lunes, 20 de marzo de 2023

VARIACIONES SOBRE EL AMANECER. DÍA DE LA MUJER EN IBIZA, por Mariví Verdú

 Mi segundo día en la isla transcurrió entre el hotel y Santa Eulalia del Río. Aún no tenía claro si alquilar un coche o no. La gente suele ir en grupo o en pareja a estos viajes, la mayoría van a las excursiones programadas pero lo mío no va así. Me gusta ir a mi aire, descubrir por mí misma y contar otras cosas. No quiero recuerdos en común nada más que con quien la vida me depare, no con el plan del mundo planeado. Además, si tuviera que esperar compañía, no iría a ningún sitio. Así que tomé el autobús. Por cierto, tiene un horario muy particular y unas costumbres muy extrañas como la de parar a la hora del bocadillo del conductor... Me parece muy extraño que no hubiera refuerzos y todo se detuviera alrededor de un desayuno. Llegó después de una larga espera que disfruté hablando con el chico de la oficina de turismo, una casetilla en la misma plaza donde tiene su primera parada este singular bus de Es Canar. Le pareció muy romántica mi visita después de medio siglo de ausencia y quería saber de mí. También quería contarme cosas de la nueva isla pero le pareció más atractiva la historia antigua y me dejó hablar de aquella Ibiza virgen donde la vida era tranquila en verano y muy tranquila en invierno, donde se consumían productos hortofrutícolas de altísima calidad, criados en las huertas cercanas; carnes frescas de granjas payesas, embutidos y pan caseros. Un lugar donde no se echaba la llave de sus casas porque todos se conocían y los forasteros eran contados y todos trabajadores honrados. De todas formas, la misma conformación del territorio nos tenía aislados y al mismo tiempo protegidos.

Me llamaba la atención que en 1972 todavía se utilizara el traje típico y se vieran con naturalidad por las calles, en particular por la ciudad vieja, las mujeres ataviadas de forma tan característica. Los había de muchas clases, para las bodas y galas de colores y blancos. En cierta ocasión estuve en una fiesta y los vi, tan bonitos, bordados y con adornos de hilo dorado y pañuelos amarillos luciendo en aquellas jóvenes mujeres que tocaban unos crótalos de sonidos secos y huecos mientras daban pasitos muy pequeños en redondo y a compás. Sin embargo, el que yo veía siempre por la calle era el denominado “gonella”. Acompañados en todas las ocasiones, incluídas las anteriores, de unas espardeñas, zapatillas de tela y esparto, estaban compuestos de faldas largas y oscuras con rayas o cuadritos en tonos grises y negros encima de un refajo. Sobre estos faldones, no les faltaba un delantal largo. La parte superior la conformaba un blusón de manga larga y, sobre él, su “gipó”, una especie de chaleco o jubón de tela lisa, bordada o estampada. Cubriendo los hombros y cruzando sobre el pecho, las payesas llevaban los mantoncillos, unos picos negros con flecos o encaje. Todas estas prendas se remataban luciendo en sus cabezas un pañuelo y un sombrero. Llevaban buenos pendientes -a veces colgando de un hilillo del lóbulo- pero nunca faltaba el oro en sus orejas. Iban peinadas con una trenza que anudaban con un lazo. La mayoría de las que vi eran negros, aunque en una ocasión lo vi de color azul. Más tarde me enteré de que era una forma de hacer público el estado civil  de sus portadoras: rosa para las mocitas, verdes para las prometidas, azules para las casadas y negro para las viudas, por lo que la mayoría de payesas que pude cruzarme en mis cuatro años de isla me contaban su soledad. Todas llevaban una cesta de palma aunque las vi también de pleita y algunas portaban canastos de caña. Todo un mundo de recuerdos compartí con el chico de turismo. Me dio un par de mapas y un horario de autobuses para que no perdiera ni una vez más tiempo en la cola...

