martes, 29 de mayo de 2012

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE SOBRE LA CONVENIENCIA DEL SILENCIO

Abstenerse de hablar,
no hacer ruido,
ay, pausa musical,
do reprimido...
silencio mío,
que me voy a dormir,
que me retiro.                M. Verdú



Cuando veo tanto artículo sobre política, sobre algo que sirve para darnos el único cuartelillo de haber votado, no me queda otro remedio que el silencio. Guardar silencio y gastar poco -porque no hay- es el secreto para no morir por la crisis. El voto, ese acto en el que ya muchos se consideran personas y no cosas, es la simple y llana explicación de lo que nos pasa, el mejor medidor de cómo piensa el país. La ley d’ Hont compró la vara (la de medir, esa que vale tres pies o cuatro palmos y no llega al metro y excluye a los que tienen los pies y las manos grandes). Estamos en y con lo que hemos votado y se ha bendecido con puñeterala vara. Mucho antes ya le dijimos adiós a nuestra rubia (hablo de la peseta) y se nos vino el fabuloso mariquitazuca del euro,  y ya vimos que no eran lo mismo cien rubias que un cabezón y que no todo vale ni en educación ni en televisión, pero nadie puede tocar lo  establecido a golpe de vara. Canal Sur es del Arcangel de la Agencia del Flamenco y las demás cadenas son de los espiritistas y hechiceras. Todo un mágico mundo se ha adueñado de nuestra caja tonta. Y no nos olvidemos de las putas y putos de turno, oh, hermanos folladores. Pero seguimos adelante. Tuvimos el capullo en el puño un puñado de años y todos veíamos lo que estaba pasando...ahora vemos volar las gaviotas desde el más cercano basurero hasta el mar de la comunidad y viceversa. Y Juanpobre, pobre. Y esto no es lo peor, lo peor es que no nos damos cuenta de que siguen comiendo los mismos y seguimos ayunando los mismos...¿sirve de algo hablar de política?

Cantaba Camarón: El día que considero/ que me tengo que morir/ echo una manta en el suelo/ y me jarto de dormir. Sabio Camarón y más sabio el poeta popular que escribiera sus versos. Yo hago lo mismo. Vivir en el silencio de Dios y de los hombres, aunque sea ayunando, y ver como la mayoría disfruta de lo que le ha ido robando a su vecino mientras llega la hora del juicio o el tío Paco con las rebajas. 

Siempre se dijo que ya veremos quien ríe el último y adonde vamos a tener que poner la cárcel. El país se nos está quedando pequeño para tanto banquero y tanto banquete. Vivan los elefantes y las elefantas y vivan las úlceras de duodeno. Al menos se podían ir todos los mangantes a cagar al campo para ahorrarnos sus aguas fecales que huelen tan mal y manchan tantísimo nuestra piel de toro.

Ésta es mi humilde postura: el silencio. Sin embargo, lo he roto para hablar de política. Dios me lo va a tener en cuenta. Pero procuraré enmendarme y no hacerlo más.

Desde un silencio lleno de pájaros en El Garitón y en el alma, Mariví Verdú






jueves, 24 de mayo de 2012

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE EN CLAVE DE MI

Los dones del ser humano que nos diferencian de la mayoría de congéneres del mundo animal son:  el del alma o la voz de conciencia; el de pensar lógicamente y discernir, el de la memoria histórica, el de reir y llorar y el de hacer el amor sin buscar la procreación. Sin embargo, lo que son sin duda regalos divinos para que nos parezcamos a Él, no dejan de ser cuchillos de doble filo y debemos usarlos con atención y suma precaución.  La mayoría de veces se unen de dos en dos y casi no puede ir el uno sin el otro. Podemos ir probando cada don con la risa o con el llanto, dos variables constantes en el hombre, y verá cómo son todos resultados tan problables como lógicos. En particular el don de la memoria histórica y el llanto, esos dos son inseparables. Y el del alma y la voz de la conciencia. A más llanto, más tristeza, más meloncolía, otros dones humanos y ocultos.

