lunes, 1 de febrero de 2016

TIEMBLA LA TIERRA

A veces lo más oportuno es guardar silencio. Casi siempre. Pero mi madre me enseñó aquel refrán castellano que dice: el que calla, otorga. Aún no lo he olvidado. Por eso tengo que hablar o de lo contrario se me encharcarán las palabras como tengo encharcada el alma de tristeza.

Hace bastante tiempo que no tengo ganas de escribir más que lo dicta mi imaginación, que solo tengo ganas de mirar el campo y ver la constante evolución de lo verde, la sencillez del ciclo eterno de la vida que pasa por el proceso obligatorio de la muerte para renacer en el amarillo, tan bello como agrio, de las vinagretas, o en el rosicler de los almendros, tan dulce y jubiloso. Sin embargo, cuando me entero de las cosas que nos ocurren -digo nos porque el mundo es redondo y hoy es todo tan cercano que la vecindad pasa por polos y trópicos como por la acera de enfrente- no puedo quedarme en silencio. La noticia con la que nos fuimos anoche a la cama fue la más terrible que he sufrido en mi vida: la desaparición de diez mil niños exiliados en Europa. Y me pregunto: ¿Cómo podremos dormir ni hoy, ni mañana, ni nunca más? ¿Dónde están los niños? ¿Qué pasa en esta Europa de la abundancia? ¿Quiénes son los malditos zopencos que la habitan? ¿Dónde la civilización occidental? ¿Dónde la justicia social y la comunidad europea?

Nadie con corazón podrá conciliar el sueño. Yo no he podido ni el sueño ni la vigilia de esta mañana inundada de sol de febrero. Nada puede distraerme el dolor. Porque son tan inexplicables los motivos de tal barbarie que hace tanto daño la noticia como las excusas que dan para exculpar a los verdaderos culpables de la masacre : que si la trata de personas, que si un destino de tintes sexuales, que si sabe Dios... Al final me tengo que acordar hasta del Papa y preferiría que se tragara sus palabras y existiera el infierno. Por lo menos me quedaría un leve consuelo para estos seres sin alma que lo toleran, lo divulgan y quedan inactivos como si las noticias fueran tan superfluas como quisieran acostumbrarnos. Como si nada fuera trascendente... Qué horda de demonios habitan el planeta. Luzbel se queda mamando.

De nada vale morbosear con los probables destinos de sus vidas. Ellos solo tendrían que pensar en ir al colegio y reír mucho y de todo. De nada vale hoy que el rey hable con tanto don nadie ni que se mueva la tierra debajo de nuestros pies dos semanas seguidas. Poco tiembla la tierra para lo que tendría que temblar...

Anoche se me volvió a romper el corazón como pasara diez años antes, anteayer, con la muerte de mi hijo, solo que esta vez podíamos haber evitado el horror que están sufriendo estos niños exiliados por nuestra injusticia. Solo con que los humanos, esos que quieren ostentar tan maravilloso título, lo fueran, hoy habría diez mil risas para celebrar febrero y una más con la mía.

Desde El Garitón, impotente, con todo chorreando de tristeza, hasta los almendros,
Mariví Verdú

sábado, 17 de enero de 2015

RODAJE EN LA ISLA, por Mariví Verdú

Recuerdo cómo desperté ese día. Estábamos en 1966. Mi padre, con sus ojos de noche con luceros, se acercó a mi oído proponiéndome faltar a clase porque quería darme una sorpresa, una sorpresa muy especial. Pegué un salto de la cama y me vestí en dos minutos. Me subió en su moto y nos fuimos tempranísimo. Mi padre trabajaba en el Taller de Material Fijo de RENFE, en La Isla -un barrio que poca gente recuerda y en el Archivo Municipal no conocen-, y entraba al ser de día. Al llegar vi muchas caravanas dispuestas en semicírculo en aquel llano terrizo. Y me quedé en el escalón mientras veía amanecer. Mi padre hablaba con sus compañeros sin haberme descubierto aún de qué se trataba. Yo tenía 12 años y la curiosidad me podía. Me llegué hasta la cabina más cercana al taller y en la puerta ponía: Alain Delon.

A mí me temblaron las piernas. Yo amaba el cine y a esa edad todos tenemos nuestros prototipos, nuestros artistas, nuestros líderes... aunque Delon no era el que más me atraía. Mi afición al cine venía de familia. Mi padre fue cámara del Real Cinema muchos años y cada noche le llevábamos el pañillo y nos chupábamos una película desde las mini ventanillas que tenía para observar el buen curso de la cinta.