En el asiento del autobús tuve a mi lado una chica de la Puebla de Cazalla que no paró de hablar en todo el camino, tenía allí a una hermana también, ambas trabajando en la hostelería. La atendí mientras cruzábamos entre el mar a la izquierda y los verdes, amarillos y blancos a la derecha de la carretera. La última parada la tiene a espaldas del Ayuntamiento. Dí un paseo por el pueblo, por su playa y me quedé con las ganas de subir a Puig de Missa. Y pensé: yo no he ido a Ibiza para quedarme con ganas de nada. Era el Día de la Mujer y una pequeña manifestación se estaba gestando en la puerta del Consistorio, en la Plaza de España. Estuve allí, haciendo acto de presencia y me senté en el Royalty a tomar una cerveza. Allí lo decidí. Mañana tengo coche.

Tomé la combinación de vuelta que me llevaba al hotel para llegar a hora del almuerzo. En el local de enfrente, un Rent a Car, reservé un coche para el día siguiente a las nueve y media de la mañana. Salí haciendo planes para aprovechar la libertad que otorga poderte desplazar adonde quieras. Preparé una ruta. Quería subir a Portinatx. Lo deseaba. Comí tranquila porque hambre que espera hartura no es hambre ninguna... Por la tarde estuve con mi compañera de habitación y una amiga de ella tomando café en una terraza preciosa, llena de gente guapísima pero echando de menos mi objetivo. Me había echado al equipaje la caja de acuarelas y un bloc para pintar, mi diario y una libreta para mis ejercicios de francés. Y allí estaba, gastando mi tiempo en escuchar hablar de temas que me traían sin cuidado. De no ser porque corría una brisa agradable y mis ojos iban libres a la belleza que nos rodeaba, habría salido corriendo a los cinco minutos de acabar mi café. Me juré no volverlo a hacer. No sé lo que los demás valoran su tiempo pero el mío es oro. 

 Tengo que ir a París, quiero ir a París, no se puede conocer la Costa Azul, Montpellier, Avignon o Lyon y no haber visto con mis ojos correr el Sena por sus puentes bellísimos ni disfrutar de la historia contenida en El Louvre...

Me fui a dormir como el día que hice la primera comunión... Para que pasara pronto la noche. Para no pecar.

Desde mi casa ya, a dos semanas de Ibiza, dejando abierta la espita del recuerdo, Mariví Verdú

domingo, 19 de marzo de 2023

LA FAMILIA CHAPARRO EN EL RINCÓN FLAMENCO DE LAS CASTAÑETAS, por Mariví Verdú

 

Ayer fue otro de esos días maravillosos que nos brinda la Peña Flamenca “Rincón del Cante” de las Castañetas. Después del exquisito almuerzo y junto a la excelente afición que caracteriza a sus socios y simpatizantes, tuvimos el gusto de disfrutar de la actuación estelar de Los Chaparros, padre e hijo. Totalmente emocionante todo lo que hicieron, uno con el alma en la boca y otro con el corazón en los dedos, emocionante todo lo que provocaron a sus devotos espectadores, unos con los ojos húmedos, otros con los olés a punto de labios y todos con las manos rotas en aplausos.

El Niño José, nieto de Domingo el del Chaparro e hijo del inigualable guitarrista José Antonio Conejo Vida, antes “Niño de Chaparro”, nuestro “Chaparro de Málaga” luego y ahora padre de José de Chaparro... Era de esperar. Criado en una casa de amor y rodeado de un mundo flamenco que giraba alrededor de las manos benditas de su padre, el niño tenía que salir bueno, flamenco y estudioso como él, tan constante, tan perseverante y tenaz, tan aplicado a su guitarra y tan sabio. A Chaparro padre le hubiese gustado cantar pero ahora lo tiene todo en su hijo. Me alegré también de ver a Mari Paz, la madre abnegada que tanto ha entregado por ellos. Hacía mucho que no los disfrutaba de cerca a los tres y  demasiado que no gozaba del arte de ese padre y de ese hijo que ayer nos deleitaron con su buen hacer.

Jose de Chaparro comenzó cantando el polo, luego siguió con malagueñas, Piyayo y hasta nos hizo una saeta que dedicó a Paco, socio de la entidad que ha muerto hace muy poco. Nombró con agradecimiento a Gregorio Valderrama, allí presente, presentador junto a Joaquín Cabello “El Quini” del acto flamenco, y continuó por granainas. Al terminar tuvimos un intermedio para que los socios -que no se habían movido de sus sillas- pudieran expansionarse unos minutos. Entre los asistentes estaban José “El Niño de las Castañetas”, Miguel Vergara “El Pibri”, Antonio Carvajal “El Boli”, Fernando Zambrana "El Chamariz" -uno de los fundadores de la peña; Lidia Vergara Santaella, alumna de guitarra de Juan Moreno, presidente de la entidad. Que me perdone aquel que no nombre porque allí había mucho arte reunido.