Hoy he venido pensando mientras conducía mi trayecto diario de Málaga a Alhaurín de la Torre en lo complicado que es explicarle a un niño lo que es la vida cuando, desde la perspectiva de los casi sesenta, ya parece que el camino se estuviera acabando y se prevé el final del túnel. Sin embargo, enganchada a la vida, aún tengo proyectos. Y pensaba cómo inculcarle a un niño precioso y preciso lo importante que es tener historia, vergüenza, nobleza, dignidad. Y lo necesario que es tener piedad con uno mismo y con los demás, respeto a la vida y a los hombres; en lo importante que es buscar la paz en lo cotidiano y aspirar a algo mucho más alto que lo material...Y, por supuesto, avisarle a tiempo de lo corta que es la vida y lo largo que son los días: da tiempo a todo. Por eso es necesario vivir cada instante apasionada y positivamente.

Mi padre trabajó y estudió demasiado para podernos dar lo necesario; mi madre estaba en casa administrando con acierto su jornal y tan enzarzada en sus maravillosas labores y bordados como en suculentos guisos. A veces lloraba oyendo una canción pero nunca me dijo todo lo que sabía. Bueno, me dijo lo que dolía una guerra y lo que fue la muerte de un hijo para mi abuela, pero no era habitual hablarle a los niños de muertos y enfermedades, nos guardaban a todos de sufrir. Se alejaban cuando hablaban las cosas de los mayores. Nunca tuvimos una conversación seria de la vida, nos limitábamos a pasar los días en orden y concierto acatando la frase típica de mi padre: la economía es la base fundamental de la riqueza de un país. Claro que eso no lo decían en casa de los actuales directores de banco ¿o sí? Íbamos pocas veces de vacaciones y siempre a casa de la familia, por eso caducaban cada año los kilométricos enteros: no se podía ir a ningún sitio sin dinero. Puede que fuera el régimen (que no la dieta) el que nos obligaba a guardar silencio y estarnos quietos. La cuestión es que los niños vivíamos en la inopia y la mayoría descubrimos por nosotros mismos las cosas importantes: la muerte, el sexo...la vida.  A pesar de todo, tuve la suerte de tener en mi casa, hasta el final, a mi abuela Victoria. Con ella descubrí la geografía. Y tuve la fortuna de que hubiera libros y música, ropa limpia y manos primorosas: paz. Sin embargo, siempre eché de menos razonamientos. Y me casé jovencísima. Pero como yo hacía mucho caso a la intuición... Pobre intuición mía, cuánto he llorado. 

 
 Y es que tal y como decía Serrat en aquella canción preciosa de “Esos locos bajitos”:

Y nada ni nadie puede impedir que sufran,
que las agujas avancen en el reloj,
que decidan por ellos, que se equivoquen,
que crezcan y que un día nos digan adiós.

Desde El Garitón, viendo cómo explosionan las amarilis en un arrebato de belleza: así crece un niño que hoy cumple meses. Mariví Verdú

martes, 8 de mayo de 2012

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE EN ROSA-ROSAE

¡No le toques ya más, que así es la rosa!
Juan Ramón Jimenez “Piedra y cielo”, 1919.

