gente querida, siga cada uno con su pequeño caos que, al fin y al cabo, es lo único que tenemos y permitan que siga hurgando en mi pesimismo. Cada uno vaya con su dios y con su caos. La gloria para los místicos y el jamón ibérico para los que puedan pagarlo. Vivan los pocasluces.

Desde El Garitón, elucubrando porque septiembre me lo pone a huevo frito, Mariví Verdú.

lunes, 4 de septiembre de 2017

SOBRE LA INUTILIDAD DE ESCRIBIR. II parte. Por Mariví Verdú

Hace ya demasiado tiempo que me pregunto los motivos de este empecinamiento mío por escribir, por pintar, por retratar, por guardar y transcribir pensamientos,  sentimientos, mi pena y mi dolor como si fuera todo medible con palabras, exteriorizable, entendible, compartible. Escribir, una absurdidez que no le importa a nadie y que está dejando de tener por fin finalidad. Sin embargo, aquí sigo con este ritmo innato de  escribir por escribir llenando de letras el vacío, la nada asfixiante que es más que desaliento y rutina: un menester que abarca desde el primer hombre hasta mi. Y aquí sigo, en la cueva, dibujando mis manos, llena de miedos, adorando al sol y embebida por la noche y las estrellas.

Cada día que pasa soy más consciente de la poca importancia que tienen las cosas terrenales, la tierra misma con su continente y contenido. Nada perdurará más que la luz y las sombras, hasta el sol mismo se acabará consumiendo y engulliéndolo todo en su fuego antiguo y temido pero no podrá aniquilar la gran orden del cosmos: su música. Eso es, hay una música celeste que perdura y que pocos conocen su clave y su armonía y es eso, eso, lo que me mantiene viva, esa salvación de la luz pura y de su luminoso secreto. No me fue dado el don de nada, el don de la nada en la palabra ni en la imagen posible que nazca de mis manos. Todo se perderá en el tiempo como se pierden los rastros de la sangre.

Una vez tuve un sueño donde se me reveló el secreto de la vida y al despertar lo había olvidado. Por más que busco en los rincones de mi memoria, no doy con él y desde entonces sé lo inútil de mi empeño. Escribir no es más que intentar llenar el hueco que un día llenará el olvido. Es por eso que haré pronto una hoguera, una gran fiesta con familiares y amigos en la que arderán mis agendas y mis libretas rojas y tal vez los lienzos que he pintado y las fotografías. Así lo hizo mi abuela antes de su muerte: quemó los retratos de su vida. Y luego vine yo para airearla como una ingenua  e infiel novelera sacando sus cosas al tendedero...

No tengo perdón ni hay nadie con poder para perdonarme. Ya todo limita con la muerte y la vida es así más llevadera. Escribo para entretener el momento del adiós definitivo y he aquí que tengo una justificación para el error: seguir haciendo lo que me quita muerte de encima, un deber que tengo para mi consuelo, no aspiro que sea el consuelo de nadie.

Septiembre me gusta y bajar a la tierra en septiembre me parece un deber ineludible. Cantarle y alzar la copa para brindar por el otoño inmediato. Escribir, también.

Desde este garitón que me aguanta tanto y florece mientras me debato entre la rosa y el almendro, cubierta entera de agua y de jazmines, Mariví Verdú.

domingo, 6 de agosto de 2017

CON SUERTE EN LA VIDA, por Mariví Verdú


Cada loco con su tema y yo, ale, a escribir, a encarrujar palabras con no sé qué intención, si de encontrarme o de entregar lo único que es mío. Hoy mi palabra quisiera ser exactamente sentimiento, dirigirme al corazón de dos personas a las que quiero y admiro muchísimo. Estoy a punto de cumplir sesenta y cuatro años y no me apetece otra cosa más que rellenar estas cuartilllas sin versos y sin cuento, así, con todo el cariño de seguido, con el dolor en una mano, la alegría en la otra y una leve sonrisa de cáscara de almendra reventona a punto de vareo en esta cara que es, definitivamente, la mía. Quiero entregarme, caliente y plena, en este agosto incendiado, dedicándole el leve peso de mi tinta a Pilar, mi amiga, y a mi hijo Pedro.