En la segunda parte hizo cuatro temas de José Manuel Ruiz Rosa “El Chino de Málaga”, temas suyos que no fueron grabados por él y de los que solo existe la maqueta. Fue muy emotivo. No tomé notas y la memoria empieza a fallarme por lo que puede que haya alguna omisión por mi parte pero es involuntaria. Solo sé que a la vuelta del descanso venían los dos con más energía que al principio de la actuación. Cantó el Niño por seguiriyas y tocó el padre por seguiriyas dobles que me dejaron temblando en el asiento. Como yo, llorando, habíamos más de uno. Se las dedicó a su tito Luis Santiago Amador “Gitanillo de Vélez”, a quien tanto queríamos, dándole las gracias por todo lo que le enseñó, así como haciéndonoslo recordar como maestro que fue y grandísima persona.

No me puedo explicar cómo después de cantar esas seguiriyas tan tremendas pudo acabar por bulerías, pero lo hizo. Lo hizo y siguió con una tanda de fandangos que fue recordando a los grandes creadores hasta que dieron por finalizada la actuación después de haberse puesto el sol...

Los abrazos, fotos, saludos y reconocimientos a los artistas fue extenso. Como grandes que son, dedicaron tiempo a relacionarse y atender a su público, entre los que cuentan con verdaderos amigos y admiradores del talento creador del padre a la guitarra y de la nueva cantera que tenemos en el hijo. Abrazos y mas abrazos emocionados a quienes conozco de tantísimos años, tantos como el tiempo de admiración. Ayer por el padre, hoy por los dos. Una vez salieron por la puerta y todos agradecíamos el privilegio de haberlos disfrutado, subieron casi todos los artistas allí presentes y se hicieron sus cantes con Juan Moreno a la guitarra. Quiero destacar entre todos la actuación de “Niño de las Castañetas”, a quien conocí en la etapa donde fue presidente nuestro recordado Alfonso Muñoz Mancera, y la de “El Boli” que dio un paseo por Cádiz con muchísimo arte y nos hizo recordar de nuevo al Chino de Málaga por tarantas y otras creaciones del artista malagueño.

Gracias al Rincón del Cante de Las Castañetas por acogerme, a mí y a mis amigos Juani Soler y Ana Morillo, y a todos los que me han acompañado en las distintas visitas.
Porque la Peña es chiquita, es sencilla y humilde, es, como reza en su nombre: un rincón, pero cada vez que he ido me parece que crece, que se vuelve más acogedora, más luminosa, más flamenca. Gracias a cuantos lo hacen posible. Por cierto, la fideua estuvo exquisita. Habrá que repetir...

Desde este día de San José, soleado domingo de marzo, con el flamenco por bandera y dando gracias a la vida, Mariví Verdú

*Por cierto y hablando de Josés... ¡Muchas felicidades a todos, en especial a los dos Chaparros. Y hablando de Banderas y de sagas con arte... ¡Muchas felicidades a Juan Bonela porque ayer cumplió 91 años!

viernes, 17 de marzo de 2023

VARIACIONES SOBRE EL AMANECER. VOLVER A IBIZA, por Mariví Verdú

Desde finales de los setenta no había vuelto a Ibiza. Regresar después de tantos años al lugar de tus más amorosos recuerdos ha sido conmovedor. Y lo ha sido más aún recordar in situ el lugar donde cumplí mis diecinueve años, mis veinte, mis veintiuno y mis veinticuatro...mi vieja casa, sagrado lugar donde nacieron mis hijos, donde experimenté por dos veces la misteriosa gracia de la maternidad, de multiplicar mi vida y mi muerte con exponentes dobles, de sentir como corrían ríos de leche por mis senos vírgenes, de complacerme en ese olor dulce y gratísimo de los frutos de mi vientre... También fueron los viejos rincones de mi llanto juvenil, tanto desencanto y traición, tanto quebranto... allí quedaron para siempre trocitos de mi alma, aquella a la que le rompieron los sueños. Sin embargo, he vuelto sin acritud y no he permitido que nadie rompa la magia del encuentro, hallándome de nuevo en un estado que solo se alcanza después de renacer, ave fénix de mi corazón.