En la puerta de la caravana siguiente decía: George Segal. No sabía quién era. Y en la otra, Maurice Ronet ¡Dios mío!; Anthony Quinn... Ay, cuánta emoción.

Salí corriendo para darle las gracias a mi padre y entonces me enteré. Se rodaba la película Los centuriones. Regresé  a la calle como cazador a la espera de presa, resguardada, acechando o moviéndome con sigilo para cazar el autógrafo y saber que los que yo admiraba en el cine eran de carne y hueso.

Me asomé a la ventanilla de Delon y cuál sería mi sorpresa que abrió en esos momentos la cortina encontrándome con aquellos hermosísimos ojos verdes -lo más bonito que tiene- y un poco más y nos morimos los dos: el del susto, yo de la impresión.

La gloria estaba por llegar. Sobre las doce apareció una mujer por mitad del llano, entre cámaras y rodeada de mucha gente. Entre ellos venía Quinn, el hermoso Quinn, y Ronet, el bello Ronet. Era Claudia Cardinale, con la ropa rasgada y sucia -era una película de guerra-, tan alta y exuberante que cuando la tuve cerca supe lo que era un “peazo de mujer”. Era una diosa morena, con esos grandes ojos que no se olvidan, con aquella boca perfecta que cuando me sonrió me di cuenta de lo que era la belleza. También supe que  nada tiene que ver con la simpatía. Fue la única que no me firmó el autógrafo. Y Quinn, con aquella franca sonrisa que me echó al coger mi bolígrafo...Y el más guapo de todos, George Segal. 

Mi padre seguía trabajando y estuvo en el taller hasta el mediodía. Yo, en el escalón, con mis postales firmadas y deseando llegar para contarlo. Me subí en la Lambretta -sin casco ni nada-, me abracé con fuerza a mi padre y no sé si llegue volando.

*A mi amigo Juan Gaitán porque me recordó aquel amor mío por el cine.

Desde El Garitón, con más frío que lavando rábanos, Mariví Verdú.

sábado, 28 de junio de 2014

LA DEMOCRACIA DE LOS CAMALEONES

Ya que esta mañana me he levantado con ganas de escribir, aprovecho. No tengo últimamente ganas de casi nada. La vida va transcurriendo y los años pasan por encima de mí con la misma cruel normalidad que a cualquier ser, léase normalidad como imposibilidad de ir contra corriente en la obligación de envejecer. Pero eso sólo en lo tocante a la ley física-química de la materia, por lo demás sigue viviendo en mí el mismo alma, inconformista y pacífica, de mi despertar al mundo, allá por el tiempo de la revolución de los claveles, hoy tan disciplinados como engañosos. Echando una amplia ojeada a la historia y una menos amplia hojeada a mis textos, sigo protestando. Y lo  hago porque tengo la sensación de que nada ha cambiado. Bueno, sí, mi aspecto exterior y el de los que me rodean, la horrible remodelación urbana malagueña y las autovías pero siguen mandando gente que no sirve, sigue hablando gente que no sabe y siguen mangoneando una pandilla de feísimos que pagan con nosotros la mala leche que anida en sus carteras y alcancias, ya que ni siquiera sus padres les quieren porque no paramos de cagarnos en ellos. Bueno, ahora van a cambiar algunas caras por gente mas atractiva... -eso lo hacen para seguir jugando con los imbéciles que creen que somos-.

Como amante que soy de la palabra, adoradora de la poesía y amiga de los que llaman al pan pan (si puede ser, cateto) y al vino vino (si puede ser, dulce y de los Montes), sería una estafadora si callara en tiempos en que la dosis de libertad nos la dan con cuentagotas en un engañabobos que se llama democracia, una bonita palabra con piel de camaleón que encumbre mantos de armiño, trajes de militar, togas y sotanas. Ante la realidad, opté por el silencio. Pero de nada vale porque el silencio solo sirve para oír música, pensar, crear y estar en los hospitales. Para lo demás existe una palabra que se llama revolución. Otra, denuncia. Incógnitas que despejarían acepciones impuestas de democracia como injusticia, deslealtad y sinvergonzonerío. Y este vocabulario, arraigado ya a fuerza de costumbre, hay que renovarlo por sensatez, vergüenza, justicia y libertad. El despotismo hay que airearlo a los cuatro vientos. No se puede vivir más en el día de la marmota, no se puede comer ante un telediario sin que te den arcadas, no se puede seguir siendo obcecadamente cristiano porque hay prójimos que no se merecen nuestro amor (desde luego no volveré a poner la mejilla para que me la hostien).