Después de un trimestre inmersa en otra forma de decirme las cosas sobre un silencio blanco que tiño cada mañana de colores, manejando pinceles bajo esa gama donde el tierra sombra natural lo impregna todo, necesito abrir la espita de los excesos a la vez que dejar en la papelera de palabras toda la angustia y el desencanto que siento por este mundo del que me voy retirando.

Desde el altozano que me otorgan los años, exenta de miedo y rebosante de ternura, con esta grandeza de miras que me regala el tiempo, sin más meta que la de seguir el curso de los almendros, veo cómo la inmensa mayoría compite en una carrera hacia ninguna parte -unos, en un derroche de materialismo, otros, queriendo incluir su nombre en las agendas- a sabiendas que el mejor podio de un ser humano está bajo la sombra de una encina viendo como atardece y se despiden los pájaros con vocación de infinito.


Me siento una persona con suerte en la vida si la mido con la vara absoluta del amor. Y hablando de amor, hablo de mi sangre y veo a mi hijo, una persona feliz que ha sabido escoger compañera de viaje dejando con ella un fruto que me tiene embebida y que responde al nombre de Daniel. Les deseo a los tres felicidad y muchísimo tiempo para disfrutarla. Hoy quiero escribir para él, para mi hijo Pedro Ángel, las palabras orgullo, admiración y respeto. Ha sabido cómo transformar mi tristeza dándole otro nombre: esperanza. Hoy estamos de enhorabuena por las metas alcanzadas, por su tesón y esa tranquilidad que me infunde sabiéndole un hombre en toda la amplitud de la palabra.

Si hablo de mi amiga Pilar Bugella Traver veo a la amistad con forma de abuela redondita, de ternura blanda y acogedora toda hecha de poesía. Qué importa si nadie se hace eco de su reino de palabras: para mi es la soberana indiscutible y ante ella solo hay besos y genuflexión de mi parte. Larga vida a la reina.

Y así, sin otra cosa más que decir -cuánto merece la pena estar viva-, pongo punto y final a estas cuatro palabras que me pedía el alma.

Desde este Garitón, rebosante de tomates y de uvas moscatel, dispuesta a vivir con alegría un domingo más del resto de mi vida, Mariví Verdú.

lunes, 2 de enero de 2017

DONDE NACE EL SILENCIO, de Mariví Verdú

Me inclino sobre la fuente donde nace tu silencio
en un reflejo de hojas que tu alma hace temblar.
Sobre tu fotografía. (...)
Jules Supervielle

Después de releer mi anterior relato, el mañanero, retomo su punto y final y lo convierto en un punto y seguido, regresando al primer día del año para contarlo entero. No sería justo quedarme para mi la parte más perfumada, más entrañable, la más lujuriosa y sensual: la tarde. Ya desde el mediodía, después de la llamada de mi hermana que me instaba a comer, arropándome con nuestra pequeña familia, sentí que había que seguir viviendo el resto de la jornada, que hay quien no me deja volverme vegetal que tal vez sería mi estado más natural. O piedra, que puede que sea para mi el más deseado.

Me quité la piel y me vestí de lana azul marino. Me puse unas gotas de Roma en el cuello mientras pensaba en el privilegio de haber podido ver el Coliseo en otoño. Noté que el corte de pelo me hace sentir la cabeza más liviana -no sé el porqué, con lo densa que la tengo últimamente- y me puse unos pendientes de color de rosa de té. Me dejé puestos los calcetines de mi madre, los mismos con los que había realizado la poda de las parras, y salí de mi casa cuando daban las dos. El rodalillo de violetas me invitó a preparar un ramito para mi madrina que iba a estar en el almuerzo, y cogí para mi hermana varios limones que amarilleaban. Dejé el móvil en casa conscientemente porque no quería perderme ni un momento de tan íntima comida.