Aquellos pedazos de mi alma que quedaron por entonces en las Figueretas los he hallado bajo las savinas de Cala Nova, en la arena blanca de Es Cavallet y en los amaneceres de Es Canar; respirando aire marino, azul y penetrante, esencia de pino y yerbas nobles, empapándome de su blancor salado, alcalino y  limpio. Y me he reconstruido. Vuelvo completa, íntegra, fuerte y ya no permitiré que nadie me vuelva a romper los sueños. Desde luego, si fuera inevitable el volver a esparcirme, que sea en un lugar tan hermoso como Ibiza. El ansiado encuentro con la isla querida ha tenido lugar con mis ojos limpios por el llanto de tantos años de lágrimas y predispuesta a no dejar a nadie decidir, hurgar o presenciar cada decisión, sensación o cita con mi pasado. Y todo ha sido verdaderamente mágico. He mojado mis ojos con sus aguas cristalinas, dibujado con mi mirada sus bordes, sus calas  y sus playas, ese contorno privilegiadamente accidentado... Se adelantó la estación de la primavera y un sol radiante me ha acompañado. ¡Qué sagrada concesión me ha hecho la vida! Y por añadidura: todo el campo estallando de vida.

Sé que los sentimientos pueden ser indescriptibles, pero ahí está mi oficio. Y mi voluntad.  No llegará a ser un cuaderno de viaje, tampoco un diario íntimo, pero serán las dos cosas y algunas más: confesiones, recomendaciones encuentros y despedidas. Sí, voy a intentar contar la historia de una semana, tan corta como un suspiro y tan larga como media vida, en una serie de capítulos tan largos como me dé de sí el tiempo y tan intenso como me dé la gana. Lo haré para que aquel que quiera leer este testamento de papel, de pantalla de móvil -o de monitor donde verme en grande-, este archivo que llega directamente desde mi corazón. Quiero que el que lo desee pueda sentir un atisbo de cuanto ha sucedido conmigo y con ella, Ibiza, la isla de mis sueños. Desde luego, si pueden viajar y sentirla en sus propias carnes, será maravilloso. Será su experiencia. Mucha gente la tiene y se la guarda en su memoria en el álbum que pocos ven porque no tiene modo de compartir. O ganas. Espero que las mías me acompañen hasta el fin de mis días.

Llegué el martes después de un vuelo agradable desde Málaga. Viajé con el IMSERSO, ese medio que tenemos los mayores a nuestro alcance y que puede disfrutar todo aquel jubilado o pensionista que lo desee. Pues todavía hay gente descontenta... Bueno, yo estoy agradecida por tener esta posibilidad de viajar y salud para poderlo realizar. Me fui sola. Iba en ventanilla en la fila 14. Ver Málaga desde lo alto es algo a lo que estoy acostumbrada. Por algo vivo en El Garitón y diviso mi bahía como cualquier pajarillo. Salimos a las doce y veinte y dando la una ya se divisaba tierra después de cruzar el trocito de Mediterráneo que nos separa del Levante. El mediodía estaba claro, soleado, y se dibujaba la isla como en el mapa pero viva y con infinidad de matices: una gama inmensa de verdes y turquesas, de ocres, celestes y blancos. En menos de una hora estábamos aterrizando. Momentos antes, desde mi ventanilla pude ver como ven las gaviotas la vieja fortaleza de Dalt Vila.

Nada vi cambiado en el aeropuerto, yo diría que poquísimo. Situado al sur, tuvimos que atravesar media Ibiza en autobús por variantes que no existían entonces ya que todas eran viejas carreteras comarcales.  Cruzamos por el Este dejando a la derecha Playa d’en Bossa, pasando por San Jorge -sin perder nunca el mar a la derecha-, pasamos cerca de mi antiguo barrio, vislumbramos la ciudad y su puerto, y continuamos por la PM810 hasta cruzar Santa Eulalia del Río y a pocos kilómetros alcanzar nuestro destino: Es Cana. Voy a omitir incidencias mundanas como el que me rompieron la maleta o que en el avión me tocó al lado un callo malayo, sin embargo contaré todo lo agradable que me ha sucedido, si tiene nombre, su nombre, y si tiene nombre y apellidos... Su nombre y apellidos. Soy libre de hacerlo y lo haré. El hotel donde me albergué me pareció estupendo por la simpatía y eficacia de sus trabajadores, por su estratégica situación y por la calidad de su servicio. Por eso voy a nombrarlo. Se llama Ereso y, si puedo, volveré en otra ocasión.