Visto lo visto, quisiera que el hombre volviera a su razón, da igual retomar el trueque, el pastoreo o la primitiva agricultura, pero que nos devuelvan las semillas de tomate sin transgénicos ni leches. Qué nos devuelvan la dignidad y una desnuda y transparente democracia en la que nos miremos todos. Paremos el embrutecimiento del exceso y retomemos la capacidad de decidir nuestro futuro, esa a toda costa, con la renovación de la cultura y la revolución de los corazones, con ese vuelco necesario que el pueblo sencillo y humano demanda. No tengo ninguna receta maravillosa, qué más quisiera yo, pero aprended a escuchar, en silencio, la conciencia. Todavía existe.

Desde El Garitón, con la pena de no tener un antídoto para el veneno de esta clase de bichos políticos, Mariví Verdú

viernes, 14 de febrero de 2014

Coachings para el suicidio

Me gustaría saber en qué escuela han estudiado estos feísimos de los perros que nos están llevando a la catástrofe. Maldito sea el curso intensivo que les dieron en sus partidos, en sus masters de empresa y algunos la maldad diluida en la leche que mamaron para llegar a sus puestos, puestos de coachings de suicidio, un suicidio colectivo que están poniendo en práctica en su propio país, en el nuestro, bajo el genérico de “democracia”. 
¡Malditos sean junto al dinero que han robado y que roban, así se les volviera una gusanera que les comiera el hígado y el corazón!  Así se vieran todos ellos un día pidiendo limosna y no tuviéramos ni pan para darles, ya que han desterrado la caridad y la piedad de su perverso y progre lenguaje y no han sido capaces de suplirlas con la preciosa palabra “justicia”. No nos han dado nada, al contrario, viven a costa nuestra con unos altísimos sueldos por tocarse los genitales. Y no solo hablo de polítcos, que también, hablo de banqueros, directores de empresas -que deberían ser servicio público-, de los que, bajo su parcela de poder, se lucran con lo que no les pertenece. No dan ni agua. Que, por no dar, ni lástima les damos,  solo saben llenarse las barrigas y los bolsillos con dinero de las arcas públicas y hablar con muchos ceros, muchísimos, mientras ven cómo morimos. Su única hacienda es jugar con nuestro porvenir y el de nuestros hijos y nietos entreteniendo el tiempo con una burda dialéctica que nos tiene a punto de reventar como un siquitraque.
Solo me alegra que no se puedan quitar las odiosas caras que tienen y que todos reconoceremos de por vida y que no se podrán salvar de una muerte segura, como todo quisqui. La historia no les perdonará, por mucho que dirijan a su favor la prensa y los demás medios. No les perdonaremos ni después de muertos. 
Para sentenciarlos uno a uno, voy con una letra que cantaba mi buen amigo, flamenco él, Cándido de Málaga.

Dicen que muere rabiando
to aquel que tiene dinero...
solamente con pensar
que todo lo que ha ganado
otro se lo va gastar.

Y acabo con una mía, en la que abandono cualquier ideal político que hubiera tenido antes porque, a través del tiempo y habiendo vivido en dictadura, en centro derecha, en pseudo socialismo y en derecha dura y siniestra, considero que todos son lo mismo, una pandilla de mamarrachos que han adorado la monarquía, que fuman puros y dirigen multinacionales, que gozan de unas pagas que tendrían que gastar en bicarbonato, que nos han llevado a una guerra, la peor de todas, contra nosotros mismos:


No voy a darles el gusto 
de seguir como hasta ahora
que no es amiga una mano
que pone al cuello la soga.

Desde este Garitón, sabiendo valorar el trabajo que cuesta tener en las manos una papa, Mariví Verdú.

viernes, 24 de enero de 2014

Y dijo Dios: Hágase la luz. Y la luz se hizo.


El jardín se había convertido en un criadero de malas hierbas que habían acabado con los nutrientes de aquella tierra cuyo fin no era el abandono. La grama se enmarañaba en los rosales. El boliche, la cañota y los jaramagos no paraban de nacer por doquier  y la lluvia había dado el último empujón a tan libre crecimiento. Pretender cambiar el panorama era tarea difícil pero no imposible. Había que arrancar de los parterres y del trozo de huerto aquel vergel salvaje e improductivo que minaba de raíces su subsuelo y que daba tan triste aspecto a un paisaje creado para la belleza.