Hace tiempo que desapareció el latín de los estudios medios y aún me pregunto el motivo. Si yo estoy agradecida y siento que ha valido la pena su conocimiento, debe haber más gente que así lo sienta: no estoy sola en este país, ni soy la más vieja, ni la más rara. Si aún recuerdo con cariño y agradecimiento el plan de estudios en el que pude cursar el Bachiller, debe haber mucha gente que sienta como yo. El latín era obligatorio en los cursos  3º, 4º y 5º de Bachiller y en los estudios superiores si escogías letras. Para algunos resultaba aburrido y se quejaban de su inutilidad. A mí siempre me pareció no sólo interesante sino útil, por lo que me dediqué con todo el ánimo a entender aquella lengua que me regalaba raices de lo que era mi propio lenguaje y me ayudaba a estudiar francés. Además, tenía la sensación de estar trasladándome más de dos mil años en el tiempo y me encantaba leer y traducir cualquier texto que caía en mis manos, saber lo que ponía en algunos restos romanos de la Alcazaba, los nombres y fechas de tales inscripciones y otras muchas que encontraba en otras ciudades y museos. Conservo como oro en paño el librito “Ludus Latinus” (costó 48 ptas. menos de 0,30 €), un libro de traducciones con fragmentos de obras clásicas de Ovidio y Fedro y parte de los Evangelios, obras clásicas de la Literatura Universal. Este libro servía para los dos cursos y para quinto, así como la Gramática Latina y el estupendo diccionario de Bibliograf, con prólogo de Don Vicente García de Diego, una sexta edición de 1964, ambos forrados con un papel que ya de por sí tiene su propia historia. Ponerles esa protección era costumbre en mi casa y cada año, desde los primeros de la Enciclopedia Álvarez hasta los libros de texto, era todo un ritual que venía después de la compra de los libros y en él intervenía toda la familia. Aún mantengo varios libros más con su primer forro entre los que cuento también “Las mil mejores poesías de la lengua castellana”, que forró mi hermana en color blanco, y los libros de Matemáticas y Música, otra asignatura obligatoria por entonces.

Los libros, ay los libros, qué necesarios me han parecido siempre. Han viajado conmigo siendo mi más necesario equipaje. Eso sí, pesado, muy pesado, el más pesado de todos, pero lo primero que embalaba: Lorca, Tagore, Juan Ramón, Neruda, Gloria Fuertes, Cervantes, Bécquer...y que nunca me faltaran mis tres tomos de la Historia de España que pagué poquito a poco porque eran tan valiosos como caros por su exquisita encuadernación y por su contenido del que destaco esa letra pequeña que ocupa muchísimas veces dos y tres páginas y a veces tienen más interés que los textos que la llevan en grande. Con todo es igual, la letra pequeña, la que no leemos, la palabra subliminal de cualquier texto es más interesante porque te hace entender todo lo demás.

Empecé a estudiar latín un día 5 de Octubre de 1968 aunque el curso había empezado un mes antes. Declinar el nombre de la rosa fue mi primera lección, la segunda, conjugar el verbo sum: ser.  Y descubrí que sepelio significaba enterrar y credo era creer; áccido, suceder y perdo perder. Pono era poner y veto prohibir...vaya que el latín era la madre del español y que gracias a esa lengua maravillosa nosotros tenemos la que tenemos, con la que podemos ser personas.

Me dí cuenta desde muy joven que una rosa es una rosa. Desde El Garitón cuajado de ellas, Mariví Verdú






viernes, 4 de mayo de 2012

DOLIENTE Y DE OCCIDENTE MIRANDO POR EL OJO DE LA CERRADURA

A mi hijo Fernando que hace seis años que le dí el último beso. Qué sea para él el cielo. Amén.

Presencio, asombrada, mi vida. Últimamente huyo de todo lo que me gustó demasiado. Me cuesta salir al mundo, mucho más si es de noche; oír flamenco, leer poesía,  juntarme con amigos, ir el mar, amar, reir... todo lo que ha conformado mi espíritu tal como lo conozco:  soñador, sentimental y extremo, siempre subiendo y bajando de la alegría a la desesperación. Hoy todo es distinto. Las cosas que antes fueran mi buril y mi masa me resultan ajenas. He escogido la soledad como camino y me encierro  en los silencios redondos de la mejor de las músicas. La verdad es que me asustaría seguir haciendo la misma vida social después de cincuenta años. Sin embargo, en este remanso de mi alma, no puedo dejar de sufrir ni de compadecerme de los que sufren. No le veo final a la injusticia desde la que vislumbro una inmensa casa de beneficencia. Vivo al límite de la pobreza como media España y tengo la triste certeza del desencanto y un miedo atroz a saberlo casi todo perdido, la fuerza y el deseo y, lo que es peor, el juicio. Aunque nada es comparable al pavor que siento al no sentir.  