Nos esperaban con el almuerzo servido. Dejamos el equipaje en recepción, me lavé las manos y me relajé. Había comida para elegir y me esperaba una habitación confortable y una ducha reparadora. No salí hasta bien entrada la tarde. Paseé por aquel hermosísimo paseo marítimo esperando el milagro: la última luna llena de este invierno. Y nació desde el mar. Ascendió por los cielos con la parsimonia que parecen tener los astros lejanos, apagando luceros a su paso, derritiéndose dulce sobre el mar, dibujando un camino, rielando con luces de oro el espejo nocturno de marzo. Observé el cuadro con recogimiento: una inmensa luna y un mar luminoso donde se contorneaban islotes como el Tagomago y el conjunto de Es Canar, todos perfilados de luz.

Estar en Ibiza supone para mí un reencuentro conmigo misma, con los mejores años de mi juventud, con los momentos más tiernos e importantes: la experiencia de ser madre, la de haber creído en el amor como algo que duraría toda la vida -resuena Everlasting Love en mis oídos_ y con la de haber vivido varios años antes de ahora en el otro paraíso.

Regresé al hotel y dormí como una bendita.

Recuerdo del martes, 7 de marzo de 2023. Desde mi habitación, apoyada en mi cabecero de Es Vedrá desde la Torre des Savinar, Mariví Verdú

*La primera foto está tomada desde la ventanilla del avión. Ambas son mías.


lunes, 6 de marzo de 2023

VARIACIONES SOBRE EL AMANECER. LA UTILIDAD DEL INSOMNIO, por Mariví Verdú

 A veces el insomnio no es tan malo como dicen, me  basta con hacer balance del trabajo realizado a altas horas de la madrugada para darme cuenta de cuan productivo ha resultado. Más de la mitad de mi creación poética ha nacido en horas intempestivas partiéndome el sueño por la mitad. No soy totalmente consciente de cuánto le habré robado al sueño pero mucho, muchísimo. De hecho me sigue ocurriendo y ahora con doble motivación, la de siempre, inexplicablemente útil, y la que se le achaca a la edad, esa que nunca se conforma y avanza inexorablemente hasta la extinción total de mis neuronas. La verdad es que no he entendido nunca que nos pasemos durmiendo un tercio de nuestra corta vida. Y sigo sin entenderlo por mucho que me expliquen que es una forma de recargar las pilas, borrar lo superfluo y poner a punto la maquina. Es tan bonito ser consciente, disfrutar de lo afortunado que somos por existir aunque nos toque llorar o maldecir de vez en cuando...

Durante muchos años me gustó la noche para salir y disfrutarla. Eran tiempos de mover el esqueleto y de sufrir mucho en la continua guerra juvenil del amor y las hormonas. Una guerra que dio comienzo desde que caminamos erguidos. Yo creo que mucho antes, tal vez desde que dejamos de ser anfibios. Ay, si viniésemos al mundo con un manual bajo el brazo, tal vez sería distinto y maduraríamos sin tener que pasar por una somanta de palos. La otra opción, la de meterme en una cámara donde preservarme de los avatares de la vida, nunca fue conmigo. No nací para convento ni para yugo alguno ni tuve nunca miedo al fracaso. Aborrecí desde chica la pobreza mental pero tuve que batallar desde siempre con la económica. Ser positiva me ayudó mucho a ver el vaso medio lleno pero el desencanto de tanto vaso vacío me convirtió en una pesimista e hizo de mí una mujer de carácter fuerte, estoico, podría decirse que indolente a no ser porque aún siento el alma. Me duele. Pasar apuros en la vida y seguir en la brecha sin haber perdido el poder de sonreír a la adversidad, me enorgullece. Ir al paso de la vida capeando temporales, forja caracteres. Ser mayor, haber sobrevivido en este mundo, le concede a una un crédito más importante que cualquier titulación. Estoy preparada para todo, diría que incluso para organizar la economía del país. Lidié con la miseria y aprendí técnicas que me río yo de la facultad y de los técnicos. Estoy a punto para tomar la recta final, para conducirme a meta sin titubeos y dando gracias por cuanto he aprendido en el trayecto. Soy una privilegiada.
 