La pequeña parcela del monte alto precisaba el trabajo y los cuidados de una mano salvadora. Sólo dos manos y mucho interés por cambiar los malos hábitos que el anterior descuido habían provocado, no serían suficientes. Ante el desastre, tal vez no podría una mujer sola. Pero las ganas de cambiar aquel trozo de tierra hecho para la bondad y tomado hasta hoy por la desidia, hicieron el milagro. Para ello contó con la presencia de una mano amiga, dos manos milagrosamente vivas, cuatro manos mágicamente unidas ante un cuadro triste de abandono.



Cuando decimos que "tenemos la negra" sabemos que se relaciona con la mala suerte, pero el níspero de la linde, pobrecito, ese sí que sabe lo que es. El viejo níspero solitario sufre esa enfermedad. La negra le había caído años atrás y  el fruto que había dado la última temporada colgaba de sus ramas inspirando un incontenible dolor de corazón. Los racimos de la fruta enmohecida y su tronco plagado de parásitos enternecían al más duro de los seres. Esos malditos hongos le habían robado su vigor y requería un tratamiento para poderlo librar de su destino. Ellas lo fregaron con jabón casero y estropajo de esparto, cortaron cuidadosamente sus ramas enfermas y retiraron los restos de la poda y los frutos podridos, dejando su futuro en manos de la providencia. Limpiaron los pies del árbol de hierbas y, mullendo su cuna, pensaron que el amor y la lluvia harían el resto.

Ambas mujeres dejaban de pensar en las cosas del mundo y pensaban en ellas mismas cuando ponían en sus manos las tijeras de podar, cuando cogían la azada,  cuando arrancaban vigorosamente y a puñados las malas yerbas que todo lo invadían dejando ver solo algún rodal de humildes violetas. No pararon de trabajar en varios días: sembraron perejil, acelgas y patatas; podaron el jazmín, la madreselva y el orégano, cavaron para sacar el viejo rosal, el que tenía las espinas más agudas y endurecidas que imaginar se pueda; recogieron hojas secas, pedruscos y agujas de los pinos. Y una tarde, la mujer más joven acabó de sacar el viejo tronco y las profundas raíces que se abrían más de medio metro a la redonda. Ocurrió un miércoles. 

Comenzó a llover. La lluvia es dulce para la tierra y triste para el corazón. Las dos mujeres saben lo que significa la tristeza, lo que es el sufrimiento y la melancolía, lo que duelen las espinas del rosal y de la vida, así que la tomaron como un nuevo bautismo, una bendita iniciación, un compromiso con la tierra, con lo más cercano. Las lágrimas son algo así como la lluvia, una forma de darnos, de transformarnos en algo transcendente como el agua. Fue entonces cuando ocurrió algo misterioso, inexplicable: apareció un bellísimo animal herido de muerte. Y murió horas más tarde bajo la dama de noche. Entre las dos lo envolvieron en un paño blanco y lo enterraronen el hueco del rosal. La más joven cogió un brazado de vinagretas amarillas y los echó sobre su cuerpo inerte... ambas sembraron trece bulbos de gladiolos rojos sobre la tierra húmeda que le cubría. Ahora reposa para siempre en un jardín de invierno.

Acabado el tiempo de encuentro, cada una continuó con su vida. Ambas se enfrentaron de nuevo a su libre destino individual y al forzoso destino universal del mundo que habitan. Cada una guardó a su manera el dolor que les produce la falta de justicia, la muerte de los débiles y la ausencia de amor. Sin embargo, en sus corazones maltratados no había hueco para el rencor. A las dos les quedó la conformidad de haber intentado arreglar el mundo más cercano y cada una seguirá haciendo lo que su alma le dicte. Ambas mantendrán en secreto su agonía y volverán al mundo de los hombres pero nada temerán:  la luz se hace siempre porque los corazones limpios no pueden vivir bajo las sombras. 

A mis tres generaciones amigas: Pepi, Mónica y la pequeña Lucía. 

Foto de www.tattoopins.com

miércoles, 8 de enero de 2014

A mal tiempo, buena cara.