Como no tengo ganas de hablar con casi nadie pienso que los pocos amigos que me quedan -que los cuento con los dedos de mi mano- están igual que yo: en silencio y con miedo a perder el mar. Porque,  para saber lo que significa el mar, tienes que haber vivido sin él, o sin río, que también es el mar. Para saber qué es la vida tienes que haberte muerto alguna vez; para saber del amor, del dolor y del placer hay que saber que van juntos y haber amado mucho, llorado mucho, sentido mucho. Para saber que el arte es sentimiento tienes que haber mojado de lágrimas las cosas: un poema, una soleá, un colchón y haber sentido el escalofrío de una seguiriya o ungido tus dedos con tierra sombra natural... Tierra, tierra, tierra y sufrimiento: vida, color, soledad y mucho cielo. Y ser consciente de las cosas que van pasando alrededor: la gente, unos con su jerga, otros con su mudez; los campos, unos con su trigo otros en barbecho; las almas, los coches, los pájaros, los silencios... Ser mayor es ser habiendo sido. Y para tener conocimiento reflexivo tienes que hacerte amigo del silencio. Para saber qué es la pena, basta con perder la carne de tu carne.

Por luminoso contrapunto, desde hace algún tiempo tengo la grata conciencia de ser abuela. Un sentimiento que, como yo, experimentan muchas mujeres -ser abuelo es lo mismo pero no es igual, como todo lo que se refiere a los sexos y a sus condiciones-. Y mentiría si dijera que todo lo que siento es alegría. Desde luego es el sentimiento más abundante pero no el único. Hay otros que nada tienen que ver porque son cosas que baraja la vida y la suerte: realidad y deseo, hambre y saciedad, tristeza y sueño... por eso acab0 rezando a un Dios que no le veo la cara, suplicándole consideración y salud. Aunque este niño trae la grandísima suerte del amor.

Ese pequeño ser es el que me enseña el ojo de la cerradura que abre la puerta de los sueños. Él tiene mi llave y trae la bendición. Y a mí, para ser mayor, se me ha otorgado la entereza de la roca madura, futura arena blanca, en la que sólo cabe la esperanza de vivir auténticamente la soledad. Una soledad voluntaria, ermitaña, en la que tengo el placer de comer pan asentado de cuatro días en perfecta armonía con la naturaleza y el privilegio de escribir de todo en no sé qué libro, en no sé qué almas, mientras pasa mi vida con el mar enfrente. El mar es el mejor referente de la vida, de los míos, de los que se fueron, de los que hay, de lo que somos, de dónde estamos. Como lo son el almendro y el limón lunero.

Aquí sigo, a los pies del almendro, donde quiero, en El Garitón. Este es el árbol más parecido al alma de los hombres. Algunas veces nace la almendra amarga, una lágrima dura que no pudo con el mundo. Sin embargo, son más las que nacen dulces sin que llegue a entenderlo nadie y al llegar el nuevo año, cada enero, abre sus flores tiernas y retorna, y retorna, y así sucesivamente.

Que para morir en paz sólo hay que dejar que siga la vida.

En plena metamorfosis, Mariví Verdú.

Mi gratísimo y cariñoso recuerdo a Javier de Molina que se preocupa por mí, a Álvaro Souvirón que me dedica un trozo de su corazón en el precioso blog http://fathergorgonzola.com/, a mis compañeros del Hogar Virgen del Rocío por haberme ayudado a realizar la Cruz de Mayo, en particular a Pepe Gallardo; al pintor Antonio Hidalgo Ayuso y a dos personas que me causan una inmensa ternura: Daniel Durán Ruiz, mi nieto, y Ángel Moreno Luque, mi sobrino nieto.