Antes de sentarme a escribir han pasado por mi cabeza muchos recuerdos, todos con nombre y apellidos, mis almas queridas, unos sin cuerpo ya y otros vigentes sufridores del mundo. Todos son ejemplo de vida, por todos siento un profundo respeto y me parecen dignos protagonistas de útiles manuales de aprendizaje. Empezando por los que tengo más directamente unidos a mí, modelos de superación, y pasando por cuantos han aportado su trabajo, su talento y su sabiduría al bien de la humanidad. Todos ellos me importan, me han dado ejemplo, me dan ejemplo. De muchos recuerdo su voz. Algunos me alegran con su presencia y espero con ganas el momento de encontrarnos porque un abrazo de mis héroes me transmite energía para seguir en la brecha.

Y mientras el tiempo pasa, pasa la noche. En menos de dos horas estará el sol en el cielo. He dormido poco pero he estado a gusto delante del ordenador y de mi corazón. Y aunque nada  parece estar cuando se necesita, lo bueno siempre llega a punto. Precisamente ahora me está entrando sueño y voy a hacerme caso. Hacernos caso es tan importante... Y lo bueno que es saber que todo está en nosotros mismos: la capacidad de adaptación, el poder de superación, la optimización de prioridades, la humildad, la empatía, la voluntad, el esfuerzo... Aunque el proceso vital es individual, parece que no sirve ni se aprende de unos para otros, no es así. Es un deber del que sabe, enseñar al que no sabe. Guardarse cualquier conocimiento es un delito. Lo que ocurre es que pocos se ven en el espejo de otro y nadie escarmienta si no lo ha experimentarlo en su dolor o en su placer.  Recomendaría algunos manuales interesantes pero hoy no es el momento de dar pistas. Hoy es mi momento, el que le robo al sueño. El tiempo de mi insomnio que doy por concluido.

Desde El Garitón, levemente iluminado por la última luna casi llena de este invierno, a 16º del signo de Virgo, aprovechando mi desvelo.


miércoles, 1 de marzo de 2023

VARIACIONES SOBRE EL AMANECER: CARTA A MÍ MISMA, por Mariví Verdú


 Hoy me siento a escribir después de muchos días sin ánimo, después de tres semanas enferma y atendiendo solo a las necesidades fisiológicas y a los horarios de las medicinas y del sueño en una urgencia de recuperar la salud, bien tan estimado al que tanto descuidamos y al que solo echamos en falta cuando lo perdemos. Por fortuna, los medicamentos hicieron su parte y este hogar alto y alejado del mundo ayudó al milagro de la recuperación. Hoy, por fin, tengo ganas de hilar algunas palabras para poder contar mis sentimientos.

En la última clase a la que pude asistir en La Térmica antes de mi recaída, la profesora que cuida nuestras emociones nos invitó a escribirnos una carta como si se la escribiéramos a un buen amigo y decirnos en ella todo lo que necesitaríamos escuchar de nosotros mismos... Es una tarea difícil por fácil que parezca. Nunca se me habría ocurrido escribirme una carta a mí misma, lo había hecho a mi madre, a mi hijo y a dos grandes amigos después de morir, a los enfermos de COVID (hoy publicadas en el libro “Cartas que curan”) y a gente querida con destino terrenal pero decirme cosas a mí sobre mí misma me resulta extraño porque no sé si dirigirla a mi conciencia, esa que parece pertenecer a un guardia civil autoritario que no me deja escaquearme y que me cuestiona hasta los sueños, o remitirla a la otra yo que murió hace tiempo y es la sombra que me habita. Tal vez se la escriba a la niña perdida que vive en mis ojos y que todavía disfruta de ingenuidad, esa tontorrona inocente como flor de almendro.