Hay varias cosas que tenía aplazadas para tiempos en los que me sobrara tiempo. Una de ellas, la lectura. Aunque siempre he sacado el rato preciso para leer lo que me gustaba o necesitaba, confieso que lo que más he leído ha sido Poesía y he dedicado menos tiempo a la prosa -poco al ensayo y menos aún a la novela-. Sin embargo, obran en mi poder un gran número de libros que han estado durante muchos años conmigo y creo que no ha sido por gusto. Algún motivo tienen más que el simple hecho de permanecer, resguardados del polvo, en mis estanterías. Cuidados durante años con toda veneración, han viajado, sufrido mudanzas y hasta se salvaron milagrosamente de un incendio (mi casa estaba en obras y se encontraban  en cajas, aislados, por suerte, en la habitación a la que no llegaron las llamas). Pero yo sé que se habían salvado por el mismo motivo que habían venido a buscarme: una razón oculta que no he podido desvelar todavía y que, de poderlo hacer, no querría. Tengo la impresión que esperaban el día en que me los llevaría a mi habitación, a mi mesita de noche y, de ahí, al sueño que contienen. Ese afán secreto debe ser, sin duda, transportarme por sus páginas hacia otros lugares a vivir entre personajes que acabarán siendo conocidos, amigos, gente con la que, sienta empatía o no, me harán sentir emociones; vidas ajenas que entrarán en la mía, tiempos pretéritos o futuros, con semejantes o distintos conceptos de la vida, ofrecimientos que no cejarán hasta verme fundida en sus hojas como una protagonista más. Blasco Ibáñez, Delibes, Alberto Méndez, Sampedro, Galeano, García Márquez, Huxley, Stevenson, Cervantes o Cortázar observan mi cara de satisfacción sintiéndose en mí cumplidos sus destinos, sus objetivos, que se resumen en uno y  único: desahogar el miedo a la muerte. Porque sólo los libros perviven y así sus autores son salvados del olvido, que es la muerte verdadera.

La otra cosa por la que necesitaba tiempo era para ponerme a pintar, aquella inclinación que desde pequeña me hizo dibujar cientos de papeles  y que nunca se perdió de mis manos a pesar de las inclemencias del tiempo vivido. Me obsesionó siempre, desde lo más profundo de mi ser, captar la mirada o la sonrisa de alguien y dejarla impresa para los restos  en un papel o un lienzo. Sentía  fascinación desde chica por el retrato y deseaba con todas mis fuerzas dedicarle el tiempo necesario. Tenía tantas ganas de hacerlo que cada rato que he robado a mi sueño ha sido para retratar a mi familia, a mis amigos, Bugella, Arjona, Ayuso, Parra, Díaz Oliva, Agustín Jiménez, Jesús Romero, Camarón de la Isla... 

Y bordar... eso sí que me entusiasma, ponerme a bordar, crear con hilos de colores lo que mis sueños me dicten. Bordar como mi madre, motivos sacados de su cabeza, guirnaldas interminables y figuras nacidas del propio pensamiento. Siempre envidié esas tardes de ensueño que veía en las películas históricas donde el tiempo era lento y las mujeres bordaban sus hermosos gobelinos mientras cantaban o pensaban en dulces amores medievales a la par que se pinchaban con la aguja del destino. Lo que bordé hasta hoy ha sido robando horas a mi sueño, a mi descanso, y quería dedicarle las horas de sol de mi vida, no las de luz eléctrica. Para ello necesitaba también tiempo.

Pero ese don que nos ha sido regalado para que transcurra sobre él nuestra vida, el tiempo, debe estar acompañado de paz sino no sirve para estos menesteres. Por tanto, aunque he tenido momentos para realizar cualquiera de mis aficiones, tenía que vencer aquella anormal saturación mental, cosa que me ha sido negada hasta hace muy poco, hasta que me di cuanta de que soy mayor para perder la vida. Entonces, me desconecté de los malos hábitos, de responsabilidades ingratas y sin gratificar, quedándome sólo con las inherentes a mi estado de abuela, el mejor de los estados por los que ha pasado mi corazón.