Mi hermana tiene vocación de Navidad, es totalmente una inclinación de su alma hacia los demás, dedicando al amor y a los cuidados -entre preparativos y realizaciones- algo más de dos meses de su vida. Semanas de intenso trabajo decorativo, floral, belenístico y culinario que, añadido al de empaquetar regalos para todos, hacen de las Pascuas su tiempo más intenso y placentero del año. Estas fiestas tienen sus cinco días clave: Nochebuena, Navidad, Nochevieja, Año Nuevo y Reyes. En cada uno de ellos, Magdalena, que así se llama, nos hace experimentar un lujo en los sentidos, desde la vista al olfato, que tiene que pasar obligatoriamente por el del gusto.  Cinco ocasiones donde mi hermana dispone una mesa propia de reyes y un menú que satisfaría las exigencias más exquisitas. Es feliz haciéndonos felices. Yo solo aporto a tanta maravilla una bandejita de borrachuelos hechos con inmenso amor la víspera del Nacimiento.

Aunque pudiera parecer que quedaban dos sentidos por cubrir, el tacto también tuvo piel y besos y el oído su conveniente silencio para dejarnos oír las tranquilas palabras de una comida en paz y los recuerdos que, aunque no quieren llegar tranquilos, me encuentran mansa.  Cuando acabamos el almuerzo, ayudé a lo que me dejaron, recogí la mesa y barrí el comedor. Mientras tanto, pensaba en lo felices que hubieran sido nuestros padres al vernos. Pensé en todos los que no estaban conmigo de una manera o de otra y me acordé de mi nieto que andaba pasándolo bien con sus padres y sus amigos por tierras de mantecados y figuritas de chocolate... es el primer año de su vida que no pasamos juntos y siento que vamos empezando a ser mayores.


Coloqué el florero y al lado una vela blanca adornada con yedra. Era el momento justo en el que la familia se dispersa, unos para echar su siesta, otros para retirarse a no hacer nada y mi hermana para seguir trabajando. Como ella y yo somos abuelas y las dos tenemos nietos varones, Ángel había estado comiendo con nosotros pero hacía rato que se había ido al cuarto del ordenador a jugar con no se sabe muy bien qué.  Y como aún me funciona el sexto sentido, el de la intuición, me vino enseguida la necesidad de integrarlo en la comunidad de vejestorios que componemos el resto de la familia o, mejor aún, buscar la forma de convertirnos todos en niños y jugar juntos algún juego de mesa. El padre fue a buscarlo a ocho kilómetros de donde estábamos y regresó media hora más tarde.  Apareció con un tablero y sus fichas, ese que tiene por una cara el juego de la oca y por otro el de los casillas de colores, cuatro colores con los que pintar el mundo. Así que, cuando empezaba a pensar que no podría ser, llegó el milagro.Y allí los dejé, jugando al parchís, alegres, rejuvenecidos, sin pensar en otra cosa más que en la felicidad de estar vivos. Me despedí y, después de besarlos a todos, salí con un agradable sabor de boca y un pacífico compás de corazón.

Bajé la cuesta que corre paralela a la mía y abrí mi portón. El madroño y mi gata me dieron la bienvenida. Fui prometiendo a las parras curarle las heridas -hoy tengo que hacerlo- y abrí mi puerta azul. Ví su retrato y un ramo de rosas secas. Me senté en el sillón que fuera de mi madre, que conserva su aroma y me dormí. Sé que he soñado.

Desde El Garitón, bajo las nubes luminosas, Mariví Verdú

ANTONIO MONTIEL, ESCUDO DE ORO del Rincón Flamenco de Las Castañetas, por Mariví Verdú

Un día más la magia tuvo su cita en nuestra peña, en el rincón del cante más flamenco de Málaga, en Las Castañetas. Ayer se concentraron all...