Aunque después de meditarlo y, a decir verdad, creo que toda mi vida -que es más de la mitad vida literaria- ha sido una larguísima carta, una interminable confesión en voz alta sin otro objetivo que el desahogo y la autocompasión, porque mi palabra no esperó nunca perdón, no tuvo ningún propósito de enmienda ya que cumple la inacabable penitencia de la vida, esa que compartimos todos los seres humanos en cualquier estadio que se encuentre y es ciclo obligado e inevitable. La palabra de mi incansable soliloquio canta emociones, examina mi conciencia y, para no estar sola, pretende acompañar al prójimo en este extravío que tenemos desde que llegamos al mundo. A veces pienso que debería quererme más, oírme más, dedicarme más tiempo al envoltorio, al cuerpo y a la apariencia y más tiempo a oírme el alma, esa que salió contestataria, inconformista y dubitativa, pero  de la primera me importa un rábano, me es igual estar bonita o fea, gorda o delgada, arrugada o lisa porque lo único que me importa es la Mariví interior, esa que  está aquí para dar gracias, para sentirse viva en la creación y en la contemplación de lo creado.  Bien sé desde niña que soy tan mortal y vulnerable que cualquier día diré mi última palabra y ahí se quedará mi historia congelada, ahí dejaré de salir en las fotos y de sentir el aire, las luces de la noche, el imperceptible y fino olor de las violetas y dejaré para siempre de paladear el infinito dulzor de mis moscateles. Tendré que decir adiós  a la tristeza, adiós a las lágrimas, excipientes de la vida; me despediré del tímido sexo de la higuera, del rojo y redondo fruto del madroño, del papel de seda de los jazmines muertos... Pero también me llevaré la satisfacción de quedar en la sonrisa de mi hijo y en la ternura de mi nieto, en algún poema impreso y en alguna coplilla por el aire.

La verdad es que no quiero escribir una carta de despedida y cierre, quiero decirme cosas hermosas como diría a esa testigo que ha vivido de mi aliento cada día desde que nos pariera Victoria con dolor un agosto de 1953 frente al mar, en aquel hospital por dónde anduvo el corazón de Lorca y el de Prados cuando aún vivían y veraneaban versos. Quiero darme las gracias por habernos equivocado tanto, por tolerarnos tanto, por habernos caído tantas veces y seguir erguidas, caminando, usando la misma sombra. Aún así estoy escribiendo una carta testamentaria, un texto donde decirme que todo me está esperando, que la vida y el éxito me esperan a la vuelta de la paseada esquina del fracaso, que mi palabra no sobra en el universo ni mis horas empleadas en pintar, bordar y sufrir han sido en balde; que tengo que mirar por mí y dejar al guardián que me comparte sin sus atributos represivos. Quiero quedarme bajo mis sábanas calientes sin que el cabo Furriel me ordene levantar como un despertador viejo e incómodo; quiero enterrar los hábitos y volver a tratarme como recién nacida, vivir a golpe de ganas, nadar a voluntad en el mar de mis sueños. Quiero quererme lo bastante para seguir siendo el eslabón que una corazones partidos empezando por el mío que anda olvidado en el mismo cajón donde guardo las libretas rojas.

Quiero seguir siendo la palabra que nadie dice, un cobijo para desesperados, un hombro para suicidas, la boca que bese a los desdentados y enfermos de halitosis. Quién fuera el espejo donde se vieran los niños ciegos, ese silencio lleno de música que a veces me visita, ese agua de lluvia placentera para los campos secos, ese rayo de sol que incide en el banco donde se sienta la vejez sin esperanza, esa mano enorme que parara las guerras... Debo quererme para seguir hablando porque el mundo será mucho menos redondo si me callo.

Y para despedirme de esta carta a mí misma solo podré hacerlo con un abrazo a la vida lleno de agradecimiento, fundirme con la gente de buena voluntad, con la luz del sol, con toda la plenitud que siento desde mis adentros hasta el inmenso cosmos...así de grande.


Desde el plácido y soleado primer día de marzo, Mariví Verdú

Foto: Pedro A. Durán
Puente de Los Llanos, Arenas de San Pedro (Ávila)

IVÁN CHASKÍO Y JAVIER DE ANA MARÍA EN EL RINCÓN DEL CANTE DE LAS CASTAÑETAS, por Mariví Verdú

Hoy sábado día veintiséis de septiembre hemos reanudado las actividades flamencas en el Peña Flamenca Rincón Del Cante Las Castañetas , un o...