He sobreutilizado el tiempo en mi época juvenil y más aún durante mi madurez. Cuando me veía sobrepasada de responsabilidades -tantas veces ocurrió- , unas obligada por mi trabajo y otras exigidas a mi voluntad por propio deseo creativo, sacaba tiempo del sueño sufriendo después faltas de concentración al exigirme más de lo tolerable. Entonces, para traicionar mi hiperactividad, me daba por pedir con todas mis fuerzas: Ay, Dios mío, qué me vuelva normal, qué me gusten las telenovelas y comer pipas en el portal o en la plaza como a tanta gente que parecen vivir en paz; qué mis conversaciones se limiten a los quinientos vocablos al uso y me deje de pensar en filosofías y en leches, que estoy perdiendo la cabeza. Y, pensándolo bien, tal vez la haya perdido, no lo tengo muy claro, pero gozo de paz y sosiego y aquí sigo. Y una mañana, como por arte de magia, de buenas a primeras, me levanté con cara de abuela, me sacudí las falsas obligaciones -creadas por no sé qué ingenuo altruismo- y se me concedió una vieja petición: encontrarme cara a cara con el tiempo diciéndome: ¿Qué hacemos hoy?

Desde entonces, las horas son extraordinarias. Y despierto con mis gafas y un libro a la derecha de mi cama, embozados los tres, y voy del malva amanecido de mi cuarto al azul  verdoso de estudio, repaso mis correos, escribo un buen rato, suelto el ordenador y cojo los pinceles... echo otro rato; me lavo las manos, me meto a guisandera y, por la tarde, me pongo a coser en mi mesa de camilla ante un tibio rayo de sol... Y así paso mi tiempo, un tiempo al que voy a ponerle buena cara, ya que no encuentro ningún trabajo a mis años más que el oficio de vivir austeramente, casi por la divina providencia, bajo este cielo tan hermoso que nos ha sido regalado. No tengo salario porque todo no se puede tener en este mundo, pero tengo una poquita de salud y cientos de bolígrafos y de libretas, de ovillos y bobinas de hilo, de retales de tela, de tubos de óleo y de soportes para aguantar lo que me venga en gana. Ahora dedico mis horas a estos gustos. Porque tengo una gran fortuna que se llama tiempo así que...a disfrutarlo mientras dure. 

Desde este Garitón que me da la oportunidad de ser campo, Mariví Verdú.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Día de paz



En este tiempo, como me pasa siempre en los finales de año, regresa mi manía de hacer balance de lo vivido. Con el acopio de melancolía que una guarda en la roja alacena del corazón, miro con atención el mundo que me rodea y me siento pequeña e insignificante; leo lo que he escrito durante tantos años, miro lo que he pintado, bordado o dicho, y tengo la sensación de que no sirve para nada.

Alguna vez he deseado irme, esa es la verdad. Cuando me arrebataron a quienes tanto quería, perdí la ilusión. Pero algún ángel se empeñó en que me tenía que quedar en esta hoya de Málaga para no sé bien qué cometido. De la ilusión al fracaso, como marioneta de la suerte, sin dejar de describir la elipse del grito, he seguido viva y preguntándome qué hago aquí.

Sin embargo, diariamente ocurren milagros que me dan razones para vivir: mirar los ojos de los que quiero, disfrutar la presencia, la voz y la sonrisa de los seres que me ha regalado el destino (hablo de mi familia, de mis íntimos amigos y de otros buenos corazones). Entonces todo cobra sentido, mis palabras, mis trabajos, mi vida entera se revaloriza y me dan ganas de seguir respirando, yendo y viniendo, implicándome en la vida. 

Asombrada de que todavía tenga sitio para lo nuevo y lo bueno, tomo la última curva del 2013 con esperanza. Porque hay gente a la que quiero y me quiere, hay unas personas maravillosas a las que le debo la vida y, aunque sé que todo transcurre como una sucesión de penas y alegrías interminable, me quedaré aquí hasta que pueda. Seguiré escribiendo, pintando y sonriendo mientras me quede aliento para ello. Y sé que nada cambiará cuando me vaya, solo que empezaré a formar parte de sus corazones como hoy los que se fueron forman parte del mío. Eso es lo único que me alegra: que la vida continúe.

Sé que son muchas personas de buen corazón las que tengo a mi alrededor y sienten como yo estas agonías y estos milagros. Mi palabra es la de todos los que tienen su alacenita en el pecho. Por eso escribo lo que siento, porque hay quien no lo hace y me lee con su voz.

*Para mis hijos Pedro y Cristina, para mi nieto Daniel y mi sobrino nieto Ángel, para mis amigos de verdad -ellos se reconocerán- y para los que me inspiran desde algún punto brillante del universo o desde mi propio corazón, con todo mi cariño. 

Mariví Verdú